¨JESUCRISTO¨

 

El divino Hijo de Dios

 

(8)

 

JESÚS: DIOS EN LA CARNE

 

   Jesús de Nazaret ha sido la maravilla de los hombres durante veinte siglos. Sus seguidores lo han amado y adorado como el Hijo de Dios que no pecó, y como Aquel que salvó a los hombres de sus pecados. Sus detractores, incrédulos en mayor o menor grado, han hecho innumerables esfuerzos para desacreditarlo, pero se han visto obligados a reconocer que desde todo punto de vista Él fue más que un hombre.

   Vivió como ningún otro alguna vez haya vivido antes o después de Su tiempo. Su enseñanza es superior a la de todo hombre de cualquier era, tanto en método como en contenido. Sus obras fueron verdaderamente las obras de Dios. Su influencia, a pesar de la más persistente e intencionada oposición, ha sido percibida por más gente y ha producido más bien, que la de ningún otro hombre anterior o posterior a Su tiempo.

   Hombres impíos e incrédulos han tratado de explicar las anteriores verdades de muchas maneras, pero sólo existe una explicación satisfactoria, una que es sencilla y a la vez magnífica, y es la que encierran las palabras de un israelita en quien no hubo engaño: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios» (Juan 1:49a; vea vers. 47). De conformidad con la enseñanza de las Escrituras-Jesús de Nazaret era Dios —Dios en la carne. Dios hecho carne. Dios manifestado en carne.

LOS PROFETAS DIJERON QUE ÉL ERA DIOS

Isaías

   Cientos de años antes que Jesús naciera, Isaías dijo: «He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel» (Isaías 7:14). Mateo dijo que esta profecía se cumplió cuando Jesús nació (Mateo 1.22). Él interpretó para nosotros que la palabra «Emanuel» significa «Dios con nosotros» (Mateo 1.23). De modo que, según Isaías y Mateo, Jesús fue «Dios con nosotros».

Nuevamente, Isaías profetizó Su venida en las siguientes palabras: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9.6).

   En las anteriores palabras nos enteramos de que Aquel que se sentaría en el trono de David había de ser el «Dios Fuerte». El ángel Gabriel se refirió sin duda a esta profecía cuando le dijo a María que ella había de dar a luz un Hijo y que llamaría su nombre Jesús (Lucas 1:31). «Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lucas 1:32). El Hijo de María había de ser llamado «Hijo del Altísimo» porque Él era el «Dios Fuerte» de la profecía de Isaías.

Miqueas

   El profeta Miqueas expresó: «Pero tú. Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad» (Miqueas 5:2). Fue a esta profecía que acudieron los principales sacerdotes y los escribas cuando Herodes preguntó dónde había de nacer el Cristo. Esta fue la profecía que hizo que Herodes enviara a los magos a Belén, donde pudieran encontrar al «rey de los judíos, que [había] nacido» (Mateo 2:2-8). Este rey de los judíos que había nacido, según Miqueas, es desde la eternidad hasta la eternidad. No hay criatura de quien se pueda hablar así; únicamente el Creador puede ser descrito en tales términos. De modo que, según la profecía, Él sería reconocido como Dios.

JESÚS AFIRMÓ QUE ÉL ERA DIOS

El concepto judío

   Antes de citar las Escrituras para probar que Jesús afirmó ser Dios, es necesario que conozcamos el concepto judío de Mesías. Esta idea judía fue expresada por uno de ellos, Trifón, en su célebre diálogo con Justino Mártir (h. 110-h. 165):

[...] que este Cristo existió como Dios antes de las edades,, que después se sometió para nacer y para llegar a ser hombre, y que, a pesar de lo anterior, no es hombre que procede de hombre, me parece que tal [aseveración] no solamente es paradójica, sino también ridicula. (Ref- 1)

   Los que afirman que Él ha sido hombre, y que ha sido ungido por elección, y que después ha llegado a ser Cristo, me parece que hablan con mayor plausibilidad [...] Pues todos esperamos que Cristo sea un hombre [nacido] de hombres, y que cuando Elías venga, le ungirá. Pero si este hombre parece ser Cristo, debe ciertamente ser conocido como hombre [nacido] de hombres; pero dada la circunstancia de que Elías no ha venido todavía, infiero que este hombre no es Él [el Cristo].  (Ref-2)

   Que los judíos tenían la anterior creencia en el tiempo de Jesús es algo que se observa en un incidente que se recoge en Mateo 22:41-45: “Y estando juntos los fariseos. Jesús les preguntó, diciendo: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: De David. El les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo”?

   ¿Por qué no fueron capaces estos judíos de explicar por qué David le llamaba a su descendiente «Señor»? La sencilla respuesta es que ellos esperaban que el Mesías «fuera un hombre nacido de padres humanos» dentro de la familia de David. Si hubieran conocido las Escrituras, que enseñaban que Él había de ser Dios en la carne (carne que descendía de David), podían haber respondido la pregunta.

   A juicio de los judíos, no era gran delito que alguien afirmara ser el Cristo, el Mesías; tampoco era delito que la gente creyera que alguien era el Cristo. En Mateo 9:27, dos ciegos llamaron a Jesús «Hijo de David»; en Mateo 15:22 la mujer cananea hizo lo mismo. Cuando Jesús entró cabalgando en Jerusalén, en lo que se conoce como Su «entrada triunfal», las multitudes iban delante de Él diciendo: «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mateo 21:1-17). La expresión «Hijo de David» fue usada del mismo modo en Mateo 21:9 y 22:42. Las multitudes le llamaban el Cristo, pero muy pocos de ellos creían que Él era el Hijo de Dios, Dios en la carne. No fue sino hasta algunos días más adelante que tales multitudes se unieron a los dirigentes para censurarlo por blasfemia por haber dicho que era el Hijo de Dios.

La afirmación de Jesús

   Teniendo presente todo lo anterior, notemos que Jesús se llamó a sí mismo Dios. Usó el término «Hijo de Dios» para dar a entender «Dios», del mismo modo que la expresión «hijo del hombre» significa «hombre». En Juan 5.17-18, leemos: “Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.”

   Los judíos se llamaban a sí mismo hijos de Dios, y ellos llamaban a Dios su Padre (Juan 8.41). No parecía haber razón alguna para que se molestaran porque Jesús también llamara a Dios Su Padre —sin embargo, se molestaron. ¿Por qué? Lo que no les parecía era que Jesús usara una expresión que significaba «su propio Padre», expresión que daba a entender que Él era «igual a Dios». Cuando Él usaba una expresión que lo hacía igual a Dios, ello equivalía a llamarse a sí mismo Dios, y esto, ellos consideraban una blasfemia.

   En Juan 8.53b, 54, los judíos le preguntaron: «¿Quién te haces a ti mismo?». Jesús respondió: «Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios». Jesús identificaba a Su propio Padre como Aquel a quien los judíos llamaban su Dios. Esta era otra manera de decir que Él era el Hijo de Dios, y que lo era de un modo distinto, un modo en el cual ningún otro ser lo es. Por lo tanto, se estaba haciendo a sí mismo igual a Dios.

   Los judíos entendían que Jesús se estaba haciendo igual a Dios cuando se llamaba a sí mismo el Hijo de Dios. Esto es algo que se desprende claramente de Juan 10.30-36. Las palabras de Jesús cuando dice: «Yo y el Padre uno somos» provocaron una fuerte reacción:

   Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle. Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios. Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?

   En el pasaje anterior se demuestra claramente que cuando Jesús se llamaba a sí mismo el «Hijo de Dios»/ los judíos entendían que Él mismo se hacía Dios.

   Esta afirmación fue lo que al final lo llevó a morir. Estando delante del concilio judío, le preguntaron: «¿Eres tú el Cristo?». Su respuesta a la anterior pregunta no les dejó duda alguna acerca de lo que afirmaba. En vista de que no había ley alguna en contra de un hombre que afirmara ser el Cristo, no podían hacer nada. Entonces, le preguntaron: «¿Luego eres tú el Hijo de Dios?». El respondió: «Sí/ lo soy». Al hacer esta afirmación, los judíos dijeron: «¿Qué más testimonio necesitamos? Porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca». (Lea Lucas 22.66-71.)

   Después lo llevaron delante de Pilato. La primera acusación que le lanzaron allí fue que se había hecho a sí mismo «Cristo», es decir un rey. Cuando vieron que esta acusación no lograría una condena, dijeron: «Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios» (Juan 19.7). Según la ley de ellos, el que era culpable de blasfemia debía morir (Levítico 24.16). Lo acusaban de blasfemia porque confesó ser el Hijo de Dios (Mateo 26.63-66). Vemos, pues, que Jesús afirmó ser igual a Dios; afirmó ser Dios en la carne.

LOS APÓSTOLES PROCLAMARON

QUE ÉL ERA DIOS

   Los hombres que más íntimamente se relacionaron con Jesús, cuando Él anduvo sobre la tierra —los hombres que vieron Sus milagros, y constantemente oyeron Su enseñanza durante más de tres años— fueron los apóstoles. Estos hombres lo vieron, y comieron con El después que se levantó del sepulcro. Más adelante, fueron bautizados en el Espíritu Santo, el cual no sólo los protegió del error, sino que también les dio las palabras que debían usar para transmitirnos a nosotros el mensaje. Tales hombres dijeron que Jesús era el Hijo de Dios, Dios hecho carne. Dios manifestado en carne.

Juan

   Juan, el discípulo amado, fue tal vez el que mejor entendió y apreció la relación de nuestro Señor con el Padre. Siendo guiado infaliblemente por el Espíritu Santo, escribió:

   En el principio era el Verbo/ y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho/ fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres [...]

   Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad (Juan 1.1-4, 14).

   El «Verbo» que se menciona aquí era la segunda persona de la Deidad. El Verbo llegó a ser Jesús. Esta verdad no necesita ser argumentada, pues está más que expresada en el versículo 14. Por lo tanto, notemos primero las afirmaciones hechas acerca de este Verbo que prueban que Él es Dios. En segundo lugar, notaremos que este Verbo, que se ha probado que es Dios, se hizo carne y fue conocido como Jesús de Nazaret.

   La eternidad del Verbo se expresa primero por la frase «En el principio era». El Verbo ya «era» cuando todo lo demás comenzó a ser. El existía antes de toda cosa creada. Él, por lo tanto, no era parte de la creación; Él es eterno. Nadie, excepto Dios, es eterno; por lo tanto. Él es Dios.

   Después, Su coexistencia con el Padre es expresada dos veces en el texto: «Y el Verbo era con Dios»; «El Verbo era en el principio con Dios». Luego, Su deidad esencial y personal es afirmada: «Y el Verbo era Dios». Por último. Su distinción del Padre es expresada: «Este era en el principio con Dios». Estas palabras no serían más que un embrollo ininteligible si no transmiten la idea de que hay dos Seres, a los cuales se les puede llamar correctamente «Dios». «El Verbo era Dios», sin embargo. Él era con otro Ser llamado «Dios»; en consecuencia, había dos Seres llamados «Dios». Por otro lado, debido a Su unidad, podemos decir con verdad que «Hay un solo Dios».

   Además, de este Verbo se dice que es el Creador: «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho». Esto prueba una vez más que El existía antes que toda creación y por lo tanto no fue creado. Su existencia por sí mismo y Su poder dador de vida y de luz, se reflejan en la declaración siguiente: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres». Según esto. Él fue el origen de toda vida y toda luz. Verdaderamente, El era Dios.

Este Ser, este Verbo, «fue hecho carne, y habitó entre nosotros [...] lleno de gracia y de verdad». Al ser hecho carne, no perdió ninguno de los atributos que lo caracterizaban como el Verbo, como Dios. Estando en la carne. Él afirmó Su existencia eterna cuando dijo: «Antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58). Siendo Jesús de Nazaret, Él declaró Su coexistencia con el Padre, al decir: «Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Juan 17:5).

   En (1ª  Juan) encontramos más pruebas de la divinidad del Señor Jesús. El amado apóstol escribió en 1.2, lo siguiente: «[...] La vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó». El anterior versículo se parece a la declaración que hace Juan en su relato del evangelio. La vida que se manifestó era la vida eterna. Estaba primero con el Padre y después se nos manifestó a nosotros. Si el Hijo de Dios estaba con el Padre y después se nos manifestó a nosotros, y si la vida eterna estaba con el Padre y después se nos manifestó a nosotros, debemos estar en lo correcto al concluir que la vida eterna era el Hijo de Dios; pero no se nos deja a merced de las conclusiones. Juan dijo: «Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna» (1ª Juan 5.20-21). El pasaje anterior nos informa de que el Hijo de Dios es esa vida eterna que estaba con el Padre, que El se nos manifestó a nosotros en la carne, y se conoce como Jesucristo.

   Bien podríamos hacer que este fuera el fin de nuestra investigación, pues hemos encontrado la declaración positiva inspirada en el sentido de que este Hijo de Dios, Jesucristo, que fue hecho carne, y habitó entre nosotros, «es el verdadero Dios».

Pablo

   Otro apóstol que escribió acerca de la divinidad de Jesús, fue Pablo, el apóstol a quien el Señor se apareció después que ascendió a los cielos, y el que fue arrebatado y se le permitió ver y oír cosas que no le es dado al hombre expresar (2ª Corintios 12.2-4). Describió a Jesús en los siguientes términos: “[Jesús], siendo en forma de díos/ no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2.6-8).

   En el anterior pasaje. Pablo dijo que este Jesús estuvo una vez en términos de igualdad con Dios, pero que se despojó de esa igualdad, es decir, renunció a ella. Mientras anduvo sobre la tierra, Jesús era igual a Dios en el sentido de que la plenitud de la Deidad, todos los poderes de Dios, habitaban en Él. ¿De qué modo no era Él igual a Dios? Él fue hecho semejante a los hombres y dejó de ser semejante a Dios, que es Espíritu. Renunció a esto cuando se identificó con la humanidad. Esta es la explicación que hemos estado buscando —que Jesucristo era Dios hecho semejante a los hombres, y que habitó entre nosotros como Dios en la carne. (Vea Hebreos 2:14-17.)

   Pablo dijo además, acerca del Hijo de Dios, lo siguiente: “El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1.15-17).

   Los que no creen en la divinidad de Jesús usan la frase «primogénito de toda creación» para dar a entender: «la primera criatura hecha». Se da la siguiente declaración como razón por la que Él es el «primogénito de toda creación» —porque por él fueron creadas todas las cosas [NASB]. La palabra «primogénito» significa heredero y señor así como uno que nació primero. Jesús es señor de toda creación, pues todas las cosas fueron hechas por Él.    Lo anterior tiene mucho sentido; la otra interpretación no lo tiene. «Él es antes de todas las cosas», es decir, de todas las cosas creadas. Esta expresión es argumento de Su divinidad en el sentido de que El existió antes de todas las cosas creadas. «Y todas las cosas en él subsisten». Lo anterior no podría decirse de un ser creado, sino que es algo que con toda propiedad se puede decir de Aquel que creó todas las cosas.

   Ahora, consideremos una declaración de Pablo que está demasiado clara como para dejar duda o confusión. Al dirigirse a los judíos, dijo: «[...] de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos» (Romanos 9.5). La clara importancia de este pasaje en su presente traducción es que Cristo, en la carne que se le dio por medio de Su linaje judío, es Dios. Debido a que es Dios, tiene derecho a las bendiciones, y no a las maldiciones que estaba recibiendo, y que continúa recibiendo, de parte de los judíos.

   El apóstol Pablo consideraba la resurrección de Jesús la prueba más grande de que Él era el Hijo de Dios, o Dios en la carne. Dos veces había hablado Dios desde el cielo, diciendo: «Este es mi hijo amado» (Mateo 3.17; 17.5; Marcos 9.7; vea Lucas 9.35), pero los judíos rehusaban creerle. Jesús había hecho milagros tales que ningún hombre había hecho alguna vez, ni aun así le creyeron. Les testificó bajo juramento que Él era el Hijo de Dios; pero en lugar de recibir este testimonio, lo crucificaron como un impostor blasfemo por lo que dijo. El gran Dios de los cielos revocó la decisión de los tribunales supremos de la tierra; al levantar a Cristo de entre los muertos, lo declaró Su Hijo. Refiriéndose al evangelio de Dios, Pablo escribió: “[...] su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Romanos 1.3-4).

   Aquí Pablo se refirió a Jesucristo nuestro Señor como el Hijo de Dios. Este Hijo recibió Su humanidad por medio de David, pero Su resurrección declara que Él era más que humano. Fue crucificado por decir que Él era el Hijo de Dios —por decir que, aunque era el hijo de David, Él tenía una relación más sublime que esta. Su divinidad le llegaba, no por medio de Su relación con David, sino por medio de Su relación con Dios. Dios respaldó la afirmación que Jesús hizo, levantándole de entre los muertos. Este pasaje permanece como una sólida roca de prueba tanto de la humanidad como de la divinidad de Jesucristo. Enlaza la humanidad y la divinidad juntándolas en la persona de «nuestro Señor Jesucristo», llamando a esa persona Hijo de Dios.

   Pablo dijo que, en cuanto a la carne. Jesús era del linaje de David. Ser de un linaje denota un comienzo. En cuanto al espíritu de Cristo, no obstante. Pablo dijo que Él «fue declarado Hijo de Dios». Esta última afirmación no denota un comienzo. En Jesús de Nazaret vemos la fusión de esa humanidad, que tuvo su comienzo al nacer de cierto linaje, y de la divinidad que era con Dios y era Dios. En Él —y únicamente en Él— vemos a Dios manifestado en carne.

SUS OBRAS DECLARAN QUE ES DIOS

   Las obras que Cristo hizo mientras anduvo sobre la tierra, según Sus propias palabras, eran tales que nunca nadie más las había hecho. Esto fue lo que dijo: «Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado» (Juan 15.24a). Él consideraba que Sus obras eran suficiente prueba de Su deidad; Él dijo «Porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado» (Juan 5.36). Estas obras constituyen suficiente, más bien abundante, prueba de la deidad de Cristo Todos los que no creen son condenados. Él dijo «Porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis» (Juan 8.24).

Poder sobre los demonios

   El poder que Jesús ejerció sobre los espíritus malignos es prueba de un poder más grande que el de un ser humano. Cuando lo acusaron de echar fuera demonios por Beelzebú, esto fue lo que respondió: «Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa» (Marcos 3.27). Con estas palabras El afirmó tener un poder más grande que el de la humanidad.

   La mismísima presencia de Jesús era perturbadora para los demonios. Estando en la sinagoga de Capernaum, uno de ellos clamó, diciendo: «¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios» (Marcos 1.24b). Otro dijo: «Tú eres el Hijo de Dios» (Marcos 3.11b). Los espíritus malignos reconocían en Él al que ha de destruirlos; esto es lo que preguntaban: «¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?» (Mateo 8.29). Aparte de probar que Su poder no era menor que el de Dios, estos pasajes revelan que los demonios reconocían a Jesucristo como el Hijo de Dios, como Aquel a quien tendrán que enfrentar cuando el momento de su castigo llegue.

Poder para perdonar pecados

   Mientras anduvo sobre la tierra. Jesús perdonó pecados. Los escribas y fariseos decían correctamente en Lucas 5.20-21, que nadie excepto Dios puede perdonar pecados. Acusaron a Jesús de blasfemia cuando dijo a un hombre: «Tus pecados te son perdonados». Sanó a un hombre delante de los ojos de ellos para probar que tenía poder para perdonar pecados. (Vea también Mateo 9.2-8 y Marcos 2.1-12.) Este suceso probaba dos verdades. La primera era que uno que podía sanar enfermos por su propio poder, también podía perdonar pecados por ese mismo poder. La segunda era que, en vista de que Jesús podía perdonar pecados (lo cual nadie excepto Dios podía hacer), Él era Dios.

Poder ilimitado

   La falta de tiempo nos impide reseñar episodios como aquellos cuando calma la tempestad, cuando alimenta a miles con pedazos de pan y de pececillos y después se recogen doce canastos de lo que sobró, cuando anda sobre el agua y cuando hace que muertos vuelvan a la vida. La conclusión obligada, fundamentada en cada uno de los anteriores eventos, es que Jesús era Dios en la carne. En vista de que ningún hombre ha sido capaz alguna vez de llevar a cabo tales milagros, excepto cuando declaradamente lo hicieron en el nombre de Jesucristo de Nazaret (como hizo Pedro cuando sanó al mendigo cojo que estaba a la puerta del templo llamada la Hermosa, en Hechos 3.6), no hay duda de que la razón está de parte nuestra al concluir que Jesús era Dios manifestado en carne. Ningún otro podría haber ejercido tal poder en persona.

CONCLUSIÓN

   El tema de que Jesús es el Hijo de Dios, Dios manifestado en carne, se encuentra en el centro del evangelio. Es el fundamento sobre el cual todo lo demás descansa. De esta verdad, podemos sacar muchas lecciones de ánimo para sustentarnos en los momentos de tribulación.

   En primer lugar, la superioridad del cristianismo sobre el judaísmo se basa en el hecho de que Jesús es más grande que Moisés. Jesús era el Hijo de Dios, Moisés no lo era. Esto es algo que se comenta extensamente en el libro de Hebreos.

   En segundo lugar, nuestra esperanza de exaltación por encima de los ángeles, descansa sobre la verdad de que Jesús era Dios en la carne. Se le presenta como ejemplo; Él constituye las primicias que son prueba de que nosotros también seremos exaltados (lera Corintios 15.20-22; 1ª Pedro 5.6). Con Él, se nos dará una herencia incontaminada e inmarcesible, reservada para nosotros en los cielos (1ª Pedro 1.4).

   En tercer lugar, el hecho de que Dios se hizo carne y vivió entre los hombres es demostración de Su amor por los perdidos. He aquí un cuadro en el que Dios busca al hombre. Mucho se dice acerca del deber del hombre de buscar a Dios; pero este deber llegó a serlo solamente porque Dios vino a buscar y a salvar a los perdidos (Lucas 19.10). Es interesante notar que el Hijo de Dios pasó por alto a los ángeles que habían caído y no socorrió a estos, sino que fue «a la descendencia de Abraham» a la que socorrió (Hebreos 2.16). Fue a la humanidad a la que amó y levantó, no a los ángeles. En cuarto lugar, el hecho de que Dios se hizo hombre, de que vivió entre los hombres, y de que murió por el hombre, demuestra cuan estimable es un ser humano delante de los ojos de Dios. Jesús enseñó a los judíos que un hombre es más valioso que un pajarillo, o que una oveja. El hecho de que murió por el hombre, dando Su vida en lugar de la nuestra, indica que Él estimó nuestra vida más que la Suya. Él desea salvarnos —no del infierno solamente, sino del pecado en esta vida, para que nuestra vida pueda valer todo lo que sea posible sobre la tierra. Si vivimos en pecado, no tenemos valor alguno. El vivir por Él es la única manera de hacer que nuestra vida valga la pena.

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1 Justin Martyr Dialogue offustin, Philosopher and Mar-tyr, with Trypho, a ]ew (Diálogo de Justino filósofo y mártir, con Trifón Judío) 48. Alexander Roberts and James Donaidson, eds./ The Ante-Nicene Fathers: Translations ofthe Writings of the Fathers down to A. D. 325 (Los padres anteriores al concilio de Nicea: Traducciones de los escritos de los padres hasta el 325 d. C.)f rev. and arr. A. Cleveland Coxe (Grand Rapids, Mich.: Wm. B. Eerdmans Publishing Co./1957). 2 Ibíd./ 49.

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«A los discípulos se les llamó cristianos»

[... ] y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía (Hechos 11.26).

«El término "cristiano" procede de "Cristo", que es traducción de la palabra griega kristos, que significa "ungido". O Kristos: El Cristo, el ungido. Al ver, pues, que "cristiano" procede de "Cristo", que significa "ungido", ¿no se podrá considerar pueblo ungido de Dios a todos los que llevan este nombre bíblicamente, o que bíblicamente tienen derecho a él? Ahora que está vigente el nuevo pacto, todos los que viven bajo este son considerados sacerdotes. Pedro dice: «Sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo» (lera Pedro 2.5). Por lo tanto, ¿no están ungidos estos sacerdotes espirituales? El hecho de que se les llame cristianos indica que lo están. El apóstol Juan se refiere a esta santa unción cuando dice: "Pero vosotros tenéis la unción [Krisma, con la que cualquiera es ungido] del Santo, y conocéis todas las cosas" (lera Juan 2.20). (Vea también vers.0 27).»1

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1 Elijah Goodwin/ "The Name 'Chi-istian'" («El nombre cristiano»), New Testament Christianity (Cristianismo neotestamentario), vol. 1/ ed. Z. T. Sweeney (Columbus, Ind.: Por el editor, 1923), 453-54.