EL PREDICADOR:

Preparación Intelectual

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Temas a tratarse:

Valor del Estudio. Conocimiento del idioma. Razonamiento y buen juicio. Curso de estudios. Lo que debe evitarse.

 

   Si la preparación física a que nos hemos referido, es importante, lo es mucho más la intelectual.  Es en el pulpito donde se conoce si el que lo ocupa está bien preparado intelectualmente. El predicador joven, sin hacer alarde de conocimientos profundos, debe estar seguro de que conoce la responsabilidad de su misión y de que tiene aptitud para desempeñarla. Tengo la convicción de que el púlpito es lugar delicado y que debe ocuparse por hombres bien preparados. Los elementos que componen actualmente la mayor parte de nuestras iglesias, requieren esa preparación, y, por otra parte, no hay razón para que el evangelio no se predique inteligentemente, ya que apela tanto al corazón como a la inteligencia. Por esto el que lo predica debe estar bien preparado intelectualmente.

 

   Habiendo obtenido una buena preparación intelectual, deben evitarse dos peligros al tiempo de predicar. Es el primero la tendencia del joven de hacer alarde de conocimientos, convirtiéndose en presuntuoso. Nada hay más chocante que un joven predicador con humos de científico. Los conocimientos que se tengan, se dejan notar en el púlpito por sí solos, de manera natural y sin esfuerzo para exhibirlos. Es el auditorio el que los percibe y aprecia, si realmente son de valor. Si los famosos conocimientos son vulgares o de escaso valor, el predicador que se empeña en exhibirlos, cae en ridículo y se rebaja en la estimación de sus oyentes.

 

   El otro peligro es dejar la forma sencilla y evangélica en la predicación, para hacer de ésta una peroración con términos altisonantes y rebuscados; o predicar en forma tal que los sencillos y humildes no entiendan. En una  ocasión un predicador se empeñó en usar una términos técnicos, neologismos, etc., para mostrar que tenía unos cuantos conocimientos de psicología. Cuando nuestro joven estaba engolfado en su peroración, un oyente expreso: “Ese pasto no lo alcanzan estas ovejas.”  Es mejor mil veces no predicar, que hacerlo de manera tan presuntuosa y tonta.

 

   Por otra parte, no debe olvidar el joven que el ministro que puede predicar a los humildes y hacerse entender de ellos, agradará e interesará a los inteligentes al mismo tiempo. Si toma en cuenta esto el predicador, hará que su mensaje a la vez que sencillo, sea agradable y de provecho para todos.

 

Sin embargo, el que predica debe tener exquisita preparación intelectual, si quiere ocupar con provecho el púlpito. Notemos algunos puntos que abarca esta preparación.

 

  1. Ante todo, el predicador debe ser hombre de estudio. Ha de ser un asiduo estudiante. Que tenga el hábito de estudiar y que se deleite en el estudio.

 

    • No se terminan los estudios al salir de un seminario. Si así fuera, muy pronto el predicador quedaría inutilizado, por la falta de material fresco y constantemente renovado.

 

    • El predicador debe tener buen caudal de conocimientos generales. Sin ser una autoridad en cada materia, debe tener buenos conocimientos de ciencias, historia, literatura, etc., pues tales conocimientos le serán muy útiles en la predicación. Bien puede ilustrar sus sermones con verdades científicas, con ejemplos históricos, etc.

 

    • Conviene que en su biblioteca tenga buenas obras de estudio y consulta. No es necesario que sean numerosas, pero sí bien escogidas. Debe también estar al tanto de lo que pasa en el mundo y en su propio país. No son raras las veces en que tales acontecimientos le proporcionan material para sus sermones. Para esto debe leer habitualmente un buen periódico y algunas revistas acreditadas. Pero debe tener mucho cuidado de que no sea la lectura de estos periódicos lo único que haga en materia de estudios. predicadores hay que no hacen otra cosa en el día que leer el periódico con todos sus chismes y escándalos. ¡Pobre predicador y pobre iglesia a la que semejante obrero sirve!

 

  1. El predicador debe, por otra parte, conocer bien su propio idioma. Buenos conocimientos gramaticales, le ayudarán a hablar con limpieza y corrección. Los errores gramaticales son imperdonables en quien tiene que hablar en público. El predicador tiene el mejor mensaje y debe comunicarlo con el mejor lenguaje.

 

    • Una congregación no perdonará a un predicador ignorante que dice disparates en el púlpito, aunque su intención sea buena. Y no hay razón para hablar mal ni aún en la congregación más humilde.

 

    • Si el predicador conoce otros idiomas, como el griego, el hebreo y aun el inglés y el francés, está bien. Le serán sin duda de mucha utilidad. Pero mi consejo es que un joven debe saber hablar su propio idioma, antes de intentar saber otros. Son imperdonables en un predicador las equivocaciones en su propio idioma.

 

  1. Conviene también que el predicador se prepare para razonar bien, pues es cualidad que todo orador debe tener, especialmente el que ocupa el púlpito.

 

    • La lógica debe formar parte de su plan de estudios. El conocimiento de esta materia le permitirá no sólo hacer buenos razonamientos, sino distinguir los falsos de los verdaderos. En el púlpito hay que razonar muchas veces, esto es, explicar por medio de razones y pruebas una proposición. Otras veces hay que valerse de silogismos para llegar a una conclusión lógica que pruebe nuestra posición, y no pocas nos valemos del razonamiento inductivo para generalizar. Por todo esto es importante el conocimiento de esta materia, pues sin él, es fácil caer en faltas graves.

 

    • Generalmente las congregaciones tienen un sentido práctico, y pueden notar con facilidad cualquier razonamiento falso. Es muy común oír en el púlpito una porción de conjunciones ilativas como: con que, luego, pues, así que, y otras que generalmente no prueban nada, ni anuncian una conclusión lógica.

 

    • Algunas veces al predicar es necesario tocar algunos puntos de controversia, y es entonces cuando se conoce si el predicador sabe o no razonar bien. Un fracaso en esto, siempre es de consecuencias.

 

  1. Ahora bien, para obtener esta preparación intelectual, siempre es mejor que el joven antes de intentar predicar, haga un curso completo de estudios en un seminario que esté bajo la dirección de profesores competentes. No hay razón en estos tiempos para atreverse a predicar antes de haber obtenido una buena preparación. El que lo hace, nunca será gran cosa como predicador y siempre lamentará no haberse preparado debidamente para tan difícil misión.

 

    • Haciendo un curso regular de estudios, no sólo adquirirá quien predica, el conocimiento de las materias apuntadas, sino el de otras muchas que le serán de verdadera utilidad. Hará un estudio sistemático del Antiguo y del Nuevo Testamento, por medio de un adecuado curso bíblico; conocerá las doctrinas por uno de Teología; el arte de hacer sermones, por la Homilética; conocerá los deberes pastorales por libros de texto apropiados; la naturaleza y las facultades del alma, por la Psicología; sabrá interpretar la Biblia por la Hermenéutica; conocerá los principios y fundamentos de la moral, por la Ética; estudiará las evidencias del Cristianismo; el desarrollo de éste a través de los siglos por la Historia Eclesiástica; se familiarizará con los países bíblicos, por medio de la Geografía de los mismos; conocerá los métodos modernos para las escuelas dominicales, sociedades de jóvenes y femeniles; sabrá los métodos del evangelismo; podrá leer la Biblia en sus idiomas originales; aprenderá inglés, francés y otros idiomas modernos. Obtendrá por fin, una suma de conocimientos que mucho le servirán en el desempeño de su delicada misión.

 

    • Teniendo estas facilidades a la mano, ¿qué joven de ambiciones nobles no procurará obtener una buena preparación intelectual, antes de atreverse a ocupar un púlpito?

 

  1. Hemos hablado de lo que la mente ha de tener como preparación para predicar. Diremos ahora dos palabras acerca de lo que no ha de tener, para que el joven pueda predicar con éxito. Es necesario que la mente esté despejada y libre de toda especie de preocupaciones, muy especialmente en las horas que preceden a la predicación.

 

    • Durante este tiempo, evítense toda clase de discusiones y controversias. Del mismo modo no trate el predicador de resolver ningún asunto serio, sea de iglesia o de familia, antes de predicar. La mente debe estar reconcentrada únicamente en el asunto de sermón.

 

    • Tomando en cuenta lo expuesto, y con la preparación ya mencionada y confiando en la ayuda de su Dios, diríjase el predicador al púlpito, procurando de la mejor manera posible, dar a sus oyentes un mensaje espiritual y al mismo tiempo inteligible. Fin. Rev