EL HOGAR QUE DIOS DESEA

 

El hogar que Dios desea

Texto: Efesios 5.21—6.4

 

    Hace varios años me invitaron como orador a unas conferencias sobre “Las relaciones familiares que maduran”. Me pareció muy valioso el tema elegido. Me agradó el concepto de madurez: Todos estamos llamados a crecer “en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efesios 4.15b). Creí que el énfasis en las relaciones era bueno: Todos tenemos necesidad de otras personas (Génesis 2.18), y debemos aprender a llevarnos bien unos con otros. También me agradó el tema de la familia: Nada es más valioso para mí que el tema del hogar en general y mi propia familia en particular.

       

    Efesios 5. ¿Qué otro texto había, mejor que éste, que pudiera servir de introducción al tema del matrimonio y la familia? Dado que en esta presentación de apertura, deseo incluir observaciones, tanto para los padres, como para los hijos, comencemos con una lectura de Efesios 5.21, y continuémosla hasta 6.4.

 

Someteos unos a otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa; que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia. Por lo demás, cada uno de vosotros, ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido. Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.

 

    Aunque no podemos pretender un análisis minucioso de cada una de las ricas verdades contenidas en este pasaje, sí nos referiremos brevemente a algunas de ellas, al hablar sobre “El hogar que Dios desea”. ¿Cuáles son las características del hogar que Dios desea?

 

EL DESINTERES (5.21)

    Puede que le sorprenda que el texto bajo estudio comience con el versículo 21, y no con el 22. Nos gusta comenzar con el versículo 22 (especialmente a los que somos esposos): “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor”. No obstante, el antecedente de todas las relaciones que se tratan en el resto del capítulo 5, y comienzos del 6, se encuentra en el versículo 21: “Someteos unos a otros en el temor de Dios”. Todos debemos preocuparnos por los demás miembros de nuestras familias, más que por nosotros mismos.

 

    Si usted no está convencido de que el versículo 21, debería ser parte del texto que nos ocupa, tome en cuenta lo siguiente: En el texto original del versículo 22, no aparece un verbo; el verbo debe ser suplido por el versículo 21. Cualquiera que sea el significado de la palabra “someteos”, éste es primero requerido de todos los cristianos (incluyendo a los esposos) en el versículo 21.

 

    El principio de la sumisión mutua se enseña por todo el Nuevo Testamento:

 

“…servíos por amor los unos a los otro (Gálatas 5.13).

Sobrellevad los unos las cargas de los otros (Gálatas 6.2a).

Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros (Filipenses 2.3-4)

…prefiriéndoos los unos a los otros (Romanos 12.l0b)”.

 

     Jesús, nuestro ejemplo perfecto, “no vino para ser servido, sino para servir,...” (Mateo 20.28).

    Son cinco las veces que se menciona la palabra “amor” en el texto bajo estudio, y cada una de ellas es una traducción de alguna forma de la palabra agape. Este amor, del cual se habla en 1 Corintios 13.5, “no busca lo suyo”.

 

    Para poder tener una perspectiva correcta de la relación de la cual se habla en el texto bajo estudio, debemos tener presente el principio de la sumisión mutua: La sumisión de la esposa al esposo, es una decisión de la voluntad de ella, para ayudarle a ser lo que él debe ser. El hecho de que el esposo sea cabeza de ella es algo que se compensa con la búsqueda de la felicidad de ella. J.W. Shepherd, comentando sobre la segunda parte de Efesios 5, dijo que: “Debe haber tal confianza y amor mutuos que, el deseo del esposo una vez conocido por la esposa, debe convertirse en una ley para ésta; y el deseo de la esposa, una vez conocido por el esposo, debe convertirse en la regla que éste aprobaría”.

 

LA REVERENCIA (5.21)

    Si las relaciones entre los miembros del hogar han de ser lo que deben ser, deben comenzar por ser relaciones cristianas; esto es lo primero y lo más importante. El versículo 21, manda que nos sometamos “unos a otros en el temor de Dios” (énfasis nuestro). La palabra “temor” se refiere al temor piadoso, a la más profunda clase de respeto o de reverencia.

 

    Ninguna familia podrá ser lo que debe ser, a menos que todos los miembros de ella respeten a Dios. Expresado con términos prácticos, esto significa que cada miembro de la familia debe ser cristiano —un verdadero cristiano, fiel, dedicado. ¡Cuán hermoso es que el esposo y la esposa puedan decir con toda certeza que ellos verdaderamente son coherederos de la gracia de la vida! (Vea 1 Pedro 3.7)

 

    El matrimonio, el hogar, y la familia forman todos, parte del plan de Dios —y es Dios quien señala cómo es que su plan ha de funcionar. Charles Spurgeon escribió: “Cuando el hogar se gobierna de conformidad con la palabra de Dios, se le podría invitar a los ángeles a morar con nosotros, y ellos, haciéndolo, no se sentirían extraños”. ¿Qué pasa en un hogar que no se gobierna de conformidad con la palabra de Dios? El poeta William Cowper le llamó al hogar “el único pedazo del paraíso, que sobrevivió a la caída”. Desafortunadamente, hay algunos hogares hoy día que más bien parecen puestos de avanzada del infierno y no una muestra de lo que será el cielo.

 

    Como ya se ha dicho, para que las relaciones entre los miembros de una familia, sean lo que deben ser, ellas deben ser relaciones cristianas. Dado que en muchos hogares, no todo miembro de la familia es cristiano, permítaseme dar tres consejos sencillos:

1)      Si usted es cristiano y pertenece a un hogar en el que algunos de sus miembros no lo son, compórtese como cristiano —no porque los demás sean hijos de Dios (pues no lo son), sino porque usted lo es.

2)      Si usted no es cristiano no espere un día más para convertirse.

3)      Si todavía no se ha casado, tome la determinación de casarse con una persona cristiana.

 

LA RESPONSABILIDAD (5.22-24; 6.1-4)

    El texto bajo estudio bosqueja ciertas responsabilidades dadas por Dios a cada miembro del hogar cristiano. Nos referiremos a algunas de éstas en lecciones posteriores; por el momento, permítaseme hacer un breve resumen. En el sencillo diagrama que se muestra abajo, la “C” que está arriba, se refiere a Cristo, la “E” al esposo, la “Ea” a la esposa, y la “H” de abajo, a los hijos.

 

    Efesios 5.23-24, expresa claramente que “Cristo es cabeza de la iglesia”, y que la iglesia ha de estarle sujeta a él. A él se le ha dado “toda potestad... en el cielo y en la tierra” (Mateo 28.18; énfasis nuestro). En el hogar, el esposo, la esposa y los hijos deben estarle sujetos a él.

 

    Es igualmente claro que el esposo tiene la condición de cabeza de la esposa: “... porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (5.23-24). En el diagrama de arriba, la esposa aparece sujeta a Cristo y a su esposo.

 

    El pasaje también expresa que los hijos del hogar, deben obedecer a sus padres: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo” (6.1). Así, en el diagrama, ellos aparecen sujetos a Cristo, a su padre, y a su madre.

 

    Para que el hogar sea como Dios lo desea, cada miembro de la familia debe estar dispuesto a aceptar las responsabilidades que Dios le ha dado. Hay un verso jocoso, el cual expresa una importante verdad acerca del hogar:

 

Desventuradamente se conduce la familia, en la cual se muestra

Que el gallo guarda silencio, o que la gallina cacarea;

Ignoro cuál de los dos viven más contrariamente a la ley natural,

Si los esposos obedientes o las esposas dominantes.

 

   En una versión moderna del verso anterior, habría que incluir la situación contraria a la naturaleza en la que los hijos son los que gobiernan el hogar.

 

    Una palabra clave para el jefe de familia es la palabra “responsabilidad”. El ser cabeza no es un privilegio, sino una responsabilidad. El hombre tiene la seria responsabilidad de dirigir su hogar en el aspecto material y espiritual (vea 6.4).

 

    Las responsabilidades que establece el texto bajo estudio, no tienen nada que ver con la inferioridad ni la superioridad.2 La Biblia jamás presenta la imagen de una mujer inferior. Échele una mirada a la “mujer virtuosa” de Proverbios 31. ¡Ella era una mujer competente! ¡Ella bien podría haberle enseñado buenas lecciones de organización, industriosidad, eficiencia y relaciones humanas, al ejecutivo de negocios medio!.

 

NOTA: Usted sabe que:  Si un policía me detiene porque voy conduciendo a alta velocidad, éste no sería superior a mí, y yo no sería inferior a él; lo que estaría sucediendo en tal situación es que él tiene autoridad por encima de mí (Romanos 13.1). La autoridad bíblica no tiene nada que ver con la superioridad ni la inferioridad, pero sí está totalmente relacionada con la organización divina

 

    La familia funciona maravillosamente cuando todos los miembros aceptan las responsabilidades que Dios les ha dado. Esto no resolverá automáticamente todos los problemas del hogar, pero si salvará una gran distancia en la senda que lleva a ese propósito.

 

    Invariablemente surgen preguntas: “Pero, ¿qué tal si algunos miembros del hogar están dispuestos a aceptar las responsabilidades que Dios les ha dado, y Otros no?”; “Cómo puedo cumplir con mi papel, cuando él (o ella), no está cumpliendo con el suyo?”. Pablo respondió ambas preguntas. Note el motivo que se recalca en 5.22: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor” (énfasis nuestro). Ese mismo énfasis se observa en 6.1, en cuanto a las relaciones de los niños con sus padres:

“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo”. Un pasaje relacionado es Colosenses 3.23, en el cual se amplía esta idea: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”.

 

    Pablo hizo una hermosa ilustración de la familia cuando habló acerca del amor de Cristo por la iglesia. ¿Es la iglesia todo lo que ella debe ser? No. ¿Dice Cristo, por lo tanto, que como la iglesia no le está siempre sujeta a él —de hecho, algunas veces le es infiel— ya no le seguirá sirviendo de líder a ella? ¿Dice él que no amará a la iglesia y que no hará todo lo que pueda para bendición de ella? Por supuesto que no.

 

    Su hogar jamás podrá ser lo que debería ser, a menos que todos los miembros de él, acepten las responsabilidades de cada uno. Se cumpla o no se cumpla lo anterior, usted debe tomar la determinación de ser lo que Dios desea que usted sea.

 

EL AMOR (5.25, 28-29, 33)

    Para poder apreciar el versículo 25, y los versículos que siguen, debemos entender algo acerca del mundo del tiempo en que vivió Pablo. En el mundo judío, las esposas, el matrimonio y el hogar, eran valorados en teoría, pero no en la práctica. Cuando un judío decía sus oraciones por la mañana, él le daba gracias a Dios que éste no lo había hecho “gentil, ni esclavo, ni mujer”.3 Era ridícula la forma tan fácil como los judíos podían divorciarse; a las esposas se les echaba del hogar por la más trivial de las razones.

 

    El mundo griego era todavía peor. La prostitución era parte integral de la vida griega. Demóstenes escribió: “Tenemos cortesanas para el placer, concubinas para cohabitar diariamente con ellas; esposas, con las cuales se cumple legítimamente el propósito de tener hijos, y el de tener una fiel guardiana de nuestros asuntos hogareños”.

 

    El mundo romano era todavía peor. En los días de Pablo, la familia romana estaba casi desintegrada. Un escritor romano contó acerca de una mujer que había tenido ocho maridos en cinco años. Un historiador cristiano primitivo contó acerca de una mujer que se casó con su vigésimo tercer marido —siendo ella la esposa vigésimo primera de él.

En aquellos tiempos, las mujeres y los niños esencialmente carecían de derecho alguno. Las decisiones que tenían que ver con la vida de ellos, eran tomadas por el hombre de la casa.

 

    Tal era el ambiente social del tiempo cuando Pablo escribió: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (verso 25). Me puedo imaginar la cara de asombro de algún lector de los tiempos de Pablo, preguntando: “¿Me está diciendo usted que el esposo tiene ciertas responsabilidades para con la esposa?”. “Así es”, diría Pablo, y, en efecto, “la primera de ellas es el amar a su esposa”. El apóstol se propuso evitar que pasáramos por alto tal verdad, por eso la mencionó tres veces en el texto bajo estudio:

 

Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella (verso 25; énfasis nuestro).

Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos (verso 28; énfasis nuestro).

Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo (verso 33a; énfasis nuestro).

 

    ¿Cómo ha de amar un marido a su esposa? “Así como Cristo amó a la iglesia”. ¿Qué clase de amor tuvo Cristo por la iglesia? ¿Un “amor” despreciativo, vengativo, egoísta? ¿Un “amor” que se complace en dictar reglas con el fin de probar que él es el “jefe”? ¡No! El amor de Cristo es un amor desinteresado; fue por ese gran amor que él “se entregó a sí mismo” por la iglesia.

 

    Los versículos 28 y 29, añaden: “Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia”. Jesús en realidad amó a la iglesia más que a su propio cuerpo —¡pues él dio su cuerpo en la cruz para poder comprar la iglesia!.

 

    Crisóstomo, un escritor primitivo, hizo los siguientes comentarios sobre los versículos que estamos estudiando:

 

¿Has conocido la medida de la obediencia? He aquí la medida del amor. ¿Te gustaría que vuestra esposa te obedeciera del mismo modo que la iglesia le obedece a Cristo? Ten cuidado de ella tanto como el que tuvo Cristo de la iglesia. Y si se hace necesario que tú debas dar tu vida por ella, o ser cortado en pedazos mil veces, o soportar cualquier cosa, no te rehúses... Él hizo que la iglesia cayera de rodillas delante de él, pero no fue mediante amenazas, ni mediante el temor de alguna cosa parecida; así condúcete tú para con tu esposa.

 

    ¡Son pocas las esposas que hallarían difícil someterse a esposos que las amen de tal manera!

 

    Por supuesto, que esta clase de amor debería caracterizar a todas las relaciones entre todos los miembros de la familia: Las esposas deben amar a sus esposos; los padres deben amar a sus hijos; los hijos deben amar a sus padres. Pablo le dijo a Tito que a las mujeres jóvenes debía enseñárseles a “amar a sus maridos y a sus hijos” (Tito 2.4). El amor es lo que le da vida al hogar.

 

LA SANTIDAD (5.25-27)

    Los versículos del 25 al 27, nos hablan de una meta que Jesús está tratando de alcanzar a través de su relación amorosa con su esposa espiritual:

 

“…Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. (Énfasis nuestro).

 

    Considere la expresión que dice: “que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante”. Jesús mismo es santo, puro y fiel para con la iglesia. El desea una esposa pura y santa, que le sea fiel a él.

 

    Hoy día se nos martilla con la idea de que “la infidelidad en realidad no le causa daño al matrimonio; de hecho, en algunos casos, podría incluso mejorarlo”. Esto es una mentira del diablo. La única relación matrimonial que puede cultivarse y madurar, es aquella en la que dos personas se hayan comprometido el uno al otro para el resto de sus vidas —una relación en la que cada uno de los cónyuges se ha entregado a nadie más que a sí mismos, y ambos saben, fuera de toda duda, que esto es así.

 

    El escritor de la epístola a los Hebreos habló de ello llanamente cuando dijo: “Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios” (Hebreos 13.4).

 

EL CULTIVO DE LAS RELACIONES (5.26-27)

    Examinemos un poco más profundamente las consecuencias de lo que dicen los versículos 26 y 27: Cristo nos ama con el propósito de hacernos santos y puros, pero nosotros todavía no somos poseedores de tales cualidades. Podríamos decir, entonces, que Jesús nos ama con el fin de estimularnos a ser lo que debemos ser. El llegar a ser lo que debemos ser, requiere de tiempo; requiere que se cultive la relación con él.

 

    ¿Cómo se aplica el anterior principio al matrimonio y al hogar? Somos demasiados los que, una vez casados, sacamos el matrimonio de la lista de cosas que hacer. Pasamos por el proceso de enamorarnos, invertimos tiempo y dinero cortejando a alguien con el propósito de atraernos a un potencial cónyuge; y ahora (según creemos) ya podemos olvidarnos de nuestro matrimonio y concentrarnos en seguir adelante y en llegar a

triunfar en la vida. Puede que tengamos uno, dos, tres o más hijos, y creemos que, siempre y cuando los llevemos con nosotros a la escuela bíblica y a los cultos, ya habremos cumplido con nuestras responsabilidades para con ellos.

 

    Debemos entender que las relaciones deben cultivarse. El mejoramiento de las relaciones entre los miembros del hogar, requiere de tiempo. Es necesario invertir esfuerzos para que el hogar sea lo que debe ser. Todo miembro de la familia debe encarar los problemas que surjan y, con la ayuda de Dios, hacerle frente a tales problemas.

 

LA PERMANENCIA (5.31; 6.3)

    El versículo 31, es uno con el cual estamos familiarizados, el cual se encuentra originalmente en Génesis 2.24, y es citado por Jesús en Mateo 19.5: “Por esto dejará el hombres a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”. (Vea también Marcos 10.7-8). Son muchas y muy grandes las verdades contenidas en esta cita, pero sólo vamos a recalcar una: la permanencia de la relación matrimonial.

 

    En toda relación es inevitable que surjan problemas, pero esto no significa que, como es poso, usted deba ser “desleal” contra “la mujer de [su] juventud”, repudiándola (Malaquías 2.14). Tampoco deben ustedes, esposas, tratar a sus maridos de tal manera. Dios aborrece el repudio (Malaquías 2.16). Esto fue lo que Jesús declaró: “... por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19.6b).

 

    La mayoría de los hijos eventualmente dejan el hogar (Mateo 19.5), pero cuando el matrimonio de sus padres permanece intacto, ellos siempre tendrán raíces; siempre tendrán “un hogar al cual volver”. La verdad de Efesios 6.3, habrá cobrado, entonces, un nuevo significado para ellos; cuando regresen a una casa llena de amor, ello les proporcionará un verdadero sentimiento de seguridad.

 

EL RESPETO (5.21, 28, 33; 6.2, 4)

    El pasaje que hemos estado estudiando comienza con el concepto del respeto (“en el temor de Dios”), y termina con el mandamiento de respetar (“y la mujer respete a su marido”). La palabra “temor” de 5.21, es un sustantivo, y la palabra “respeto” de 5.33, es un verbo; pero las dos se originan en el mismo radical del griego, una palabra que significa “respeto profundo, de todo corazón”.

 

    En Efesios 5.21-6.4, el respeto se menciona especialmente en tres relaciones: Todos han de respetar a Dios (5.21), las esposas han de respetar a sus maridos (5.33), y los hijos han de honrar a sus padres (6.2). El respeto es esencial en todas las relaciones que hay dentro del hogar: El esposo ha de amar “a su mujer como a sí mismo” (5.33; énfasis nuestro), lo cual conlleva la idea de respeto para ella. A los padres se les manda: “... no provoquéis a ira a vuestros hijos” (6.4a), lo cual conlleva la idea de respeto para ellos.

 

    Como cristianos que somos, tenemos razones poderosas para respetar a los demás miembros de nuestros hogares: Debemos respetarnos en unos y otros la condición de seres humanos que tenemos. Debemos respetarnos en unos y otros la condición de ser miembros de la misma familia. Si todos somos cristianos, debemos respetar la condición de que somos hermanos y hermanas en Cristo.  Cuando mis hijas llegaron a obedecer, ellas no solamente eran “queridas hijas”, sino que ahora eran y son mis hermanas en Cristo y por ello merecen todo mi respeto y consideración.

 

    El ser parte de una familia en la que se muestra el respeto mutuo, es algo maravilloso: Los esposos no humillan a sus esposas; las esposas no se ríen de la incapacidad de sus esposos; los padres no se comportan como si los hijos fueran tontos, y los hijos son corteses y respetuosos para con sus amorosos padres.

 

CONCLUSIÓN

    ¿Cómo es el hogar que Dios desea? Es un lugar en el que prevalece el desinterés, la reverencia, la responsabilidad, el amor, la santidad, el cultivo de las relaciones, la permanencia y el respeto. Si vamos a comportarnos de tal manera, cada uno de nosotros deberá hacer lo que pueda; cada uno de nosotros deberá ser lo que pueda ser.

En ocasiones cuando se predican este tipo de sermones, no falta quien diga. ¿Grabó alguien el sermón de hoy? ¡Quisiera una copia del casete para llevársela a mi esposo! ¡Lo voy a obligar a escucharlo!”. Esta lección bien podría ser buena para su cónyuge, o para sus hijos, pero lo cierto es que es a usted a quien puede ayudarle. Pregúntese usted mismo: “Qué puedo hacer yo para mejorar mi hogar? ¿Qué puedo hacer yo para mejorar las relaciones entre los miembros de mi familia?”.

 

    Si usted no es cristiano, el primer paso que debe dar es el de convertirse en hijo de Dios (Marcos 16.16; Hechos 2.38). Si usted es un cristiano infiel, su primer paso es regresar al Señor y a su iglesia (Hechos 8.22; Santiago 5.16). Si usted necesita obedecerle a él, ahora es el momento de hacerlo.

 

    Esta es la invitación básica que yo extiendo cuando predico sobre el tema del matrimonio y el hogar. Cada vez que predico sobre el hogar, recalco que se trata del hogar cristiano, lo cual significa que todo miembro de éste deberá ser un cristiano fiel. Luego les explico a todos cómo llegar a ser cristianos, o cómo ser restaurados —y les exhorto a responder.  Fin.