¨JESUCRISTO¨

 

El divino Hijo de Dios

(2)

 

 

JESÚS: EL CUMPLIMIENTO DE PROFECIAS EN SU VIDA

 

   Jesús pensó que Su capacidad para predecir eventos futuros sería prueba decisiva de que Él era el Hijo de Dios, no un hombre cualquiera: «Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy» (Juan 13.19). De igual modo, si la gente prestara atención a todos los profetas de Dios que escribieron la Biblia, se convencerían de que las profecías veterotestamentarias eran antorchas que alumbraban en lugar oscuro, hasta que el día esclareciera y el lucero de la mañana saliera (vea 2ª  Pedro 1.19). Los profetas veterotestamentarios hablaron no solamente a la gente de su propia época, sino que también a nosotros, a los que vivimos hoy día (1ª  Pedro 1.10-12).1

EL HIJO QUE LA VIRGEN DIO A LUZ-  (ISAÍAS 7.14)

   Siria y el Reino del Norte de Israel habían formado una confederación en el 735 a. C.- en contra del Reino del Sur de Judá. Judá se estremeció «como se estremecen los árboles del monte a causa del viento» (Isaías 7.2). El siempre misericordioso Dios envió a Isaías a consolar a Acaz rey de Judá; pero Acaz era impío e hipócrita. Una respuesta poco razonable y agresiva de parte de Acaz, agotó la misericordia de Dios: Éste se llegó a cansar de Acaz. El rey rechazó la señal de parte de Dios en el sentido de que Él lo libraría de las garras de la conspiración sirio-efraimita. A raíz de su rechazo, Dios respondió con ira explicando que le daría a Acaz una señal de todos modos, pero que sería una señal que no le gustaría: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel (Isaías 7.14).

   Una joven mujer prominente, conocida de Acaz, se casaría pronto y daría a luz un Hijo, al cual daría un nombre poco corriente: Emanuel, que significa: «Dios con nosotros». Antes que ese niño creciera, la amenaza de aquellas dos naciones se disiparía. No obstante. Dios interpuso algo más: Aunque Israel y Siria ya no serían una amenaza para Judá, Asiría sí lo sería. De hecho. Asiría, asediaría a tal grado el país de Judá que los judíos casi morirían de hambre. Según el profeta, un hombre podría mantener viva una vaca y dos ovejas (Isaías 7.21-22). Por lo tanto, habría leche disponible, y el pueblo que quedara en el país comería mantequilla y miel.

   Este hijo de la profecía, por lo tanto, se alimentaría con mantequilla y miel (Isaías 7.15). Emanuel, «Dios con nosotros», sería el nombre del muchacho. ¡Este sería señal de que Dios estaba con Judá para castigar a la nación! ¡Dios puede estar con las personas de dos maneras!. Estaría con Judá no para bendición, sino para castigo. Acaz y su pueblo eran infieles, y la palabra de Dios se cumpliría inexorablemente.

   El anterior fue el cumplimiento a corto plazo de Isaías 7.14, pero había en las palabras del profeta algo más grande que una señal local del siglo ocho a. C. para Acaz. Isaías no sólo apuntaba a un cumplimiento a corto plazo, mientras Acaz viviera, sino también a un cumplimiento a largo plazo, en los días de María y de José. A menudo las profecías tenían significados primarios y secundarios, implicaciones directas e indirectas. El ángel de Dios reveló que el hecho de que María concibiera hijo no se debería a fornicación, sino al propósito de Dios, de conformidad con la profecía de Isaías (Mateo 1.23).

   Es cierto que hay diferencias entre el cumplimiento en el siglo octavo a. C. y el cumplimiento en el siglo primero d. C.- de la profecía de Isaías 7.14; sin embargo, hay tantas semejanzas, que el Espíritu Santo usó el primer cumplimiento como base para anunciar el segundo. La palabra almah”, en su significado amplio («joven mujer»), no precisaba que hubiera un nacimiento virginal en el siglo octavo, y no se registró ninguno. No obstante, en el siglo primero d. C. una clase especial de mujer (una virgen; del griego: “pártenos”; Mateo 1.23) llegó a ser madre cuando todavía era virgen.

   El niño de los tiempos de Acaz era Emanuel, «Dios con nosotros», pero lo era solamente de nombre; el niño en realidad no era Dios. En contraste con este, el hijo que nació en tiempos de María fue llamado Emanuel, «Dios con nosotros», porque en realidad era Dios. El niño de los tiempos de Acaz era señal por nombre solamente; el Hijo de María era señal tanto por nombre como por sustancia.

   El niño profetizado de tiempos de Acaz era una señal de que Dios estaría con Judá. El niño profetizado de tiempos de María era una señal de que Dios estaría con todo el mundo (Juan 3.16; 1ª  Juan 2.2). La señal de la época de Acaz era una advertencia en el sentido de que Dios estaría con el pueblo para castigarlo. La señal de la época de María era buenas nuevas en el sentido de que Dios estaría con el pueblo para bendecirlo.

   Si el Hijo de María no hubiera nacido de modo virginal, no podría haber sido verdaderamente Emanuel, «Dios con nosotros», pues habría sido totalmente humano como el resto de nosotros y no podría haber sido el Dios-hombre. Además, habría sido hijo ilegítimo, nacido de fornicación. Si esto hubiera sido así. Jesús no habría sido divino, y Su religión sería una farsa. En tal caso, el nombre Emanuel, «Dios con nosotros», sería una burla.

LA SIMIENTE DE ABRAHAM-  (GÉNESIS 22.18)

   El Señor profetizó que Abraham sería una bendición para el mundo. Además de la frase «en ti» de Génesis 12.3, El usó la expresión «en tu simiente» en el versículo anterior. Aunque la palabra «simiente» de Génesis 22.17 se usa para referirse a la descendencia de Abraham (es decir, a toda la nación de Israel), no se usa del mismo modo en Génesis 22.18. En el versículo 18, la palabra «simiente» se limita a una profecía especial acerca de uno de los descendientes de Abraham, propiamente, acerca de Jesús. En Gálatas 3.16, Pablo se refirió a ese versículo cuando escribió: «[Dios] no dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo». Fue así como un autor neotestamentario inspirado dio una viva iluminación en cuanto al significado especial de una profecía veterotestamentaria.

   Otro vocero neotestamentario también señaló el significado mesiánico de Génesis 22.18. Estando en el pórtico de Salomón del templo de Jerusalén, Pedro dijo: «Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra» (Hechos 3.25).

UN MINISTRO GALILEO -  (ISAÍAS 9.1-2)

  Muchas profecías veterotestamentarias acerca del Mesías que venía, también tenían un significado más inmediato y local. No obstante, algunas no parecen tener significado veterotestamentario en absoluto. Una de esta clase fue escrita por Isaías, «el profeta evangelista», en el siglo octavo a. C.: “Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles”-

“El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos” (Isaías 9.1-2).

   La tierra de Galilea alcanzaría «al fin» un estado de gloria, y llegaría a ser famosa para siempre. Aparentemente, aun antes de dejar el cielo. Jesús planeó pasar gran parte de su ministerio terrenal en Galilea: “Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea; y dejando Nazarea vino y habitó en Capernaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí, para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: 

 “Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, Camino del mar/ al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles; El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los sentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció (Mateo 4.12-16).

UN PREDICADOR UNGIDO-  (ISAÍAS 61.1-3)

   Un predicador ungido habló proféticamente por medio del rollo de Isaías, en el siglo octavo a. C./ y esto fue lo que dijo: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mi, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura «de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya” (Isaías 61.1-3).

   En el siglo primero d. C./ un carpintero de treinta años e inculto, maravilló a los maestros de la sinagoga: “Vino [Jesús] a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres” [...] (Lucas 4.16-18).

   Siguió leyendo la hermosa profecía de anuncio, cerró el libro, y audazmente proclamó: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros» (Lucas 4.21).

   A cualquiera que hiciera una afirmación como la anterior no se le daría la más mínima consideración; pero tratándose de Jesús, el hacer una afirmación así era totalmente natural y apropiado.

UN PROFETA COMO MOISÉS-  (DEUTERONOMIO 18.15)

   En el monte Sinaí, los israelitas se estremecieron cuando la montaña tembló. Vieron fuego y relámpagos y una espesa nube en la cima, y toda la montaña echó humo como un horno (Éxodo 19.16-18; 20.18). Temblaron cuando la voz de Dios enumeró los Diez Mandamientos. La gente aterrorizada le suplicó a Moisés que se encargara de hablar él, para que no fueran a morir al estar tan cerca de la presencia de Dios. Moisés le habló al Señor, y dio a conocer la promesa hecha por Dios en el sentido de enviar a otro representante como Moisés para servir de vocero divino: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis; conforme a todo lo que pediste a Jehová tu Dios en Horeb el día de la asamblea, diciendo: No vuelva yo a oír la voz de Jehová mi Dios, ni vea yo más este gran fuego, para que no muera” (Deut. 18.15-16).

  Dios pensó que el ruego del pueblo en el sentido de que se le diera un vocero, era solamente un ruego. Le dijo a Moisés: «Han hablado bien en lo que han dicho» (Deuteronomio 18.17), y repitió la promesa: “Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare. Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta” (Deut. 18.18-19).

   El que vendría sería un profeta semejante a Moisés. Por supuesto que Moisés no fue un profeta corriente. A este Dios le habló «cara a cara [...] claramente, y no por figuras; y [vio] la apariencia de Jehová» (Números 12.8). No hubo profeta en Israel que fuera superior a Moisés, «a quien haya conocido Jehová cara a cara» (Deuteronomio 34.10). El sucesor prometido no podía, por lo tanto, ser un profeta corriente.

   El profeta prometido, dijo el Señor, tendría la palabra de Dios «en su boca» (Deuteronomio 18.18). El recibirlo a él y sus palabras equivaldría a recibir a Dios; y el rechazarlo a él y sus palabras equivaldría a rechazar a Dios (Deuteronomio 18.19).

   El pueblo de Moisés jamás olvidó la promesa de este excepcional profeta. Aconsejaron a sus hijos y a los hijos de sus hijos estar a la expectativa de su venida. Llegaron a referirse a él como «el profeta» (Juan 1.21, 25). Quince siglos después de Moisés, cuando la obra de Juan era objeto de atención, los judíos se acordaron inmediatamente de la profecía acerca de la venida del profeta, de Deuteronomio 18.15, y le hicieron una pregunta en concreto a Juan: «¿Eres tú el profeta?» (Juan 1.21). No había ninguno más grande que Juan, pero él no era el profeta prometido, y así lo dio a entender claramente, a los que preguntaron.

   Juan, no obstante, que no hacía milagros (Juan 10.41), tenía un pariente que podía multiplicar cinco panes de cebada y dos pecesillos hasta convertirlos en un excedente que bastaba para alimentar tal vez diez mil personas (vea Juan 6.9-10). Una señal tan contundente como la anterior hizo que los judíos pensaran en la promesa de Moisés que se recoge en Deuteronomio 18.15, y esto fue lo que exclamaron: «Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo» (Juan 6.14).

   Jesús no sólo demostró que era Señor de la naturaleza, sino que también habló de un modo que ningún otro hombre lo había hecho (Juan 7.46). Un día que hizo un anuncio de señal en el templo, algunos judíos impresionados que formaban parte de la multitud relacionaron Deuteronomio 18.15 con el gran predicador, diciendo entre sí:  “Verdaderamente éste es el profeta” (Juan 7.40).

   Cuando Pedro predicó un sermón en el pórtico de Salomón, él citó Deut. 18.15 y dijo que Jesús era el cumplimiento de la profecía hecha mil quinientos años atrás (Hechos 3.22). Advirtió que el no obedecer a «aquel profeta» (Hechos 3.23) equivalía a ser destruido. Los judíos que pensaban rectamente, por lo tanto, siendo ellos mismos «los hijos de los profetas» (Hechos 3.25), pudieron ver en Jesús el glorioso cumplimiento en carne de la declaración profética de Moisés.

UN CUENTAPARÁBOLAS -  (SALMOS 78.2)

   Asaf era famoso en Israel. Como era cantor y tocador de címbalo, David lo constituyó jefe del coro del tabernáculo (1° Crónicas 6.31-33, 39; 15.19; 16.5). También recibió facultad del Espíritu Santo para ser vidente (2ª  Crónicas 29.30) y autor inspirado de cánticos (vea Salmos 50, 73—83) que fue incluido en el libro de los Salmos. A un cántico escrito como número de instrucción y edificación, tal como Salmo 78, se le llamaba maskil. Parte de su enseñanza era en la forma de parábolas, esto es, relatos con aplicaciones. Él presentó otras enseñanzas en la forma de «cosas escondidas», o acertijos. Esto fue lo que anunció: «Abriré mi boca en proverbios; hablaré cosas escondidas desde tiempos antiguos» (Salmos 78.2).

   El Espíritu Santo usó la misma declaración de Asaf como una profecía de lo que haría Uno más grande que Asaf (vea Mateo 13.35). Jesús también vino a Israel como uno que enseñaba parábolas, declarando cosas escondidas desde la fundación del mundo. Esto sucedió «para que se cumpliese lo dicho por el profeta [Asaf] cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo».

CELO POR LA CASA DE SU PADRE - (SALMOS 69.9)

   Tal vez fue una burla o insulto contra el sagrado tabernáculo lo que hizo que David dijera: «Porque me consumió el celo de tu casa» (Salmos 69.9a). No hay duda de que el Espíritu Santo estaba profetizando por medio de David que el mismo sentimiento iba a tener Jesús: “[...] Y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados. Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado. Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume” (Juan 2.14-17).

   La segunda parte de Salmos 69.9/ donde se lee: «[...] y los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí»/ indica que David, al defender el tabernáculo, él mismo fue difamado por impíos que profanaban el sagrado tabernáculo. Cual fuera la situación local que suscitó la declaración de David, la segunda parte del versículo 9 fue también una profecía de lo que le ocurriría a Jesús. Cuando Jesús defendió la casa de Su Padre, Él se hizo blanco de los denuestos de los que estaban haciendo mal uso del templo. De hecho, estaba apresurando Su propia muerte. De ningún modo se estaba agradando a sí mismo; el único pensamiento que ocupaba Su mente era el de la santidad de Su Padre. «Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban cayeron sobre mí» (Romanos 15.3).

BENDICIÓN PARA TODAS LAS NACIONES - (GÉNESIS 12.3)

   Cerca del año 1886 a. C., Dios prometió a Abram:«[...] y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12.3). Fue esta una profecía que se hizo casi dos mil años antes, en el sentido de que tanto los hebreos como los gentiles serían bendecidos en Abram. Hoy día todo el que reciba a Cristo y se haga cristiano es participante de la promesa que se hizo originalmente en Génesis 12.3. Ese pasaje de las Escrituras anunció que Dios justificaría por fe a los gentiles. Dios predicó el evangelio a Abram de antemano, diciendo: «En ti serán benditas todas las naciones» (Calatas 3.8). El resultado es que todos los que son de la fe son bendecidos juntamente con el creyente Abram. Todos los que pertenecen a Cristo han llegado a ser la simiente espiritual de Abram, «padre enaltecido», que llegó a conocerse como Abraham, que significa «padre de una multitud». Entre las naciones, cualquiera que llegue a ser obediente a la fe, es un heredero legítimo de la divina promesa que se hizo al padre de los que tienen fe. Así, una profecía de dos mil años de antigüedad apuntó a Jesús, un hijo de Abraham (Mateo 1.1), como el eslabón vital de la cadena que extiende bendiciones abrahámicas de un solo hombre a toda una nación y de allí a todas las naciones. Por esta razón, Génesis 12.3 es una importante profecía mesiánica.

LUZ DE LOS GENTILES (ISAÍAS 49.6)

   En la amorosa sabiduría de Dios, no fue suficiente que Su siervo, cuya venida había sido profetizada, le ministrara únicamente a las tribus de Jacob. Él se extendería como luz salvadora disponible a todos los pueblos de la tierra: “[Jehová] dice: Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob/ y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra” (Isaías 49.6).

    ¿Quién es esta persona ordenada de antemano como siervo de Dios cuya fuerza es Dios? (Isaías 49.5). ¿Quién tiene talento para bendecir no sólo a los Suyos, sino también a las demás naciones? Antes que Jesús fuese formado en el vientre de María, El ya era hijo de promesa. Gabriel le dijo a una sorprendida virgen de Nazaret: «Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS» (Lucas 1.31). Este hijo que desde el vientre de su madre fue formado para ser siervo de Dios, hizo lo que pudo para ayudar a Su propio pueblo. A todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1.12). Además, las instrucciones que dio a Sus apóstoles fueron en el sentido de que llevaran el evangelio a todas las naciones. Sus apóstoles siguieron el modelo por medio de predicarles el evangelio primero a los judíos y después a los gentiles.

   En Antioquía de Pisidia, cuando los judíos contradijeron el evangelio del Señor, Pablo y Bernabé hablaron con denuedo, diciendo: “A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí/ nos volvemos a los gentiles. Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo”: “Te he puesto para luz de los gentiles, A fin de que seas para salvación hasta lo último de la tierra” (Hechos 13.46-47).

EMBLEMA DE LOS PUEBLOS - (ISAÍAS 11.10)

   Fue una audaz profecía del profeta evangelista, cuando dijo: «Acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes; y su habitación será gloriosa» (Isaías 11.10).

   Eran casi increíbles las profecías que se hacían en el siglo octavo a. C. Entre estas, una decía que sobre uno de los descendientes de Isaí (Isaías 11) descansaría el Espíritu de Dios, para darle sabiduría especial. Sería facultado para juzgar no según la vista ni según los ídolos (Isaías 11.3-4), sino que juzgaría con justicia. Se cercioraría de que se arguyera con equidad por los pobres y afligidos (Isaías 11.4). Los impíos sentirían algún día Su ira (Isaías 11.4). Hablando figuradamente, «será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura» (Isaías 11.5). Y también, figuradamente, el día de Su poder, dijo Isaías, «morará el lobo con el cordero» (Isaías 11.6). No habría opresión ni agresividad en Su santo monte, y el conocimiento de este soberano sería universal (Isaías 11.9). Llegaría a ser pendón de los pueblos y los gentiles lo buscarían (Isaías 11.10). Su morada sería gloriosa. Desde los cuatro confines de la tierra vendrían los desterrados de Israel, los esparcidos de Judá y las naciones gentiles, viendo al descendiente de Isaí como pendón de ellos (Isaías 11.12).

   De entre los hijos de Isaí, Jesús es el único que puede llenar los requisitos de la amplia y majestuosa profecía de Isaías (Romanos 15.12). La sabiduría del joven e iletrado carpintero de Nazaret dejó pasmados a los de Su propio pueblo, al punto que preguntaron: «¿Y qué sabiduría es esta que le es dada [...]?» (Marcos 6.2). Maravilló a los judíos al sanar a un cojo el día de reposo; el haber hecho esta buena obra lo dejó expuesto a la crítica (Juan 7.23-24). Les tenía compasión a los marginados y a los parias de la sociedad (Mateo 21.31; 9.10), tal como Isaías profetizó (11.4). De Su justicia, según profetizó Isaías (11.5), dio testimonio la esposa de Pilato, que lo llamó «justo» (Mateo 27.19).

   Literalmente, Jesús jamás intentó hacer que los lobos se acostaran pacíficamente con los corderos, y tampoco ha hecho Su iglesia algo así (Isaías 11.6). Cuando venga la segunda vez, será demasiado tarde para la domesticación de bestias salvajes, pues para entonces todo será consumido en la abrasadora extinción del universo (2ª  Pedro 3.10). El que busque un cumplimiento literal de la profecía de los lobos y los corderos, estará por siempre decepcionado. Por otro lado, para el que entienda que el significado es figurado (así como a la justicia se le llama cinto en Isaías 11.5), entonces todo concordará.

   Figuradamente, hombres que son como lobos han sido convertidos en corderos que no le harían daño a un niño (vea Isaías 65.17-25). Por medio del evangelio de Cristo del amor desinteresado, hombres de carácter bestial han sido regenerados para convertirse en hombres bondadosos y solícitos. El que entienda el anterior significado figurado y se maravilla de su realización en hombres pecaminosos, considerará que sería un evangelio muy débil aquel cuyo único propósito consistiera en acorralar y domar bestias salvajes. Es obvio que Isaías y Jesús estaban pensando en algo más importante.

   El significado figurado continúa en la profecía acerca de un «monte santo», que es una referencia a la iglesia neotestamentaria (Hebreos 12.22-23). Con esa iglesia que es columna de la verdad, el mensaje del evangelio ha sido llevado a toda la tierra, como las aguas cubren el mar (Isaías 11.9; vea Col. 1.5-6). ¡Para los hombres de buena voluntad, tanto entre los judíos como entre los gentiles. Jesús ha llegado a ser el portaestandarte del mundo, el pendón de los pueblos! (Vea Isaías 49.22; 62.10; Juan 3.14-16; 12.32.)

   Si Jesús, el hijo de Isaías, no fuera el pendón del cual habló Isaías, entonces, qué trágico, la palabra de Dios se desmoronaría. En el 70 d. C. fueron destruidos los rollos de genealogía que daban testimonio acerca de quiénes eran los descendientes de Isaí. Si el hijo legítimo de Isaí no se hubiera dado a conocer antes del 70 d. C./ y no hubiera probado que Él era el pendón de la profecía de Isaías, entonces toda la humanidad habría tenido que morir de tristeza. No habría otra expectativa que pudiera dar brillo a las esperanzas humanas, y la emocionante profecía de Isaías acerca de un glorioso futuro, no pasaría de ser un ocioso sueño imposible de cumplir. No ha habido otro, desde el 70 d. C./ que se pueda identificar como parte del linaje de Isaí.

EL QUE TRAE JUSTICIA (ISAÍAS 42.1-4)

   Hubo uno del cual se profetizó en Isaías 42.1-4 como el siervo de Dios que con callada, pero invencible determinación traería justicia a la tierra: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones. No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia. No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia; y las costas esperarán su ley”.

   Son tres las veces que aparece la palabra «justicia» en esta profecía. El que traería justicia por medio de la verdad no sería un sensacionalista, ni uno que haría grandes discursos en las calles. Le daría a una caña cascada, a un pecador arrepentido, una segunda oportunidad; mantendría viva la llama de la esperanza en un pábilo humeante, en un pecador humillado. No cejaría hasta ver cumplida Su obra, y sus principios de justicia serían aguardados por pueblos de todas las naciones.

   ¿De quién podían hacerse declaraciones tan optimistas, tan llenas de esperanza y tan significativas? Según Mateo, Jesús de Nazaret era el siervo de quien se hablaba en la antigua profecía, al citar: “He aquí mi siervo, a quien he escogido/Mi Amado, en quien se agrada mi alma; Pondré mi Espíritu sobre él, Y a los gentiles anunciará juicio. No contenderá, ni voceará, Ni nadie oirá en las calles su voz. La caña cascada no quebrará, Y el pábilo que humea no apagará, Hasta que saque a victoria el juicio. Y en su nombre esperarán los gentiles” (12.18-21).

ABORRECIDO SIN CAUSA (SALMOS 35.19; 69.4)

   David fue a menudo víctima de enemistades no merecidas. Por lo menos dos veces, escribió David acerca de numerosos enemigos diciendo de ellos que le «aborrecen sin causa» (Salmos 35.19); y que se han aumentado «más que los cabellos de [su] cabeza los que [le] aborrecen sin causa» (Salmos 69.4).

   Aún menos merecedor de rencor era Aquel que amaba profundamente a todo ser humano, y que jamás le deseó mal a nadie. No se halló engaño en la boca (1ª  Pedro 2.22) de Aquel que era santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos (Hebreos 7.26). La mansedumbre y ternura de Jesús (2ª  Corintios 10.1) lo hizo amado por toda persona que pensaba rectamente.

   ¡Cuan extraño es que tal persona pudiera ser víctima de aborrecimiento sin causa! No obstante, tal situación inesperada y pervertida se profetizó acerca de El: «[...] Pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre. Pero esto es para que se cumpla la palabra que está escrita en su ley: Sin causa me aborrecieron» (Juan 15.24-25).

   Además de Su hermosura, vestida con la belleza de la santidad. El tuvo como credenciales Sus milagros («que ningún otro ha hecho»; Juan 15.24). Las anteriores cualidades debieron de haber constituido prueba suficiente para convencer a los críticos más escépticos de Su deidad. No obstante, había algunos que no se convencerían; y por rechazar al Mesías de ellos, ahora no «[tenían] excusa por su pecado» (Juan 15.22). Su amor fue correspondido con aborrecimiento.

UN REY HUMILDE (ZACARÍAS 9.9)

   Dios mandó a los reyes de Israel que no aumentaran para sí caballos (Deut. 17.16). Salomón, al llenarse de vanidad y confiar en la fuerza humana, violó la estipulación divina (1° Reyes 4.26). En cuanto al Mesías, Zacarías profetizó una cabalgadura más humilde: “Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna. Y de Efraín destruiré los carros, y los caballos de Jerusalén, y los arcos de guerra serán quebrados; y hablará paz a las naciones, y su señorío será de mar a mar, y desde el río hasta los fines de la tierra” (Zacarías 9.9-10).

   ¡La profecía de Zacarías se torna aún más excepcional por el hecho de que Judá no tenía rey en el momento en que el profeta escribió (520 a. C.) y no lo ha tenido desde entonces, excepto Jesús! Es asombrosa la forma tan detallada como se produce el cumplimiento de las palabras del profeta: [...] Jesús envió dos discípulos, diciéndoles: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego hallaréis un asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos. Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor los necesita; y luego los enviará. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:

“Decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti/ Manso, y sentado sobre una asna, Sobre un pollino, hijo de animal de carga.

“Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó; y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino” (Mateo 21.1-8).

REALEZA EN JUDÁ (GÉNESIS 49.10)

   Cerca del 1644 a. C./ el patriarca Jacob se incorporó sobre su lecho de muerte en tierra de Cosen, y pronunció bendiciones sobre sus hijos. En relación con Judá, esto fue lo que el Espíritu Santo profetizó por medio de Jacob: “No será quitado el cetro de Judá, Ni el legislador de entre sus pies, Hasta que venga Siloh; Y a él se congregarán los pueblos (Génesis 49.10).

   La profecía fue audaz y salida de lo normal. Judá no era el primogénito (Génesis 49.3), y no recibió los derechos de primogenitura (1° Crónicas 5.1). No obstante, después de un mal comienzo, Judá demostró virilidad y amor desinteresado, y «llegó a ser el mayor sobre sus hermanos» (1° Crónicas 5.2). Al mirar hacia el futuro. Dios decidió que el líder de Israel, el príncipe, provendría de Judá. Al final/ el gran príncipe, el Mesías, provendría de Judá (Hebreos 7.14).

   Pasarían unos seiscientos años para que alguno de los descendientes de Judá tuviera en su mano el cetro, el cetro de un soberano. En ese momento, David el descendiente de Judá sería ungido por rey en el reino del sur, y posteriormente (cerca del 1010 a. C.) sobre el reino del norte también.

   El pecado hizo que Dios quitara de Judá la monarquía activa. Dios toleró todo lo que pudo hasta el 590/ cuando dijo de Sedequías: “Y tú, profano e impío príncipe de Israel, cuyo día ha llegado ya, el tiempo de la consumación de la maldad [...] Depon la tiara, quita la corona; esto no será más así; sea exaltado lo bajo, y humillado lo alto. A ruina, a ruina, a ruina lo reduciré, y esto no será más, hasta que venga aquel cuyo es el derecho, y yo se lo entregaré” (Ezequiel 21.25-27).

   El cumplimiento de la profecía de Dios por medio de Ezequiel se dio cuatro años después, cuando Él permitió al pagano Nabucodonosor deponer a Sedequías (2° Reyes 25.1-7)/ el último rey que reinó en Judá.

   Era tanto el pecado que imperaba, que Dios decretó el completo final de toda monarquía física entre los descendientes de Judá. En referencia específica a Jeconías, sobrino de Sedequías, esto fue lo que dijo Dios: “Escribid lo que sucederá a este hombre privado de descendencia, hombre a quien nada próspero sucederá en todos los días de su vida; porque ninguno de su descendencia logrará sentarse sobre el trono de David, ni reinar sobre Judá” (Jeremías 22.30).

   Jeconías estuvo por siempre privado de descendencia en el sentido de que jamás tuvo un heredero gobernando como rey en Judá. Sin embargo, en la promesa que le hizo Dios a Judá mil años atrás. El había aseverado que el cetro se quedaría en Judá hasta la venida de Siloh, el hombre de paz, el portador de seguridad.

   Jeconías no estuvo físicamente privado de descendencia (Mateo 1.12), sin embargo, ninguno de sus descendientes llegó alguna vez a ser rey literal y físicamente. ¡El cetro se mantuvo, pero no fue usado, desde Sedequías hasta Jesús, que era Siloh, el hombre de paz, el portador de seguridad!

   Si Jesús hubiera llegado a ser rey sobre la Judá terrenal en Su primera venida, o si El hubiera de llegar a ser rey físico en Jerusalén a Su segunda venida, entonces la profecía veterotestamentaria, dada por medio de Jeremías, se desmoronaría. Fue el día de Pentecostés (28 de mayo del 30 d. C.)/ cuando Jesús llegó a ser Rey espiritual y comenzó a reinar a la diestra de Dios en los cielos, que se cumplió la profecía de Jacob de mil seiscientos años de antigüedad:  “No será quitado el cetro de Judá, Ni el legislador de entre sus pies/ Hasta que venga Siloh; Y a él se congregarán los pueblos” (Génesis 49.10).

EL RENUEVO (JEREMÍAS 23.5)

   Dios escogió un término de la Botánica como ilustración para describir a Su Hijo. Se trata de la palabra tsemah, (2 Ref)  que significa «renuevo». Jesús sería la vara del tronco o vastago de la genealogía de Isaí y de David (Isaías 11.1). En cuanto a la apariencia física, sería un renuevo poco atractivo, una raíz de tierra seca (Isaías 53.2). Espiritualmente, sin embargo, el llamado vara o vastago o brote (Zacarías 6.12) sería sumamente atractivo. Su atractivo residiría en la hermosura de la santidad, sería «el más hermoso de los hijos de los hombres» (Salmos 45.2). Su gloria sería la de aquel unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Juan 1.14). Él edificaría el templo de Jehová (Zacarías 6.13), la iglesia, y reinaría como Rey. Este Rey legislaría sabiamente, y haría juicio y justicia (Jeremías 23.5).

   Este tsemah o renuevo, no sólo se sentaría y reinaría sobre su trono espiritual, sino que también serviría como sacerdote mientras estuviera sobre Su trono. Por genealogía, no sería elegible para el sacerdocio. Por Su antepasado David, El era vastago de la tribu de Judá, «de la cual nada habló Moisés tocante al sacerdocio» (Hebreos 7.14). Física y literalmente, por lo tanto. Él jamás sería sacerdote. Si volviera a la tierra «ni siquiera sería sacerdote» (Hebreos 8.4).

   Su reinado es tan espiritual y celestial como lo es Su sacerdocio. Tenemos un sumo sacerdote que entró en los cielos y se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos (Hebreos 8.1). El renuevo, como sacerdote y rey, ha dejado ya de ser carne, y nunca más lo será (2a Corintios 5.16). Cuando vuelva por los Suyos, no se hará carne nuevamente, ni pondrá pie sobre esta tierra. En lugar de esto, hará que los cuerpos resucitados, transformados e incorruptibles, hechos como Su glorioso cuerpo, lo reciban a El en el aire (1ª Corintios 15.51-52; Fil. 3.20-21; (1ª Tes.  4.16-18). Son gloriosas las cosas que se dicen de tsemah, el renuevo.

CORONADO COMO DIOS (SALMOS 45.6-7)

   Algunas palabras hebreas que se usan para identificar al «hombre» apuntan a su naturaleza terrenal (del hebreo: 'adam), frágil (del hebreo: 'enosh). Otras apuntan al «hombre» como esposo (del hebreo: (ish), como ser lleno de fuerza (del hebreo: gibbor) o como participante de la imagen de Dios (del hebreo: (eiohim). Era de la naturaleza celestial del hombre que Dios estaba hablando, cuando declaró: «Vosotros sois dioses [del hebreo: 'eiohim}, y todos vosotros hijos del Altísimo» (Salmos 82.6). Así la misma palabra que se traduce por «Dios» (del hebreo: (eiohim) se usa también para describir seres humanos. La traducción por la palabra española («dioses») podría dar la errónea impresión de que hay muchas deidades. No obstante, la clara enseñanza de la Biblia es en el sentido de que sólo hay un único y verdadero Dios (Deuteronomio 6.4; Isaías 44.6; 1ª  Corintios 8.2-3). La verdad de esto último, nos lleva a concluir que el uso que hace el salmista de una palabra que es exactamente la misma para describir a seres humanos y a Dios, debe tomarse como una referencia a la naturaleza celestial del alma del hombre. A ningún animal se le refiere alguna vez como eiohim («Dios»), únicamente al hombre.

   El uso que claramente se hace de la palabra eiohim en estos dos sentidos («Dios» y «el hombre a imagen de Dios») nos ayuda a entender Salmos 45.6-7: “Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; Cetro de justicia es el cetro de tu reino. Has amado la justicia y aborrecido la maldad; Por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, Con óleo de alegría más que a tus compañeros”.

   La mejor explicación que se puede dar del Salmo 45 es que se refiere originalmente a uno de los matrimonios de Salomón. Los versículos 6 y 7 constituyen un homenaje al nuevo esposo, al cual se le exalta en gran manera, diciéndosele que Él es un Rey justo, y que Él es Dios (esto es, a la imagen de Dios).

   No obstante. Salmos 45.6-7 tenía un cumplimiento más sublime en Uno que es «más que Salomón» (Mateo 12.42). Si bien «el discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor» (Mateo 10.24), el hijo de Salomón era más que su antepasado. El día de Pentecostés, en el 30 d. C., Jesucristo fue hecho Rey de los cielos y de la tierra —en los cielos y a la diestra de Dios (Efes. 1.22-23; Mateo 28.18). El día que fue coronado. Dios Padre tomó prestado y elevó el lenguaje que anteriormente se había aplicado a Salomón:

   Mas del Hijo dice [Dios]: Tu trono, oh díos  por el siglo del siglo; Cetro de equidad es el cetro de tu reino. Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, Por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, Con óleo de alegría más que a tus compañeros (Hebreos 1.8-9).

   Dios usó la misma palabra, la palabra «justicia», para describir el reinado de Salomón y el de Jesús; sin embargo, significó algo muchísimo más sublime y exaltado al aplicarse a Jesús. De un modo parecido, la misma palabra que se usó para describir la persona de Salomón, la palabra «Dios» (esto es, la imagen de Dios en Salomón), también se usó para describir la naturaleza de Jesús (esto es, la deidad), pero, al aplicarse a Jesús, tuvo un significado muchísimo mayor que al aplicarse a Salomón.

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(1 Ref).  En una edición a publicarse de La Verdad para Hoy, que lleva por título «La inspiración y autoridad de la Biblia», se analizarán profecías veterotestamentarias adicionales relacionadas con el nacimiento y vida del Mesías. Se demostrará que estas profecías habían de ser cumplidas en Cristo «El Hijo de David» (2° Samuel 7.12), «un belemita» (Miqueas 5.2), y uno que fue «llamado de Egipto» (Oseas 11.1).

(2    Ref ).  Se usan otros términos botánicos que significan «renuevo» para referirse a Jesús, entre los cuales se incluye hoter y netser (Isaías 11.1) y yonek (Isaías 53.2).

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PERFIL DEL QUE HABÍA DE VENIR

(rom.  5.12-21; (1ª Cor. 15.20-26, 45-49)

Semejanzas entre Adán y Cristo:

ADÁN...                                                               CRSITO

creado milagrosamente (Gn. 2.7)                          nacido milagrosamente de uns virgen

                                                                               (Isa. 7:14;  Mateo 1:23)

fue humano, de carne (lera Co. 15.45)                   fue humano, de carne(Rom. 8:3; Fil.2:7)

se le llamó hijo de Dios (Gn. 1.27; 6.2)                 es el Hijo de Dios (Lc. 3:38, Juan 3:16)

fue una creación perfecta (vea Gn. 1.31; Ez.         Es perfecto  ( Hebreos 4:15; 5:9)

28.15; Mt. 19.14)

 

Contrastes entre Adán y Cristo:

ADÁN...                                                                    CRISTO

fue «el primer hombre» (lera Co. 15.45/ 47)                  fue el segundo hombre

                                                                                        (1ª Cor.15:47

entró en un mundo perfecto (Gn. 1.31)                           entró en un mundo maldecido

                                                                                         (Génesis 3:17)   

fue pecador (Ro. 5.14)                                                     fue sin peceado (Heb.4:15;7:26)

por él entró el pecado (Ro. 5.12)                                      por él entró la remisión de

                                                                                          pecados (Hech. 10:43)

fue condenado por Dios (Ro. 5.16)                                  fue bendecido por Dios

                                                                                          (Mat. 3:17; Juan 8:29)

estuvo donde reinó el pecado (Ro. 5.21)                           está donde reina la gracia

                                                                                           (Romanos 5:21)

nos separó del árbol de la vida (Gn. 3.24)                         nos llevará al árbol de la vida

                                                                                            (Apoc. 22:1-2)

por él pasó la muerte a todos (Rom. 5.15,17; 1ª  Cor.        Llevará resurrección a todos

15.21-22/ 45)                                                                       (Juan 10:10; 11:25;

                                                                                             Cor.15:23- 26)                                         

fue terrenal (1ª  Cor. 15.45/ 47-48)                                     es celestial (1ª Cor. 15:47)

Las bendiciones de Cristo están condicionadas cuando el pecado y el cielo están de por medio. La gente puede «recibir» Sus bendiciones: «Pues si por la trasgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia» (Romanos 5.17). También pueden «rechazar» Sus bendiciones: «El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará el día postrero» (Juan 12.48).

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