EL PREDICADOR

Su Actitud después de Predicar

(11)

 

 

 

Lo que tratara:

Al bajar. Las felicitaciones. Una mala costumbre. Cordial y cortés con todos. Una tendencia de los jóvenes.

 

    No termina la misión del predicador al acabar de exponer el evangelio desde el púlpito. Ha desempeñado una parte importante, si ha tenido la debida preparación y si concienzudamente ha procurado dar al pueblo un mensaje del cielo. Pero su misión continúa después del púlpito y es tan delicada que si no tiene el debido cuidado, puede echar a perder la mejor labor que haya hecho en el púlpito. Los ojos de la congregación siguen fijos en el ministro para observar su actitud después del púlpito. Si ésta no corresponde a la naturaleza de su mensaje, la gente duda, y con razón, de su sinceridad, perdiendo la influencia que como ministro pudiera ejercer.

 

    En efecto, la gente se fija no tanto en nuestro modo de predicar, cuanto en nuestros hechos y en nuestro método de vida. El axioma de todos repetido de que los hechos hablan más alto que las palabras, en nadie tiene mejor aplicación que en el predicador del evangelio.

 

    Detengámonos por ahora en su actitud al descender del púlpito.

 

1.      Baje de manera humilde sin mostrarse satisfecho con su sermón. Por bien que un hombre predique, debe recordar que nunca lo hace como debiera y que sin duda tiene faltas que conviene corregir. Por otra parte, recuerde que no es él quien debe pronunciar el fallo, y por último si cree que ha dado un buen mensaje al pueblo, debe dar la gloria al Señor en vez de envanecerse tontamente.

 

2.      Tenga mucho cuidado con las felicitaciones que algunas veces prodigan los oyentes. Estas felicitaciones han echado a perder a más de un predicador joven. Sólo los hombres sensatos las reciben sin ufanarse. El joven debe tener en cuenta que estas felicitaciones pueden ser:

(1)   Una mera cortesía. Mucha gente de modales educados y finos cree que es un deber de cortesía decir alguna palabra de felicitación a quien ha dado desde el púlpito un mensaje. Si el predicador es un simplón incapaz de hacer la debida distinción, llega a creerse acreedor no a la cortesía, sino a la felicitación, y aquí comienza su envanecimiento. El predicador debe agradece tal cortesía, pero sin mostrar que la merece.

 

(2)   La felicitación puede ser también de cariño. Si algunos parientes o amigos íntimos del predicador lo han oído, se creen obligados a felicitarlo. Si éste no descubre el motivo, cae en el error de creer que predicó bien y que merece la felicitación. Los amigos y parientes en vez de felicitarlo, debieran fijarse en sus defectos ‘y piadosamente hacérselos ver en lo privado.

 

(3)   Otras veces la felicitación es efecto de la ignorancia. La gente sencilla e ignorante, que forma muchas de nuestras congregaciones, aplaude y felicita al predicador joven cuando ha empleado términos rebuscados y altisonantes o cuando emplea frases y palabras extrañas. En una ocasión el predicador daba su mensaje en un pueblo de la sierra. Su auditorio se componía de gente campesina y humilde. Una viejecita era la que más atención ponía, la mejor oyente que tuvo nuestro predicador. Al acabar el mensaje, esta buena mujer se acercó al predicador y le dijo: “qué palabras tan bonitas nos dijo usted, sobre todo, me encantó la palabra Mespotamia, qué palabra tan dulce” Pues por muchas otras palabras semejantes, cuyo significado la gente no entiende, muchas veces recibe el predicador felicitaciones. ¡Y así hay predicadores jóvenes que se hinchan más que un pavo!

 

(4)   Pero no todas las felicitaciones son de esta clase. Muchas son sinceras y merecidas. Pues ni en este caso debe el predicador envanecerse, sino sentirse estimulado para estudiar más y predicar mejor, va que la predicación es un arte difícil en que se puede mejorar indefinidamente.

 

3.      Debe evitar la mala costumbre de solicitar opiniones sobre su sermón. Algunos las solicitan directamente. Los que se creen menos tontos lo hacen indirectamente. ¿Qué tal? ¿Qué le pareció el sermón?, son preguntas de necios.  Un ministro preguntó a una anciana piadosa de su congregación su opinión acerca de su último sermón. La buena señora le contestó con franqueza que no le había gustado por tres motivos principales: primero,  porque usted lo leyó; segundo, porque lo leyó mal, y tercero, porque no valía la pena haberlo leído.

 

·        De esta clase de oyentes necesitan muchos predicadores. No tanto de los que los adulan, sino de los que les hacen ver sus defectos para que los corrijan.

 

·        Los predicadores jóvenes debieran tener entre sus oyentes a dos o tres amigos que tomaran nota de sus faltas y se las dijeran con franqueza al terminar de predicar.

 

·        Otros, para recabar opiniones sobre su sermón, citan en conversación algunas partes del mismo o hacen alusión a alguna ilustración que empleó. Todo esto es impropio y le hace daño al predicador joven. El ministro modesto y humilde evita tal proceder. Más bien, se sentirá descontento de sí mismo y temeroso de no haber predicado como debiera haberlo hecho.

 

4.      Al bajar del púlpito, debe mostrarse cordial y cortés con todos. Salude a cuantos pueda con sonrisa agradable, pero sin olvidar la gravedad de su cargo. Es impropio entrar en charlas y conversaciones frívolas. No se olvide de buscar especialmente a los nuevos para dirigirles una palabra de aliento y convidarlos a los servicios.

 

·        No tenga preferencias en su trato con los congregantes. Si por falta de tiempo no puede saludar a todos, que no sean los pobres y humildes los que tengan motivo de queja. Los predicadores jóvenes tienen la tentación de saludar de preferencia a las señoras y señoritas. Debe evitarse esto, sin dejar de mostrarse cortés con las damas y con todos. Pero especialmente debe tener mucho cuidado en su trato con el otro sexo.

 

·        No se olvide el predicador de los niños y sea muy afable con ellos. Los niños son la esperanza de la iglesia. Entre ellos están los futuros ministros, los estadistas y los hombres que se han de distinguir por su misión en el mundo. Despida a todos los congregantes con cariño, invitándolos a volver.

 

    De este modo el predicador seguirá siendo, después de predicar, la figura atrayente y simpática que se ganará el cariño y la estimación de cuantos traten con él. Fin. Revisado