ORAR COMO JESUS ORABA

Capítulo IX

 

Jesucristo vino al mundo en la carne.  El Hijo de Dios era totalmente divino y humano.  En su naturaleza humana vivía como hombre.  Por lo tanto, sus oraciones poderosas son el ejemplo perfecto para todo cristiano, pues así como nosotros somos seres humanos, Jesucristo lo era también.  La vida de oración de Jesús es un modelo sublime para nosotros.

 

Marcos 1:35 es un ejemplo interesante, pues dice: “Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba.”  El Señor debe haber tenido una necesidad muy urgente de hablar con el Padre celestial. ¿Quién de nosotros estaría dispuesto  a levantarse aún de noche, para ir a orar? Sin embargo, El se tomó el tiempo y el trabajo de hacerlo, porque sentía la urgencia de orar.

 

Marcos 6:46 dice: “Y después que los hubo despedido, se fue al monte a orar.”  En el ejemplo anterior, lo vemos orando “en un lugar desierto”; aquí “se fue al monte” a orar. Parece que Jesús siempre prefería un lugar solitario para orar a su Padre para que nadie pudiera interrumpir. No es necesario alejarnos de nuestro lugar de residencia o de trabajo, pues podemos orar donde quiera que estemos; pero siempre deberíamos estar a solas. De esta manera podremos profundizarnos más en la oración. La oración en medio de distracción y ruido no tiene eficiencia. La oración de grupos tampoco parece ser muy ideal. Pero en estos ejemplos de Jesús vemos como podemos disfrutar de la oración, sacando de ella provecho espiritual.

 

Lucas 5:16: “Más él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.” Dice el versículo procedente que su fama se extendía más y más, y se reunía mucha gente para oírle. Pero Jesús, después de haber hecho su labor, se retiraba para orar. ¡Que ejemplo tan grandioso para el cristiano!  El mundo necesita a hombres de oración; la iglesia necesita a alma que exalten al Dios eterno, oraciones fervorosas, clamando a Él, y suplicando. Tenemos la medida llena de fariseos. No necesitamos más. No hace falta levantar más hombres y mujeres con religión superficial. Necesitamos hombres sinceros, de fe y de confianza, que creen en el poder de la oración.

 

Lucas 6:12 nos muestra Jesús apartándose de nuevo, y orando en un monte; “y pasó la noche orando a Dios.”  Toda una noche dedicó Cristo a conversar con su Padre celestial. Era un momento difícil en su vida.  Tenía que elegir a sus apóstoles, cosa no muy fácil. ¿Acaso pidió a Dios sabiduría y dirección para hacer una selección adecuada?  Desde luego, podemos estar seguros. Hay muchísimo poder en una oración sincera y honesta. Jesús nos dio el ejemplo. Debemos imitarlo.

 

Jesús oraba también antes de comer (Mateo 14:19; Marcos 6:41). Marcos 8:6; Mateo 26:26-29; Lucas 24:30 muestran a Jesús en plena acción de gracias al Padre. No eran oraciones de muchas palabras. Eran oraciones muy cortas, pero sinceras.

Cristo era hombre y Dios. ¿Qué necesidad tenía en su calidad de Dios de orar al Padre? ¿No era Él dueño absoluto de todas las cosas? Claro que sí. Pero Jesús, como hombre, quiso darnos un ejemplo, enseñándonos cómo deberíamos orar a Dios, mostrándonos lo que significa una perfecta devoción a Dios. Debemos reconocer las bendiciones a Dios y estar agradecidos por las bendiciones que nos brinda.

 

En Juan capítulo 17 encontramos a Jesús orando por sus discípulos. Mareo 11:25-26 muestra a Cristo en una oración de acción de gracias por lo que el Padre le había dado. Finalmente vemos a Jesús orando en Getsemaní (Mateo 26:39), diciendo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.”  Jesucristo siempre se comunicaba con su Padre celestial en todas las esferas de la vida diaria. Y Dios le escuchó porque era un hombre justo que hacía su voluntad.

 

Podríamos ir adelante y discutir otros muchos pasajes de la Biblia, pero pienso que con estos ejemplos es suficiente. Una vida sincera de oración nos une con Dios y el Señor Jesús. Nos da fortaleza y vitalidad. La oración honesta nos acerca al Padre celestial y nos llena de la esperanza y el entusiasmo que necesitamos cada día para poder vencer las tentaciones y los contratiempos de nuestro vivir.

 

                   “En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te

                   alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque

                   escondiste estas cosas de los  sabios y de los

                   entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque

                   así te agradó”

                                                                  (Mateo 1:25-26)

 

                   “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados,

                   y yo os haré descansar”

                                                                  (Mateo 11:28)

 

Nada es más refrescante y reconfortante que la oración dulce del hombre cansado por sus labores y problemas, pues cuando ha derramado su corazón ante el Padre eterno, siente nueva fuerza de vivir, nuevo ánimo y confianza que al hombre sin Dios sólo puede confundir, porque no entiende de dónde viene tal poder maravilloso. Todo ello está a la disposición del cristiano sincero y de mucha fe.