“Cómo vivir en medio de Los samaritanos”

(Juan 4:16-18)

 

   En un momento decisivo de la conversación de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo, él le pidió que fuera y trajera su marido. Cuando ella respondió que no tenía marido, Jesús le dijo: “Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad” (4:17-18). Ella había dejado, en su pasado, un rastro de matrimonios destrozados y compromisos deshechos, los cuales saboteaban su futuro.1 Una cosa sí es cierta: había perdido el mando de su vida.

 

   Que la mujer junto al pozo fuera típica de la gente de la ciudad de Sicar, es algo que sólo podemos especularlo. ¿Era desaprobada la situación de ella por la gente de la ciudad, o era su estilo de vida igual al del ciudadano común? Es probable que jamás lo sepamos. No obstante, en este estudio deseamos reflexionar sobre las implicaciones que conlleva el vivir en una sociedad hoy día, en la que la experiencia de la mujer samaritana se ha convertido en algo tan común. Las tendencias actuales indican que el 50 por ciento de todos los nuevos matrimonios de los Estados Unidos, terminarán en divorcio. Aunque la poligamia es ilegal en los Estados Unidos, estamos rodeados de “poligamia en serie”, es decir, la práctica de tener muchas parejas, una a la vez. Lo más perturbador de todo es el modo como vemos a la iglesia llegando a ser cada vez más como la cultura que nos rodea. Es por esta razón, que es importante detenernos junto al pozo de Samaria y busquemos el mensaje que las Escrituras tienen para nosotros como pueblo “que vive en medio de los samaritanos”.

 

   Para poder vivir con éxito en medio de los “samaritanos” de nuestros tiempos, primero necesitamos algo de sólida información. La siguiente no es la meta de nuestra caminata hoy día, pero sí es una primera parada esencial.

 

UN COMPROMISO DOBLE

   A veces, cuando hablo con una pareja que está considerando la posibilidad de romper sus lazos matrimoniales, oigo que hacen afirmaciones como la siguiente: “Esta relación nos deprime y estaríamos más felices si la termináramos. ¿Porque deberíamos permanecer atados a un matrimonio que cuesta tanto hacerlo funcionar? Después de todo, ¿quiénes permanecen tímidos en estos tiempos?”. Una idea implícita en estas palabras es que no deberíamos esperar de los cristianos más de lo que esperamos del resto del mundo. Tal idea es una mentira del diablo, pues las Escrituras plantean, sin más explicación, un estándar más alto para el comportamiento de los cristianos.

En cuanto al estándar de Dios para los creyentes, esto fue lo que Pablo escribió:

“Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios; no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo. Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis. Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros” (1ª  Corintios 5:9:13)

 

   Es obvio el “doble estándar” que se observa en estos versículos. Los cristianos no deben asociarse con cristianos de comportamiento inmoral, pero sí se les permite asociarse con no cristianos de comportamiento inmoral. ¿Por qué? Porque es mucho lo que se espera de los cristianos. Cuando un cristiano trata de justificar su comportamiento diciendo que todo el mundo lo hace, debemos responderle que sí, pero que Dios espera más de nosotros que de ellos, ¡porque nosotros somos cristianos!

 

   Cuando Pablo les escribió su carta a los romanos, él les dedicó los primeros once capítulos a enseñanzas y asuntos doctrinales. Luego, lo referente al comportamiento cristiano lo empezó con las siguientes palabras:

 

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis-vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a éste siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:1-2).

 

   La bien conocida traducción de este verso, que hizo J.B. Phillips, es como sigue: “No dejéis que el mundo os meta dentro de su molde”. El mundo tiene su manera de ser, y los cristianos han de ser diferentes. Es la devoción a Dios, no la aceptación por parte del mundo, lo que debemos ponernos como meta de nuestras vidas.

 

   Pablo, nuevamente, hizo un contraste entre el estilo de vida del mundo y el del cristiano, cuando escribió acerca de “las obras de la carne” y “el fruto del Espíritu”:

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son:

adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:19-23).

 

   La diferencia entre la manera como un hijo de Dios vive y la manera como un hijo de este mundo vive es absoluta; son dos caminos diferentes los que han de seguir. Lo que debería sorprendernos no es que seamos diferentes y no marchemos al mismo paso de nuestra cultura; más bien, lo que debería sorprendernos y preocuparnos, ¡es que nos hallemos siendo casi iguales a todos los que nos rodean! ¿Notó usted cuánto se aplican las “obras de la carne” y “el fruto del Espíritu” al matrimonio? Deberíamos esperar, por lo tanto, que sea poco lo que el enfoque cristiano del matrimonio y el enfoque no cristiano, tengan en común.

 

COMPROMISO PARA TODA LA VIDA

   Malaquías escribió acerca del aborrecimiento que Dios siente hacia el divorcio; “Porque Jehová Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido, dijo Jehová de los ejércitos. Guardaos, pues, en vuestros espíritu, y no seáis desleales” (Malaquías 2:16). Tenga cuidado de no leer mal este versículo. ¡Allí no dice que Dios aborrece a los divorciados; lo que dice es que él aborrece el divorcio! A los ojos de Dios el divorcio consiste en el rompimiento de un pacto, en la renuncia a un compromiso. Además de lo anterior, el divorcio consiste en la separación de algo que Dios mismo ha juntado. Esto fue lo que Jesús dijo: “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Marcos 10:9). El plan de Dios para las personas ha sido, desde el comienzo de los tiempos, un hombre para una mujer para toda la vida. El sabe que no es fácil, y rara vez es éste el estilo del mundo, pero él sabe que es lo mejor. En consecuencia, él llama a su pueblo a vivir a la altura de ese estándar.

 

   Pablo proclamó este mismo estándar en medio del escenario de inmoralidad que reinaba en la Corinto del siglo I (1ª  Corintios 7:10-1 6). El llamó a los discípulos corintios, cuyas parejas no fueran cristianas, a quedarse unidos en matrimonio. Obviamente había dificultades entre aquellas parejas, y es probable que muchos de ellos estuvieran diciendo que lo mejor era que los cristianos se apartaran de la influencia de sus cónyuges incrédulos. Incluso en situaciones dificultosas, Pablo insistió en que lo correcto era que estos cristianos permanecieran unidos en matrimonio y honraran los pactos que habían hecho. Reiterando lo dicho, es un estándar riguroso y alto el que Dios le ha dado a cumplir a los cristianos. El mundo puede hacer lo que quiera, pero Dios espera de sus hijos que ellos sigan siendo fieles a sus votos matrimoniales.

 

UN COMPROMISO COMUNITARIO

   Sóren Kierkegaard, un filósofo danés, una vez escribió: “No es de información de lo que se carece en la tierra cristiana; es otra cosa de la que se carece, y esto es algo que un hombre no le puede comunicar directamente al otro”. Aunque la obtención de la información correcta es como damos comienzo a nuestros esfuerzos para arreglárnoslas para vivir entre los samaritanos, hay una “cosa de la que se carece”. Nadie que yo conozca ha aceptado unirse en matrimonio teniendo en mente que se va a divorciar. Incluso se oyen canciones seculares por radio, en las que se usan expresiones tales como “para siempre” y “por siempre”. A menudo brindo orientación pre-marital a parejas en edad universitaria. Cuando les hablo acerca del divorcio, yo ya sé lo que me van a decir, incluso, antes de que abran sus bocas. “No creemos en el divorcio”, afirman llenos de confianza. “Para nosotros, el divorcio no es una salida”. ¿Por qué acaban divorciadas tantas parejas si conocían bien la información cuando dieron comienzo a su matrimonio? Es obvio que hay algo de lo que se está careciendo y ello no es información.

 

   El ingrediente que falta en los matrimonios con problemas, me parece, es la iglesia. Esta es, en primer lugar, una comunidad donde las personas perseveran juntas, proveyendo cierta presión de grupo positiva. Cada vez que nos reunimos vemos a personas que han estado juntas por cincuenta o sesenta años, y el verlas nos alienta. Hasta los matrimonios con problemas nos alientan, pues ellos muestran que hay personas que están dispuestas a luchar con el fin de fortalecer sus matrimonios.

 

   La iglesia también es vital para el compromiso matrimonial porque ella nos provee de una familia mayor dentro de la cual nuestras familias pueden vivir, batallar, nutrirse y sobrevivir. Me temo que muy a menudo, los cristianos estadounidenses miran en la iglesia una especie de centro de información para el matrimonio, pero no más que eso. Esa mentalidad busca en la iglesia enseñanza, seminarios y talleres a los que podamos asistir a obtener información, la cual después llevamos a casa y tratamos de poner en práctica aislados del resto de la iglesia. Un modelo más bíblico es dejar que nuestros matrimonios sean parte de una comunidad mayor.

 

   Cuando le escribió a Tito, Pablo describió la manera como la iglesia debe funcionar como un centro para la instrucción de familias, en el que las ancianas les enseñan a las jóvenes cómo ser esposas y madres cristianas (Tito 2:1-5). Cuando una iglesia funciona de esta manera, los que son jóvenes e inmaduros tienen acceso a muchos de los recursos necesarios de la edad, la experiencia y la madurez. Cuando los problemas surgen, todo mundo siente la angustia y corre a ayudarles a los que tienen necesidad. Cuando el descuido y el abuso tienen lugar, “los familiares” intervienen y les piden cuenta a los miembros por su comportamiento, y le ayudan a la pareja a resolver el problema. A mí siempre me alienta cuando oigo que alguien dice de la iglesia, de los miembros de ésta: “Estuvieron a nuestro lado en los momentos más difíciles, y anduvieron con nosotros hasta salir de nuestra crisis. ¡Se comportaron como familiares con nosotros!”.

 

   Para que tales relaciones tan esenciales puedan brotar dentro de la iglesia, las parejas deben responsabilizarse de procurar estar vinculados al apoyo que van a necesitar. Por un lado, necesitan acercarse a parejas mayores, más experimentadas, cuyos matrimonios admiren. Necesitan invitar a sus mentores a sus casas, para comer juntos y encontrar maneras de pasar tiempo con estas personas que pueden proveer consejo sabio y amoroso, así como apoyo alentador. Cuando mi esposa y yo estábamos recién casados, nos mudamos a una pequeña ciudad de Mississippi, donde yo le predicaba a una iglesia y mi esposa trabajaba en el hospital local. Como no conocíamos a nadie en la ciudad al mudarnos allí, pronto nos hallamos recibidos por una maravillosa pareja cristiana treinta años mayor que nosotros. Durante los primeros dos años de nuestro matrimonio, Larry y Winnie Murray nos alimentaron, nos dieron aliento, jugaron a las cartas con nosotros, y fueron a la iglesia con nosotros. Todavía les reconocemos el hecho de haber convertido nuestro primer hogar en una maravillosa experiencia, y a menudo los recuerdo cuando me pongo a pensar en las formas como la iglesia debe dar aliento a todas sus familias.

 

   Las parejas deben trabajar para construir una sólida red de amigos cristianos antes de que el mínimo de los problemas dé comienzo. Una vez que un matrimonio entra en crisis, es virtualmente imposible desarrollar la clase de amistades mutuas que todo matrimonio necesita. El predicador de Eclesiastés les aconsejó así a los jóvenes: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento” (Eclesiastés 12:1). El momento de prepararse para los problemas es antes de que sucedan, y el momento de desarrollar una red de apoyo para su matrimonio es antes de que las dificultades surjan.

 

CONCLUSIÓN

   Haga una pausa en este momento y renueve sus compromisos. Puede que usted desee tomar la mano de su esposa y de sus hijos, a la vez que, delante de Dios, usted se compromete a amarlos por el resto de su vida. cisnerosme@yahoo.com.mx    http://henrycis.net