EL PREDICADOR

Su Mensaje

(8)

 

 

Contenido de la lección:

 

Su Naturaleza. Bíblico. De Cristo. Espiritual.  Personal

                                                                                 

    La predicación del evangelio es privilegio reservado por el Señor a quienes él mismo ha escogido para que hablen en su nombre. Es la parte más delicada de la misión del ministro. Para desempeñarla fielmente debiera tener una exquisita preparación, como lo hemos expresado. Pero la exposición del mensaje divino es, además, una de sus mayores responsabilidades. ¡Ay! de él si no anuncia fielmente el evangelio o si da a su auditorio alimento que no sea sano o que esté mal preparado. Al púlpito debiera llegarse con temor y temblor. El lugar es sagrado y lo son también los asuntos que en él se exponen. Así es que la mayor preocupación del predicador debe ser dar fielmente su mensaje.

 

Consideremos éste bajo dos aspectos principales:

 

  1. Su naturaleza

(a)   Debe ser un mensaje bíblico. Por esto doy a entender que tenga pleno apoyo en la Palabra de Dios y que se exponga en lenguaje escriturario. Tal era la característica de la predicación apostólica. Era más bien de carácter expositivo, esto es, tomando un largo pasaje de la Escritura, haciendo el debido comentario y la aplicación correspondiente La predicación en la actualidad ha perdido el carácter expositivo y es más bien de tema. Así nos hemos alejado de la fuente de autoridad y nuestra predicación es más libre, perdiendo muchas veces el carácter bíblico que toda predicación debiera tener. El remedio es una vuelta a la Biblia, acercándonos más a la predicación de los tiempos primitivos. Si lo que se expone en el púlpito no está basado en la Palabra de Dios, es de muy escaso o de ningún valor para los que han ido a Oír el mensaje de Dios.

 

·        Para los cristianos en general y especialmente para la iglesia de Cristo, la Biblia es la única autoridad en asuntos religiosos, Es por esto que toda enseñanza dada en el púlpito, debe basarse en aquélla, o no tendrá importancia. Un “así lo dice la Palabra de Dios,” es el mejor argumento que el predicador puede emplear.

 

(b)  Debe ser un mensaje de Cristo. No sólo de parte de Cristo, sino que se refiera a él y a su obra por los pecadores. Es triste decirlo, pero hay púlpitos sin Cristo. En ellos se habla de todo: Ciencia, historia, socialismo, legislación, etc., menos de Cristo, quien debiera ser el centro de toda predicación Pablo sabía y podía hablar de muchas cosas, pero escribiendo a los corintios les decía: “no me propuse saber otra cosa entre vosotros, sino a Cristo y a éste crucificado.”

 

·        Es cierto que el deber del predicador es anunciar todo el consejo de Dios, pero lo es también que ninguna parte de este consejo deja de tener relación con Cristo. El centro de toda la Biblia es Cristo, y a él se hace referencia desde la primera hasta la última de sus páginas. Así es que el predicador que se baja del púlpito sin haber hablado de Cristo, debiera sentirse avergonzado, pues no ha cumplido con su deber.

 

·        Predicar a Cristo es hablar de su personalidad única, de su carácter, de su santidad, de su enseñanza, de su poder sobre los hombres, sobre los espíritus y sobre los elementes naturales; de su obra de amor entre los hombres, de su abnegación, de su humildad, de su pureza de vida, de su ejemplo único, de su influencia en el mundo y particularmente en los suyos, de su obra imperecedera, de su amplia visión acerca de las necesidades del mundo, de su doctrina salvadora, de su espíritu de oración y comunión con el Padre, de sus sufrimientos, de su muerte expiatoria, de su resurrección y su entronización, de lo que hace todavía por los suyos, y de lo que hará en su venida y de tantas otras cosas que se refieren a quien marcó en el mundo una nueva época y le dio una civilización superior a cuantas había tenido antes.

 

·        El campo es amplísimo, y es pobre el predicador que no lo explora con su enseñanza y predicación.

 

(c)   Que sea un mensaje espiritual. Dos cosas ha de notar el auditorio: que el predicador está inspirado por el Espíritu de Dios y por esto habla con poder de lo alto, y que el mensaje mismo es espiritual. Debemos dar más lugar al Espíritu en nuestra predicación. A veces tiene demasiada elaboración humana y muy poco del Espíritu de Dios. El Espíritu inspira, redarguye, convence y dirige al pecador a los pies de Cristo. Si todo esto hace, ¿por qué no son más espirituales nuestros sermones? ¿Por qué no damos en ellos más lugar al Espíritu?

 

·        Sólo siendo espiritual el mensaje puede afectar los espíritus. El sermón no es un simple discurso que afecte los sentidos, sino un mensaje que hiere los corazones y los hace volver a Dios. No es tampoco para divertir o agradar, menos aún para exponer dotes de oratoria, sino para convencer, conmover y convertir. Y esto no se consigue, si el mensaje no es profundamente espiritual.

 

·        Por esto el Señor no permitió que los suyos salieran a cumplir su misión en el mundo, antes de ser investidos de poder de lo alto, antes de recibir el Espíritu que había de ser para ellos Maestro, Guía, Paracleto. ¡Cómo transformó a aquellos hombres el Espíritu! ¡Cómo hizo poderosa su predicación!.  ¡Y qué efectos tan maravillosos producía en quienes los oían! ¡Oh! si nuestra predicación fuera más espiritual, las multitudes se convertirían en masa, como en el tiempo de los apóstoles. Si nuestra predicación no tiene efecto, la causa es que le falta más poder del Espíritu de Dios.

 

(d)  Debe ser personal. Esto es que vaya directamente al corazón de cada uno de sus oyentes. El predicador no debe conformarse con hablar generalidades. S deber es hablar de asuntos concretos y de aplicación personal. Debe mirar a los ojos de sus oyentes, como si hablara con cada uno para darle un mensaje personal. Muchos sermones se pierden por falta de aplicación individual. Hay predicadores de mirada vaga que, por no atreverse a mirar a su congregación de frente, predican al cielo de la casa o al piso de la misma. Parece que su mensaje lo dan con tanta timidez, que temen lastimar a sus oyentes y ni se atreven a mirarlos. El carácter de este mensaje es tan general que nadie se lo aplica, y ni el predicador se atreve a hacerlo.

 

·        Otras veces aunque el predicador mire a sus oyentes, sus palabras pasan sobre sus cabezas, sin tocarlos, esto es, ha hablado de manera tan general que nadie se da por aludido. Su mensaje no ha sido directo ni personal.

 

·        Hace algunos años vi en los patios de una Exposición un juego japonés que consistía en que un hábil tirador arrojaba desde cierta distancia unas dagas puntiagudas sobre la mano de otro sujeto, extendida sobre un tablado de madera, colgado verticalmente en el extremo del salón. La habilidad del japonés consistía en clavar las dagas alrededor de la mano del otro y aun entre los dedos, sin herirla ni lastimarla en lo más mínimo.

 

·        Pienso que del mismo modo hay predicadores del evangelio que arrojan sus saetas sin tocar a ninguno de sus oyentes. Cromwell recomendaba a sus soldados: “bajad la puntería.” Sabía bien que muchas balas se pierden por apuntar demasiado alto. Así hay predicadores cuyas palabras pasan como se ha expresado, sobre las cabezas de sus oyentes sin tocarlos.

 

·        Jóvenes predicadores bajad la puntería y herid los corazones; de otro modo, vuestra predicación carecerá de valor y aplicación personal. Fin. Revisado