AMAR COMO JESÚS AMABA

Capítulo  XII

 

Todos hablan del amor, pero nadie ama.  Todos aman el ser amados, pero no aman.  El amor debe ser el ambiente real de los cristianos.  Lo que se encuentra entre algunos cristianos es una amistad superficial, desinterés, grupos de interés, crítica, y mucho mal hablar.  ¡Que diferente era Jesús! El Hijo de Dios amaba a los hombres, y les ayudaba donde ellos no se podían ayudar.  Jesús radiaba una simpatía poderosa porque amaba a los hombres. “Estas cosas os he hablado, para que mi gozo sea cumplido” (Juan 15:16). Si los hombres pudiesen hacer lo mismo; y si lo pueden hacer, si lo quieren, dar gozo, alegría, cariño, comprensión, y calor a sus semejantes.

 

La iglesia del Señor se ocupa profundamente en convertir seres humanos, pero una vez que están en la iglesia, reciben un ejemplo tan carente de amor y fraternidad que muchos se retiran al darse cuenta de la conducta verdadera de los cristianos.  Recordemos que la gran comisión (Mateo 28:18-20) no se limita a bautizar, y a hacer discípulos (aprendices de Cristo) sino también, y esto es de suma importancia, a “enseñarles que guarden todas las cosas que os he mandado.”  El mandamiento más grande es el amor. ¿Qué hacen los cristianos? Se ocupan de mera doctrina (que en sí es necesario también), sin hacer énfasis en lo más importante de todo: EL AMOR.

 

De hecho, es imposible edificar el cuerpo de Cristo de modo eficiente, sin hacer todas las cosas con amor fraterno sincero. ¿Qué valor tiene cantar himnos, orar, y aún escuchar la palabra de Dios, cuando todo se hace con un espíritu mediocre que carece de amor?  Los hombres hacen promesas, y no las cumplen. Se dice, pero no se hace.  Se muestra una santidad teatral, pero se ignora la santidad divina.  Al menor indicio, criticamos a nuestro hermano sin reparar en el daño moral que estamos haciéndole. Nuestra lengua es un instrumento para herir, pero bendecimos a Dios.  Y todo ello ocurre porque los hombres no han aprendido lo más importante de todo:  AMAR.

 

Jesús le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento”  (Mateo 22:37-38). Debemos anotar que Jesús ordena, es decir, nos da un mandamiento al decir:

 “a m a r á s”  (has de amar) al Señor. Luego nos dice cómo hemos de amarle: con el corazón, el alma, y la mente. Dice: con TODO. Todo no deja lugar a noventa y nueve porciento, sino se refiere a su totalidad. Enteramente, íntegramente, dando a Dios TODO de nuestro ser, de nuestras emociones, y de nuestro intelecto. Así se ama. Y ahora, fíjate bien – dice: Y el segundo es semejante:

 

“Amarás (también es una ordenanza, un mandamiento absoluto) a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). ¿Y quién no se regala a sí mismo todos los bienes que pueda obtener, quién no se hace bien? ¿O quién maltrata su propio c cuerpo, mente y espíritu?

 

Pero se ofende al prójimo, se le hace todo lo que no nos hacemos a nosotros mismos, y le decimos que “esto es amor”. ¿Es eso el evangelio de Cristo? El Señor concluye esta enseñanza, diciendo: “De estos dos mandamiento depende de toda la ley y los profetas” (Mateo 22:40). No es importante el hacer solamente las cosas que están escritas. Pero importante es hacerlas todas en amor; en amor hacia Dios, hacia Cristo, y hacia nuestro prójimo.

 

Dice el apóstol Pablo: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y NO TENGO AMOR, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, y de tal manera trasladase los montes, Y NO TENGO AMOR, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, Y NO TENGO AMOR, de nada me sirve” (1 Corintios 13:1-3) Nuestra educación es nada, nuestra fe se desvanece, nuestras obras se vuelven vacías, y nuestro conocimiento vanidad – SI NO AMAMOS. ¡Y cuán lejos estaremos del Dios viviente!

 

Cristo nos dice, por medio de su apóstol, lo que es el amor verdadero; el amor que nace del espíritu de Dios:

        

         El amor es benigno,

        

         El amor no tiene envidia,

 

         El amor no es jactancioso,

 

         El amor no se envanece,

 

         El amor no hace nada indebido,

 

         El amor no busca lo suyo,

 

         El amor no se irrita,

 

         El amor no guarda rencor,

 

         El amor no se goza de la injusticia

                            (1 Corintios 13:4-6)

 

Estas ocho casitas. Ocho solamente. Y ¡cómo daña nuestro carácter el no obedecer a esos mandamientos de Dios!

 

El amor divino en el cristiano es:

 

         Sufrido,

         Benigno,

         Se goza de la verdad,

         Todo lo sufre,

         Todo lo cree,

         Todo lo espera,

         Todo lo soporta.

 

 

¡Qué contraste ten enorme hay entre lo que el amor hace, y lo que no debe hacer! ¡Qué diferencia en el carácter!

 

Si yo entiendo bien la escritura, vemos solamente a un Jesús que ama, que camina todo el día por las plazas y aldeas para ayudar, con tierno amor, a los que merecen su amor (para contrastar la situación con los hipócritas, que reprendió duramente). Quizás eres un maestro de la Biblia, un hombre de conocimiento, pero seco y carente de amor. Piensa que no harás de un hombre un seguidor de Cristo por el mero conocimiento, sino por el conocimiento presentado en amor.

 

El apóstol Pablo nos da más impresiones de lo que el amor es: “sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con el humilde. No seáis sabios en nuestra propia opinión. No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres” (Romanos 12:12-21).

 

El amor de Jesús se mostró por cuanto tomó partido a favor de las viudas, evidentemente explotadas por los fariseos (Marcos 12:38-44); perdonando a la gente pecadora (Juan 8:11); y oponiéndose a toda injusticia de los hombres. Jesús levantó a los pobres, y dio esperanza a los que no la tuvieron, impuso el derecho, y volvió a dar importancia a cada individuo.

 

Las paginas enteras de la Biblia están llenas del amor de Dios. Jesús grita a voz en cuello que nos amemos. Pero, ¡qué poco amor sincero se ve entre los cristianos! Acaso ¿será posible amar como Jesús amaba? Si, es posible. Más aún, es necesario. Es un mandamiento, una ordenanza. Porque el amor que mana del Espíritu de Dios nos eleva a hombres de Dios, y nos coloca en el camino de la santificación sino la cual nadie vera a Dios (Hebreos 12:14) Si queremos una iglesia en la que prevalece la verdad del Señor, debemos abandonar el camino frío de la doctrina sin el calor y el amor, y practicar la doctrina de Cristo, en todo su consejo, que incluye, y sobrepone ante todas las demás cosas, el amor. Sin el amor exigido por el salvador, todo lo que hacemos, será en vano. Con el amor de Dios, todo tiene sentido, y toma cuerpo, pues Dios mismo es amor, y si le amamos a El, también debemos amar a nuestros hermanos.