SUFRIR COMO JESUS SUFRIA

Capítulo XIII

 

El sufrimiento es una realidad. Hay muchos hombres que, por una razón u otra, disimulan este hecho, diciendo que solo los débiles y tontos sufren.  Toda una serie de filósofos pensaban que el sufrimiento podría eliminarse si el ser humano se acerca a la vida con una mentalidad adecuada, entrenada por escuelas del pensamiento. La filosofía moderna ha intentado más de una vez mostrar al público lector que “el sufrimiento es la consecuencia de la debilidad humana.”

 

Había una vez un árabe noble – así se dice – que quiso hacer investigaciones sobre la vida y el sufrimiento para escribir todo un libro con palabras muy sabias. Se le acercaban muchos eruditos y hombres probados en el sufrir, pero todos sus textos le eran demasiado extensos. Después de mucho tiempo, vino uno que le presento un volumen muy corto sobre el tema. Sin embargo, el árabe quiso más sabiduría y mayor concisión. Finalmente, llegó a él un hombre que le presentó la solución de la temática, describiéndole la vida humana en tres palabras: nacer – sufrir – morir.

 

¿Por qué niegan los seres humanos el hecho del sufrimiento? Si fuese algo bueno, ciertamente no lo harían. Entonces, concluimos diciendo que es algo malo, negativo; algo que no les gusta.

 

Para toda persona mas o menos instruida existe el sufrimiento. Las multitudes de gente pueden afirmarlo como una realidad. La injusticia, el hambre, la miseria, las guerras, la explotación y tantos otros males, son los factores que producen el sufrimiento. Podríamos filosofar y decir que no es bueno el sufrimiento, que no tiene sentido ni valor, y que, si no fuera por la injusticia, ya no habría sufrimientos.

 

Jesús es el varon de dolores de quien nos habla la Biblia en Isaías 53:1-8:

 

         “¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y sobre quién se ha manifestado el          brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de el, y como raíz de tierra          seca; No hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, más sin atractivo       para          que lo deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentando en quebranto; y como escondimos de   él      el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él     nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores”  (Isaías 53:1-4)

 

Jesucristo era un personaje limpio y puro, apartado de todo mal. El autor de Hebreos (4:15) lo dice así: “Por que no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”  Y el apóstol Pedro escribe: “porque también Cristo padecido por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quién cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, --

Sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quién llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pedro 2:21-24)

 

Jesucristo ha sufrido voluntariamente por nuestros pecados. El, que era inocente, tuvo que pagar el precio de redención que Dios exigió de él para salvar a los pecadores. Esto produjo dolor, sufrimiento, que, en verdad, cada ser humano debería haber sufrido por sus maldades. El que no tenía pecado sufría por los que pecaron. Así amó Dios al mundo (Juan 3:16)

 

El personaje clásico de la Biblia es Job. Dice la Escritura de Job que era “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal.” (Job 1:1)  Y con todo tuvo que sufrir terribles males, aunque Dios luego le quitó el sufrimiento, bendiciéndole más que antes (Job 42:10-17)

 

En estos dos ejemplos (Jesús y Job) hemos visto que el sufrimiento no siempre viene por el pecado. En el caso de Jesús era necesario el sufrir porque Jesús tomó en sus hombros nuestras transgresiones. El justo sufrió por los pecadores, para llevarnos a Dios. En el caso de Job era necesario para mostrar la integridad de un justo. Pero también hay momentos en los cuales un justo sufre por una causa justa. Así es el caso de Pablo y de todos los cristianos fieles “...Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados;  perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos;  llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos... porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros..” (2 Corintios 4:7-17)  El sufrimiento no es malo siempre y cuanto la causa sea justa. Si sufrimos por ser ladrones, o mentirosos, o estafadores, bien lo hacemos porque la ley irá tras de nosotros hasta alcanzarnos.

 

Pero si uno sufre por hacer el bien, y así fuese la voluntad de Dios, no se avergüence (1 Pedro 3:8-18) “Por tanto, no desmayemos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea  produce en nosotros un cada vez mas excelente y eterno paso de gloria” (2 Corintios 4:16-17) “Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:10)

 

Mientras que el hombre tenga vida, sufrirá.  Sin embargo, hay sufrimientos innecesarios, y otros necesarios. Los de la primera categoría son causados por el pecado; por una mala vida. La segunda categoría es aquel sufrimiento que llevará buen fruto, pues si sobrellevamos el sufrir con dignidad y confianza como lo hicieron Jesús, Pablo, Job y muchos otros hombres de fe, Dios nos recompensará por ello. El que sufre por causa del pecado debe avergonzarse; el que sufre por causa de la justicia de Dios, encomiendo su alma fiel a Cristo, que le dará el triunfo en su debido tiempo.