EL PREDICADOR

El Predicador y su Familia

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El tema:

 

Cooperación de los suyos. Esposa cristiana. De su misma fe. De espíritu misionero. Que sea educada.

 

    En el trabajo que el predicador trata de hacer por el Señor, ejercerá influencia decisiva, para bien o para mal, su propia familia. Será buena esta influencia, si la esposa y los hijos colaboran fielmente y se interesan en la obra que él desempeña. Hará doble trabajo el que cuenta con la cooperación de los suyos.

 

    Por lo contrario, el predicador que carece de esa cooperación y simpatía de su familia, penosamente tratará de hacer la obra que, a su pesar, no prosperará. Sucede muchas veces que lo que él edifica, los suyos lo destruyen con su conducta y mala influencia.

 

    Si trata de llevar niños a la escuela dominical mientras los suyos se quedan jugando en la casa o en la calle, hará un milagro si consigue dos o tres extraños que lo acompañen. Si predica contra la mundanalidad y sus hijos están en el cine, o lo que es peor, en algún baile, su esfuerzo será del todo vano, su predicación carecerá de poder y ningún efecto causará en sus oyentes. Más bien producirá efecto contrario: los jóvenes de la iglesia que pastorea, imitarán el ejemplo de sus hijos y se harán tan mundanos como ellos.

 

    Conozco predicadores que han perdido por completo su influencia, por no saber dirigir y gobernar a sus hijos. Mientras ellos predican, sus hijos se pasean en compañía de malos amigos o están en diversiones mundanas. Tengo lástima de estos predicadores, pues acaso como Eh son buenos y fieles personalmente, pero les falta energía para gobernar a sus hijos. Tarde o temprano sentirán la mano del Señor por esta falta. Acaso sus mismos hijos les traerán bochorno y vergüenza como consecuencia de su conducta imprudente.

 

    Lo que antecede os mostrará cuán importante es que el predicador tenga el apoyo franco y decidido de los suyos en el delicado trabajo que desempeña.

 

    El hogar cristiano en el que el padre, la madre y los hijos son fieles y se interesan sinceramente en la obra del Señor, es una bendición de inestimable valor. El obrero que cuenta con esta bendición, hará su trabajo no sólo con placer, sino con magníficos resultados. Muchos predicadores deben el éxito de su trabajo al apoyo, la simpatía y la cooperación que le prestan los miembros que forman su familia.

 

    Por esto, jóvenes, el asunto del matrimonio es mucho más serio de lo que muchos suponen. Cuan- do veo que un joven está haciendo novias ligeramente y jugando al matrimonio, siento verdadera lástima por él. Está haciendo un juego peligroso que acaso le traerá amargos resultados para toda su vida. El joven predicador debe tener sumo cuidado al elegir la compañera de su vida, que lo será también de su trabajo. Si con la ayuda y bendición de Dios, hace una buena elección, conseguirá no sólo esposa, sino una colaboradora fiel, en sus trabajos. Pero, si por desgracia, hace una mala elección, no le bastará toda la vida para lamentar su error.

 

    Por esto es que el asunto del matrimonio del joven predicador, ni debe considerarse ligeramente como muchos lo hacen, ni se debe dar un paso en él sin la dirección y ayuda del Señor. Fuera de la salvación, no hay asunto en que más se necesite la dirección divina.

 

    Por regla general, los jóvenes están ansiosos de conseguir novias y casarse a la ligera. Al proceder tan ligeramente en asunto tan delicado, lo que menos puede suceder, es que en vez de conseguir una buena compañera para el trabajo, hallen sólo un estorbo que no podrán remover mientras vivan, sufriendo así las consecuencias de su proceder ligero e imprudente.

 

    No soy enemigo de que los jóvenes se casen. Sería obrar contra las leyes naturales, exigir que permanezcan célibes. Pero éste ha sido mi consejo a los estudiantes que han estado bajo mi dirección: no se casen antes de tiempo, ni con cualquiera; hagan una sabia elección, pidiendo para ello la bendición divina. Tampoco intenten casarse antes de terminar sus estudios y de contar con dinero suficiente para sostener decorosamente a la esposa, pues no hay calamidad peor que casarse sin dinero, contrayendo una pesada deuda. Antes de dar este paso tan importante, estén seguros de que la que va a ser esposa, será también una buena compañera en el delicado trabajo que el predicador tiene a su cargo.

 

   Para fundar, pues, un hogar cristiano, en el que todos sus miembros tengan interés en la obra del Señor y colaboren en su divulgación, es necesario que el joven predicador tenga en cuenta lo que sigue:

 

  1. Elija por esposa una mujer que sea, ante todo, cristiana. Los jóvenes que sólo se fijan en una cara bonita o bien pintada, sin tomar en cuenta el carácter y las cualidades morales y espirituales, hacen una equivocación lamentable. Mayor error cometen si la que eligen por esposa no es cristiana. De este error se lamentarán tarde o temprano. En el predicador mejor que en ningún otro tiene aplicación lo que recomienda el apóstol: “No os juntéis en yugo con los infieles, porque ¿qué compañía tiene la justicia con la injusticia? Y ¿qué concordia Cristo con Belial? o ¿qué parte el fiel con el infiel?”

 

 

 

  1. Hasta donde sea posible, conviene que sea de su misma fe y convicciones religiosas. Se conseguirá con esto asegurar la paz en el hogar. Habrá uniformidad de creencia y práctica. Los hijos, si se tienen, hallarán en sus padres una sola fe, santificada por el amor. No habrá dos opiniones sobre puntos esenciales, y se evitarán disensiones que generalmente degeneran en desavenencias. La enseñanza religiosa que el esposo imparte en la iglesia o en el hogar, será confirmada por la de la madre y se convertirá en doctrina sólida, afirmada por la experiencia de la vida familiar. No habrá dos direcciones para los hijos, sino una sola, señalada por la sabiduría del padre y la prudencia de la madre piadosa.

 

 

  1. Que sea de espíritu misionero. La obra del predicador es esencialmente misionera. Ganar almas para Cristo, es su misión más noble y grande. En ella debe poner todas sus facultades y todo su empeño. En el fiel desempeño de esa misión, le serán de muchísima utilidad la ayuda y colaboración de cuantos le rodean, especialmente de su esposa y de hijos. La habilidad y el tacto de una mujer piadosa, han sido muchas veces una inspiración y una ayuda eficaz para el obrero del Señor.

 

 

 

 

  1. Que sea educada. Un aspecto importante del trabajo del predicador es el intelectual, y para desempeñarlo con buenos resultados, le será muy útil contar con la cooperación de una mujer inteligente y bien educada. Sólo una mujer así podrá comprender la naturaleza del trabajo que el esposo hace. Sólo ella puede simpatizar con él y prestarle su sincera cooperación.