PREDICAR COMO JESUS PREDICABA

Capítulo VII

 

La  predicación de la palabra de Dios es una de las tareas más interesantes e importantes de la iglesia. Hay momentos muy hermosos de regocijo cuando vemos el fruto de nuestra labor por haber sembrado la semilla evangélica en los corazones de los hombres. El apóstol Pablo se ceñía estrictamente al modelo que el Señor Jesús ha entregado a sus seguidores, pues decía: “Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado... y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2:1-5).

 

El apóstol Pablo nos da una fórmula que debemos considerar de nuevo cuando queremos enseñarla palabra de Dios. He aquí sus puntos de vista:

 

1.    Solamente anunció a Jesucristo

2.    Predicó el evangelio no usando persuasión humana(argumentos e interpretaciones humanas)

3.     Predico con la fuerza del Espíritu que viene de la palabra de Dios.

4.    Predicó el poder de Dios para que Dios pueda influir los corazones de los oyentes (Romanos 1:16)

 

El apóstol Pedro, refiriéndose a nuestro trabajo por el Señor, también dice: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios... para que en todos sea Dios glorificado por Jesucristo...” (1 Pedro 4:11). Cuando el cristiano enseña la palabra de Dios, ha de hacerlo con el fin de glorificar a Dios por Jesucristo, y no así mismo. Se oyen tantos sermones o clases bíblicas, inclusive escritos de revistas religiosas, en cuyos contextos se observa más la exposición de humana sabiduría que el glorificar al Señor Jesucristo. Tales exposiciones, aunque tengan un cierto aire de sabiduría y de inteligencia, y muchísima gente las ama y admira, caen al vacío en el corazón sediento de la justicia divina. Todo buen sermón que se presente debe tener por fin el glorificar a Cristo, mostrando a los oyentes que El es el centro de todo, y no el ser humano que enseña.

 

Jesús era el mejor orador que jamás haya vivido en la tierra. Su enseñanza era simple, directa, y enriquecida por ejemplos de la vida real. Cristo hablaba en el lenguaje de la gente común de modo que educados y menos educados podían entenderle, y lo hacían con placer.

 

Jesús mostró a sus oyentes el camino que lleva a Dios. El hijo de Dios hablaba de una reconciliación  con el Padre, de la vida eterna, del juicio, del infierno, y del amor de Dios. Para Jesús no existían problemas en la predicación. Estos recién nacieron con los predicadores cuando comenzaron a complacer a sus oyentes, torciendo la simple doctrina de Cristo. En su enseñanza Jesús era amable, pero severo y preciso, buscando siempre el corazón del ser humano. Jesús vivía en medio de los seres humanos, como uno de ellos, mostrándose amoroso e interesado en su bienestar espiritual y físico. Cristo lavó los pies de sus discípulos, y no su cerebro. Jesús se dirigía a su pueblo dentro del marco de su propia cultura, pero mostrando siempre la necesidad de hacer sacrificios para complacer a Dios, y no a los hombres.

 

Pedro decía a su Señor: “Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68). Y así se refería a la belleza de la palabra presentada por Jesús, y al contenido principal de su enseñanza, la vida eterna. Este es el mensaje que hemos de predicar en nuestros días, y en los venideros: la vida eterna, la resurrección, el juicio, la condenación, la salvación. Pablo pudo decir: “yo os protesto en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios” (Hechos 20:26-27). Cuántos cristianos se han hecho culpable por predicar temas inútiles, solamente por el afán de valer y hacerse interesantes delante de los oyentes. Todo el consejo de Dios es todo el mensaje del evangelio. El evangelio fue entregado a los hombres con el fin de salvarlos. Los fragmentos no harán ningún bien, aunque sean presentados con gran intelectualismo.

 

Un predicador que atruena la  tierra con su predicación, hace más mal que bien. “Presentando el mensaje de Dios en amor”, es, y sigue siendo, la mejor formula. La palabra de Dios no “entra a la mente humana” con gritos y artes teatrales, sino con el Espíritu de Dios. Un mensaje bien presentado, tomando a Jesús como centro, y predicado con amor e interés, con entusiasmo sincero y con sencillez, hará un impacto en el oyente (Juan 6:63).

 

El arte de comunicar el mensaje de Dios constituye un desafío interesantísimo para todo cristiano que quiera predicar el evangelio. De entre todos los métodos que los hombres  emplean para presentar las buenas nuevas, el más simple y receptivo es el que se basa en el amor y sencillez, tratando de tocar el corazón humano.

 

Uno de los grandes motivos por el cual Jesús tuvo tanto éxito al comunicar su mensaje fue su sencillez y sinceridad, preocupándose profundamente por el bienestar espiritual de sus semejantes. El púlpito no ha de ser una academia para intelectuales; tampoco debe ser un escenario para funciones teatrales religiosas (o predicadores, o payasos). Mucho menos aún debe ser un sitio en el cual el predicador amargado descargue su mal humor sobre una audiencia inocente. Desde el púlpito debe ser glorificado el Hijo de Dios. El predicador, siendo instrumento de Dios, presenta el mensaje, pero él ha de comunicar a Cristo y su enseñanza, y no a sí mismo y su “educación”.

 

“Porque yo he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. Y se que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho” (Juan 12:49-50).

 

“Los verbos “predicar”, “proclamar” constituyen explicaciones imperfecta de la expresión original. Por ejemplo, “predicar” ha perdido su significado real para nosotros puesto que sugiere un discurso más o menos doctrinal y teórico, dirigido a un grupo cerrado de creyentes convencidos dentro del recinto de la iglesia. Esto, sin embargo, es precisamente lo contrario de lo que debería ser y de lo que la palabra original quiere decir. Originalmente “predicar” se refería a “una proclamación hecha por un heraldo, por el pregonero del pueblo (p.e. un una ciudad o aldea), en plena luz del día, al sonido de la trompeta, exacto al minuto un mensaje dirigido a todos puesto que viene del rey” (A Companion to the Bible, J. J.  Von Allmen, Oxford).

 

Juan decía: “lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos” (1 Juan 1:3). “Jesús le dijo:... Tú ve, y anuncia el reino de Dios” (Lucas 9:60). ¿Cuál era ese mensaje, esa proclamación que pregonaron los seguidores de Cristo? Pablo lo pone así: “Porque primeramente os he enseñado lo que así mismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las escrituras, y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3-4).

 

Lo que el siervo de Cristo requiere es mucho amor, mucho conocimiento de la Escritura, y mucho amor, y mucho estudio de la palabra de Dios, y mucho amor, y paciencia, y buena disposición para llevar el mensaje de amor y de reconciliación a los perdidos. Si así hace, Dios dará el crecimiento a su debido tiempo.

 

                   El cielo y la tierra pasarán, pero mis

                   Palabras no pasarán.

 

                                                                                     Jesús