TOMÉMOSLO CON SERIEDAD

 

De la serie general: Lo más importante es el amor

 

(Lección  13)

 

 

       Jacob volvía a casa. Le invadía el temor, pues pronto se encontraría cara a cara con Esaú, aquel a quien había arrebatado con engaños su primogenitura. La noche anterior al encuentro con Esaú había sido aterradora para Jacob. La Biblia dice que luchó toda la noche con un ángel (Génesis 32.24; vea también Oseas 12.3-4). No ganó el combate, pero tampoco lo perdió. De hecho, recibió una bendición a causa de él. Cuando ya iba a ser de día, el ángel dijo: «Déjame, porque raya el alba», y Jacob le respondió: «No te dejaré, si no me bendices» (Génesis 32.26). Entonces, el ángel le cambió su nombre por el de «Israel», que significa «príncipe de Dios» (Génesis 32.27-28).

      Hemos dedicado doce lecciones al estudio del concepto bíblico del amor. Ha sido una experiencia que nos ha hecho más humildes; el tema es abrumador. Pero hemos tratado de aguantar, de no aflojar. No me atrevería a decir que hemos ganado; ni siquiera hemos comenzado a agotar el tema. Pero, por otro lado, no creo que hayamos perdido. Mi vida ha sido bendecida como resultado del esfuerzo, espero que la suya también.

      Ahora que hemos llegado a la última presentación, permítame darle a conocer por qué le puse por título a esta serie «El amor es cosa seria».

      Esta frase tiene doble propósito. Primero, quería enfatizar que este es un serio esfuerzo por entender el concepto bíblico del amor. Existe la necesidad de enseñanza sobre el amor que apele al corazón primordialmente. No sería sensato negar lo anterior cuando en los últimos años, tantos libros sobre la filosofía del «sentirse bien» sobre el amor, se han convertido en éxitos de ventas. Espero, no obstante, que también exista la necesidad de enseñanza sobre el amor, que apele a la mente, y de allí avance al corazón. Vale la pena volver de vez en cuando a los fundamentos del tema, para recalcar la base bíblica de nuestra enseñanza sobre él.

      La frase es también un juego de palabras. En cuanto al tema del amor, la expresión «cosa seria» puede ser usada no sólo para referirse a un estudio a fondo, sino también para una relación a fondo. Cuando una joven empieza una relación con un joven, esto es lo que ella dice: «Creo que la cosa va en serio con él». Cuando vemos que dos novios en edad de casarse salen juntos con regularidad, esto es lo que preguntamos: «¿Será que la cosa va en serio?». Espero que, como resultado de esta serie de lecciones, todos tomemos «en serio» nuestra relación con Dios y unos con otros.

Ese es el énfasis de esta última lección: ¡Tomémoslo en serio!

HEMOS TOMADO EN SERIO NUESTRO APRENDIZAJE SOBRE EL AMOR

     Hemos tomado muy en serio nuestro estudio sobre el amor.

Dimos comienzo recalcando la importancia del tema, con la lección que lleva por título: «¡Todavía ocupa el primer lugar!». Al final del gran capítulo bíblico sobre el amor. Pablo dijo: «Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor» (1ª  Corintios 13.13).

      La fe, la esperanza y el amor podrían considerarse «los tres grandes» de la vida cristiana. Lo siguiente fue lo que Pablo les dijo a los Tesalonicenses:

Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones, acordándonos sin cesar delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestro amor y de vuestra constancia en la esperanza en nuestro Señor Jesucristo (1ª  Tesalonicenses 1.2-3; énfasis nuestro).

       Las tres cualidades son muy importantes. Sin fe, no podemos agradar a Dios (Hebreos 11.6). La esperanza es el ancla del alma (Hebreos 6.19); la esperanza nos mantiene activos. Cuan significativa es, entonces, la afirmación de Pablo en el sentido de que «el mayor de ellos es el amor».

     La mayoría de las personas entienden en alguna medida cuan importante es el amor. Una persona dijo: «Puede que el amor sea lo que haga al mundo girar, y puede que no lo sea; pero una cosa es segura, y es que hace que valga la pena el viaje».

     Después, para darle un marco interpretativo a esta serie, nos centramos en un estudio de las palabras griegas que se traducen por «amor», en un sermón sobre «La palabra que los griegos usan para referirse al amor». Hoy día usamos la palabra «amor» de modo superficial. Hablamos de amar toda clase de cosas, que abarcan desde la sopa hasta las nueces, desde las personas hasta las petunias. Decimos que el amor llegó a la vida de alguien, como si de pronto hubiera sido víctima de un encantamiento.

     Hicimos, para afinar nuestros pensamientos acerca del amor, un análisis de las cuatro palabras griegas que se traducen por amor:

1)    eros se refiere a la «atracción física»; y le llamamos a éste «amor batido de fresa»;

2)    storge es «amor familiar», al cual designamos con la frase «amor a la tía Minie»;

3)     filia es la palabra que se refiere al «amor amistad», que es el «amor equipo de bolos»; y por último,

4)    ágape es acto de la voluntad, al cual nombramos «amor que hace llover sobre el justo y el injusto». Centramos nuestra atención en filia y en ágape. En el Nuevo Testamento no hay uso alguno de eros; y storge se usa rara vez; en cambio filia o ágape aparecen en casi cada página.

     Hemos hecho gran énfasis, no obstante, en la palabra ágape. Es la palabra especial del Nuevo Testamento para referirse al «amor». Es la palabra que Juan usó cuando dijo: «Dios es amor» (1ª  Juan 4.8,16). Es la palabra que se usa en 1ª  Corintios 13, el capítulo bíblico sobre el amor. Tuvimos, para subrayar las cualidades distintivas de ágape, una lección sobre el «Amor firme». Analizamos algunas de las cualidades del amor ágape, cuando dijimos que es amor incondicional, activo, leal y que nunca deja de ser. Una de las cualidades que más lo distingue, sin embargo, es que es desinteresado. No se interesa primordialmente en recibir; es en dar que se interesa. Un relato de Víctor Hugo ilustra esta última cualidad:

“Que hacía moverse los arbustos; y al hallarlos, hizo salir a empellones a la madre y a sus tres hijos. Los trajo al lado del sargento, y éste notó al instante que estaban padeciendo hambre; por lo cual les dio un largo bollo de pan francés. La madre lo tomó con gran avidez, como un animal hambriento lo haría, lo partió en dos pedazos y les dio uno a Después de la revolución, una madre francesa fue echada de su casa junto con sus tres hijos, entre los que se incluía un niño menor. Vagaron por el bosque y por los campos durante varios días. Ella y sus tres hijos sobrevivieron comiendo raíces y hojas. Al tercer día por la mañana, al oír que se acercaban unos soldados y un sargento, se escondieron entre algunos arbustos. El sargento ordenó a un soldado que fuera a averiguar qué era lo un niño y el otro al segundo niño”.

«No se dejó nada para sí», gruñó el sargento. «Debe de ser porque no tiene hambre», comentó un soldado. «No,dijo el sargento es porque ella es una madre.»

       Sin embargo, aunque uno pueda enumerar las características del amor ágape, éste se resiste a la definición. Aun en el más extenso y más completo tratamiento que se hace del tema en 1ª  Corintios 13, Pablo no trata de definir ágape, sino que solamente lo describe. En vista de que ese gran capítulo es tan importante para el tema, le dedicamos dos lecciones a su estudio.

       El título de la primera lección fue tomado del último versículo del capítulo que le antecede: «El “camino más excelente”». Pablo da tres razones por las que el amor es el camino más excelente: La primera es su superioridad. Pablo nos da a conocer que por más grandes que sean las capacidades de una persona, si no tiene amor, «nada» es.

      Si yo tuviera las virtudes enumeradas en 1ª  Corintios 13.1-3, creería que soy «algo». Siempre he admirado a las personas que tienen el don de aprender idiomas extranjeros. Yo no tengo ese don; carezco de oído para ello. Si pudiera hablar una docena de idiomas, creería que soy algo. Tengo una biblioteca de varios miles de volúmenes. No he leído ni una pequeña porción de lo que hay en ellos, y es poco lo que recuerdo de lo que he leído. Si conociera todo lo que hay en esos libros, creería que soy algo. La vida está llena de misterios. Si pudiera descifrar hasta el último de ellos, creería que soy algo. Pero Pablo dijo que por más logros que tenga, sin amor, nada soy, es decir, soy inexistente, un cero, nada de nada.

       La tercera razón por la que el amor es el camino más excelente es su permanencia. Todo lo demás pasa, pero no así el amor. «Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres». Si hiciéramos una lista de las cosas que más nos interesan y que más consumen nuestro tiempo, un alto porcentaje de ellas serían cosas temporales, cosas que se relacionan con el presente. Las virtudes permanentes son la fe, la esperanza y el amor, y «la mayor de ellas es el amor».

      Volviendo a la segunda razón, el amor es el camino más excelente debido a sus superlativos, sus cualidades especiales se enumeran en 1ª Corintios 13.4-7. En vista de que éstas constituyen la esencia de la argumentación de Pablo sobre el amor ágape, les dedicamos una lección entera al análisis de ellas, en una presentación sobre «La solución de Dios para muchos problemas». El amor es sufrido, es benigno y no tiene envidia. El amor es humilde, cortés, desinteresado y siempre está de buen humor. El amor piensa en lo mejor. El amor se preocupa. ¡Cuan necesarias son tales cualidades en mi vida!

      Después de haber tratado de determinar qué es el amor ágape, hicimos un viraje hacia «Las prioridades del amor». Cuando el escriba le preguntó a Jesús cuál era el gran mandamiento, Éste respondió:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas (Mateo 22.37-40).

        La máxima prioridad es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Amar a Dios con el corazón es amarlo con las emociones. Nuestro amor a Dios debería conmover nuestros corazones del mismo modo que el amor a Jesús conmovió el corazón de la mujer que le lavó los pies con sus lágrimas (Lucas 7.38). Amar a Dios con el alma es amarlo con nuestro mismo ser, amarlo con todo lo que somos. Amar a Dios con la mente es amarlo con nuestro intelecto. Cuando los musulmanes entran en sus mezquitas para adorar a Alá, ellos creen que deben dejar su calzado afuera. Cuando algunos de nosotros que somos cristianos ! venimos a adorar a Dios, pareciera que sentimos que debemos dejar nuestras mentes afuera. Pero no debe ser así: Hemos de amar a Dios con nuestras mentes.

        A estas alturas del estudio, hicimos una pausa para tratar de entender el concepto del amor a sí mismo, según insinúa el segundo mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Este sermón, cuyo propósito fue suscitar la reflexión, tuvo como título «El amor a sí mismo que no es egoísmo». Se intentó por medio de él establecer una posición intermedia entre dos extremos. Se hizo notar que, desde el punto de vista bíblico, amarse a sí mismo no tiene que ver mucho con tener «una imagen favorable de sí mismo» ni con sentirse bien con uno mismo. Aunque como cristianos que somos, tenemos muchas razones para estimarnos valiosos como personas, necesitamos estar siempre alertas a los peligros del demasiado énfasis en uno mismo que manifiesta una gran parte de la enseñanza moderna. El conocido conferencista William Tate se refiere en su obra Cómo aprender a amar, a tales peligros:

Lo que realmente asusta acerca del movimiento de la auto imagen, es que si uno comienza a gustarse a sí mismo y la manera como uno es, según los criterios que enseña, se llega al punto de creer, mediante una lógica evolución de los pensamientos, que uno no necesita un Salvador. Un libro que fue gran éxito de ventas, llevaba por título Tú estás bien, yo estoy bien. Y si nosotros estamos bien, ¿para qué necesitamos a Jesús? Bueno, la verdad es que separado de Jesús, yo no estoy bien, y tampoco lo está usted...

Tenemos una enfermedad mortal, a la cual se le conoce como pecado, no como ausencia de autoestima. Y no es sino hasta que reconocemos nuestra necesidad, nos arrepentimos y venimos al Señor según las condiciones que El pone para Su perdón, que empezamos a tener esperanza.

       Después de tratar de entender la frase «como a ti mismo», viramos hacia la idea clave del segundo mandamiento: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Para muchos de nosotros, esta es la manera como «El amor se somete a prueba». En la parábola del buen samaritano, Jesús no dejó duda alguna de que la palabra «prójimo» incluye a todos los seres humanos (Lucas 10). De hecho, en el Sermón del Monte, Cristo recalcó que debemos amar incluso a nuestros enemigos (Mateo 5.44ss). Esto nos obligó a examinar qué es lo que verdaderamente significa ágape: no necesariamente «sentirse bien» con el ser amado, sino «procurar lo mejor» para éste. En lugar de devolverles mal por mal a nuestros enemigos, debemos procurar ayudarles, levantarlos, y, si es posible, ganarlos por medio de nuestro amor. El ejemplo más grande de esta clase de amor es el del momento cuando Jesús está en la cruz, orando: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lucas 23.34).

      Cuando el talentoso tenor de raza negra Roland Hayes, era niño, oyó a un viejo predicador hablar acerca del momento en que Jesús fue enjuiciado y le dieron muerte. Con las siguientes palabras concluyó el ministro: «Por más crueles que fueron, Él jamás masculló una sola palabra». Muchos años después, Roland Hayes se encontró frente a una hostil audiencia nazi en la Sala Beethoven de Berlín. A medida que los insultos y los silbidos se multiplicaban, él se enojaba más y más. Después recordó el sermón de mucho tiempo atrás: «Él jamás masculló una sola palabra». Se mantuvo en silencio allí, orando, hasta que la multitud calló. Luego comenzó a cantar. Los ganó con su canto, sin «mascullar una sola palabra».

      Pero no quisimos dejar el asunto de amar a los demás en el campo de la teoría. Por lo que después tuvimos tres lecciones de aplicación práctica. Comenzamos con el importante tema del matrimonio en una presentación llamada «Dos requisitos para dos que han de prepararse». Volvimos a las palabras griegas eros, filia y ágape, y a la parte que cada una juega en la preparación para el matrimonio y la protección de éste. Se recalcó que demasiados matrimonios de hoy día se basan primordialmente en eros, la atracción física.

      En su libro sobre la Felicidad en el hogar, el educador Haroid Hazelip afirma que esta es una de las principales causas del fracaso de muchos matrimonios.5 El hace notar que el autor francés Denis de Rougemont, en su obra Love in the Western Worid (Amor en el mundo occidental), observa que hay una correlación directa entre la alta tasa de divorcio y el hecho de que nos «casamos por amor». (Permítame hacer una pausa para decir que por lo general, cuando decimos «amor», estamos hablando del «amor romántico», que en la gran mayoría de los casos es sinónimo de eros.) Hazelip también se refirió al notable autor C. S. Lewis, que afirmó que eros puede hacer que se junten dos personas que no se convienen la una a la otra. Lewis dijo que un joven está inclinado a concluir: «Mejor desdichado con ella que feliz sin ella».

       En nuestra lección sobre el matrimonio, hicimos hincapié en que antes de casarse dos personas, eros debe cultivarse hasta convertirse en filia, amistad, y filia debe cultivarse hasta convertirse en ágape, compromiso. Propusimos que mientras una pareja guarde ese amor compromiso, pueden sortear cualquier tempestad que suceda dentro o fuera del matrimonio.

      Después pasamos del matrimonio a la familia, recalcando que el amor es «La esencia del hogar». Nuestro enfoque fue sencillo: es necesario que cada uno de los miembros del hogar ame a los demás.

      El problema que tenemos hoy día parece ser «MO espiritual», es decir: Estamos Muy Ocupados. Según la frase de Reyes 20.40, sencillamente estamos «ocupados en una y otra cosa». Llegamos a estar demasiado ocupados para decir «Te amo», demasiado ocupados para ser pacientes, demasiado ocupados para superar nuestras diferencias cuando son pequeñas, demasiado ocupados para demostrar cuánto nos preocupa el otro.

      El amor en el hogar debe comenzar con mamá y papá. «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5.25). Hace poco leí acerca de un hombre que tenía un hábito peculiar, sin embargo, los que somos esposos podemos aprender de él.

Por años tuvo una cita especial con su esposa todos los jueves por la noche. Regresaba del trabajo por la tarde, se afeitaba y se duchaba, se ponía su mejor traje y salía en su auto y se iba. Al rato, volvía a casa y llamaba a la puerta. Su esposa lo recibía en la puerta, se sentaban un rato en la sala y hablaban. Después salían jun-tos a comer y a ver una película. Llegaban con su vehículo hasta el frente de la casa, la acompañaba hasta la puerta, le daba un beso de despedida, y después metía su vehículo en el garaje y entraba por la puerta de atrás.

... Cuando ese hombre murió, su esposa inundó con lágrimas su tumba.

       Del hogar, pasamos a otro campo práctico: la necesidad de amarnos unos a otros en la iglesia. El título de la lección fue «El distintivo del discípulo», el cual fue tomado de las palabras que dijo Jesús en Juan 13.35: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros».

       Lamentablemente, no siempre es posible distinguirnos como discípulos de Jesús por la manera como nos tratamos unos a otros. Una vez se anunció al final de un culto de adoración que un grupo que estaba trabajando en un proyecto se reuniría en la casa de cierta hermana. Después del culto, una mujer que formaba parte de ese mismo comité, le dijo enojada al predicador: «¡Yo no voy a ir a la casa de ellano lo haré por la manera como me trató en el pasado!». El predicador la examinó con la mirada, y luego le preguntó: «¿Cuánto tiempo ha sido usted miembro de esta congregación?». «Veintisiete años», contestó ella. Entonces el predicador nombró los hombres piadosos que habían ocupado el pulpito durante esos veintisiete años. «Amada hermana,le dijo con tristeza ¿no ha oído nada durante todos estos veintisiete años?».

      Si algún día hemos de aprender cómo llevarnos bien como hermanos, una de nuestras necesidades más grandes es aprender a perdonar. Así fue como nos enseñó a orar Jesús: «Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mateo 6.12). Alguna razón debe de haber para que estemos haciendo equivaler el espíritu de perdón con la debilidad. Damos la impresión de que sentimos que estamos tolerando errores, cuando perdonamos. Nos parece que en cierto modo hemos perdido y la otra persona ha ganado, si la perdonamos. Pero cuando Jesús oró en la cruz, diciendo: «Padre, perdónalos». El no demostró debilidad, sino fortaleza. No toleró la iniquidad, sino que ganó una gran victoria.

       Es, por supuesto, la cruz la que a fin de cuentas define y demuestra el amor, razón por la cual, al llegar al final de esta serie, volvimos a la fuente de todo amor, en la lección sobre «Las dimensiones del amor». Juan dijo: «Amamos [...] porque él nos amó primero» (1ª  Juan 4.19). El único ejemplo perfecto, totalmente desinteresado, de amor ágape, es Dios.

       Hace varios años John M. Templeton, un filántropo y financista estadounidense, dotó de fondos un Premio Nobel Religioso, por la suma de $88.400 anuales, el cual había de ser otorgado a cualquiera que «contribuyese decisivamente a ampliar los conocimientos del hombre sobre el amor de Dios». Yo no sé si tal premio se le habrá otorgado a alguna persona o no, pero dudo que alguien haya podido alguna vez mejorar las expresiones que hace Dios mismo de Su amor. Toda brizna de hierba, todo arco iris, toda sonrisa en el rostro de un bebé, declara que nuestro Dios ama (Santiago 1.17). Pero la gran demostración de Su amor es la cruz. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (Juan 3.16).

       En estos tiempos la epidemia del SIDA continúa propagándose. Un bajo porcentaje de los casos es resultado de transfusiones de sangre y de otras causas, pero la epidemia se centra principalmente en la población homosexual. Millones de dólares del fisco se están gastando en el tratamiento y en los esfuerzos por encontrar una cura. Imaginemos que un día no muy lejano se descubre la cura, la cual consiste en que si cierto tipo de sangre se puede encontrar, ésta puede usarse para elaborar el antídoto. Entonces, al poco tiempo, llaman a su puerta, y le explican que después de una búsqueda por todo el mundo se llegó a la conclusión de que sólo hay una persona en todo el mundo que tiene ese tipo de sangre: su hijo varón, su único hijo. Y le explican también que para elaborar el antídoto será necesaria hasta la última gota de sangre que haya en su cuerpo. Para salvar a todas las víctimas del SIDA, ¡su hijo va a tener que dar su vida! ¿Podría usted dar su consentimiento? ¿Podría yo? Lo dudo.

        Pero teníamos una enfermedad más letal que el SIDA, producida por nuestra propia terquedad, una enfermedad llamada «pecado»y la única cura era la sangre del único Hijo de Dios. ¿Cómo pudo Dios pagar ese precio? Yo no lo sé; jamás lo podré entender; pero doy gracias a Él que lo hizo.

        La incomprensible naturaleza de ese gesto de amor fue el tema al que nos referimos cuando comentamos «la anchura, la longitud, la altura y la profundidad» del sacrificio de Jesús en la cruz (Efesios 3.18ss).

        Lo anterior nos trajo a esta última lección. Hemos tomado con suma seriedad el estudio sobre el amor. Ahora tomemos con seriedad vivir el amor sobre el cual hemos estado estudiando.

TOMEMOS CON SERIEDAD VIVIR EL AMOR

       Hace poco me encontré una caricatura en la que aparece un predicador inclinándose sobre el pulpito y diciendo: «Este es el cuarto sermón sobre el poder transformador del evangelio. ¿Por qué parecen ustedes la misma gente de siempre?». Es probable que el predicador esperaba demasiado de la congregación (ni qué decirlo, él parecía el mismo predicador de siempre); sin embargo, su pregunta tiene cierta validez. Después de estudiar juntos el tema del amor, ¿ha cambiado esto nuestras vidas? ¿O «parecemos todavía la misma gente de siempre»?

      Después de escribir el gran capítulo sobre el amor, con las siguientes palabras instó Pablo a sus lectores: «Seguid el amor» (1ª Corintios 14.1). «Seguid» es traducción de una palabra griega que significa: «Buscar con avidez, procurar con empeño el llegar a tener;  [... ] avanzar con paso firméis (énfasis nuestro.) Esta es una palabra cargada de energía, es decir, una palabra activa. No basta con saber acerca del amor; necesitamos hacer algo.

     Desde el momento en que comencé este estudio, he tenido dificultad para contestarme una pregunta: «¿Por qué hay tan poco amor auténtico en el mundo?». Parece que todos estamos de acuerdo en que «lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor». Cada vez que alguien habla acerca de la necesidad de que haya más amor, todos asentimos con gran convicción. Pero al mismo tiempo el mundo en general parece estar adoptando una actitud cada vez más mala. ¿A qué se deberá esto?

     Mi conclusión es que cuando la mayoría de nosotros decimos: «El mundo necesita amor», en realidad estamos diciendo: «Yo necesito amor. Me siento solo. Necesito a alguien que me entienda. Necesito a alguien que me trate bien». Cuando nuestra hija mayor, Cindy, era una menudencia y aprendió en su clase bíblica acerca de la importancia de compartir, pasó varias semanas diciendo a otros: «Comparta conmigo; comparta conmigo». Me temo que después de hablar acerca de la necesidad de que haya amor, muchos de nosotros andamos por allí diciendo: «Ámenme, sean buenos conmigo». Si mi conclusión es cierta, no es de extrañar que el mundo no esté llegando a ser más amoroso.

        Pero hagamos aplicación a un nivel más personal. Después de estudiar juntos doce lecciones, es probable que la mayoría de nosotros tenga una idea bastante buena de qué significa ser una persona amorosa. Entonces, ¿por qué no es usted más amoroso? ¿Por qué no lo soy yo? Porque para llegar a ser más amoroso, yo tendría que cambiar, y no me gusta cambiar.

       Si les pidiera que levanten la mano todos los que les gustaría ser más buenos, la mayoría de las personas la levantarían. Pero a decir verdad, en lo más profundo de nuestro ser no deseamos ser más buenos, porque para llegar a serlo, necesitamos cambiar. Y el cambio supone dolor. Para cambiar tenemos que aventurarnos a lo desconocido, y son pocas las personas que les gusta hacer esto. Si no me cree, trate de hacer algo tan sencillo como pedirles a las personas que se sienten en un lugar diferente del auditorio del que siempre han ocupado durante los últimos diez años más o menos. Por más que alabemos de boquilla el cambio, aun el cambio necesario, la verdad es que «preferimos lo viejo conocido a lo nuevo por conocer».

       La máxima prueba a la que nos somete esta serie es, por lo tanto, la de dar algunos pasos positivos hacia lo desconocido en el sentido espiritual, a padecer un poco de dolor si es necesario, para llegar a ser personas más amorosas, para llegar a amar más a Dios y a los demás.

En primer lugar, tomemos con mayor seriedad el amar a Dios.

       Después de que Jesús fue levantado de entre los muertos, se apareció a Pedro y a varios de los demás discípulos junto al mar de Galilea. Estando de pie en la playa. Jesús miró al hombre que lo había negado tres veces, y le hizo una serie de preguntas:

Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo,  tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas (Juan 21.15-17).

        Imagine por un momento que está usted de pie en el mismo lugar que Pedro estuvo. El Señor le está mirando a sus ojos. Tal vez le ha puesto Sus manos sobre sus hombros. Él mira hasta lo más hondo de su alma cuando pronuncia su nombre y le pregunta: «¿Me amas?». Al igual que Pedro usted sabe perfectamente que lo ha desilusionado más de una vez. ¿Cuál sería su respuesta? ¿Cuál sería la mía si Jesús me hiciera la pregunta a mí?

       Amar a Dios y amar a Jesús constituyen el punto de partida del amor. ¿De veras amo a Dios? ¿No será que solamente digo que lo amo?

        En esta serie nos hemos referido varias veces a la superficialidad del amor eros, un supuesto amor que se encapricha, pero que no se compromete un «amor» que es egocéntrico. Hemos aplicado este amor a las relaciones entre seres humanos, especialmente al matrimonio. El autor Charles Alien dice, no obstante, que también es posible tener esta clase de amor por Dios:

Decimos que amarnos a Dios, pero a menudo tenemos motivos ocultos. No es a Dios a quien deseamos; lo que deseamos es tranquilidad de espíritu, o poder en la vida, o la respuesta a nuestras oraciones, o tal vez sea que deseamos librarnos del infierno, o deseamos la providencia de Dios. Y, a menudo, cuando algo terrible nos sucede, nos apartamos de nuestra fe llenos de amargo resentimiento.

      ¿De veras amamos a Dios? ¿Estamos verdaderamente consagrados a Dios? ¿Estamos dedicados a obedecerle cueste lo que cueste? ¿Puede verse en nuestras vidas que lo amamos?

       La primera vez que Jesús le preguntó a Pedro si lo amaba, la pregunta entera fue: «¿Me amas más que éstos?». La palabra «éstos» en el caso de Pedro se refería a las redes, las embarcaciones, los peces y todas las cosas que habían formado parte esencial de la vida de Pedro en el pasado. ¿A qué se refiere «éstos» en su caso? ¿Y en el mío? ¿Qué es tan importante para mí? ¿Qué ha formado parte tan grande de mi vida, tal vez de mi pasado? ¿Las posesiones? ¿La familia? ¿La ocupación? ¿Los amigos? ¿El estatus? Es aconsejable que se examine usted mismo por un momento y rellene los espacios vacíos. Después, imagínese a Jesús mirando otra vez a sus ojos y preguntando con inquisitivas palabras: «¿Me amas más que éstos?». ¿Qué respondería usted? ¿Qué respondería yo? ¿Está Dios verdaderamente en primer lugar de nuestras vidas y de las cosas que más amamos?

       Años después, aquel a quien Jesús le hizo al principio esta pregunta, escribió dos epístolas a sus iguales cristianos. Esto fue lo que les reconoció en la primera de éstas acerca de la relación de sus lectores con Dios: «A quien amáis sin haberle visto» (1ª  Pedro 1.8). ¡Que lo mismo se pueda decir de cada uno de nosotros! Tomemos con mayor seriedad el amar a Dios.

       Pero, también, tomemos con mayor seriedad el amarnos unos a otros. Después de que Pedro pudo responder, en efecto: «Sí, yo te amo». Jesús después dijo: «Cuida mis ovejas». De hecho, lo dijo tres veces.

      Jesús es tan práctico. Es muy fácil decirle: «Sí/ yo te amo». Por eso nos responde: «Pruébalo cuidando de otros». Recuerde: «El que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1ª  Juan 4.20).

     ¿Entendió Pedro lo que Jesús le estaba diciendo? Busquemos en nuestra Biblia Hechos 3. Los eventos que se describen allí, ocurren algún tiempo después de la escena que tuvo lugar en la playa. Jesús ya ha regresado a Su Padre. La iglesia ha sido establecida. Ahora Pedro y otro apóstol se dirigen al templo, y es probable que lleven el propósito de predicar la buena nueva de Jesús. Cuando llegan a la puerta que se llama la Hermosa, un cojo de nacimiento les pide limosnas. Esto es lo que Pedro le responde: «No tengo plata ni oro» (verso 6). ¿Qué lamentable, verdad? No tiene nada que poner en la taza del cojo.

      Pero he aquí lo maravilloso del amor: El amor siempre tiene algo que dar. Puede que no sea lo que se pide, ni lo que se espera, pero el amor siempre tiene algo que dar. Pedro dice: «Pero lo que tengo te doy». Esto es todo lo que pide Dios. Lo que sí tenemos. Dios no espera de nosotros más de lo que podemos dar, pero sí espera todo lo que podemos dar. Puede que no tengamos un millón de dólares para darle a la gente, pero sí tenemos palabras de amor, actos de bondad y conexión directa con el oído de Dios, para pedir por ellos. Demos lo que tenemos.

       Cuando Pedro dio lo que tenía, ¡el cojo fue sanado y comenzó a saltar y a alabar (versos 6-8)! Cuánta gente podría ser sanada espiritual y emocionalmente, si aprendiéramos a dar lo que tenemosy a darlo de manera amorosa. «Alimenta mis ovejas», dijo Jesús. «Apacienta mis [corderitos]. Pastorea mis ovejas».

       Recordemos: El amor vela por todas y cada una de las necesidades. Alguien dijo que el amor abarca todo el alfabeto espiritual. Permítame mostrarle lo que esto significa. El amor es: .Acogedor: Si te amo, te acogeré tal como eres. Borrador: Si te amo, borraré con perdón tus pecados y ofensas.

       Cuidador: Si te amo, cuidaré de ti cuando sufres. Deseoso: Si te amo, desearé lo mejor para ti. Eterno: Si te amo, nunca renunciaré a ti. Fuerte: Si te amo, fortaleceré mi creencia de que eres especial.

Y usted puede continuarlo a partir de esta última letra.

CONCLUSIÓN

        Hemos llegado al final de esta serie. Algunos de ustedes estudiaron! con gran dedicación este gran tema del amor. Me encantaría otorgarles el título SAH ahora mismo (es decir. Serios Amadores de la Hermandad); pero el curso no ha terminado. Hemos recibido lecciones, y los trabajos se han asignado, pero ahora usted y yo debemos hacer la tarea. Que Dios nos bendiga al hacerla.

       No sé si es que el mundo está cambiando mucho, o si es que me estoy poniendo cada vez más viejo, pero lo cierto es que tengo la fuerte sensación de que el tiempo se está acabandoy todavía no somos lo que deberíamos ser. No soy lo que debería ser, no soy la persona amorosa que debería ser.

       Willard Tate cuenta un triste relato acerca de un joven.” Éste entró en la infantería de marina porque su padre había estado en ésta. Pero no era esto lo que el joven verdaderamente deseaba. Se convirtió en un problema de disciplina y fue dado de baja por conducta deshonrosa. Al padre le destrozó el corazón y desconoció a su hijo. El joven se mudó a otra región del país y comenzó una nueva vida para sí mismo, pero siempre estuvo apesadumbrado porque no contaba con el amor ni con la aprobación de su padre. Un día le informaron de que su padre había caído gravemente enfermo, y se apresuró a ir a verlo. Pero cuando llegó a la cabecera de su padre, éste ya estaba en coma, y murió sin que recobrara la conciencia. Este triste relato termina con el muchacho llorando porque se dio cuenta de que jamás oiría las palabras que esperaba en el sentido de que todo estaba bien entre su padre y él.

       Es un relato que me parte el corazón, pero permítame contarle otro con un final más trágico aún: ¿Qué tal si llegamos al final de nuestros días en la tierra sin decir alguna vez las palabras y hacer las acciones que nos reconciliarían con Dios? ¿Sin haber dicho las palabras ni haber hecho las acciones que les darán a conocer a otros cuánto los amamos? ¡Que Dios nos ayude a tomar con seriedad el amor!

       Ahora vamos a entonar un cántico de invitación. He aquí una oportunidad de oro para decirles a Dios y a los demás que usted todavía tiene un corazón que puede ser conmovido, que usted desea demostrar su amor. FIN