SUS DIMENSIONES

 

Del tema general: Lo más importante es el amor

 

 

(Lección  12)

 

      Hemos hablado acerca de qué es el amor, haciendo énfasis en el amor ágape, algunas de cuyas características son las siguientes: desinteresado por naturaleza, es acto de la voluntad, es una decisión, es un compromiso con la búsqueda de lo mejor para el ser amado. Hemos hablado acerca de la necesidad de amar a Dios, a nuestro prójimo y a nosotros mismos. Hemos aplicado la enseñanza a la preparación para el matrimonio, a nuestros hogares cristianos y a nuestra relación con nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

     Al acercarnos al final de esta serie, es nuestro deseo remontarnos a la fuente de todo esto, a lo que verdaderamente nos capacitará para amar a Dios y a los demás como deberíamos. Juan se refirió con hermosas palabras a esta fuente en 1ª  Juan 4.19-21:

Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.

     «Amamos [...] porque él nos amó primero». Podemos pasarnos predicando sobre el amor ágape hasta que Cristo venga, pero no lo entenderemos mientras no apreciemos el amor de Dios para con nosotros. «En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros» (1ª  Juan 3.16). Pero esto nos pone en un dilema; pues no hay manera de que podamos conocer y entender en su totalidad lo que Dios y Jesús han hecho por nosotros. Ciertamente no hay manera de expresarlo del modo que me gustaría. Esta situación nos lleva al texto de esta lección, a Efesios 3.14-21, y a la paradoja que éste presenta.

     En Efesios 2, Pablo habla acerca de la salvación por la gracia y acerca del hecho de que la gracia de Dios ha sido ofrecida a todos los hombresno solamente a los judíos, sino también a los gentiles. Todos pueden ser unidos por la cruz en un solo cuerpo, que es la iglesia (Efesios 2.16; 1.22-23). Al comienzo del capítulo 3, Pablo inicia una oración por los hermanos que están en Éfeso, la mayoría de los cuales eran cristianos gentiles. El capítulo comienza diciendo: «Por esta causa [...]». Después Pablo hace una pausa de varios versículos para hablarnos acerca de su trabajo con los gentiles. Por último, en el versículo 14, está preparado para esta gran oración, que culmina la primera mitad de la epístola:

pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén (Efesios 3.14-21).

Cuatro peticiones hay en esta oración, que se enlazan en una sola:

1) Ora por que ellos sean fortalecidos en el hombre interior, es decir, el alma, por el Espíritu que recibieron cuando se hicieron cristianos (Hechos 2.38).

2) Ora por que sean fortalecidos en el hombre interior, de modo que habite Cristo por la fe en los corazones de ellos: En la medida que aumente su fe, Cristo fijará residencia permanente dentro de ellos.

3) Ora por que Cristo habite en sus corazones con el fin de que sean arraigados y cimentados en amor.

4) Ora por todo lo anterior con el fin de que sean llenos de la plenitud de Dios. Esta es otra manera de referirse a la plenitud o madurez cristiana. Lo que está diciendo por medio de toda la oración, en síntesis, ¡es que los cristianos necesitan desarrollarse espiritualmente!

      

   La porción de la oración que ahora nos interesa es la tercera petición. En la esencia de la oración está la petición en el sentido de que los efesios crezcan en amor a medida que llegan a apreciar el amor de Dios y de Cristo, pues les dice: «A fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento».

      Hay dos figuras de lenguaje integradas en esta petición. Roy C. Deaver, instructor de predicadores, les llama a éstas las figuras agrícolas y arquitectónicas: «Arraigados [...] en amor» constituye la figura agrícola; necesitamos ser arraigados en amor del mismo modo que una planta en crecimiento es arraigada en la tierra. «Cimentados en amor» es la figura arquitectónica; se refiere a tener un cimiento sólido. Si somos «arraigados y cimentados en amor», podremos hacer algo. Podremos comprender lo incomprensible. Podremos conocer lo inconocible. Podremos «conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento».

      Aunque el tema tiene aspectos profundos que jamás comprenderemos en esta vida, hay algunas cosas que podemos conocer, de lo contrario esta palabra no tendría sentido. Entre las cosas que podemos conocer hasta cierto punto, están las dimensiones del amor: «Que [...] seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura».

Sinceramente, no sé todo lo que se quiere dar a entender con los términos: «anchura, longitud, profundidad y altura». Puede ser que Pablo se imagina a sí mismo ubicado en el centro del autor y mirando hacia arriba... hacia abajo... hacia un lado... y hacia el otro... y no viendo el límite en ninguna de esas direcciones. Esta podría ser una referencia a la naturaleza abarcadora del amor, lo mismo que él dijo en Romanos 8.35, 37-39:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? [...1 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados/ ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

      La primera vez que mi familia y yo fuimos a Australia, hicimos el viaje en barco. Una vez subí al punto más alto del barco y eché una mirada a la vasta expansión del Océano Pacífico. Miré en esta y aquella dirección. Hasta donde me alcanzó la vista, sólo vi agua. No es la ilustración perfecta, pues mi vista estaba limitada. Yo sabía que en algún punto más allá, había tierra. Sin embargo hay algunas semejanzas con lo dicho por Pablo. Lo que el apóstol está diciendo, en efecto, es esto: «Me encuentro en el centro del amor de Dios. Hasta donde me alcanza la vista, sólo puedo ver amor. Dios me ama, y ese amor no conoce límites».

      Lo anterior puede ser todo lo que Pablo está diciendo al usar tales términos, pero la terminología dimensional ha fascinado a eruditos desde los comienzos de la iglesia (en los escritos de Jerónimo) hasta el presente (en los escritos de tantos que he estado estudiando últimamente). Me gustaría, por lo tanto, usar estos términos para centrar nuestros pensamientos en la verdadera grandeza del amor de Dios.

LA ANCHURA DEL AMOR DE DIOS

      Comenzamos, al igual que el texto de la lección, con la anchura del amor de Dios. ¿Cuan ancho es el amor de Dios? ¿Es tan angosto, que sólo abarca a unos pocos, a unos pocos selectos, a unos pocos especiales? No, el amor de Dios es tan ancho que abarca a todos los seres humanos. En el mundo temporal vemos que así es.

Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas (Hechos 17.25; énfasis nuestro).

[El Padre que está en los cielos es el] que hace salir su sol sobre malos y buenos, y [el] que hace llover sobre justos e injustos (Mateo 5.45).

Lo anterior es igualmente cierto en el ámbito de lo espiritual.

El Señor [...] es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca,, sino que todos procedan al arrepentimiento (2ª Pedro 3.9; énfasis nuestro).

[Dios] quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1ª  Timoteo 2.4; énfasis nuestro).

      El porqué de la certeza de lo anterior, es uno de esos misterios que jamás descifraremos en su totalidad. Isaías 44 podría darnos alguna idea/ cuando Dios le dice a Su pueblo en el Antiguo Testamento por qué les va a ayudar a pesar de que no eran lo que debían:

Ahora pues, oye, Jacob, siervo mío, y tú, Israel, a quien yo escogí. Así dice Jehová, Hacedor tuyo, y el que te formó desde el vientre, el cual te ayudará: No temas [...] Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos [...] Este dirá: Yo soy de Jehová [...] y otro escribirá con su mano: A Jehová [...] (versos 1-3/5).

      Aunque habían pecado. Dios los iba a bendecir 1) porque los había hecho, 2) porque los había escogido y 3) porque se les llamaba por Su nombre. Eran Sus hijos. De igual modo. Dios ha hecho a todos los hombres, ha llamado a todos a formar parte de Su pueblo, ofrece a todos la posibilidad de ser llamados por Su nombrede ser Sus hijos e hijas.

       Por las razones que sea, en las Escrituras se subraya una y otra vez que el amor de Dios abarca a todos. «[Jesús] se dio a sí mismo en rescate por todos» (1ª  Timoteo 2.6). Él «[gustó] la muerte por todos» (Hebreos 2.9).

LA LONGITUD DEL AMOR DE DIOS

       Lo anterior nos lleva a la longitud del amor de Dios. ¿Cuan lejos llega el amor de Dios por todos?

      Mi amor y su amor por los demás, tiene límites. Jesús habló de esos límites en Juan 15.13, cuando dijo: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos». (Énfasis nuestro.) Jesús dice que el hombre no puede expresar mayor amor que el de morir por un amigo. El, sin embargo, no sólo murió por sus amigos, sino también por sus enemigos. Por lo tanto, el amor de Jesús es aún mayor que el más grande amor del hombre. Pablo rescató esta idea en Romanos 5, y habló en este capítulo acerca de nuestras limitaciones, al hacer un contraste de éstas con el amor ilimitado de Dios:

Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores. Cristo murió por nosotros (versos 6-8).

     ¿Hasta dónde llega el amor de Dios? Llega hasta la cruz. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (Juan 3.16; énfasis nuestro).

      Nuevamente llegamos aquí a lo incomprensible e inconocible. Es vagamente que puedo comprender el sufrimiento físico, que incluye: el dolor que le causaba la corona de espinas sobre su frente, el hecho de que su espalda fue rasgada con latigazos, el agotamiento de su cuerpo, el agobiante dolor de los clavos que atravesaron sus manos y sus pies y el agudo dolor de Sus pulmones clamando por oxígeno. Pero hay cosas que no puedo comprender, ni siquiera vagamente, entre las cuales están: la angustia espiritual que sufrió cuando llevó sobre él los pecados de cada uno de nosotros (2ª Corintios 5.21) y la angustia espiritual que se reflejó en Sus palabras, cuando dijo: «Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27.46). Y como no lo puedo comprender, lo acepto por fe. Él murió por nuestros pecados.

Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis [...] Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras (1ª  Corintios 15.1, 3-4; énfasis nuestro).

      No hace mucho leí una historia verdadera que me conmovió el corazón. Un pequeño y su perro estaban corriendo y jugando en el jardín del frente de su casa, cuando de repente el cachorro salió disparado hacia la calle cuando venía un vehículo. El pequeño, viendo el peligro, se arrojó a la calle a salvar a su mascota. Se oyó un horrible chirrido de llantas cuando el chofer del auto maniobró bruscamente tratando de no atropellarlos, pero fue demasiado tarde. Niño y mascota murieron al instante.

      Fue uno de los funerales más singulares en la historia de la pequeña comunidad. Junto al hermoso ataúd del niño había una pequeña caja de madera y, dentro de ella, los restos de un pequeño perro. En el cementerio, ambos fueron descendidos al fondo del sepulcro. Erigieron una lápida en la cual inscribieron las siguientes palabras:

Halló un cachorro huérfano una noche; Aunque no había quien apreciara el valor de éste,

Lo alimentó y lo cuidó Como si fuera de origen noble.

Lo llevó adentro y le secó La húmeda y fría lluvia de invierno; Y lo alimentó hasta que su roñoso pelaje Recobró su brillo y su grosor.

Vio cómo aquel perro enfermizo se recuperó; Ello le llenó de gozo su corazón/-Que Dios nos ayude a comprender El amor de un pequeño niño.

El singular servicio fúnebre concluyó con estas palabras: «Jesús nos ama como este niño amó a su perro». Esa es la longitud del amor de Dios.

LA PROFUNDIDAD DEL AMOR DE DIOS

      Después, está la profundidad del amor de Dios. ¿Cuan profundo llega el amor de Dios? Hemos sugerido que el amor de Dios es lo suficientemente ancho para abarcar a todos los seres humanos, pero es difícil no pensar que lo más probable es que algunos están tan hundidos en el fango del pecado, se sumergen tanto en la culpa, que ni siquiera el amor de Dios los puede alcanzar. La hermosa verdad es que el amor de Dios puede alcanzar las profundidades y salvar al más endurecido de los pecadores.

      Pablo se consideraba él mismo el ejemplo más grande para la enseñanza de esta verdad. En 1ª  Timoteo 1.15, se refiere a sí mismo como «el primero» de los pecadores, ¡y a pesar de ello. Jesús lo salvó! Otra ilustración de esta verdad es la mujer, a la cual Jesús habló junto al pozo de Samaría en Juan 4. Pocos la hubiéramos considerado la candidata ideal para la conversión. Su vida era un completo desorden; es probable que hubiéramos creído que ella no podía ser alcanzada. Pero el amor y el interés de Jesús hizo que despertara algo dentro de ella. Llamémosle esperanza. El amor de Dios desciende hasta alcanzar Texas, Oklahoma, Australia, la Indiahasta los rincones más afortunados y más pobres de toda ciudad, hasta las cárceles, los prostíbulos y dice: «Hay esperanza».

     El hecho de que el amor de Dios puede alcanzar a cualquiera, no importando cuán hundido esté en el pecado, es algo que maravilló a los cristianos primitivos. Maravilló a Pablo. Éste dijo: «Vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Calatas 2.20; énfasis nuestro).

      Maravilló al apóstol Juan. Éste se refirió cuatro veces a sí mismo como el discípulo al cual Jesús amaba.

      El viejo jefe de una tribu india continuamente hablaba acerca de Jesús, y de lo que Éste significaba para él. Un amigo le preguntó: «¿Por qué habla tanto acerca de este Jesús?». El jefe no contestó, sino que tomó varias astillas y trozos de hierba e hizo un círculo con éstos. En el círculo colocó una oruga. Sin decir palabra, prendió fuego a las astillas y la hierba. Observaron la oruga. A medida que el fuego se propagaba alrededor del círculo, la oruga comenzó a moverse rápidamente, buscando una salida para escapar. Cuando el fuego avanzó, el diminuto bicho levantó su cabeza tan alto como pudo. Después, el viejo jefe se inclinó y extendió su dedo a la oruga. Ésta subió al dedo. El jefe la puso suavemente en un lugar seguro, y por primera vez habló: «Esto fue lo que Jesús hizo por mí. Yo estaba perdido en el pecado. Estaba atrapado. La mía era una condición desesperanzadora. Entonces el Señor se inclinó y me sacó de mi abismo de pecado y de vergüenza. ¿Qué me queda hacer que no sea amarlo y hablar de Su maravilloso amor y cuidado?».

      En la ilustración del jefe no fue casualidad que él se comparara con una oruga, bicho que parece un gusano. Cada uno de nosotros puede decir: «Yo no era naday a pesar de ello Jesús me amó y me salvó».

LA ALTURA DEL AMOR DE DIOS

       Por último, está la altura del amor de Dios. Podemos conocer la altura de algo mirando hacia arriba.

       Muchas sugerencias se han hecho en cuanto a qué es exactamente lo que se quiere dar a entender con la expresión «la altura» del amor de Dios. El amor es tan alto, que no podemos «pasar por encima de él» (Romanos 8.39). El amor es tan alto, que alcanza a llegar al cielo. Dios está allí, y «Dios es amor» (1ª Juan 4.8, 16). Y cada una de las personas de la Deidad ama a cada una de las otras dos (Juan 17.24). Mi idea favorita en lo personal, es, no obstante, que el amor nos levanta. Jesús dijo: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo» (Juan 12.32). En uno de nuestros himnos cantamos: «¡El amor me levantó! Cuando no había otra cosa que pudiera ayudar, el amor me levantó». En esta vida, el amor de Dios me levanta de la culpa de mi pecado al responder yo, lleno de amorosa obediencia, y un día ¡ese amor me levantará para llevarme al cielo, hasta Su presencia!

      Pero después de haber estudiado estas palabras tan fascinantes: «anchura», «longitud», «profundidad» y «altura», debemos reconocer que hay mucho que no podemos saber acerca de ellas. Pero esto es lo que sí podemos saber: Sea cual sea el significado de las palabras, ellas hallan su sentido en la cruz. La cruz es el centro del amor de Dios.

      Aunque aquí haya misterios que no podamos descifrar, todavía hay lecciones que podemos aprender:

1) Apreciemos cuánto nos ama Dios personalmente. A Kari Barth, el famoso teólogo, le preguntaron una vez cuál había sido el pensamiento más grande que alguna vez tuvo. Esto fue lo que contestó: «Cristo me ama, bien lo sé. Su Palabra me hace ver [...]». No hay pensamiento más grandioso que este: «Jesús me ama». Hay quienes se quejan hoy día, diciendo: «Nadie me ama». Jesús le ama; Dios le ama. Ellos están de su lado, y le ayudarán.

2) Necesitamos imitar el amor de Dios. Necesitamos aprender qué es en realidad el amory después ponerlo en práctica. Agreguémosle anchura a nuestro amor y amemos a todos los seres humanos. Agreguémosle longitud a nuestro amor y sacrifiquémonos verdaderamente y seamos desinteresados. Agreguémosle profundidad a nuestro amor y amemos a las personas porque lo necesitan, sea que lo merezcan o no. Agreguémosle altura a nuestro amor y esforcémonos por levantar a las personas con nuestro amor, y no nos esforcemos por hundirlas.

3) Aunque jamás podamos comprender ni entender todos los aspectos del amor de Dios, siempre aprovechémoslo en su totalidad por medio de una respuesta amorosa. No entiendo el magnetismo, pero aun así puedo aprovechar sus cualidades al pegar pequeños imanes detrás de las etiquetas que pongo en la pizarra magnética. No comprendo la electricidad, pero sí sé como encender las luces con un interruptor. Jamás entenderé el amor de Dios en su totalidad, pero todavía puedo beneficiarme de él por medio de la obediencia amorosa (Juan 14.15;  Juan 5.3).