Juan:

Cristo el Hijo de Dios

 

EL TÍTULO

   El evangelio de Juan lleva el nombre de su autor. Tanto las pruebas internas como las externas, señalan al apóstol Juan, «el discípulo a quien amaba Jesús» (21:20, 24), como el autor. «Juan» es una forma abreviada de una palabra hebrea que significa «Jehová ha sido misericordioso».

 

LOS ANTECEDENTES

   Este es el cuarto y último relato de la vida de Cristo. ¿Por qué hay cuatro relatos independientes de la vida de Jesús? El Antiguo Testamento presenta de vez en cuando dos relatos de un mismo evento, pero cuatro es excepcional en la Biblia. He aquí algunas posibles razones por las que Dios nos dio cuatro relatos: 1) Estos relatos muestran la importancia de la vida de Cristo. 2) Ellos demuestran más allá de toda duda, la veracidad de estos relatos. Dos o tres son suficientes para «demostrar» la veracidad de un hecho; cuatro son mejores. 3) Debido a la naturaleza multifacética de Jesús, un solo autor no podía haber hecho una justa representación de Jesús como Rey, Siervo, Hijo del Hombre e Hijo de Dios.

 

   Juan era un pescador (Marcos 1:19-20; Lucas 5:10) a quien Jesús llamó para que lo siguiera. Después de haber sido escogido como uno de los doce (Mateo 10:2), Juan llegó a formar parte del círculo de los tres más allegados a Jesús (Marcos 5:37-40; 9:2; 14:33). Tuvo una relación especial con Jesús (21:20, 24) y Este le confió el cuido de Su madre cuando El moría en la cruz (19:25- 27). Una fuerte tradición dice que Juan trabajó más adelante en Éfeso; esto concuerda con el exilio que sufrió Juan en la isla de Patmos (Apocalipsis 1:9), en las afueras de la costa de Asia, no lejos de Éfeso (note Apocalipsis 2:1). La misma tradición dice que Juan regresó a Éfeso siendo anciano y que murió allí. Es razonable conjeturar que el evangelio de Juan fue escrito en Éfeso.

 

   Es probable que Juan escribiera el libro en la década de los noventa, mucho tiempo después de los relatos de Mateo, Marcos y Lucas. En vista de que los evangelios sinópticos ya circulaban desde hacía unos treinta años, Juan no repite la mayoría del material que se presenta en ellos. Su relato es principalmente un complemento para los primeros tres.

El evangelio de Juan tiene su propio énfasis especial. Para la fecha en que se escribió, habían surgido muchos conceptos erróneos (vea notas sobre «El gnosticismo» en las notas de antecedentes de Colosenses). Había quienes enseñaban que toda carne es maligna. Por lo tanto, habían concluido que el Jesús que anduvo sobre la tierra no podía ser «el Cristo». Enseñaban que el Cristo, que era espíritu, controlaba al Jesús carnal, pero no era Jesús (vea el artículo «lera Juan: La certeza de la vida eterna»). Por lo tanto, Juan comienza su relato diciéndonos que «aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (1:14).

 

   Lo que recalca Juan es la deidad de Jesús; él presenta a Jesús como «el Hijo de Dios». En 20:31, Juan da la razón para la escritura de su relato: «éstas [señales] se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre». Para confirmar que Jesús es el Hijo de Dios, Juan recalca dos ideas principales: 1) las afirmaciones de Jesús, expresadas en las siete aseveraciones «yo soy» (6:35; 8:12, 58; 10:11; 11:25; 14:6; 15:1), y 2) los milagros de Jesús. La palabra especial que usa Juan para referirse a los milagros es «señales»:

Estos milagros eran señales de Dios en el sentido de que las afirmaciones de Jesús eran ciertas (2:23; 3.2; 4.54; 6:2, 14). En Juan se consignan siete señales de Jesús (2:1-4; 4:46-56; 5:1-9; 6:14, 26, 30; 6:16-21; 9; 11).

 

   La respuesta apropiada a la prueba del Señorío de Cristo, que se brinda en Juan, es la fe. La palabra «creer» ocurre casi cien veces en el libro. Si nosotros no creemos, no tendremos esperanza. Jesús dijo: «si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis» (8:24). En relación con los lectores, al evangelio de Juan se le ha llamado «el evangelio universal», esto es, se ha dirigido a todos los hombres en todo lugar, para todos los tiempos.

 

   Es corriente decir que el ministerio personal de Jesús duró tres años. Esta es una conjetura no carente de sustento, que se basa en el hecho de que Juan menciona tres celebraciones de la Pascua durante el ministerio de Jesús (2:23; 6:4; 13:1).

 

COMPENDIO

 

INTRODUCCIÓN (1:1-18).

 

I. EL HIJO DE DIOS Y SU MINISTERIO PÚBLICO (1:19-12.58).

 

II. EL HIJO DE DIOS Y SUS DISCÍPULOS (13—17).

A.    El incomparable discurso de despedida (13-16).

B.   La oración del Señor que quedó en el olvido (17).

 

III. EL HIJO DE DIOS Y TODOS LOS HOMBRES (18—21).

A.    La traición y los juicios de Cristo (18:1-19.16).

B.   La muerte y la sepultura de Cristo (19:17-42).

C.   La resurrección de Cristo y una explicación (20-21).

 

LECCIONES DE JUAN

   El evangelio de Juan es sencillo y a la vez profundo. El nivel del griego de Juan es tan sencillo que el libro se usa para enseñar a estudiantes principiantes de ese idioma. Por otro lado, el libro es, en muchos sentidos, el más profundo de los evangelios. Puede mantener la atención del lector por toda una vida.

 

   Una de las muchas secciones que más invita a reflexionar, y que no se encuentra en los sinópticos, es la enseñanza sobre el nuevo nacimiento, de Juan 3. Es fácil mostrar a partir de 1ª  Pedro 1:22-23 y otros pasajes, que la expresión «nacer de nuevo» es otra manera de hacer referencia al proceso de la conversión; significa básicamente lo mismo que se expresa en las instrucciones de Pedro, cuando dice: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros» (Hechos 2:38). No obstante, descartar el concepto de un nuevo nacimiento de este modo, equivale a no captar el impacto del cambio radical implícito en esta terminología. El mejor comentario que se puede hacer de Juan 3 lo constituye la primera epístola de Juan, donde él a menudo habla de los resultados de nacer de nuevo: 1ª  Juan 2:29; 3:9; 4:7; 5:1, 4.

 

   Otra sección que no se encuentra en Mateo, Marcos o Lucas es Juan 14-17. La sección comienza con el «incomparable discurso de despedida» que da Jesús a Sus discípulos, con el fin de prepararlos para Su muerte. Tal discurso culmina con la maravillosa oración de Jesús que se recoge en el capítulo 17: una oración por sí mismo (versos 1-5), por los apóstoles (versos 6-19) y por todos los creyentes (versos 20-26). ¡Todos necesitamos poner de parte nuestra para responder la oración de Jesús por la unidad, en los versículos 20-23!

 

Lecciones de la toalla

(Juan 13:1—17)

 

   Jesús estaba perfectamente al tanto del calendario de Su vida. Durante Su ministerio personal se recalcó repetidamente que Su hora no había llegado (2.4; 7.30; 8.20). Ahora sí había llegado Su hora (12:23; 13:1;

17:1). ¡Tenía tantas cosas que deseaba decir a Sus discípulos antes de Su muerte! No obstante, para que ellos estuvieran preparados para Su gran discurso de despedida (14-17), necesitaban las lecciones de la toalla.

 

I. LA LECCIÓN DE LA HUMILDAD (13:1-5).

A.    Jesús toma la toalla.

1.    En lugar de estarse lavando los pies unos a otros, los discípulos estaban disputando sobre quién era el más grande (Lucas 22:24).

2.    Jesús se hizo un siervo cuando comenzó a lavarles los pies (Filipenses 2:7,8; Mateo 20:28; Lucas 22:27).

B.   Nosotros, también, necesitamos «tomar la toalla».

1.    El mundo busca la exaltación; el cristiano busca una oportunidad para servir.

2.    Necesitamos aprender a ser humildes. ¡Jesús dijo: «El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo!. ¡Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido»! (Mateo 23:11-12.)

 

II. LA LECCIÓN DE LA SANTIDAD (13:6-11).

A.    Cuando Jesús lava los pies de Pedro, Él recalca la necesidad, no solo de la pureza corporal, sino también de la espiritual.

1.    El final del versículo 10 se refiere obviamente, no solo a la pureza corporal, sino también a la espiritual (note verso 11).

2.    Jesús no está sencillamente lavando los pies; también está enseñando una lección acerca de cómo ser puros en el interior.

a.     A menos que seamos lavados (en la sangre de Jesús), no tendremos comunión con El (Hechos 22:16; Apocalipsis 1:5).

b.     Una vez «lavados» (en la sangre), todavía tenemos necesidad de constante lavamiento de «pies» (la  Juan 1:9-2:1).

B.   El contexto recalca que, si deseamos ser limpios, debemos aprender a ser sumisos.

1.    El orgullo impedía a Pedro ser sumiso a Jesús. Si deseamos ser lavados constantemente en la sangre, debemos vivir el estilo de vida obediente que se describe en le Juan 1:7: «... pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado».

2.    ¡Esto causó una impresión en Pedro (note verso 9; 1ª  Pedro 5:5-6)!

 

III. LA LECCIÓN DE LA FELICIDAD (13:12-17).

A.    Jesús recalcó que Sus seguidores también deben estar dispuestos a «lavar pies».

1.    Esto no se refiere a una ceremonia que deba realizarse durante el servicio de adoración.

a.     Tal ceremonia no se consigna en el Nuevo Testamento ni en escritos cristianos primitivos.

b.     La única referencia a lavamiento de pies relacionada con la iglesia, se encuentra en 1ª  Timoteo 5:10.

3.    Esto se refiere a la disposición de Sus seguidores a servir a los demás, incluso si ello implica las tareas más humildes.

C.   Este, dijo Jesús, es el camino para ser feliz. Note el versículo 17: «Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis».

1.    El mundo busca la felicidad en lograr más, tener más y ser servido. Jesús dijo que la felicidad se produce por medio de dar, sacrificar y servir.

2.    Las personas más desdichadas son aquellas que creen que están siendo descuidadas y que los demás deben servirles.

 

CONCLUSIÓN

Si usted desea tener parte con Cristo y en la salvación que El le ofrece, deberá cultivar en usted mismo el corazón de un siervo. Deberá practicar la actitud ejemplificada por Cristo (vea Filipenses 2:3-7).

¡No es fácil ser un siervo, pero Jesús desafía a cada uno a «tomar su toalla» y seguirlo!