LLORAR COMO JESUS LLORABA

Capítulo  VIII

 

Para mucha gente llorar es señal de debilidad, y muchos creen que “los hombres no lloran”.  He aquí una gran mentira, pues si las lagrimas fuesen malas, no existirían.  El llorar es una sana emoción que Dios nos ha dado.  En El mismo hay un enorme volumen de llanto.  Así como el Todopoderoso nos ha dado la alegría, que El mismo siente, así también nos ha dado las lágrimas.  La ignorancia y la línea dura de la filosofía ha querido ahogar la buena sensibilidad en el ser humano. La idea del hombre fuerte que no llora; sólo vence con la dureza de un ser carente de emociones, señal de debilidad, es una utopía, una farsa.

 

Cuántas personas hay en el mundo que se avergüenzan porque lloran.  Sienten las emociones naturales que el Creador les ha dado, pero desean suprimirlas, pues sus sentimientos se basan en enseñanzas pobrísimas de hombres frustrados. El llorar no es malo. Al contrario, es bueno, pues sirve ampliamente para establecer el equilibrio necesario de nuestras emociones. El que trata de someter las lágrimas, causará un caudal aún más grande, y un dolor inacabable.

 

La Biblia, la palabra de Dios, nos habla de personas lloraban sin sentirse avergonzadas. Abraham lloró por su esposa Sara. José lloró hondamente al ver  sus hermanos. El profeta de Dios, Jeremías lloró al ver su pueblo entregado al pecado, habiendo abandonado el camino de Dios. David siendo un gran rey, lloró. El apóstol Pedro, siendo un hombre fuerte que siempre llevaba la palabra, lloró amargamente al descubrir su pequeñez humana. Una mujer pecadora lloró a los pies del Señor Jesucristo. Y, ¿qué diremos de nuestro salvador? También El lloró viendo a Jerusalén en su estado espiritual. Jesús sintió conmiseración en su corazón por el estado anímico de su pueblo.

 

No vamos a discutir en este lugar el porqué del llanto humano. Sabemos que existe y sabemos que es útil y bueno, si es producto de emociones sanas.  Lloramos al sentir alegría, regocijo, tristeza, amargura, cuando se nos ofende, o cuando se nos honra sobremanera. No interesa el motivo; lo que vale es que el hombre utilice correctamente los bienes emocionales que Dios le ha dado.

 

                   Yo porqué, mi Señor, y tú padeces;

                   Yo los delitos hice, y tú los pagas;

                   Si  yo los cometí, tú ¿qué mereces,

                   Que así te ofenden con sangrientas llagas?

                   Mas voluntario, tú, mi Dios, te ofreces;

                   Tú del amor del hombre te embriagas;

                   Y así, porque le sirva la disculpa,

                   Quieres llevar la pena de su culpa.

 

                   Y cuando así padece por los hombres,

                   Los hombres de él, hacen burla con infames nombres,

                   Y burlan de él con ademanes feos;

                   Mas, por su amor, con ínclitos renombres,

                   Le levantan los ángeles trofeos;

                   Y los demonios viéndole se admiran,

                   Y cansados los impíos, se retiran.

 

                   Queda Cristo sin fuerza respirando,

                   Que al un aliento alcanza el otro aliento,

                   Y pobre ya de anhelito acezando,

                   Del resuello le priva el sentimiento:

                   Aun el aire, ¡oh gran Dios! Te va faltando

                   Para el usado y propio movimiento.

                   ¡Que más pobreza, oh Rey, qué más pobreza!

                   Y para el hombre, ¡qué mayor riqueza!

 

                                               Diego de Hojeda, La Cristiada,

                                               Libro VIII – Martirio de Cristo,

                                                        Lima, Perú (1588- 1615)

 

¿Quién no estalla en llanto de culpa y de alegría al ver al Cristo en la cruz? Porque si por nuestros pecados lo hicimos llorar, preciso es que lloremos por su amor, su gracia y su perdón.

 

“Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió”  (Juan 11:33).

 

Nadie tiene que avergonzarse por sus lágrimas de pena y de dolor, de arrepentimiento y de alegría. Pero habrá, algún día, lágrimas amargas de dolor eterno, cuando los injustos, en el infierno, lloren por su insensatez e incredulidad. Pero el justo saltará de júbilo y alegría.