EL DISTINTIVO DEL DISCIPULADO

 

De la serie general: Lo más importante es el amor

 

(Lección  11)

 

      Nuestros pensamientos se remontan más de mil novecientos años a un aposento alto que estaba en la ciudad de Jerusalén. Es de nocheuna de las noches más lúgubres de la historia de la humanidad no por las nubes que ocultan la luna, sino porque es la noche de la traición de que fue objeto Jesús.

     Es la hora de observar la pascua. Jesús y Sus discípulos se reúnen en torno a la mesa del aposento alto. Podemos percibir la tensión que invade el ambiente, y la tristeza que embarga el corazón de los apóstoles cuando Jesús les anuncia la inminencia de Su muerte, y que pueden dar por un hecho que uno de los Suyos le traicionará y le entregará en mano de Sus enemigos. En esta dramática ocasión, Jesús toma el pan y el fruto de la vid, e instituye la cena del Señor, como un acto conmemorativo de Su muerte.

    Pero cuando Jesús habla, su voz no suena como la de un hombre derrotado, sino como la de uno que tiene pleno dominio de Sí mismo y de Su situación. A Sus atribulados discípulos, les dice: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Juan 14.1-2). Más adelante les vuelve a hablar a sus angustiados discípulos las siguientes palabras de consolación: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14.27). Aun ante la perspectiva de la muerte. Él podía hablar acerca de Su gozo: «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido» (Juan 15.11).

     Fue en medio de estos dramáticos eventos que Jesús dijo las siguientes palabras a Sus discípulos:

Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir. Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros (Juan 13.33-35).

Notemos primero que Jesús les dio a Sus discípulos un mandamiento.

UN MANDAMIENTO

       Jesús dijo: «Un mandamiento nuevo os doy». No estamos hablando de algo que simplemente sería bueno o agradable hacer, ni de algo que no pasaría de ser un ideal. En lugar de ello, estamos hablando de un mandamiento. No es una opción. Debe cumplirse.

      Cuando estudié toda la Biblia, sobre el tema del amor, me llamó la atención esta verdad: Son más los pasajes neotestamentarios que hablan acerca del amor que hay entre hermanos y hermanas en Cristo, que los que hablan sobre otros aspectos del amor. Jesús no quería que nos quedáramos sin entenderlo: Los miembros de la iglesia debemos amarnos unos a otros.

      Cuando analizamos los numerosos pasajes que hablan sobre el amor por nuestros hermanos, vemos que en ellos se entremezclan los conceptos del amor ágape (acto de la voluntad) y del amor filia (amor emocional afectuoso). Note, por ejemplo, 1ª  Pedro 1.22: «Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro». (Énfasis nuestro.) La palabra compuesta que se traduce por «amor fraternal» incluye la palabra filia, mientras que la frase «amaos unos a otros», es traducción de una forma de la palabra ágape,

      Por lo general, cuando uno se encuentra en el Nuevo Testamento con la frase «amor fraternal», o con otra que se le parezca, se trata de una traducción de filadelfia, que está compuesta por filia y adelfos (hermano). Pablo usa esta palabra en Romanos 12.10: «Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros». Y la usa nuevamente en 1ª  Tesalonicenses 4.9-10: «Pero acerca del amor fraternal no tenéis necesidad de que os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios que os améis unos a otros; y también lo hacéis así con todos los hermanos que están por toda Macedonia». ¡Qué gran cumplido el que les hace Pablo a estos hermanos! A pesar de que todavía eran niños en Cristo, y a pesar del corto tiempo que Pablo había estado con ellos, no les tomó mucho tiempo entender la necesidad de amarse los unos a los otros.

   Otros autores también subrayan la necesidad de amarse unos a otros, mediante el uso de la palabra griega filadelfia:

     Permanezca el amor fraternal (Hebreos 13.1).

Finalmente,, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables (1ª  Pedro 3.8).

     [Añadid] a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor (2ª Pedro 1.7).

      Luego, están las muchas referencias que nos hablan acerca de tenerle amor ágape a nuestros hermanos. Estas encuentran su culminación en 1ª  Juan. Esta epístola por sí sola tiene más de cincuenta referencias al amor. Notemos algunos pasajes selectos del capítulo 4, que mandan amar a nuestros hermanos:

Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor [...] Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amamos unos a otros. Nadie  ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros. Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros [...] Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a DIOS  ame también a su hermano (versos 7-8, 11-12, 20-21).

       No obstante, si apreciamos nuestra relación en Cristo, no debería ser necesario que Jesús nos mandara amar a los demás miembros de la iglesia.

       A la iglesia se le refiere con muchos términos en el Nuevo Testamento, entre los cuales están «el cuerpo», «la iglesia» y «el reino»; sin embargo, mi término favorito es «la familia». Pablo declaró que le escribió a Timoteo con el fin de que supiera «[cómo debía conducirse] en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente» (1ª  Timoteo 3.15). La palabra «casa» no es más que otra manera de referirse a la «familia». ¡La iglesia es la familia de Dios! Dios es nuestro Padre (1ª  Juan 3.1). Cristo es nuestro hermano mayor (Romanos 8.29). Y nosotros somos hermanos y hermanas (Santiago 5.12).

 

        La anterior es una verdad que se subraya en gran manera en el Nuevo Testamento. A los que han sido bautizados bíblicamente se les llama de muchas maneras: «cristianos», tres veces (Hechos 11.26; 26.28;  Pedro 4.16); «santos», varias veces (1ª  Corintios 1.2; etc.); «miembros» del cuerpo, algunas veces (1ª  Corintios 12.12, 27). Sin embargo, la palabra descriptiva que se usa más que cualquier otra, es «hermano» (o «hermanos»). Pablo mismo usa el término más de veinticinco veces.

        Lo anterior debería tener un gran efecto en los sentimientos de los unos para con los otros. Hay algo especial en pertenecer a una misma familia. A veces hay familias en las que algunos de sus miembros no se aman unos a otros. Por ejemplo, Caín mató a Abel. Entre Jacob y Esaú hubo conflictos. Absalón se rebeló en contra de su padre. Pero, por regla general, los miembros de una misma familia se tienen especial cariño entre sí. Yo tengo un hermano que se llama Coy, que es algunos años menor que yo. Hay cosas poco halagadoras que yo podría decir acerca de Coy, pero son cosas, que ¡mejor ni se le ocurra a usted decirlas, porque él es mi hermano! Es muy probable que usted tenga tal clase de familia también, y que entienda que ser miembros de una misma familia es algo especial. Es incluso emocionante encontrarse con parientes distantes que uno no sabía que tenía.

     Como ya lo dije anteriormente, no debería ser necesario que Cristo nos mandara amarnos unos a otros,  puesto que somos hermanos y hermanas en Él. Sin embargo, el hecho es que sigue siendo un mandamiento.

     Tal vez responda usted diciendo: «Yo quisiera amar a los demás miembros de la iglesia, pero no hallo cómo hacerlo». Varias sugerencias se podrían hacer sobre cómo podemos aprender a amarnos más unos a otros. Como ya se propuso, necesitamos entender la relación que tenemos en Cristo. Reiterando lo dicho, Juan subraya en su primera epístola, que si nosotros apreciamos verdaderamente lo que Dios y Cristo han hecho por nosotros, ello debería hacer que nos amáramos unos a otros.

      Una de las listas más prácticas, de cosas que se pueden hacer, fue compilada por Bonardo Overstreet.  Este autor hace notar que para aprender a amarnos unos a otros, necesitamos 1) comer juntos, 2) hablar y escuchar juntos 3) dar y recibir ayuda, 4) trabajar y jugar juntos, 5) aprender ¿un-tos y 6) confirmar juntos. Note que las anteriores son las formas más simples de relacionarse en la vida. Lo que por lo general se cree, es que nosotros hacemos estas cosas cuando amamos a otros. En realidad es al revés: llegamos a amar a otros cuando hacemos estas cosas.

      Esta lista puede aplicarse al noviazgo, al matrimonio, a la familia o a las amistades. También puede aplicarse a la iglesia. Más de uno de los puntos de la lista tienen aplicación especial a nuestra relación en Cristo. Es necesario que comamos juntos; la iglesia primitiva celebraba el ágape, que era un banquete de amor. Es necesario que hablemos juntos; Jesús y Sus discípulos hablaban unos con otros, mientras caminaban de un lugar a otro. Aproveche todas las oportunidades que tenga para conocer a sus hermanos y hermanas en Cristo, incluyendo el tiempo anterior y posterior al culto. No entre corriendo, ni salga corriendo. Necesitamos ayudarnos y darnos aliento unos a otros; después de todo, somos miembros del mismo cuerpo (1ª  Corintios 12). Es necesario que aprendamos juntos; cuando los discípulos seguían a Jesús y aprendían de Él, ellos cultivaban una relación, no sólo con el Maestro, sino que también el uno con el otro. Aprendamos juntos en las clases, en los cultos y en otras situaciones. Los prados y los jardines de flores no se cuidan solos. Los arbustos y los árboles no se podan solos. Y el amor no es algo que se produzca espontáneamente. El amar a nuestros hermanos exige esfuerzopero debemos hacerlo, porque es un mandamiento.

UN MANDAMIENTO NUEVO

      No solamente es un mandamiento; es un mandamiento nuevo.

      No es nuevo en el sentido de que se manda amar a los demás. El Antiguo Testamento enseñaba a los hombres a amar a su prójimo (Levítico 19.18). También, durante toda la historia de la humanidad, ha habido maestros que enseñaron sobre el tema. Sócrates habló acerca de la necesidad de que haya amor. Buda enseñó que sus seguidores debían ser amigos de todos. ¡Pero el mandamiento era nuevo en el sentido de que debemos amarnos «como» Cristo nos amó! Este amor era nuevo en ámbito, pues abarcaba a todos los hombres. Era nuevo en negación de sí mismo, pues se preocupaba por ayudar a la otra persona. Era nuevo en servicio, pues se dedicaba a ayudar a los demás. Era nuevo en sacrificio, pues estaba dispuesto incluso ¡a morir por los demás!

      Es muchísimo lo que se podría decir acerca de la manera como Cristo nos amó, pero por ahora sólo notemos tres aspectos del amor de Cristo que mejorarían nuestras relaciones dentro de la iglesia: El amor de Jesús se distinguía por estar presto, dispuesto y capacitado.

1) El amor de Jesús estaba presto a pensar lo mejor.

       Hemos visto en este estudio que el estar presto a interpretar de la mejor manera las acciones de los demás, es una de las más grandes cualidades del amor. El amor «todo lo cree», es decir, como se lee en la Amplified Bible, el amor «siempre está presto a pensar lo mejor de toda persona» (1ª  Corintios 13.7).

      El amor de Jesús tiene esa hermosa cualidad. Cuando Él observó la vacilante personalidad de Simón, vio potencial para un sólido e inalterable compromisoy lo llamó Pedro, la roca (Mateo 16.18). La primera vez que Jesús se encontró con Juan, el joven no era precisamente el apóstol del amor. Juan estaba presto a bombardear con napalm a los que no formaban parte del grupo de ellos. Pero Jesús vio potencial en él, potencial para un corazón que cuidaría de otros, y confió Su madre al cuidado de Juan (Juan 19.26-27).

      Cuando las acusaciones, las insinuaciones y las indirectas comienzan a circular, ¡pidamos en oración tener el amor que tuvo Jesús!

2) El amor de Jesús estaba dispuesto a pasar por alto muchas faltas.

     No se me adelante con esta cualidad. No dije: «todas las faltas», ni usé la palabra «tolerar». Más adelante profundizaré más en la diferencia que hay entre éstas y aquellas palabras; pero ahora deseo subrayar que a menos que cultivemos la cualidad de ser capaces de pasar por alto muchas faltas, no habrá manera de que nos podamos llevar bien con persona alguna.

      Considere la relación que tenía Jesús con Sus discípulos. Recuerde las debilidades de ellos, y cuan frecuentemente desilusionaron al Maestro. Si Jesús así lo hubiera querido, él podía haber pasado cada minuto del día señalándoles a los discípulos los errores de ellos. No habría tenido tiempo de enseñarles a las multitudes. Pero Jesús fue paciente con Sus seguidores especiales.

       Efesios 4.4-6 es uno de los grandes pasajes sobre la unidad. Hace énfasis en que si hemos de estar unidos, debemos ponernos de acuerdo sobre ciertas verdades: un cuerpo, un Espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo y un Dios. Pero note que el pasaje comienza en el versículo uno haciendo énfasis en la clase de espíritu que se necesita para la unidad:

Yo, pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4.1-3; énfasis nuestro).

      Otro pasaje importante sobre este tema es 1ª  Pedro 4.8: «Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados». Puede que Pedro esté citando de Proverbios 10.12, que dice: «El odio despierta rencillas; pero el amor cubrirá todas las faltas». Son varias cosas las que se deben hacer notar en el texto. Pedro recalca la importancia del amor cuando dice «Ante todo, tened entre vosotros ferviente amor». Subraya la intensidad del amor que debemos tener cuando dice: «Tened entre vosotros ferviente amor». Pero las palabras que deseo subrayar son las que dicen: «El amor cubrirá multitud de pecados».

       Es una verdad generalizada que el amor hará que pasemos por alto multitud de faltas. En casi todo hogar hay un juguete viejo, un cuadro pasado de moda, un mueble que en realidad no hace juego con los demás. ¿Por qué no nos deshacemos de tales cosas? Porque hay recuerdos asociados con ellasy el amor cubre los defectos.

      Una vez un artista pintó un retrato de un amigo. El hombre que fue retratado protestó diciendo: «Lo has pintado demasiado bien para ser real». «No,respondió el artista sencillamente lo he pintado con amor».

      Mencioné que tengo un nieto llamado Seth David (note cuan sutilmente lo traigo a colación otra vez). Que yo sepa, no tiene defectos. Aun si los tuviera, el amor los cubriría, y todavía sería el más hermoso de los niños.

      Apliquemos ahora este principio general a la cuestión del pecado. ¿De qué modo «cubrirá el amor multitud de pecados»? Cuando alguien peca, si no lo amo, me resultará bastante fácil condenarlo al instante. Pero si lo amo, entre otras cosas, trataré de entenderlo y trataré de encontrar una razón para lo que ha hecho.

      He causado, durante los años que he vivido, muchas molestias a otras personas. Por lo general, estas molestias son más involuntarias que maliciosas. Por ejemplo, a menudo estoy profundamente concentrado en un pensamiento, y no noto la presencia de otras personas. A veces, olvido hacer lo que dije que iba a hacer. De vez en cuando, lastimo los sentimientos de alguien con mis palabras. Como resultado de ello hay personas a las que no les importo, y hay algunos que buscan la manera de relacionarse lo menos posible conmigo. Pero hay una persona a la que le he causado todas las anteriores molestias y más, y se las he causado una y otra vez, y todavía se mantiene a mi lado. Por supuesto que estoy hablando de mi esposa Jo. ¿Por qué se mantiene a mi lado? Porque el amor «cubre multitud de pecados».

      Esta es la actitud que necesitamos en la iglesia. La mayoría de nosotros pasamos por una serie de etapas después de que nos hacemos miembros de la iglesia. Etapa uno: Creemos que todos los miembros de la iglesia son perfectos. Etapa dos: Nos damos cuenta de que todos los miembros de la iglesia son débiles y tienen faltas. Etapa tres:

    Aprendemos a amarlos a pesar de sus faltas. Permítame advertirle, si usted no llega a la etapa tres, se irá de la iglesia.

     ¿Es este asunto de que «el amor cubrirá multitud de pecados» un sorprendente concepto que acaba de proponerse? No, tan sólo es una aplicación práctica de la regla de oro. Quiero que los demás me amen a pesar de mis faltas. De modo que es necesario que yo ame a los demás a pesar de sus faltas.

      Una peculiaridad de la KJV es que a veces traduce la palabra ágape por «caridad», y no por «amor». Un autor, no obstante, dice que cuando se trata de nuestras relaciones unos con otros, puede que «caridad» no sea una mala traducción. Es necesario que seamos caritativos unos con otros. Nos guste o no, todos somos casos de caridad.

3) El amor de Jesús estaba capacitado para perdonar.

Este tercer punto coincide en gran manera con los otros dos.

      Jesús le dijo a la mujer acusada de adulterio: «Vete, y no peques más» (Juan 8.11). Cuando estaba en la cruz, oró diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23.34). Jesús no guardaba rencor; no había animosidad alguna en su corazón. Tal era la clase de amor que tenía.

      Habrá quien proteste diciendo: «¡Pero es que usted no sabe lo que esa persona me hizo! ¡Jamás la perdonaré!». No me gustaría estar cerca de una persona con tal actitud el día del juicio. Jesús dijo: «Mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mateo 6.15).

      Sería poco realista creer que no habrá problemas entre los hijos de Dios. Hechos 15.39 dice que «hubo tal desacuerdo» entre Pablo y Bernabé, que se separaron. Pero aun cuando los problemas surgen, no debemos guardar rencor. Debemos estar prestos a perdonar. ¡Es necesario que amemos como Jesús amó!

      Otro responderá: «¡Eso sí que está bonito! ¡Me parece que lo que usted está pidiendo es que sencillamente nos olvidemos del pecado, que sencillamente pasemos por alto todo!». No, no es así. Recuerde que es de amor ágape que estamos hablando. Recuerde que este es el amor que procura lo mejor para el ser amado. Recuerde que este es amor firme. ¿Pasó Jesús por alto el pecado en su totalidad? No. Él reprendió a Sus discípulos de vez en cuando. A los fariseos llamó «serpientes, generación de víboras» (Mateo 23.33), en otras palabras, «traidores». Echó fuera del templo a los cambistas.

       No se debe usar ningún pasaje de la Escritura, de modo que contradiga otro pasaje de ella. Son muchos los pasajes que nos enseñan que debemos preocuparnos por el pecado. Se me viene a la cabeza Primero Samuel 15. Cuando Saúl pecó, Samuel se apesadumbró. Clamó toda aquella noche. Nuevamente, 1ª  Pedro 2.17 dice que debemos «amar a los hermanos», pero si no nos preocupan los pecados de nuestros hermanos, no los estamos amando.

       Hay muchos pasajes que enseñan que la disciplina correctiva es necesaria a veces (1ª  Corintios 5; etc.) y, de hecho, también dicen que si uno no disciplina el pecado como debe, no estamos amando como deberíamos. Note nuevamente Hebreos 12.6: «Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo». No podemos pasar por alto pecado alguno del cual no ha habido arrepentimiento, porque tal pecado puede enviar a un alma al infierno. No se puede decir que amamos a una persona si no tratamos de ayudarla a superar el pecado en su vida.

       Así que, no estoy diciendo que debemos pasar por alto el pecado; lo que estoy diciendo es que podemos mejorar la manera como tratamos con él. Debemos aprender a ayudarles a las personas de una manera amorosa. Estoy subrayando especial-mente que debemos esforzarnos por mejorar nuestros motivos, por purificar nuestro corazón. Alguien dijo que muchos de nosotros somos más capaces en la observancia de virtudes que nos exigen severidad, que en la de virtudes que nos exigen cortesía. Debemos aprender a amar como Jesús amó.

UN MANDAMIENTO QUE DISTINGUE

     Por último, notemos que este es un mandamiento que distingue. Jesús dijo: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos».

    Cuando estamos orgullosos de pertenecer a una organización, nos gusta que otros lo sepan. Hay personas que llevan visible un símbolo de la organización para la cual trabajan, o tal vez de una organización de la cual son miembros. De vez en cuando he llevado la insignia de una organización cívica, o el distintivo de una sociedad de magos.

     Pero Jesús dijo que los hombres sabrían que somos Sus discípulos, no por algún distintivo que lleváramos puesto, ni por algún uniforme especial, ni por el estilo del vestido o del peinado, sino por la forma como nos amáramos unos a otros.

     Hay muchas cosas que Jesús podía haber escogido como distintivo. Podía haber dicho que todos conocerían que somos Sus discípulos por haber sido sumergidos en agua para el perdón de pecados. Ser sumergidos es importante (Hechos 2.38); sin embargo, es posible equivocarse en cuanto a los motivos por los cuales uno se bautiza. O podía haber dicho que todos conocerían que somos Sus discípulos cuando fuéramos capaces de citar muchas Escrituraso cualquier cantidad de cosas, la mayoría de las cuales, o todas, podrían ser muy importantes, incluso esenciales. Pero en lugar de los anteriores distintivos, dijo que todos conocerían que somos Sus discípulos cuando aprendiéramos a amarnos unos a otros.

     Aparentemente, la iglesia primitiva tomó en serio este desafío. Según el antiguo historiador Tertuliano, la siguiente es la opinión que el mundo tenía de los cristianos primitivos: «Mirad cuánto se aman unos a otros; están prestos a morir unos por otros».

      Es importante advertir que no se debe tomar Juan 13.34 aisladamente. En este versículo no dice que el amor sea algo que todos pueden ver, sino que será lo que a fin de cuentas atraerá o alejará a todos. No podemos ser la iglesia del Señor, a menos que estemos bien en doctrina. Sin embargo, a nadie le impresionará lo bien que estemos si no nos amamos unos a otros. Esto fue lo que dijo un cínico acerca de los miembros de la iglesia: «Son un montón de gente “no”, porque No beben, no maldicen, no cometen adulterioy no se quieren».

      Más de una vez he ido a visitar personas con el fin de darles aliento para que vuelvan a la iglesia, y he oído historias como la siguiente: «Mi papá era anciano (o predicador, o diácono, o lo que fuera) de la iglesia, pero nos maltrataba a mi mamá y a mí». O también, he ido a animar personas para que obedezcan el evangelio y se hagan miembros de la iglesia, y he obtenido como resultado que me espeten palabras como las que siguen: «¿Conoce usted a fulano de tal? Supuestamente es un miembro importante allí, donde usted predica, pero he visto cómo trata a las demás personas». Mientras no aprendamos a amarnos unos a otros, ¡el resultado de nuestros esfuerzos de evangelismo será limitado!

Que Dios nos ayude a amar a los hermanos y a dejar que el mundo vea.

 

CONCLUSIÓN

      En esta lección, he subrayado la importancia de amar a los demás miembros del cuerpo de Cristo. Hemos destacado la necesidad de estar prestos a interpretar de la mejor manera lo que nuestros hermanos hagan, de estar dispuestos a pasar por alto muchas faltas y de estar capacitados para perdonar. Al llegar a esta conclusión, deseo preguntar: «¿Cuál es su reacción a estas enseñanzas? ¿Cómo terminaría usted la siguiente frase: En cuanto al amor fraternal, yo deseo...?».

      Había una vez un predicador al cual un miembro de su congregación le dio un auto nuevo. Un día que andaba visitando en su nuevo automóvil, al volver a su vehículo, halló a un niño de ropas andrajosas admirándolo. «¡Qué auto más estupendo!», exclamó el niño. El predicador explicó que en realidad él no podía pagar por un auto así, pero que un hermano se lo había dado para usarlo en el servicio de Dios. El niño pensó en ello un rato, y luego dijo: «Deseara... ser un hermano así».

      Al haber hablado acerca de lo que supone amar a nuestros hermanos, es posible que algunos de nosotros hayamos pensado: «Así es como me gustaría que mis hermanos me trataran». Sin embargo, la respuesta que Jesús desea es «¡Así es como yo quisiera tratar a mis hermanos y hermanase».