EL PREDICADOR

Su Vida Privada

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Contenido:

Aspecto personal. Familiar. Intelectual. Espiritual.

 

    Si es importante que la vida pública del predicador sea del todo correcta, no es menos importante que lo sea también su vida privada. Esta también es observada más de lo que él supone.

 

    Si en la pública hay ciertas formas de conveniencia o profesionales, que a veces lo hacen aparecer algo distinto, en la vida privada se descubre el hombre, deja todo disfraz y aparece como es en realidad. Es, pues, la vida privada la que revela al hombre, la que descubre su verdadero carácter. En el predicador, debe haber, por supuesto, una correspondencia efectiva entre la vida pública y la privada, pues cualquier discrepancia es notada con facilidad.

 

    El predicador debiera vivir en casa de cristal, pues los actos de su vida privada deben ser correctos y no teme que sean observados. Hay, por supuesto, detalles e intimidades que no están ni deben estar a la vista de todos, no porque sean incorrectos, sino porque son de carácter enteramente privado.

 

Estudiemos algunas fases de su vida privada:

 

1.      Su aspecto personal. Sea el predicador hombre de hábitos limpios. Primero, en su persona. No por estar en la casa deje de asearse, bañarse y rasurarse diariamente. Hablo con jóvenes que comienzan a iniciarse en la carrera ministerial, y es conveniente que desde el principio adquieran ideas propias en estos detalles que a veces se descuidan por considerarse pequeños, y que en realidad no lo son. Predicadores desaseados, descuidados en su persona, aun estando en la casa, causan siempre desagradable impresión. Por fortuna, el agua y el jabón no cuestan mucho, y deben usarse con abundancia.

 

·        También en sus vestidos. No es necesario usar vestidos costosos, pero sí limpios. Muéstrese aun entre los suyos como persona pulcra y de modales limpios. Conozco predicadores que, por el hecho de estar en casa, andan con ropa sucia y trajes arrugados y manchados. Cuando llega gente extraña a la casa, procuran esconderse, pues no están presentables, Pues ni aun entre los nuestros debemos aparecer en forma tan descuidada.

 

2.      Su aspecto familiar. Debe ser el predicador el jefe de un hogar modelo. El suyo será el dechado de muchos otros hogares. Su hogar debe ser atractivo, simpático, (le modo que para todos sea un placer hallarse en él.

 

·        El predicador es por derecho natural el jefe del hogar, y personalmente debe ser un buen padre de familia y un excelente esposo. Debe mostrar, no sólo en público, sino en casa y delante de sus hijos, una sincera estimación para su esposa, compañera suya en los trabajos y deberes familiares. La esposa, como madre y señora de la casa, tiene grandes y graves responsabilidades con el cuidado de la familia y las múltiples atenciones del hogar. Si en estas responsabilidades cuenta con la cooperación, el cariño y la estimación del esposo, le serán más fáciles y llevaderas.

 

·        Los hijos deben sentir la dirección cariñosa, pero firme de su padre. Debe inspirar en todos amor por el trabajo religioso que hace y hacerse acompañar de ellos a cada servicio. Es una equivocación lamentable permitir que los hijos se queden jugando en la casa o en la calle, en vez de asistir a la escuela dominical o ‘os servicios de la iglesia. El buen ministro comienza por su casa, pues “si no puede gobernar a sus hijos, ¿cómo podrá gobernar la casa de Dios?”

 

·        El hogar del predicador debe ser un rincón de paz, de descanso y de dulce tranquilidad. Nada debiera parecerse tanto a] cielo como su hogar. Si en otros hay desavenencias, discusiones y altercados, en el suyo, por lo contrario, debe haber paz, concordia y amor en abundancia.

 

·        Conserve encendido el altar familiar. Léase la Biblia y hágase oración en familia cada día. Esto será una bendición para todos. Cuando los hijos crezcan y tenga cada uno que tomar por su camino, el recuerdo del hogar estará siempre asociado con la devoción familiar, y cualesquiera que sean las circunstancias de su vida será para ellos un dulce recuerdo pensar que en su hogar se leía la Biblia y se hacía oración, y esto acaso sea motivo de hacerlos volver al Señor, si se han alejado.

 

·        Cuando en la casa se han seguido estas reglas, se convierte en hogar y éste en una bendición para cuantos moran en él.

 

3.      Su aspecto intelectual.  El predicador debe ser hombre de estudio. El que no estudia se atrasa y nulifica. El lado intelectual de su misión se sostiene por el estudio. Sus sermones deben ser el fruto de estudios cuidadosos. Si no predica bien, es porque no estudia ni se prepara convenientemente, y pronto llegará al fracaso.

 

·        Conozco a muchos predicadores que no estudian y que, corno los médicos rancios, dan las mismas recetas a todos los enfermos. Sus sermones son los mismos con diferente texto o lo que es peor, son una repetición cansada y sosa de verdades por todos conocidas. Es cierto que la predicación es la exposición de verdades antiguas y conocidas, pero por el estudio estas verdades se transforman y se presentan en forma atractiva y novedosa.

 

·        En otra plática hablaré con ustedes de otras cosas referentes al estudio del predicador.

 

4.      Su aspecto espiritual. Nadie debiera superar al predicador en la práctica de la oración. Ninguno la necesita más que él. En la oración está el secreto de su éxito como ministro de la Palabra. Si es importante que estudie, mucho más importante es que ore. Debe ser personalmente hombre de oración. El predicador que descuida la oración, no puede tener éxito ni en su trabajo, ni en su predicación.

 

·        Por otra parte, el que no sabe orar en lo privado, no tiene poder para orar en público. La oración pública es un reflejo de la privada. Se dice de Spurgeon que al abrir los ojos al terminar su oración pública, se sentía sobrecogido y embarazado, al darse cuenta de que estaba en presencia de su congregación. Tan cerca de Dios había estado, que olvidaba la presencia de los hombres. Estando él en el púlpito podía ceder la lectura de la Biblia y hasta la predicación a cualquier otro ministro, menos la oración, El poder en la oración pública 1 había adquirido en la privada.

 

·        El rey de Escocia temía más a las oraciones de Knox, que a un ejército enemigo. Tal era el poder en la oración de este siervo de Dios que oraba diciendo:  Dios mío, dame a Escocia, o muero.” Lutero era hombre de oración. Decía: “mientras más ocupado estoy más tengo que orar.” Y este hombre que sacudió a Europa con su reforma religiosa, oraba tres horas cada día.

 

·        El Señor mismo fue hombre de oración. Las sombras de la noche o los albores de la madrugada, lo sorprendían entregado a la oración. Los apóstoles sabían cómo oraba su Maestro. Una vez, muchas veces, lo oyeron orar con tal fervor e intensidad, que le dijeron: “Señor, enséñanos a orar.” Ellos no oraban como su Maestro, no sabían orar.

 

·        Generalmente después de un día de ardua labor y fatiga, el Señor se retiraba a un monte a orar, a estar en comunión con su Padre. A veces pasaba toda la noche en oración. Y nosotros, ¡cuán poco oramos!

 

·        Jóvenes, si queréis poder en vuestra vida espiritual y éxito en vuestro trabajo, conseguidlo en la oración, no tanto en la pública, cuanto en la privada.

 

·        También que la Palabra de Dios sea vuestro libro favorito. Sacad de él alimento para vuestras almas. El riesgo para el predicador es que se emplea en buscar alimento para los que forman su congregación, quedándose él muchas veces sin lo necesario. Lea para sí mismo su Biblia diariamente y alimente su propia alma. Sin duda tiene también el deber de buscar alimento para su rebaño, pero dedique algún tiempo y atención al suyo propio. En la Palabra de Dios hay suficiente provisión.

 

   Tales son en resumen los aspectos principales de la vida privada del predicador. Si tiene el cuidado de que ésta se norme por los principios del evangelio que él predica, será una bendición para él, para los suyos y para los extraños.

 

    No debe olvidarse, por otro lado, que la vida privada del predicador, influye poderosamente en el éxito de su delicada cuanto honrosa misión pública. Fin. Revisado