EL PREDICADOR

Su Vida Pública

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A Tratar:

El trato con el sexo opuesto. No tener vicios. Diversiones mundanas. Cosas de carácter dudoso. Enredos familiares. Los tratos. Los compromisos.

 

    No son pocos los predicadores que descuidan su modo de vivir. Se conforman algunos con predicar más o menos bien o aparecer como hombres eruditos, pero descuidan lamentablemente su comportamiento en la vida. Olvidan que la conducta puede ser o una recomendación de la obra efectuada en el púlpito, o un reproche de la misma y de la causa del evangelio en general. Es deber ineludible de cada predicador vivir de acuerdo con la enseñanza que imparte desde el púlpito y poner en concordancia su vida con los preceptos del evangelio.

 

    El predicador que no vive conforme a esta regla, está engañando al pueblo, defraudando su propia conciencia y tratando de engañar a Dios. Sus palabras serán “como metal que resuena o platillo que retiñe.” Perderá pronto su influencia, y la gente se alejará de quien ocupa sin merecerlo un lugar sagrado.

 

    Conocí a un ministro inteligente que predicaba bien, pero que trataba mal a su esposa y a sus hijos. Aparecía en público como persona correcta, pero sus vecinos eran testigos de su mal proceder, y ninguno de ellos quería oírlo predicar. De éste podían decir: “hablan tan fuerte tus hechos, que no oímos tus palabras.” Fracasó lamentablemente no sólo como predicador, sino como cristiano. Es claro, si no vivimos como predicamos, es inútil predicar y aun pretender ser cristianos.

 

    Jóvenes, el ministro de Dios tiene que ser hombre de vida santa. De nadie se exige más santidad que del que anuncia el mensaje de un Dios santo “Sed santos, como yo soy santo,” dice el Señor. “Sed santos los que lleváis los vasos de Jehová,” es la amonestación para los que administran las cosas del Señor. “Si alguno se limpiare de estas cosas, será vaso para honra, santificado y útil para los usos del Señor, y aparejado para toda buena obra,” dice el apóstol Pablo.

 

    Los hombres que no tienen una vida limpia, podrán acaso tener influencia y aun poder en el mundo, pero en el ministerio son un estorbo y una maldición. Mil veces mejor alejarse del púlpito, que permanecer en él, sin una conducta decente y limpia que corrobore su enseñanza. Un predicador mundano, hace más daño a la causa de Cristo, que los mismos infieles. La predicación más elocuente es la que se corrobora con una vida consagrada. Sin ella, la predicación pierde por completo su valor y se vuelve perjudicial.

 

    No sólo las cosas que afectan tan seriamente el carácter, destruyen la influencia del predicador, sino aun las que se juzgan pequeñas por algunos. En efecto, una palabra imprudente, una mentira, la falta a un compromiso, la impuntualidad y cosas por el estilo, restan mucho del poder y la influencia que un predicador debe tener.

 

    Jóvenes, me parece que la honra y la vida de un predicador deben ser tan puras y transparentes como las de una virgen. ¿Por qué no? ¿Por qué hemos de exigir más de una mujer que de un hombre honrado? Si no queréis que en lo general los hombres no sean tan puros como una mujer, y no veo razón para que no sea así, al menos que el predicador, que ocupa un lugar santo, que habla en nombre de Dios y que expone un mensaje del cielo, sea hombre de vida limpia y santa, como lo demanda la Palabra de Dios.

 

    Si no podéis tener una vida así, ocupaos de otra cosa, ya que en el mundo sobran trabajos y posiciones menos delicadas, aunque en ninguno debiera tener lugar un hombre que no fuera completamente honrado. En el ministerio cristiano se exige la suma de requisitos morales.

 

Su vida pública no sólo debe ser limpia, sino libre de toda sospecha. Tenga en cuenta que:

 

1.      Debe tener sumo cuidado en su trato con el otro sexo. Un joven que llega de nuevo a un campo, está expuesto a mil tentaciones. Generalmente es el objeto de la atención y miramientos de todos, particularmente del elemento joven femenil. Es aquí donde comienza la parte difícil, pues por un lado, tiene que ser atento y cortés con las señoritas, pero por otro, no debe olvidar lo delicado de su posición, y por esto evitar todo trato descomedido. Es aquí donde muchos han fracasado lamentablemente, arruinando su carácter y mancillando su posición.

 

·        El joven predicador tiene que ser cortés y caballeroso con todos, especialmente con las damas; pero como se exige en los ejercicios gimnásticos en grupo, hay que guardar las distancias. El predicador que se ocupa de preferencia en charlas y chacoteos con las señoritas, no sólo pierde la seriedad de su cargo, sino que está expuesto a fracasar, perdiendo su influencia con la gente seria.

 

·        Por lo contrario, sin dejar de mostrarse alegre con todos, debe ser un modelo de cortesía y sentimientos cristianos ante la juventud que le rodea.

 

·        Las recomendaciones que anteceden son para el joven predicador que no es casado. Si lo es, con mayor razón debe observar las mismas reglas, y además mostrarse respetuoso y amante con su esposa, dándole el lugar que le corresponde delante de todos. El predicador que es casado no está expuesto a los peligros del soltero. Por esto, como dice el apóstol, “es mejor casarse que quemarse”.

 

2.      El predicador no debe de tener vicios. Para algunos, fumar no es cosa grave, y tolera que el predicador tenga este vicio, con tal de que a su vez les permita tener otros mayores. Debe recordarse que el uso del tabaco, no sólo es una costumbre sucia, sino que mina la fuerza intelectual y nerviosa del mejor hombre. Conozco muy pocos predicadores que tengan este vicio, pero ninguno de ellos goza de buena salud, ni se distingue por su intelectualidad.

 

·        Por otro lado, fuera del mal ejemplo que da a los jóvenes de su iglesia, este vicio relaja la dignidad y la influencia del predicador, más, mucho más, de lo que él supone.

 

3.      No debe ser asiduo participante de diversiones mundanas. El peligro está en que el mundo se introduzca en la iglesia, y las consecuencias son funestas para la vida espiritual de sus miembros. El mundo tiene de sobra  atractivos que seducen a nuestra juventud cristiana. Apenas si podemos detenerla, y si el mismo predicador es mundano, ya puede calcularse el efecto que su conducta tendrá en la juventud y en la iglesia en general.

 

·        Sin duda, por la conducta poco cuidadosa del predicador, hay tantos cristianos que tienen un pie en el mundo y el otro en la iglesia.

 

·        El Señor dijo de los suyos: “no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo,” y el apóstol recomienda: “no améis el mundo, ni las cosas que están en el mundo.”

 

·        Conocí a un joven predicador que terminaba temprano los servicios religiosos porque, decía que tenía que asistir al cine. Excusado es decir, que él y su iglesia fracasaron lamentablemente.

 

·        De vez en cuando hay una película notable que me gusta ver: pero la mayor parte de las que se exhiben, son inmorales y no pueden ni deben verse por cristianos, sin que dejen huella en su carácter moral En tratándose del predicador, el efecto es peor.

 

4.      Tampoco debe hacer ninguna cosa de carácter dudoso, ni nada en oculto ni que le avergüence. Su vida pública ha de ser diáfana, de modo que pueda ser un ejemplo para los fieles, como lo recomienda el apóstol.

 

5.      Debe abstenerse de toda clase de chismes y enredos familiares. El predicador oirá mucho de esto, pero si es prudente, en vez de fomentar los chismes, hará por apagarlos o disminuir su intensidad.

 

·        Dios nos ha dado dos oídos y dos ojos, pero una sola lengua. Esto tal vez quiera decir que tendremos que oír y ver dos veces más de lo que debemos hablar. A nuestro pesar, veremos y oiremos cosas desagradables, pero si tenemos cuidado con nuestro modo de hablar, esas cosas no aumentarán de proporción, como generalmente sucede. La posición del predicador demanda que sea prudente para oír y mucho más para hablar.

 

6.      Debe ser justo en todos sus tratos. Remunere justamente el trabajo del pobre, y no defraude a nadie. Hasta los extraños deben saber que el predicador es hombre honrado en sus tratos con los demás. Cualquiera sospecha de ventaja sobre otro, será prontamente notada y rebajará su dignidad ministerial.

 

·        No pagar el tranvía, recibir mayor cambio del que es debido, dar medida escasa, tratar de poner en circulación una moneda falsa, poner trampas en los medidores de luz y agua, son para algunos cosas pequeñas, pero no es así, y practicadas por predicadores, destruyen su carácter y la influencia que pudieran tener.

 

7.      El predicador debe cumplir todos sus compromisos, sean pecuniarios, de palabra o morales. Ha de ser exacto en sus citas, como también para comenzar y terminar los servicios a tiempo. Algunos son muy descuidados en esto. Poco o nada les importa comenzar tarde los servicios, o detener a la congregación más del tiempo acostumbrado. Algunos hasta ponen su reloj sobre el púlpito, pero de nada les sirve. Predican largo y pobremente, con inútiles repeticiones y prolongan el servicio indebidamente. Tengo temor de algunos jóvenes que quieren usar su reloj en el púlpito, ya sé que el sermón será largo y cansado y que el pobre reloj será olvidado. Si es importante comenzar los servicios a tiempo, más lo es terminarlos a tiempo. Si en algunos servicios se va a tener bautismos o la Cena del Señor, acórtese el sermón, pues la gente nunca se causa de oír un sermón corto: o mejor suprímase, ya que las mismas ordenanzas cuando son debidamente practicadas, son un buen sermón. Fin. Revisado