EL PREDICADOR

Su Actitud ante el Auditorio

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Los temas:

Aspectos de la actitud: respetuosa, humilde, reverente. Dominio propio al comenzar. Las excusas en el púlpito. Extremo opuesto.

 

    Suponiendo que el predicador ha tenido la preparación a que me he referido en estudios anteriores, estará ahora listo para ocupar el púlpito. Ha llegado al puesto prominente, en el que tiene que desempeñar la parte más delicada de su misión. Predicar es la misión suprema del siervo del Señor. En el púlpito está a la vista de todo el auditorio y no debe olvidar que su actitud es observada hasta en sus menores detalles. Por esto es importante que tenga en cuenta algunos aspectos importantes de su comportamiento en el púlpito, siendo los principales:

 

  1. Su actitud. El predicador es en cierto sentido la figura principal en la congregación. Está al frente de todos, tiene un importante mensaje que dar y todos los que forman su auditorio tienen los ojos fijos en él y están atentos a sus palabras. Debe, pues, tener cuidado de que su actitud en el púlpito sea:

 

(a)   Respetuosa. El lugar que ocupa y la misión que desempeña, dando al pueblo un mensaje en nombre de Dios, merecen todo su respeto, y lo merece igualmente el auditorio al cual se dirige. El predicador respetuoso y atento, se gana desde el principio la simpatía, la atención y el respeto de sus oyentes.

 

(b)  Humilde. Por mucho que sepa un predicador y por bien que haya preparado su sermón, su actitud ha de ser humilde. Ni sus palabras ni su presentación deben revelar otra cosa que humildad ingenua y sincera. Si bien es cierto que su mensaje es del cielo y lo da en el nombre del Señor, no debe olvidar que sólo es humilde instrumento en las manos del Maestro, quien fue manso y humilde de corazón y dijo a los suyos: “aprended de mí”.

 

(c)   Reverente, Representa los intereses divinos, maneja la Palabra de Dios y habla de asuntos solemnes. Se dirige a sus oyentes para hablarles de los asuntos más serios y trascendentales, asuntos que se refieren al destino eterno de los que le escuchan. Todo indica que su actitud debe ser reverente, pues tratar estos asuntos sin la debida reverencia, es estar vulgarizando un lugar que, como cátedra del Espíritu Santo, siempre se ha considerado sagrado. El predicador reverente inspira reverencia en sus oyentes, y sólo con reverencia puede exponerse y oírse la Palabra de Dios.

 

  1. Dominio de sí mismo. No obstante lo expuesto, el predicador debe conservar en el púlpito un completo dominio de sí mismo. Debe predicar sin miedo, con entera confianza, dominando bien sus nervios. Debe también saber dominar a su auditorio, ganando su atención e interés. Un predicador tímido, nervioso, raras veces llega a tener éxito, si no es que a tiempo se domine y venza su nerviosidad, en la primera condición, ni puede hablar con soltura, ni sus pensamientos fluyen libremente. Le será difícil recordar el plan de su sermón y tendrá necesidad de bajar constantemente la vista para consultarlo. Confianza, seguridad y dominio propio, son indispensables en quien desee desempeñar bien su cometido en el púlpito. Logrará esto:

(a)   Si ha hecho una buena preparación;

(b)  si está convencido de la importancia de su mensaje, y

(c)   si está seguro de contar con la ayuda divina al tiempo de predicar.

 

  1. Al comenzar. El momento crítico para el predicador es cuando comienza a hablar. El auditorio está pendiente de sus palabras, especialmente de las primeras. Si no todos prestan la misma atención hasta el fin del sermón, es cierto que todos quieren oír el principio y saber cómo habla el predicador, particularmente si es nuevo en la congregación.

 

·        Muchos predicadores preparan bien el cuerpo y el desarrollo del sermón, pero no tienen cuidado de preparar la introducción, y es en ésta donde comienza el fracaso de quien predica sin una buena introducción. Algunos predicadores hábiles comienzan con una pequeña anécdota para ganar la atención de sus oyentes. pues es cierto que ganada ésta desde el principio, es más fácil sostenerla hasta el fin. Pero esta costumbre no debe seguirse por todos, pues algunos predicadores carecen por completo de gracia para referir anécdotas, y llevan el riesgo de fracasar en el mismo principio, si intentan hacerlo. Mejor es preparar una buena introducción y saber hasta las palabras con que ha de comenzarse.

 

·        La introducción no debe ser larga, pero siempre ha de tener alguna relación con el asunto del sermón, sin comprender ninguna de sus partes.

 

·        No comience el predicador pidiendo excusas o haciendo apologías. Las excusas en el púlpito son inoportunas y nunca dan el resultado que el predicador espera, más bien producen lo contrario. Comenzar, por ejemplo, diciendo: “suplico al auditorio que me dispense, porque no estoy preparado para predicar,” fuera de que esta excusa es vulgar y de mal gusto, es enteramente impropia, porque si el predicador no está preparado, y así lo confiesa, no debe predicar. Otros comienzan diciendo: “no soy digno de ocupar este lugar, reservado para inteligencias esclarecidas, etc.” Si él mismo confiesa que no es digno de ocupar el púlpito, es mejor no ocuparlo y bajarse antes de ir al fracaso. Otros aun dicen lo siguiente: “aunque soy ignorante y no conozco el asunto, me atrevo a hablar confiado en vuestra inteligencia.” Peor aún, porque los auditorios nunca tienen indulgencia para predicadores ignorantes.

 

·        Pero cuando las tales apologías tratan de ocultar una falsa modestia, entonces no sólo son impropias e inoportunas, sino imperdonables. Mejor es que el predicador comience quietamente, haciendo con la ayuda de Dios lo mejor que le sea posible en el desempeño de su difícil pero importante misión.

 

·        Tampoco debe incurrir en el extremo opuesto de hablar con arrogancia, dando la impresión de que sabe y puede predicar. Tal actitud desagrada, pues en el púlpito lo importante es no lo que el hombre da a entender que es o no es, sino el mensaje, si realmente trae un mensaje de Dios.

 

·        Así es que el éxito en el púlpito depende en mucho de la actitud del predicador ante el auditorio. Fin. Revisado.