Requisitos del Predicador

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Contenido:

Conversión. Llamamiento a la Predicación. Pureza de Enseñanza.

     Predicar es tarea difícil. Ocupar el púlpito regularmente y dar al pueblo un mensaje cada vez nuevo y de interés, no es cosa sencilla. Esta misión la encomendó el Señor a los discípulos que antes había instruido y preparado. Sólo así pudieron hacerlo con éxito.

 

     No todos deben predicar. Todos los cristianos deben, ciertamente, dar razón de su esperanza y fe con palabras y con hechos de lo que el evangelio ha hecho por ellos. Pero la predicación efectiva debe hacerse sólo por los que el Señor ha escogido y llamado.

 

     Además, para predicar como se debe, se requiere de quien lo haga que tenga una exquisita preparación y ciertos dotes naturales sin los cuales le será imposible hacerlo. No basta que un hombre tenga buena intención, ni que posea cierto grado de cultura intelectual, ni habilidad para expresar sus pensamientos. Es indispensable, además, llenar ciertos requisitos esenciales, para que pueda desempeñar con algún éxito tan delicada misión.

 

Los principales de estos requisitos son:

 

  1. La conversión. Es absolutamente necesario que el predicador sea hombre convertido. Si no tiene esta cualidad esencial, su predicación será acaso una pieza literaria, un discurso más o menos arreglado, pero no será nunca un mensaje de Dios, ni afectará seriamente a los que le escuchen, ni moverá los sentimientos y la voluntad.

 

·        El predicador tiene que hablar en el púlpito de la condición perdida del hombre, de la necesidad del arrepentimiento y la conversión, del nuevo nacimiento, de la fe personal en Cristo, de la vida santa y de otras muchas cosas que se tienen por experiencia personal. Pero sus palabras serán sin valor, si él mismo no es convertido. Si se quiere tener éxito en el púlpito, es necesario hablar con verdadera convicción y por experiencia personal. Ningún valor tienen las palabras de quien no cree ni ha experimentado lo que está diciendo. Si no se puede decir “nosotros somos testigos de estas cosas,” “hablamos lo que nuestros ojos han visto,” es inútil predicar, pues la gente pregunta al predicador: “¿qué dices de ti mismo?”

 

·        Ningunas palabras tienen más valor que las que llevan el sello personal. La religión que se predica en el púlpito es experimental. Un hombre puede hablar de manera sencilla, pero si sus palabras son el producto de su experiencia, la gente le escucha con interés, pues la sinceridad siempre ha sido y es requisito indispensable en la predicación.

 

·        Los predicadores no convertidos, han hecho mucho daño a la causa de Cristo, pues al asaltar el púlpito, ocupan un lugar que no les corresponde, vulgarizando la predicación. Por esto hay mucha gente que no quiere oír, pues teme que el que predica sea un charlatán, en vez de un hombre de Dios. Se ha perdido considerablemente el interés en la predicación, por el charlatanismo de los que sin ser convertidos se atreven a predicar.

 

·        Preguntaba un predicador a un famoso actor por qué en el tablado se tenía más éxito que en el púlpito. Este contestó: “es porque los actores hablamos de cosas falsas como si fueran ciertas, y los predicadores hablan de cosas ciertas como si fueran falsas”.  Ciertamente es esta falta de sinceridad y convicción, lo que ha desprestigiado al púlpito, y esto es debido a que frecuentemente se ocupa por hombres no convertidos que, no pudiendo hacer otra cosa, se meten a predicar.

 

·        Si hubiera un modo de limpiar el púlpito, arrojando de él a los que lo ocupan indebidamente, la predicación sería tan poderosa como en los tiempos de los apóstoles y otros nobles hombres de Dios que conmovían las masas con  palabras inspiradas.

 

·        Es la conversión requisito necesario no sólo para ser bautizado y adherirse al cuerpo de Cristo que es la iglesia, sino esencialmente para aquellos cuya meta es dedicarse a la predicación de tiempo completo. Sin ella (la conversión), la predicación es pura palabrería, insustancial y sin provecho para nadie. Por desgracia tenemos mucho de esta clase de predicación en los tiempos actuales. Muchos jóvenes, mejor debieran dedicarse a otra cosa, aunque sea cortar leña, labrar la tierra, hacer zapatos, etc., que intentar predicar, sin haber experimentado la conversión. Los que hacen esto, yerran su vocación, se perjudican a sí mismos y perjudican a los que los escuchan.

 

·        Es, pues, la conversión requisito indispensable en quien desee ocupar el púlpito con éxito y provecho.

 

  1. El segundo requisito es: su llamamiento a la predicación. El predicador debe estar seguro de haber llenado este requisito, pues la convicción de haber sido llamado a predicar, es lo que le da valor, confianza y aun atrevimiento en el púlpito. No todos los cristianos pueden ni deben predicar. Hay otros departamentos del trabajo en que los cristianos en general pueden ayudar. Pero el púlpito debe reservarse especialmente para los que Dios ha llamado a la tarea delicada de hablar en su nombre.

 

·        Dios llama distintamente a los que él quiere. Ni la educación del hombre, ni su posición, ni sus méritos, si los tiene, son motivo para este llamamiento. Dios libremente escoge a quienes él quiere y necesita. Cuando alguien ha sentido este llamamiento, debe aceptarlo sin ninguna excusa, pues es inútil tratar de huir como Jonás o poner excusas como Moisés. No todos son llamados del mismo modo, Algunos como Isaías y Pablo necesitan una visión especial, otros sólo han oído la invitación del Señor con una sola palabra: “sígueme.” Pero cada uno recibirá un llamamiento apropiado a su condición y tan claro que no le deje lugar a duda.

 

·        También Dios puede y llama; al desempeño de esta misión a hombres humildes como Amós y los apóstoles, o a sabios y doctos como Isaías y Pablo, pues estos y los otros tienen lugar en la obra del Señor, si él los autoriza y prepara para el desempeño de su misión. Dos cosas sienten los que son llamados: la primera es su responsabilidad si no cumplen con su deber.  Es tan grande esta responsabilidad que exclaman como Pablo: “me está impuesta necesidad y ¡ay! de mí si no anunciare el evangelio”. La otra es, un alto concepto de su misión. La consideran no como empresa humana, sino divina. Hablan en nombre de Dios y como si Dios hablara por ellos. Dirán como Isaías: “oíd cielos y escucha, tú tierra, porque habla Jehová”. Convocar los cielos y la tierra para oír a un hombre que habla en nombre de Dios, sólo lo pueden hacer los que han sentido profundamente el llamamiento de Dios. Sólo así se tendrá el valor de Elías o Juan el Bautista para denunciar el mal aun en los poderosos.

 

·        Por otra parte, no debe olvidarse que incurren en gran responsabilidad los que, sin ser llamados, intentan hablar en nombre de Dios. Se le dijo a un profeta falso: “Jehová no te envió”,  y su castigo fue la muerte por haber usurpado el lugar de los enviados de Dios. Ninguno que no haya sentido este llamamiento, debiera atreverse a hablar en el nombre del Señor. Algunos lo hacen y aun se atreverán a decir en el último día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre echamos fuera demonios?” Pero la respuesta será: “no os conozco, obradores de maldad”.

 

·        Es, pues, grande la responsabilidad de quien predica sin haber sido llamado. Pero también la tienen los que siendo llamados, huyen del cumplimiento de su deber.

 

  1. Un tercer requisito es: la pureza en la enseñanza. El siervo del Señor es llamado a predicar la verdad y sólo la verdad. Su predicación ha de ser pura, ha de ajustarse en todo a las enseñanzas de la palabra de Dios. Usar el púlpito para enseñar errores y doctrinas falsas, es profanarlo. Debe estar seguro el predicador de que lo que expone en su mensaje, tiene apoyo en la autoridad divina y la aprobación del Señor, pues de otro modo él dirá de tal predicador como de los profetas de Samaria y Jerusalén en tiempo de Jeremías: “Hicieron errar a mi pueblo; hablan visión de su corazón, no de la boca de Jehová”

 

·        Vivimos en un tiempo en que los errores y doctrinas falsas se enseñan como verdades, en que la Biblia se ha mutilado y el púlpito se ha convertido en baluarte de maestros falsos y engañadores. Más que nunca se necesita ahora la enseñanza pura. El evangelio sencillo y puro de Cristo, expuesto por hombres de Dios, es la salvación del mundo.

 

·        Se han extendido tanto estos errores y doctrinas falsas, que las almas tienen hambre y sed de la verdad, y es en el púlpito cristiano donde puede y debe saciarse esta necesidad. Por esto el predicador debe estar completamente seguro de que su mensaje es puro, ajustado en todo a la doctrina de Cristo. Debe tener presente el consejo de Pablo a Timoteo: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste. Vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina; antes teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus concupiscencias y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.”

 

·        Tal tiempo ha llegado ya, y por este motivo es en el púlpito donde debe exponerse sólo la verdad, “la sana doctrina”.

 

     Por lo expuesto puede verse que si el predicador reúne estos tres requisitos esenciales: conversión, llamamiento a la predicación y sanidad en la doctrina, la preparación que haga para predicar, será verdaderamente de provecho. Si no los reúne, es inútil la mejor preparación, pues en el púlpito sólo tienen éxito los que Dios ha llamado y preparado para ocuparlo. Fin-Rev.