EL PREDICADOR

El Objeto de su Mensaje

(9)

 

 

Contenido del tema:

Enseñar. Exhortar. Convencer. Conmover. Invitar.

 

    Habiendo notado la naturaleza del mensaje, brevemente examinaremos ahora:

 

  1. Su Objeto.

 

(a)   Debe ser enseñar. El púlpito es una cátedra y por lo mismo, una parte importante de toda predicación es la enseñanza. La del Señor estuvo siempre repleta de enseñanza, y qué enseñanza la de este Maestro sin igual. La gente que lo oía, se quedaba estupefacta, pues nunca había oído otra tan clara y fiel.

 

·        Una predicación sin enseñanza, es pura palabrería, Alguna cosa hemos de aprender cuando oímos predicar y alguna cosa hemos de enseñar cuando predicamos. Esta enseñanza debe darse en forma atractiva y novedosa, más bien que dogmática, pues el mismo Señor usó en la suya infinidad de ilustraciones familiares unas y sacadas de la naturaleza otras, para hacer más atractiva y convincente su doctrina. Feliz el predicador que trata de seguir el ejemplo del Maestro en la enseñanza que imparte.

 

·        La gente que se reúne para oír la predicación, va para aprender y es deber del predicador darle enseñanza sobre la Palabra de Dios, las doctrinas cristianas, la naturaleza del pecado, la condición perdida del hombre, el camino de la salvación, la obra de Cristo, etc. También debe enseñar claramente los deberes del cristiano, así como sus privilegios y responsabilidades. En suma, el predicador debe ser un hábil maestro que sepa enseñar a sus oyentes.

 

(b)  Exhortar. La exhortación generalmente es para los cristianos. Como miembros de iglesia necesitan exhortarse a ser fieles y a cumplir con sus deberes, tales como vivir ejemplarmente, orar, leer la Palabra de Dios, asistir a los cultos, trabajar por Cristo y contribuir para su causa.

 

·        Pero al exhortar, el predicador debe tener sumo cuidado de no regañar. Reñir desde el púlpito es una cobardía, pues no hay quien se atreva a contestar, y es también pervertir el uso sagrado de aquél. Los predicadores que tienen la costumbre de reprender al auditorio, siempre han hecho más daño que provecho. Por lo contrario, en el púlpito debe haber dulzura, persuasión y ruego. El señor Spurgeon dice que “una gota de miel atrae más moscas que una taza de vinagre,” y tiene razón. Lo peor del caso es que generalmente los que sufren las intemperancias del predicador dado a enojarse en el púlpito, son los más fieles y los que mejor cumplen con su deber. Por ejemplo, si el predicador resiente la falta de asistencia a los servicios, los exhortados, más bien los regañados, son los que están presentes y tienen la costumbre de asistir regularmente. Si faltan contribuciones, los que llevan la reprimenda son los que contribuyen y así por el estilo. Deje pues el predicador, especialmente si es joven, la costumbre tonta de alterarse en el púlpito y arremeter contra los que tienen la paciencia de escucharle. Si tiene queja de algunos, visítelos y hábleles en lo privado con amor y dulzura, pues siempre se ha conseguido más por este método, que por el de la aspereza.

 

·        Tampoco debe usarse el púlpito para atacar cobardemente, con motivo de la exhortación. Algunos predicadores imprudentes lo hacen cuando tienen algún resentimiento contra alguien. El ataque resulta anónimo y todos se hacen conjeturas acerca de quien sea la víctima. Tal perversión del púlpito es en extremo reprobable y cobarde. El púlpito no debe ser “el escondedero de los cobardes,” como algunos lo han llamado con cierta razón.

 

·        La exhortación, pues, debe ser más bien un ruego, como Pablo la hacía: “os ruego, hermanos, por las misericordias de Dios.” Tal exhortación vale la pena oírla y atenderla, y es la única que debiera usarse en el púlpito.

 

(c)   Convencer. En cierto sentido, la predicación es un razonamiento. Asentamos una proposición y tratamos de probarla. El razonamiento tiene por objeto probar nuestra posición y la certeza de lo que exponemos. Al hacerlo, tratamos de convencer a quienes nos escuchan. Buena predicación será la que convence, la que lleva a la mente y al corazón de quien escucha la certeza de la verdad expuesta.

 

·        Por supuesto, no toda predicación debe ser argumentativa, pues hay en el evangelio verdades reconocidas que no necesitan demostración. Tampoco debernos hacer alarde de poder exponer términos, proposiciones, silogismos, etc. Sin duda, el predicador debe tener buenos conocimientos de lógica, pero éstos debe percibirlos el auditorio, sin que aquél tenga que insistir en exponerlos o en tratar de convencer a sus oyentes de que los posee.

 

·        Lo que sí debe hacerse es tratar de convencer a los que escuchan que nuestro mensaje es cierto y tiene el apoyo de la Palabra de Dios. Para lograrlo, es absolutamente indispensable que el que predica esté plenamente convencido de la verdad que presenta. De otro modo, sólo duda e incertidumbre deja en sus oyentes.

 

(d)  Conmover. La predicación se dirige especialmente al corazón. Tiene por objeto mover los sentimientos y la voluntad. Cuando no se ha conseguido esto, se ha perdido el objetivo principal de toda predicación, pues a este fin se subordinan todos los demás. Enseñar, exhortar, convencer y cualquier otro que haya, deben tener por objeto agitar los sentimientos y rendir el corazón a Cristo.

 

·        Para convencer no es necesario que el predicador use un tono plañidero, ni mucho menos aparentar estar conmovido. La ficción en el púlpito produce siempre efecto contrario. No, deje el predicador todo lo que no sea sincero y diríjase al corazón de sus oyentes, tratando de aplicarles las verdades sencillas pero sublimes del evangelio. Cuando sin artificio alguno ha logrado conmoverlos, le será muy fácil llevarlos a los pies del Señor.

 

(e)   Invitar. Este punto sigue naturalmente al anterior. Casi cada sermón debiera contener una invitación a los pecadores. Generalmente se reserva ésta para los sermones evangelísticos. No hay razón para ello. Después de oír un buen sermón, los creyentes están en mejor disposición de aceptar el evangelio, y muchas oportunidades se pierden, por no extender oportunamente una franca y cordial invitación.

 

·        Al hacerla, debe tenerse mucho cuidado de no convertirla en una apelación insistente, cansada y fastidiada. Al ponerse de pie algunas personas para indicar su deseo de seguir a Cristo, algunos predicadores insisten demasiado y hasta predican otro sermón, echando a perder esta parte importante del servicio. La invitación debe ser breve, concisa y bien definida. Conviene a veces después de una invitación breve, aguardar en silencio el resultado, esperando que el Espíritu de Dios obre en el corazón de los pecadores. Debe terminarse este acto de la invitación antes que se sienta una atmósfera de frialdad e indiferencia en el auditorio.

 

    Tal debe ser el objeto del mensaje. Si el joven predicador lo toma en cuenta, con la ayuda de su Dios predicará con eficacia y provecho. Fin. Revisado