El plan maestro de Dios para la crianza de los hijos

Texto: Deuteronomio 6.4-9

 

 

    ¡Qué gran empresa es criar hijos hoy día! Sin la ayuda de Dios, la tarea puede ser abrumadora. Los padres deben ser socios con Dios en la empresa de hacer discípulos a sus hijos.

NOTAS: Vea Filipenses 4.13.

La palabra “Deuteronomio” significa literalmente:

“segunda ley”, pero se refiere a la “segunda vez que se dio la ley” —esto es, una repetición de la ley.

 

    Hace muchos años, otro grupo de padres tenía ante sí una gran tarea: la de criar a sus hijos en medio de la sociedad pagana a la cual se dirigían. Los israelitas estaban en la periferia de Canaán. A ésta se le llamaba la “Tierra de Promisión”, pero algunos aspectos de ella no eran nada prometedores. Si usted hubiera estado buscando un lugar al que su familia pudiera ir de visita, Canaán hubiera sido el último lugar que escogería. Las naciones vecinas eran degeneradas, perversas e impías.

 

    Cuando Moisés estaba delante de la multitud, el aire debió haberse cargado por la tensión reinante. Ya se había perdido una generación en el desierto, y esto podía volver a ocurrir. Moisés le recordó al pueblo las cosas que debían saber, lo que debían creer, y lo que debían hacer. Su repaso se encuentra en el libro de Deuteronomio.2 Su mensaje se podría resumir en las siguientes palabras: “¡No se dejen atrapar por el estilo de vida de la tierra!”.

 

    El anterior es el contexto que rodea al encargo hecho en Deuteronomio 6.4-9:

 

Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.

 

    El anterior llegó a ser uno de los más importantes pasajes de las Escrituras para el pueblo judío. El versículo inicial se llamaba el Shema, pues la primera palabra del versículo 4, que es Shema, significa “oye”. Con el transcurrir del tiempo, el Shema se amplió hasta abarcar el versículo 9, y algunas veces incluyó otras referencias pertinentes. Este pasaje se convirtió en el llamado a la adoración, el grito de batalla y la oración al morir de los judíos. Era de importancia fundamental para el judaísmo la clásica declaración de monoteísmo, y de la relación del hombre con el Dios que es sólo uno. El mismo concepto es fundamental para el cristianismo (Mateo 22.36-38).

 

    A medida que avancemos en el estudio de este pasaje, no debemos perder de vista el hecho de que éste fue (y sigue siendo) un llamado a los padres (e incluso a los abuelos; verso 2)—no un llamado a la nación en su totalidad, ni a los líderes religiosos, ni a los maestros. La familia es el agente primordial de Dios para la enseñanza de las futuras generaciones.

 

    En esta serie, estamos haciendo énfasis en los planes de Dios para el matrimonio y para la familia. Esta lección, y la que sigue después de esta, se centrarán en la empresa de ser padres. Deseamos poner un fundamento para esta lección al echarle una mirada más de cerca a lo que dice en Deuteronomio 6.4-9, el cual llamaremos: “El plan maestro de Dios para la crianza de los hijos”.

 

CRÉALO (6.4-6)

    El plan de Dios para la crianza de los hijos comienza con un énfasis en lo espiritual, no en lo material: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (verso 5). Además, el plan de Dios para la crianza de los hijos comienza con un llamado a los padres a ser lo que ellos deben ser: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán en tu corazón” (verso 6; énfasis nuestro).

 

    La clave a una buena crianza de los hijos no es tanto el conocer las técnicas correctas, sino el ser la persona correcta. Cuando estuve estudiando para una clase sobre la crianza de los hijos, garabateé algunas declaraciones como las que siguen: “La buena crianza es el resultado de un estilo de vida”; “Nada puede suceder a través de nosotros, si no nos sucede primero a nosotros”; “Los farsantes no pueden ser buenos padres”. Para ser padres eficaces, debemos ser genuinos, “auténticos”. Para influenciar a nuestros hijos de un modo correcto, debemos primero ser lo que deberíamos ser.

 

    El texto que nos ocupa enfatiza dos requerimientos que se les hacen a los padres. En primer lugar, debemos amar a Dios con todo nuestro ser (verso 5): Debemos amarle de todo nuestro corazón (nuestras emociones y nuestros pensamientos), de toda nuestra alma (nuestra vida y nuestro ser), y con todas nuestras fuerzas (nuestra fortaleza y nuestras actividades). En segundo lugar, para enseñarles a nuestros hijos, debemos tener la palabra de Dios “sobre” nuestro corazón (verso 6). En la KJV se lee: “Y estas palabras que yo te mando, estarán en tu corazón” (verso  6). Para tener la palabra de Dios “en” nuestros corazones, debemos leerla, estudiarla, meditar en ella, memorizarla, y hacer que forme parte de nuestras vidas. En la NASB se lee: “Estas palabras,... estarán sobre tu corazón” (énfasis nuestro). Cuando se tiene algo “sobre” nuestro corazón significa que ello es de importancia fundamental para nosotros. Enseñaremos tanto por lo que dicta nuestra actitud hacia la palabra de Dios así como por nuestra recitación de ella.

NOTA: Cuando enseño sobre el tema de ser padres, mis estudios de fondo provienen del Antiguo Testamento: Deuteronomio 6, y Proverbios 22. Luego paso a pasajes del Nuevo Testamento, tales como Efesios 6, y Colosenses 3. En esta edición, sólo tenemos espacio para dos lecciones de fondo.

 

ENSÉÑELO (6.7)

    El versículo 7, prosigue con el llamado a todos los padres: “Y las repetirás [las palabras que Dios manda] a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes”.

 

    Nuestros hijos no aprenderán acerca de Dios ni de sus caminos en forma automática; deben ser enseñados. A los hijos se les debe enseñar muchas verdades acerca del mundo que les rodea: que el fuego quema, que el vidrio se rompe, y que las flores arrancadas del suelo se mueren. También deben ser enseñados las verdades de Dios.

 

    El texto que nos ocupa nos manda a “repetirles” las palabras a nuestros hijos. Si el pasaje se tradujera literalmente, se leería: “Las afilarás a tus hijos”. La palabra de Dios debe quedar afilada —clara— en las mentes de ellos; sus almas deben ser horadadas con sus verdades (vea Hebreos 4.12; Hechos 2.37). Ningún esfuerzo a medias logrará esto. El mundo está resueltamente decidido a robarse las mentes y corazones de nuestros hijos. Nosotros debemos estar más resueltos en nuestra enseñanza.

 

    Como padres que somos, deberíamos aprovechar todo recurso que haya para aumentar el conocimiento bíblico de nuestros hijos: Deberíamos procurar que asistan a todas las clases bíblicas, a todos los servicios de adoración y a toda actividad juvenil cristiana.4 Por supuesto que estas oportunidades son solamente suplementarias a la enseñanza que debemos hacer personalmente. Una de las maneras como podemos hacer esa enseñanza es teniendo cultos familiares diarios. Hay familias que también programan una noche familiar especial a la semana, con el fin de tener un rato para divertirse y estar juntos.

 

    El énfasis del texto que nos ocupa, no obstante, no es en la enseñanza a ciertas horas fijas, sino en la enseñanza todo el tiempo. El versículo 7, dice: “... y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes”. La frase “... estando en tu casa” incluiría la hora de las comidas. (La hora de las comidas es un excelente momento para enseñar, pues provee una audiencia cautiva: ¡los hijos tienen demasiada hambre como para querer irse!)

 

    El texto también habla acerca de enseñar “andando por el camino”. En aquellos tiempos, las familias a menudo andaban a pie grandes distancias. Hay familias que hoy día todavía dan grandes caminatas juntos. Este es un tiempo ideal para la enseñanza. Sea que viajemos a pie, en carro, o por cualquier otro medio de transporte, nuestro viaje puede servir, una de dos, para ponernos los nervios de punta o para hacer a otros partícipes de nuestra fe.

 

    Otra idea debe añadirse a la enseñanza que hacemos “andando por el camino”: Debemos llevar a nuestros hijos con nosotros cuando estamos llevando a cabo expresiones prácticas de nuestra fe —cuando le llevamos alimento a los enfermos, cuando vamos al hospital, cuando visitamos a los afligidos.

 

    La expresión: “al acostarte” se estaría refiriendo a la hora de acostarse. La hora de acostarse es especial para la mayoría de los niños. Es un momento en el cual están particularmente receptivos a la enseñanza y al diálogo. Puede ser “un momento muy dulce”.

 

    Por último, a los padres se les llama a enseñar “cuando se levanten” —en la mañana y a la hora del desayuno. Esta es una ocasión ideal para enseñarles a los niños cómo comenzar cada nuevo día.

 

    El principio que se enseña en Deuteronomio 6.4-9, es que los padres deben enseñar en cualquier momento todo el tiempo: Debemos usar todo momento posible para hacer partícipes a nuestros hijos de la fe y del amor que tenemos en nuestros corazones. Nuestras vidas no deben dividirse en categorías tales como “religión”, “trabajo”, “juego” y otras; nuestra enseñanza debe estar “entretejida en la tela de nuestras vidas diarias”. Cualquier momento, cualquier evento, cualquier lugar puede servir de oportunidad para enseñar: Un arco iris, la toma de una decisión importante, un nacimiento o una muerte en la comunidad. John M. Drescher decía que si él tuviera la oportunidad de volver a empezar a tener sus hijos, el procuraría enseñarles más íntimamente acerca de Dios a ellos.

 

   Observaría junto con mi hijo cómo Dios, durante media hora cada día a la puesta del sol, pinta y pone en un marco un nuevo cuadro con los hermosos colores que él escoge... Me tomaría el tiempo para observar cómo, con el rocío de la noche, Dios hace que cada hoja luzca como si hubiera sido sumergida en un líquido helado de verdor. Observaría, con mi hijo, cómo Dios ilumina el cielo con las estrellas, y cuán visiblemente él crea de nuevo el mundo durante la noche, alistando a toda la creación para cada nuevo día...

 

   Luego miraríamos a las rocas pintadas con líquenes y escucharíamos el canto de las aves de nuestro Padre... procuraría tener más tiempo dar un paseo por alguna corriente de agua, para recoger las flores de mi Padre, y para ver al gran Creador en las cosas pequeñas, así como en las grandes, de su creación... Procuraría tener más tiempo para llevar sacos de dormir en el verano y acostarme con mi familia junto a mí, bajo el cielo de Dios y hablar acerca de las estrellas, escuchar los sonidos de la naturaleza, el viento silbando en medio de los árboles, y los pequeños sonidos de criaturas invisibles. Le daría a mi hijo los estantes y gavetas en los cuales podría colocar sus trofeos y colecciones.

 

    Mientras estemos con nuestros hijos, debemos buscar ocasiones en las que estén receptivos a la enseñanza. Una de las llamadas “leyes de la enseñanza” es la “ley de la preparación”. Esta ley, expresada de modo sencillo, dice que es infinitamente mayor lo que aprende un niño cuando éste está preparado para aprender, que lo que aprende cuando sólo somos nosotros los que estamos preparados para enseñar. Bruce Narramore escribió acerca de tales “momentos de educabilidad”:

 

Hace algunos años trabajábamos mi hijo y yo en el jardín.

“¿Hizo Dios las malezas, papá?” me preguntó Dickie, perplejo.

Me dispuse a darle una rápida respuesta para poder proseguir con mi trabajo, pero me di cuenta de que aquella era una oportunidad para enseñarle una lección espiritual.

Hice a un lado mi horca de escardar y le dije:

Dickie, debes saber acerca de Adán y Eva. Ellos fueron las primeras personas que vivieron en la tierra. Dios los puso en un hermoso huerto donde no había malezas. Luego, un día, vino el diablo, y parecía una serpiente. Les dijo a Adán ya Eva que desobedecieran a Dios; les dijo que debían comer de un fruto que Dios les había dicho que no comieran. Y, ¿sabes lo que pasó? Ellos comieron. Luego el mundo comenzó a tener problemas. Después de que Adán y Eva desobedecieron a Dios, las malezas comenzaron a crecer y tuvieron que ir a trabajar y salir del lindo huerto”.

 

Con una seria mirada en su rostro, Dickie respondió: “Qué lástima, ¿verdad?”.

 

 

REFERENCIA:  Citado por Harold Haz elip en Happiness in the Home (La felicidad del hogar) (Grand Rapids, Mich.: Baker Book House, 1985), 35. La naturaleza constituye un gran tema para comenzar a hablar acerca de Dios (Salmos 19.1-2; Proverbios 6.6; 30.18-19, 26-28; Mateo 6.19-20, 26, 28, 30; 7.6, 16-20; 10.29; 13.1-9,24-30; Lucas 15.3-7). Es propio de los niños preguntar: “Quién hizo eso?”.

 

    Podemos tratar de estimular el interés de nuestros hijos, pero no siempre podremos predecir cuándo es que tales “momentos de educabilidad” surgirán —momentos, en los cuales nuestros hijos hacen preguntas, momentos, en los cuales están ansiosos por aprender. Esa es una razón importante para que los padres estén disponibles para sus hijos.

 

    También es importante comenzar a enseñarles a nuestros hijos cuando son pequeños. Los científicos hablan de un fenómeno natural llamado “impresión”, el cual se da en animales y aves. Poco después de nacer, la mayoría de los animales o de las aves se apegan a la primera criatura que ven moviéndose cerca de ellos. Usualmente es la madre, pero puede ser algo más: un ser humano, o incluso algo que cuelgue de una cuerda. Esta “impresión” tiene lugar en los primeros momentos posteriores al nacimiento;” después de esto la oportunidad se habrá perdido para siempre. De un modo parecido, si nosotros no tratamos de enseñarles a nuestros hijos tan pronto como es posible —durante los años de su formación— esa oportunidad se habrá perdido para siempre.

 

    Nuestros hijos recordarán algunos de los datos que les enseñemos, pero lo que más recordarán es nuestra actitud. Podemos decir que hemos triunfado en la crianza de nuestros hijos, cuando hayamos imprimido en éstos la idea mencionada en la lección anterior: “Hacemos lo que hacemos por lo que somos —y somos lo que somos por lo que creemos”.

 

VÍVALO (6.8-9)

    Después de enseñarles los preceptos divinos a los hijos de Israel, Moisés les dijo: “Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas” (versos 8-9).

 

NOTA Y REFRENCIA:  Bruce Narramore, Paren ting With Love & Limits (La crianza de los hijos con amor y poniendo límites) (Grand Rapids, Mich.: Zondervan Publishing House, 1979), 64.

    Los científicos están tan impresionados con el principio de la “impresión” que la mayoría de los doctores que ayudan a traer bebés humanos al mundo han retornado a la práctica de poner los recién nacidos en los brazos de sus madres tan pronto como es posible. (A esto a menudo se le llama “vinculación”).

 

    Con el transcurrir del tiempo, los judíos idearon unas cajitas llamadas “filacterias”  Estas eran una especie de amuletos de buena suerte, que se usaban en ciertas ceremonias. Ellos se ponían una caja en la mano y la envolvían en ribetes, de modo que cuando doblaban el brazo, la caja quedaba cerca del corazón. También se ponían una caja en la frente. Los ribetes de estas cajas eran atados de modo que formaran letras hebreas. Después, ponían cajas en los postes de las puertas de sus casas. Los judíos ortodoxos todavía hacen esto hoy día. Doblada dentro de las cajas se encuentra una diminuta hoja de papel con las palabras de Deuteronomio 6 (y otras palabras), escritas en hebreo. El judío piadoso toca la caja (llamada la Mezuzah) cada vez que pasa cerca de ella; luego, puede que se bese sus dedos y recite el Salmo 121.8, en idioma hebreo: “Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre”.

 

NOTA: La palabra “filacteria” proviene de la palabra griega que se traduce como “guarda”. La verdad en el sentido de que Dios había sacado Israel de Egipto con poderoso brazo, debía servir como “señal” en la mano de ellos y como “filacterias” (guardas) entre los ojos de ellos (en la KJV se lee: “frontales” en lugar de “filacterias”; Éxodo 13.16). La fe de ellos, fundamentada en esta verdad, había de guiarlos y de protegerlos; no tenía nada que ver con el sujetarse cajitas a sus cuerpos.

 

 

   ¿Es esto lo que Dios esperaba que se hiciera? Por supuesto que nada malo hay en llevar hojitas de papel con Escrituras en ellas, ni en tener tales recordatorios en la casa de uno. Conozco a hombres que llevan consigo fichas con pasajes, los cuales ellos creen que les ayudarán durante el día. Conozco a mujeres que colocan rotulitos con porciones de la Biblia en el borde inferior de la ventana por encima del fregadero, y otras que pegan “el pensamiento bíblico del día” en la puerta del refrigerador. No obstante, dudo que en Deuteronomio 6.8-9, el Señor esté instruyendo a los israelitas en el sentido de hacer cajitas y pegarlas por todo lado. Jesús después puso en ridículo tal literalismo en Mateo 23.5:  Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos”. Aparentemente, los fariseos se jactaban diciendo: “Nuestras cajitas son más grandes que las de ustedes, y nuestros ribete de cuero, son más anchos, ¡esto es señal de que somos más religiosos que ustedes!”.

 

    ¿No estaba Dios más bien diciendo, en los versículos 8 y 9, que las verdades divinas a la que éstos se referían, debían llegar a formar parte de nuestro propio ser? Debemos “atarlas en nuestra mano”, para que, cada vez que la mano actúe, ella lo haga conforme Dios lo ordena. Debemos “atarlas en nuestra frente”, para que, cada vez que pensemos, lo hagamos conforme Dios lo desea. Debemos “atarlas en los postes de nuestra casa, y en nuestras puertas”, ¡para que nuestra casa esté llena de los principios de Dios!

 

    El plan de Dios para la crianza de los hijos comienza con el ejemplo de los padres, y acaba con el ejemplo de los padres. Este ejemplo es “el peso del hacha que impuisa el filo cortante [la enseñanza de los padres]”.  Bruce Narramore les dijo a los que son padres como él: “Los hijos aprenden más del comportamiento nuestro que de cualquier otra fuente”.  Charles Swindoll lo puso en estos términos: “Las huellas dactilares de los padres están impresas en todo aspecto de las vidas de sus hijos”.  James Dobson cita este dicho: “Las huellas que un hijo siga, es probable que sean aquellas que sus padres trataron de ocultar”.

 

    Es probable que usted haya oído la antigua expresión que dice: “el mono hace lo que ve”. El Dr. Logan Wright le llamó a esto “el principio del mono”, diciendo que se aplica tanto a monos como a niños:

“…a un mono se le adiestró para que abriera una caja y sacara una pasa. Otros monos observaron la demostración y se les dio la oportunidad de resolver un problema parecido. En la mayoría de los casos los monos abrieron la caja rápidamente y sacaron la pasa, mientras que aquellos monos que no habían tenido la oportunidad de observar la solución, no lo hicieron tan rápidamente. Se han hecho estudios con niños que han dado resultados parecidos...

   En un estudio, unos niños jugaban con juguetes mientras un adulto le daba de golpes a un muñeco BoBo. Cuando estos niños tuvieron la oportunidad de jugar con el muñeco, ellos no solo jugaron con éste; le hicieron las mismas cosas que el adulto le habían hecho: se sentaron sobre él, lo patearon, lo tiraron al aire, y a la vez, hicieron los mismos comentarios que el adulto había hecho.

 

    Como padres que somos, nosotros estamos enseñando todo el tiempo, sea que nos demos cuenta o no —mediante lo que hacemos, lo que decimos y lo que somos. Si por accidente le causamos daño a la propiedad de alguien y avanzamos a hurtadillas la escena, sin reconocer nuestra responsabilidad, estaremos enseñando una lección sobre la regia de oro (Mateo 7.12).18 Si nos ufanamos de cuán astutos fuimos para cometer fraude en nuestro pago de impuestos, o de la forma como nos aprovechamos de otro en una transacción comercial, estaremos enseñando una lección sobre la honradez (2 Corintios 8.21). Si no asistimos a los servicios, o si simplemente lo hacemos a regañadientes, estaremos enseñando una lección sobre el congregarnos (Hebreos 10.25). Si desobedecemos las leyes cuando sabemos que no hay oficiales observándonos, estaremos enseñando una lección sobre ciudadanía (Romanos 13.1).

 

    Nuestros hijos aprenden algunas de las más valiosas lecciones de la vida, de nuestros ejemplos:

Cómo resolver conflictos, cómo enfrentar las decepciones y la depresión, cómo superar el enojo y la frustración, cómo hacerle frente a los problemas de la vida sin recurrir a las drogas, y cómo expresar las emociones.

 

    Puede que usted esté familiarizado con el poema “Los niños aprenden lo que viven”, pero aun así vale la pena repetirlo:

 

NOTA:  Las lecciones que se mencionan aquí son las que no se deben enseñar —se trata de malos ejemplos. Si es necesario usted puede hacer más sencilla esta parte.

 

Si un niño vive rodeado de crítica, él aprende a condenar.

Si un niño vive rodeado de hostilidad, él aprende a pelear.

Si un niño vive rodeado de temor, él aprende a ser aprensivo.

Si un niño vive rodeado de lástima, él aprende a sentir lástima de sí mismo.

Si un niño vive rodeado de envidia, él aprende a sentirse culpable.

Si un niño vive rodeado de aliento, él aprende a ser seguro de sí mismo.

Si un niño vive rodeado de tolerancia, él aprende a ser paciente.

Si un niño vive rodeado de elogios, él aprende a ser agradecido.

Si un niño vive rodeado de aceptación, él aprende a amar.

Si un niño vive rodeado de aprobación, él aprende a gustarse a sí mismo.

Si un niño vive en el reconocimiento, él aprende que es bueno tener metas.

Si un niño vive rodeado de justicia, él aprende qué es la justicia.

Si un niño vive rodeado de honradez, él aprende qué es la verdad.

Si un niño vive rodeado de seguridad, él aprende a tener fe en sí mismo y en los que le rodean

Si un niño vive rodeado de amistad, él aprende que el mundo es un lindo lugar, en el cual vivir.

 

    El hecho no sólo es que nuestros hijos son influenciados por las vidas que vivirnos, sino que también, esa influencia permanecerá en ellos —para bien o para mal. Una verdad que da en qué pensar, se encuentra en Éxodo 20.4-6. Después de recalcar que no debemos hacer ídolos, ni adorarlos ni servirles, él Señor dijo que él visitaría “la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los [le aborrecen]” (verso 5). ¿Por qué dijo Dios que los hijos, la tercera y la cuarta generación serían castigados por los pecados de sus padres? ¡Porque ese es el tiempo que dura la influencia de los padres! Se han hecho numerosos estudios, los cuales demuestran que lo anterior es cierto; sin embargo, mucho tiempo antes de que los sociólogos “descubrieran” ese hecho, ya la Biblia lo había enseñado. He aquí un ejemplo: En varias ocasiones, Abraham mintió para salvar su vida (Génesis 12.10-13; 20.1-5). Más adelante, su hijo Isaac dijo exactamente la misma mentira (Génesis 26.6-11). Entre los nietos de Abraham (la tercera generación), tenemos a Jacob, al cual se le conocía como “el engañador” o “el que suplanta” (Génesis 27.1-19). Cuando Jacob llegó a viejo, adivine lo que sus hijos (la cuarta generación) hicieron. Le mintieron a su padre y lo engañaron (Génesis 37)

 

CONCLUSIÓN

    Deuteronomio 6.4-9 enseña que si queremos que nuestros hijos sigan los caminos de Dios, debemos creerlos, enseñarlos, y vivirlos. Hemos tratado de recalcar la necesidad de que los padres vivan vidas consecuentes —vidas cristianas genuinas, auténticas. Alguien dijo: “El aceite del ejemplo de los padres ayuda a eliminar mucha de la fricción de la enseñanza de ellos”.

 

     No puedo pensar en una empresa más grande que la de enseñarles a nuestros hijos a ser luminares”“en medio de una generación maligna y perversa” (Filipenses 2.15). ¡Que Dios acompañe a todos los padres!.

 

SUPLEMENTO: “Momentos de educabilidad

    Dios les dio instrucciones a los israelitas para la observancia de la Pascua.22 Durante esta fiesta, era natural que el padre le dijera al hijo que la fiesta se observaba “con motivo de lo que Jehová hizo [con él] cuando [lo] sacó de Egipto” (Éxodo 13.8). También se hacían ciertos sacrificios para redimir a los primogénitos.23 Esto es lo que dice en Éxodo 13.14:

Y cuando mañana te pregunte tu hijo, diciendo: ¿Qué es esto?, le dirás: Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto, de casa de servidumbre; y endureciéndose Faraón para no dejarnos ir, Jehová hizo morir en la tierra de Egipto a todo primogénito, desde el primogénito humano hasta el primogénito de la bestia; y por esta causa yo sacrifico para Jehová todo primogénito macho, y redimo al primogénito de mis hijos (verso 14-15).

 

    Otro ejemplo es la pila de piedras que dejaron en el ribera oeste del río Jordán. Esto fue lo que Josué le dijo al pueblo:

“…para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué significan estas piedras? les reapoderéis: Que las aguas del Jordán fueron divididas delante del arca del pacto de Jehová; cuando ella pasó el Jordán, las aguas del Jordán se dividieron; y estas piedras servirán de monumento conmemorativo a los hijos de Israel para siempre” (Josué 4.6-7).

 

    Los padres cristianos tienen oportunidades parecidas para la enseñanza tales como la observancia de la cena del Señor y los bautismos en público.