La lluvia, la luz del sol y abundantes bendiciones materiales son proporcionadas por Dios tanto a santos como a pecadores (Mateo 5.45). Él les da a los impíos así como a los justos «lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría [sus] corazones» (Hechos 14.17). Sin embargo, no sucede igual con las bendiciones espirituales. Agradó al Padre que Su Hijo unigénito sea el que otorgue todas las bendiciones espirituales (Juan 10.9; 14.6; 15.5; Hechos 4.12; Col. 1.27). No hay bendiciones espirituales fuera de Jesús; en Él se encuentran todas (Efes. 1.3).

   Los que se encuentran fuera de Cristo, todavía tienen todos sus pecados e iniquidades pesando en contra de ellos; pero a partir del momento en que una persona entra en Cristo, ella tiene promesa de Aquel que no puede mentir, en el sentido de que todos sus pecados han sido perdonados y olvidados (Hebreos 8.12). Los que están fuera de Cristo no gozan de la presencia del huésped del cielo que mora en el creyente, el Espíritu de Dios; pues Éste viene a vivir con todo el que ha obedecido a Jesús (Juan 14.17; Hechos 2.38; 5.32; Gálatas 4.6).