La causa de Cristo y la conducta cristiana

 

La carta de Pablo a Tito

La causa de Cristo exige un estilo de vida cristiano

(Tito 3)

 

“... yen estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras” (Tito 3:8).

 

   En Tito 2:11-14, Pablo abordó en forma exhaustiva el tema de la gracia de Dios y la forma como ésta se había manifestado a todos los hombres, enseñándonos acerca de la vida que debe vivirse y de ser celosos de buenas obras. En 3:1-11, describió la conducta cristiana especifica que se requiere observar por la causa de Cristo. Los aspectos específicos de esta conducta tienen que ver con ciertos individuos en particular (3:1, 10, 12-13), con algunos principios que deben regir el comportamiento (3:2-3), y con la necesidad de estar conscientes de los cambios que obra la gracia de Dios en nosotros (3:4-6). Todos estos compromisos se relacionan con la gran culminación que se expresa en 3:7: “... para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna”. El anterior es un glorioso objetivo que casi siempre pasa desapercibido en medio de las aflicciones de la dimensión temporal. Los comentarios finales de Pablo (3:12-15) conservaron su enfoque cuando enviaba sus saludos.

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Lección 5

La causa de Cristo y la conducta cristiana

(Tito 3:1-11)

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EL ESTILO DE VIDA QUE SE DEMANDA (vv. 1-2)

 

En lo civil (v. 1)

Esto fue lo que Pablo dijo: “Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan,...” (3:1). Los cristianos siempre se comportarán con respeto hacia la autoridad (Hechos 23:1-5; 1ª  Pedro 2:13-17). La conducta que se especifica aquí exige sujeción y obediencia’ a las “autoridades”.2 Esta conducta se le debe a los dos: a los gobernantes y a las autoridades —a los que hacen las leyes y a los que las hacen cumplir. La palabra “obediencia” significa que hay que actuar, mientras que la palabra “sujeción” se refiere a la actitud con la cual se actúa (vea Hebreos 13:17, donde hallará una construcción paralela). Combinando estas palabras, se obtiene que hay que hacer lo que la ley requiere, y hay que tener una buena actitud cuando se hace.

 

   La sujeción y la obediencia deben manifestarse como resultado natural de que el pueblo del Señor está “[dispuesto]3 a toda buena obra” (Efesios 2:10; Gálatas 6:9-10; Tito 2:14). Esta es una estipulación indispensable en este contexto. La sujeción obediente a los gobernantes y autoridades tiene que ver con las “buenas obras”. Lo anterior excluye a los gobernantes que les pidan a los cristianos hacer lo malo (note el plan de Dios para los gobernantes según se da éste en Romanos 13:1- 7), y descarta al cristiano que actúa descuidadamente en asuntos comunales (vea Mateo 5:13-16; 22:17-21). El cristiano debe estar dispuesto a actuar en el momento oportuno para hacer buenas obras.

 

   Es una triste realidad que muchas veces fueron los oficiales civiles, y no el pueblo de Dios, los que tomaron cartas en el asunto cuando fue necesario corregir abusos morales y alentar el comportamiento ético en sus comunidades. Pablo no estaba sugiriendo que los cristianos organizaran marchas y levantaran pancartas, sino que siguieran las pisadas de Cristo y dieran un ejemplo visible de piedad y comportamiento moral y ético.

 

En lo social (v. 2)

   La conducta correcta comprende lo que se debe y lo que no se debe hacer. El cristiano, a nadie debe “difamar” (3:2). El discurso difamatorio jamás será apropiado en boca de los cristianos. Ninguna palabra corrompida deberá salir de nuestras bocas (vea Efesios 4:29; Colosenses 4:6; 1ª  Pedro 3:9-10). De nada sirve este tipo de discurso y no podrá ser de ningún provecho en las relaciones interpersonales.

 

   El cristiano no es “pendenciero”. Valga esta parte de la epístola para hacer notar que las características que se requieren de los obispos (1ª  Timoteo 3:3) también se requieren de todos los cristianos. Un grandioso ejemplo, de este comportamiento es el que da Jeremías. Este, a pesar de ser objeto de abusos, se iba humildemente y volvía otro día con un “Así ha dicho Jehová” en su boca (Jeremías 28:1-16).

 

   El cristiano debe ser “amable”. Este espíritu de equidad es todavía más importante cuando se manifiesta dentro de un contexto, en el cual la controversia puede aflorar.

 

   El cristiano debe mostrar “toda mansedumbre” para con todos los hombres. La palabra griega, de la cual se traduce “mansedumbre”, conlleva la idea de fortaleza, sin embargo, se trata de una fortaleza que está bajo control. Barclay ilustró esta idea mediante el uso de la figura de un animal salvaje que ha llegado a ser obediente al freno y a la brida. En este caso, toda la fuerza del animal está todavía contenida en él, pero se ha sometido bajo control.

 

UN CAMBIO OBRADO POR UN CREADOR LLENO DE COMPASIÓN (vv. 3-7)

   El arrepentimiento y la conversión son señales de cambio. El arrepentimiento es un cambio en la forma de pensar, el cual lleva a la conversión. Esta a su vez es un cambio de dirección y de conducta. Pablo pasó después a determinar algunos rasgos del carácter no deseados, cuya gravedad explica por qué son necesarios tales cambios.

 

La insensatez del ser humano lo obliga a cambiar (v. 3)

   Esto fue lo que Pablo aseveró: “nosotros... también éramos en otro tiempo...” (3:3).  ¿Cuántas de estas insensateces caracterizaron la vida de Pablo (Saulo) el perseguidor? ¿Cuántas de éstas ha tenido usted en común con él?

 

   ¿Ha sido usted “insensato”? La ge1te insensata se caracteriza por su impulsividad, por sus actuaciones poco inteligentes o por darle cabida a los apetitos de la carne. Todos podemos recordar momentos de insensatez de nuestras vidas. Puede ser que éstos se dieron por ignorancia (como en el caso de Pablo, cuando perseguía a los cristianos; Hechos 23:1), o puede ser que se dieron ¡porque no estábamos usando la cabeza!

 

   ¿Ha sido usted “rebelde”? Esta palabra se refiere principalmente a una persona que no escucha. En Proverbios 5:12-14, se representa al rebelde como uno que después se lamenta con estas palabras: “Cómo aborrecí el consejo, y mi corazón menospreció la reprensión; no oí la voz de los que me instruían, y a los que me enseñaban no incliné mi oído! Casi en todo mal he estado, en medio de la sociedad y de la congregación”.

¿Lo ha “extraviado” alguien alguna vez? Hay personas muy hábiles en el arte de la seducción (vea Romanos 16:17-18; 1ª  Juan 4:1). Tengamos cuidado, porque de lo contrario ¡caeremos en sus trampas!

 

   ¿Ha sido esclavo de alguna de las diferentes “concupiscencias”? El ser humano está expuesto a ser “esclavo” de concupiscencias y deleites diversos. Es triste cuando los hombres neciamente toman alguno de los rumbos que señala esta lista, lo cual hacen hasta quedar atrapados —esclavizados a un estilo de vida así. Y continúan viviendo de ese modo, no conociendo la satisfacción y conscientes de que tal estilo de vida es indeseable. Los versículos cuatro y cinco demuestran que, aunque entre nosotros podríamos llegar a considerarnos casos perdidos, no nos considera así Dios, él no nos abandona.

 

   Según la descripción que hace Pablo de lo que éramos antes, los que no conocen a Cristo están viviendo en “malicia”  “envidia”.  Cuando nos llenamos de envidia, estamos en la antesala de los problemas (Éxodo 20:17). Esto fue lo que Juan Crisóstomo aseveró: “Como la polilla roe el traje, así la envidia consume al hombre”. Una persona así es inmoral y no puede tener gozo.

 

   Casi que lo más natural es que tal persona se vuelva “aborrecible”, de modo que se cause daño a sí misma y a todos los que se encuentran dentro de su ámbito de influencia. Esta es la clase de persona con la cual uno no querría andar. Esto fue lo que Jesús dijo de Judas Iscariote: “Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido” (Mateo 26:24). Esta persona no es deseable como compañera.

 

El favor divino ofrece un cambio positivo con beneficios eternos (vv. 4—7)

 

¡Cuán maravilloso es que, después de todos nuestros terribles padecimientos por causa de la insensatez humana, un Dios benevolente todavía nos extienda la mano y vea el potencial que hay dentro de nosotros! Sin duda que, de parte de Dios, es una manifestación de su “bondad” (3:4). Robinson definió la “bondad” como “lo útil que son las personas para los demás”.  ¡Cuán útil ha sido para nosotros que, después de haber bajado hasta el nivel de lo detestable (lo aborrecible), Dios haya sido lo suficientemente bueno como para extendernos su mano y elevarnos a esferas más altas y a estilos de vida mejores!

 

   La razón por la cual Dios manifiesta su bondad es su “amor”. En este versículo, la palabra griega de la cual se traduce “amor” no es agape, el tipo de amor que usualmente se asocia con Dios (vea 1ª  Juan 4:8; Romanos 5:8). Más bien, Pablo acertadamente utiliza una palabra que expresa amor benevolente y bondad (que es precisamente lo que, según el contexto, el hombre necesita desesperadamente y que Dios tiene en abundancia).

 

   Otro rasgo de la bondad de Dios es su “misericordia”.  ¡Cuán hermoso rasgo para tan tremenda necesidad! En cuanto a nuestra gran necesidad, tenemos que ésta fue llenada, pues dice que él “nos salvó” (3:5). Los que habíamos pecado éramos incapaces de hacer algo para salvarnos (Romanos 3:23; 5:6-11; 2ª  Corintios 3:5-6; 1ª  Juan 1:8, 10).

 

   El plan que hace relación al perdón presenta dos aspectos: 1) El primero es el “lavamiento de la regeneración”, es decir, el bautismo en Cristo, que es la manera como se obtiene una nueva vida (Gálatas 3:26-27; Romanos 6:3-4; 2ª  Corintios 5:17).  2) El segundo aspecto es la “renovación en el Espíritu Santo, la cual se da como cumplimiento de su divina promesa. Si esta re- novación en el Espíritu hace relación al nuevo nacimiento, entonces el agente del Espíritu es la palabra (compare 1ª  Pedro 1:22-23 con Marcos 16:15-16; 1ª  Corintios 12:13; Efesios 5:25). Si se trata de la renovación del Espíritu en nuestras vidas en Cristo, ella ha de llevar el fruto del que habla Gálatas 5:22-23.

 

   La persona que posibilita el nuevo nacimiento es Jesucristo, nuestro Salvador (3.6; vea Hechos 4.12). Esto es lo que leemos en 2:11-14:

 

Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros…

 

   La posibilidad que se nos abre mediante ese divino plan y esa importante Persona, es doble: 1) Somos justificados por su gracia (Efesios 2:1-10), y 2) venimos a ser herederos de la vida eterna (3:7; 1:2; Hebreos 5:8-9). Se nos perdona de nuestras insensateces del pasado y somos introducidos por adopción a la familia de Dios, para heredar la vida eterna (vea Gálatas 4:4-7). Tal como William Penn lo aseveró: “No hay propósito más real para la vida que el de conocer la vida que jamás acaba”.

 

LA CONDUCTA ESPECIAL QUE DEBEN OBSERVAR LOS CREYENTES (vv. 8-11)

   Los versículos del dos al siete brindaron las directrices para llegar a estar dispuestos a “toda buena obra” (3:1). En esos versículos, Pablo presentó el comportamiento que se requiere, los ajustes o cambios que se necesitan, y los beneficios divinos que Dios, en su bondad, amor y misericordia, ha puesto a disposición nuestra. Los versículos del ocho al once nos apremian a mantener ese buen estilo de vida y esas buenas obras, identificando la acción disciplinaria que se ha de poner en práctica, si alguna persona trata de frustrar el grandioso sistema divino.

 

Obras buenas y útiles (3:8)

   Pablo quería que Tito usara de “firmeza” para insistir en estas cosas (3:8). Sólo hay una ocasión en la que esta palabra se usa una vez más en el Nuevo Testamento, y es en 1ª  Timoteo 1:7. No obstante, allí se refiere a ciertos hombres que no entienden “ni lo que hablan ni lo que afirman”. ¡Sería una gran tragedia que, en lugar de ser los evangelistas del Señor los que manifestaran ese espíritu para presentar la verdad, fueran los falsos maestros los que insistieran con firmeza!

 

   Pablo quería que los evangelistas alentaran a los hermanos a “ocuparse en” buenas obras. Para que las buenas obras se puedan mantener, los siervos del Señor deben cuidar de ellas y también darles atención. La forma como podemos prepararnos para toda buena obra, es mediante el estudio de las Escrituras (2ª  Timoteo 3:16).

   ¿Por qué es necesario que nos mantengamos haciendo tales obras? Porque provienen de Dios y porque son “buenas” —de allí que sean agradables al Señor. En Efesios 2:10, dice que fuimos “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. También, las buenas obras son útiles a los demás —de allí que sean agradables a los hombres (1ª  Timoteo 4:8; vea Gálatas 4:8; 1ª  Corintios 15:58). Mucho antes de que el conferencista estadounidense Dale Carnegie comenzara a enseñar sobre cómo ganar amigos e influir sobre las personas, ya Pablo tenía la fórmula correcta para las buenas relaciones.

 

Obras inútiles y vanas (3.9)

   Hay ciertas formas de discusión que los cristianos deben “evitar”. Entre ellas están las cuestiones “necias” (3:9). Es realmente trágico que en una clase bíblica o debate entre hermanos (incluso predicadores), se desperdicie el tiempo en cuestiones, en las que es obvia la carencia de conocimiento, previsión o sabiduría (vea Santiago 1:5). Esta debe considerarse una actividad impía y contraria a Dios. Los que se ocupen en este tipo de discusión inútil son como la persona que descuida y desprecia lo que concierne a la salvación.

 

   Hemos de evitar las “genealogías” (vea Tito 1:9-10,14; 1ª  Timoteo 1:3-7; 6:3-5). En lugar de esto, debemos retener la palabra fiel —y alentar a otros a hacer lo mismo. Lo que Pablo le estaba pidiendo a Tito, era que evitara hurgar en la tradición genealógica popular. Las leyendas judías de aquellos tiempos no eran ni prueba divina ni causa justa para el orgullo familiar (vea Filipenses 3:1-9; Mateo 3:7-9; Gálatas 3:26-29). Lo mismo nos sucede hoy día, pues caemos en la misma trampa cada vez que hablamos de lo que “nuestro querido abuelo contaba” o insistimos en que “así actuaba el hermano fulano de tal, quien siempre fue nuestro predicador favorito”. No debemos permitir que las tradiciones humanas sean las que mayor influencia ejerzan en nuestras vidas, al punto que obstaculicen nuestro crecimiento en Cristo o nos aparten de alguna buena obra. La norma que nos guíe debe ser la verdad, y el camino por el que ndemos debe ser Cristo (Juan 8:32; 14:6; 2ª  Juan 9). Ninguno de los dos cambiará jamás y siempre serán correctos. Se debe evitar cualquier persona, pariente, herencia o tradición, que nos aparte de Cristo y de su verdad (vea Deuteronomio 13:1-9; Mateo 10:34-37; Lucas 12:51-53; 14:25-26; 1ª  Corintios 1:10-13).

 

   Debemos evitar el involucramiento en “con tenciones”. No es infrecuente que las cuestiones necias y un excesivo énfasis en las genealogías desemboquen en la contención. Casi siempre, lo que da origen al debate es un asunto trivial, y al final se obtiene como resultado la ofensa de palabra y el maltrato entre hermanos.

   Es triste cuando la ley de Cristo, la cual debe unir a los hombres, se manipula de forma tan inmadura, que las conversaciones degeneran en “discusiones”. Es de este modo como muchos llegan a la parálisis espiritual por causa del análisis humano. Es así como a muchos, las suposiciones los llevan a perder la paz, al estar dándole importancia a lo trivial y trivializando lo importante (es decir, lo más importante de la ley; vea Mateo 23:23-24; Gálatas 4:9-11). Esta conducta es “vana” (no tiene propósito) y “sin provecho” (no produce progreso).

 

   William Barclay resumió acertadamente los anteriores pensamientos:

Los filósofos griegos se pasaban su tiempo hilando muy delgado sus problemas. Los rabinos judíos se pasaban su tiempo construyendo genealogías imaginarias y edificantes para los caracteres del Antiguo Testamento. Los escribas judíos se pasaban largas horas discutiendo sobre lo que se podía y no se podía hacer el día de reposo, y sobre qué era inmundo. Ya alguien dijo que es peligroso que un hombre se crea religioso, porque entonces va a deliberar sobre cuestiones religiosas. Hay cierta clase de grupo para deliberación religiosa, el cual disputa simplemente por disputar. Hay cierta clase de grupo que deliberará durante horas sobre cuestiones teológicas. Es más fácil deliberar sobre cuestiones teológicas que ser amable y considerado y útil en casa, o eficiente y diligente y honrado en el trabajo. No hay virtud alguna en estar sentados deliberando sobre profundas cuestiones teológicas, mientras las tareas sencillas de la vida cristiana se están quedando sin hacer. No hay duda que tales deliberaciones no constituyen otra cosa más que una forma de evadir los deberes cristianos.

De ninguna manera debe interpretarse lo anterior como que no hay lugar para las deliberaciones cristianas; sino que la deliberación que no lleva a la acción es en gran manera una pérdida de tiempo.”

 

El pervertido necesita disciplina correctiva (3:10—11)

   El Señor sabía que algunas almas persistirían en hacer el mal o en manifestar un comportamiento impío. El Espíritu nos suministrá una frase para describir tal clase de persona: se trata del “hombre que causa divisiones” (3.10). El fruto de las contenciones es la división.

 

   El curso a seguir para tal clase de hombre, se da en 3:10b. Los hermanos deben darle al miembro faccioso una primera y segunda “amonestación” (vea Mateo 18:15-17). Si a través de estos esfuerzos no se produce un cambio favorable, los cristianos fieles deben “desecharlo”. ¡Ojalá los hermanos que se topen con un faccioso, el cual ha sido debidamente amonestado, atiendan a este ruego de Pablo en el sentido de desecharlo o evitarlo! Es decir, debemos evitar su espíritu faccioso y rehusamos a juntarnos con cualquier hombre o grupo empecinado en dividir el cuerpo que el Señor ha comprado con su sangre (vea 1ª  Corintios 1:10; Romanos 16:17-18; Hechos 20:29-31). Son muchos los hermanos inocentes que han sido apartados mediante esta maniobra satánica.

 

   ¿Por qué habría de emprenderse tan firme y decisiva acción en contra de miembro alguno del cuerpo del Señor? En ese momento (después de que todos los esfuerzos para hacerle cambiar de parecer y de comportamiento se hayan hecho), ya estaremos “sabiendo” que el tal se ha “pervertido” (3:11). Este causante de problemas ha dejado de estar convertido a Cristo y se ha apartado de los caminos de Cristo. Se trata de un hombre que “peca”; por lo tanto, la verdad de Dios y su conducta demuestran que él está “condenado por su propio juicio”. Sabe que está reaccionando en forma contraria a lo que los hermanos le están buscando demostrar mediante la verdad y la amonestación, sin embargo, su intención es persistir en esa conducta. Su conducta y rechazo a la idea de cambiar lo responsabilizan del juicio que se le debe imponer. Es una situación triste, pero si alguien que debería estar siguiendo en las pisadas de Cristo (1ª  Pedro 2:21-25) persiste en ese comportamiento, el tal debe ser desechado (2ª  Tesalonicenses 3:6,14-15). Fin.