HABLAR COMO JESÚS HABLABA

 

CAPITULO  VI

 

Cuando escuchamos como hablan los hombres, nos damos cuenta si son sabios o necios. Un sabio dijo una vez: “Háblame, y te diré quién eres.”

 

En la conversación con nuestros semejantes podemos reconocer mucho: educación, ignorancia, humildad, fe e incredulidad, sinceridad, hipocresía, falsedad.

 

Mas aún, los hombres reconocían a Pedro por su forma de hablar.  “Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre” (Mateo 26:73)

 

Yo diría que todo el contenido de la vida de una persona está en su hablar. No hay otra manera de actuar. Debemos dar libre salida a lo que está dentro de nosotros, así como está programado. Se expresa tristeza  y amabilidad, perjuicios, estupidez y también el estilo que deja aparecer a los hombres grandes. Si la gente habla como lo hace el mundo, Cristo ha sido desplazado de su vida, o aun no ha llegado a desarrollarse en su vida.

 

Pablo escribía a Timoteo, diciéndole que sea un ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza (1 Timoteo 4:12) Sin embargo, el cristiano debe ser cuidadoso, no permitiendo la falsedad o la hipocresía entren en su vida. Era fácil reconocer la maldad de los fariseos. Un cristiano verdadero no puede ser falso.

 

“El que acepta la palabra auxiliadora y la asimila en sí mismo, experimenta la palabra. El que concede valor a otros, aumenta y ahonda en sí mismo el valor. El que da consuelo, profundiza en sí el consuelo. El que actúa con bendición, recibirá la bendición” (Martín Buber). En este dicho vemos la importancia de la palabra adecuada. Con nuestras palabras podemos edificar a los oyentes, o destruirlos. Aunque el necio diga después “lo siento”, esto no cambia el hecho de que lo malo ha sido manifestado.

 

Un proverbio persa dice: “con amabilidad y buenas palabras se puede guiar un elefante tomándolo de un pelo.” Sabemos que el elefante es un animal muy grande. No alcanzaríamos mucho si lo habláramos  con palabras duras y malas. Y miedo no tiene tampoco. Pero aun el personaje más difícil se le puede mover con palabras adecuadas y con amabilidad, llevándolo de un pelo. ¡Que fuerza tan poderosa que existe en la palabra!

 

En los Proverbios de Salomón está la sabiduría del Todopoderoso. Escuchémosle: “Por la bendición de los rectos la ciudad será engrandecida; mas por la boca de los impíos será trastornada”  (Proverbios 11:11). El odio despierta rencillas; pero el amor cubrirá todas las faltas” (Proverbios 10:12). “En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente” (Proverbios 10:19). “Abre tu boca por el mundo en el juicio de todos los desvalidos. Y defiende la causa del pobre  y del menesteroso” (Proverbios 31:8-9). El hombre puede hablar como Jesús hablaba cuando está conectado con El (Juan 15:1-12). Esto lo logra solamente cuando se entrega a la justicia de Dios.

 

A través de la historia conocemos a personajes que poseían un don extraordinario de comunicar con palabras  ya en forma escrita u oral. Eran hombres que podían fascinar a millones de personas con sus palabras. En un discurso puede haber un poder inmenso, el cual se puede usar para el bien o el mal. “Como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Lucas 6:31). He aquí una de las reglas de oro en el trato oral  con nuestros semejantes. Es sumamente interesante anotar que Jesucristo nunca pensó que sus semejantes serían “ridículos” o “no a mi nivel”.

 

“No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies” (Lucas 7:45). El Fariseo tenía un modo de hablar carente de educación. Solo faltaba que se expresara correspondientemente, pues desde el principio tenía pensamientos negativos con relación a Cristo y la mujer pecadora. ¡Que necio, verdad! Con todo, Jesús le amaba.

 

Santiago nos da los siguientes consejos: “Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo” (Santiago 3:2). “Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí ¡Cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Con ella bendecimos a Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura aguadulce y amarga? Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir  aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce” (Santiago 3:5, 9-12).

 

“El hombre perverso cava en busca del mal, y en sus labios hay como llama de fuego. El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos” (Proverbios 16:27-28).

 

¡Quizá sería posible ver todo el sufrimiento del mundo en las palabras dichas!

 

Dios juzgara por la palabra dicha. “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ellas darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:36-37). La escritura nos dice que el Señor vendrá con muchos miles de sus santos “para hacer juicio contra todos, y dejar invictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (Judas 15).

 

Es una impiedad y un atrevimiento cuando los hombre dan rienda a su ego, constituyéndose a sí mismos jueces de sus semejantes, molestándolos con palabreas malas y chismes. Tales personas deben cambiar su mentalidad, y deben lavar sus almas en la sangre de Jesús. Pero cuando tales personas son cristianas, entonces su mala conducta es un escándalo.

 

“No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre” (Mateo 15:11). El Señor nos explica el porqué: “lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre” (Mateo 15:18).

 

Hablar como Jesús hablaba. Todo nuestro éxito en la vida depende finalmente de que hablamos, cómo lo hablamos, y sí lo decimos a buen tiempo o a destiempo. También es importante considerar a quien se lo decimos.

 

“El  que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño” (1 Pedro 3:10). “El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (1 Juan 2:9). Sentimientos impuros obligan a nuestra boca decir cosas impuras. Aun cuando luego decimos “lo siento de veras” o “perdóname”  el hecho de que pidamos excusas, no cambiara la situación. La necedad del necio lo tiene cautivo, y aun tratando de reparar el daño hecho, no hallara disculpa por su insensatez. Debemos pensar primero, y luego hablar; cuando estemos seguros de que por lo que vamos a decir podemos hacernos responsable ante Dios y los hombres. “ Y libro al justo LOT, abrumado por la nefanda conducta de los malvados (porque  este justo, que moraba entre ellos, afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos)” (2 Pedro 2:7-8). Santiago dijo claramente: “Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña a su corazón, la religión de tal es vana” (Santiago 1:26). “Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad” (Santiago 2:12). “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis como debéis responder a cada uno” (Colosenses 4:6). “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación a fin de dar gracia a los oyentes” (Efesios 4:29).

 

Deberíamos hablar menos y orar más a Dios. Esto es útil y refresca nuestra alma, edificando a nuestro espíritu. ¿Cree usted que Dios le ve? Entonces, también le escucha. H Gollwitzer dijo: “La oración es la puerta que abre la prisión de nuestras preocupaciones.” Dios nos da nuevas fuerzas en la oración y dominio propio. “Todo aquel que viene a mí”, dice Jesús, “ y oye mis palabras y las hace, os indicare a quien es semejante. Semejante es el hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca. Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edifico su casa su casa sobre la tierra, y sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa” (Lucas 6:47-49).