"¿Me amas?"

 Juan (21:1-25) Juan, el camino de fe

 

 (Lección 35)

 

El corrector líquido es un maravilloso producto, el cual se puede encontrar sobre el escritorio de casi todas las secretarias de los Estados Unidos. Es un producto semejante a la tinta, el cual viene en pequeños frascos y se aplica con una diminuta brocha, con el fin de cubrir errores de escritura a máquina. Si una palabra mal deletreada o algún manchón aparecen en una página, el corrector líquido lo cubre a modo de pintura y el problema desaparece. ¿No sería maravilloso tener corrector líquido para nuestras vidas, algo que pudiera borrar la señal de nuestros errores? ¡La triste verdad es que todos lo necesitamos! El último capítulo del evangelio de Juan describe la forma como podemos experimentar un nuevo comienzo cuando hemos fracasado, y tenemos necesidad de algún "correc­tor líquido espiritual" en nuestras vidas.

EL ESCENARIO (21:1-14)

Algún tiempo después de la resurrección y antes de la ascensión. Jesús se les apareció nueva­mente a algunos de sus discípulos. Siete de ellos habían regresado a su hogar en los alrededores del mar de Galilea (Mar de Tiberias). Pedro, quien sin duda todavía estaba lleno de pena por la forma como había negado a Jesús tres veces, la noche que éste fue procesado, dijo: "Voy a pescar" (21:3). Los otros vinieron con él, y pasaron toda la noche en el lago, sin haber sacado un solo pez. Cuando estaba a punto de amanecer el día siguiente, la figura borrosa de alguien se les apareció en la orilla, y éste les preguntó: "Hijitos, ¿tenéis algo de comer?" (21:5). ¡"Sin darse cuenta que se trataba de Jesús, le respondieron con un grito:"¡No'" (21:5). El extraño les dijo que echaran la red a la derecha de la barca,

y que allí pescarían algo. Por la razón que haya sido, ellos hicieron lo que el extraño les había sugerido.

 

Cuando trataron de sacar la red nuevamente, no pudieron hacerlo porque estaba llena de peces. Juan se dio cuenta en ese momento de quién era el extraño que estaba en la orilla, y le dijo a Pedro: "¡Es el Señor!" (21:7). El siempre impetuoso Pedro, rápidamente se ciñó su vestidura exterior, se lanzó al mar, y nadó hasta la playa los noventa metros que los separaban de ella. Cuando los otros discípulos llegaron con su carga de peces, ellos hallaron que Jesús había puesto brasas y había preparado algún pan y peces para el desayuno de ellos. Tal vez sea significativo, a la luz de lo que sucedió después, que el único fuego de brasas, además de éste, que se menciona en el evangelio de Juan, sea aquel en el que Pedro se estaba calentando la noche que negó a Jesús (18:18).

 

Jesús invitó a los discípulos a venir y a comer algo de desayuno, lo cual hicieron todos. Es pro­bable que el alimento pasara desapercibido, y que hayan experimentado un incómodo silencio mientras comían. ¿Qué se le puede decir a alguien que ha estado muerto y ha vuelto a la vida? ¿Es posible que pueda haber algo tan importante de qué hablar, cuando es el Hijo de Dios el que le está dando de comer su desayuno?

 

LA CONFRONTACIÓN (21:15)

   Cuando los discípulos estaban terminando su comida. Jesús se volvió a Pedro y le hizo la pregunta que éste más temía, pero que más necesitaba escuchar: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?" (21:15). Con esa simple pregunta Jesús dejó al descubierto el pecado de Pedro y abrió, como con lanceta, la herida espiritual que amenazaba con tomar el alma de Pedro. Si el pecado de Pedro no hubiera sido confrontado directamente, si él no se hubiera arrepentido de ese pecado, ni hubiera sido perdonado del mismo, el gran apóstol Pedro podría haberse pasado el resto de su vida lleno de amargura y sintiéndose destrozadohubiera sido simplemente otro pescador de Galilea. Jesús lo amaba demasiado como para dejar que esto le sucediera.

 

Es extraña la manera como nosotros tratamos de ocultar nuestro pecado y negar nuestra culpa. La gente siempre ha hecho eso; sin embargo ello jamás ha hecho bien alguno. En lugar de escapar del pecado, lo que en realidad obtenemos, es que acabamos de darle a éste más fuerza sobre nosotros al pretender que no existe.

 

La película de Walt Disney, El rey león, es un estudio de la fuerza del pecado y la vergüenza. Es la historia de un joven león llamado Simba, cuyo padre muere aplastado por una estampida de núes. El tío malo de Simba, un cobarde llamado Scar, desea ser el siguiente rey de la manada, pero él sabe que sólo puede llegar a serlo, si el joven Simba desaparece. Scar, conociendo el poder del pecado oculto, primero insinúa que su sobrino es el responsable de la muerte de su padre, cuando le pregunta a Simba: "¿Qué has hecho? ¿Qué irá a pensar tu madre?". Luego, cuando Simba pregunta qué debe hacer, Scar le dice: "¡Vete lejos!"lo cual él hace.

 

Después de varios años de huir de su culpa, Simba se llena de suficiente valentía como para regresar a su hogar y enfrentar su pasado. Una vez allí, él puede rescatar a su familia y restaurar la justicia en el reino de su padre.

 

Todo el tiempo que Sicar pudo mantenerlo huyendo de su culpa, él tuvo dominio sobre el joven Simba. No fue sino hasta que Simba enfrentó la verdad, que él pudo hallar la libertad (8:32).

 

El poder del pecado oculto es también el tema de la novela de Nataniel Hawthorne, intitulada La letra escarlata. Ubicada en la Nueva Inglaterra puritana, se trata de la historia de una mujer llamada Ester Prynne, la cual queda embarazada durante la ausencia de su esposo. Se lleva a cabo un proceso público en la comunidad, para debatir sobre la deshonra de ella, y dictar su sentencia. Aunque los ancianos de la aldea tratan de obligar a Ester a que revele quién es el padre de la criatura, ella obstinadamente se rehúsa. Su castigo consiste en que le cosan una letra "A" (inicial de "adulterio") color escarlata sobre el pecho de su vestido, y que la lleve puesta cada vez que salga en público. La primera vez que la lleva puesta, se le obliga a estar de pie durante horas sobre un andamiaje en el centro del pueblo. Es una sentencia terriblemente dolorosa para ella, pero acepta el castigo y prosigue con su vida.

 

Otra figura de la historia es el predicador Roger Dimmesdale. Siendo amado y respetado por todos, Dimmesdale tiene un doloroso secreto que cargar: Él es el padre de la criatura de Ester. A medida que la historia sigue, Dimmesdale trata de varios modos de escapar de la culpa por su pecado. Estudia y ora constantemente, y a veces, incluso, se golpea a sí mismo con un látigo, para tratar de expiar su pecado. No obstante, nada de esto le ayuda, y su salud se deteriora gradualmente. En la historia de estas dos personas, Ester comienza como una mujer destrozada, pero se fortalece gradualmente; Dimmesdale comienza como el hombre más respetado del pueblo, pero gradualmente se debilita, como si un cáncer espiritual le carcomiera el alma.

 

Un personaje extraño de la historia de Hawthorne, es Roger Chillingworth. Aunque la gente del pueblo no lo sabe, él es el extraño esposo de Ester. Este se propone como misión personal de su vida el lograr que el compañero de adulterio de Ester sea castigado. Descubriendo prontamente que el predicador es la otra parte culpable, Chillingworth "le ofrece su amistad", y le alienta, de muchas maneras sutiles, a mantener oculto su secreto.

 

Por fin, en la escena culminante al final del libro, Dimmesdale predica el más poderoso sermón de su vida. Cuando todos los miembros de la congregación salen del edificio de la iglesia, y andan juntos por las calles del pueblo, ellos pasan por el andamiaje donde Ester había estado de pie años atrás, con la letra "A" recién cosida a su vestido. Para asombro de todos, Dimmesdale se detiene, en aquel lugar de vergüenza, hace acopio de toda la valentía y fortaleza que todavía le quedan en su debilitado cuerpo, y llama a Ester y a su hija a que vengan a él. Chillingworth le ruega que se detenga, asegurándole que todavía está a tiempo de proteger su secreto.

 

   Llegado este momento, no obstante, Dimmesdale descubre que Chillingworth es un siervo del diablo, así que lo aparta de su camino. Luego él y Ester, y la hija de ambos suben hasta el andamiaje, y el predicador por fin habla francamente acerca de su pecado. Reconociendo que ha sido derrotado, Chillingworth le dice a Dimmesdale que aunque hubiera viajado por todo el mundo, ¡el único lugar donde había posibilidad de que él pudiera haber escapado de su alcance era el andamiaje de la confesión y el arrepentimiento!

 

El sacar a la luz su pecado, era lo que Dimmesdale había temido por tanto tiempo. Irónicamente, fue únicamente en la confesión de su pecado que él pudo hallar la libertad.

 

El Salmo 32, habla de esta misma relación, entre el enfrentamiento del pecado y la experiencia del momento cuando el alma es liberada del paralizante poder del pecado:

Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;

 

Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado (vv. 3-5).

Cuando Jesús le preguntó a Pedro si él lo amaba, él estaba sacando a relucir el doloroso tema de la jactancia exhibida por Pedro antes de que Jesús fuera arrestado, y de su terrible negación del Señor durante el proceso al que éste fue sometido. El evitar este difícil tema, habría sido lo más fácil, pero esto no hubiera obrado en beneficio de Pedro. El pecado secreto es destructivo, así que Jesús tuvo que sacar el pecado de Pedro a la luz, y tratarlo directamente.

LA RESTAURACIÓN (21:15-17)

Fueron tres las veces que Jesús le preguntó a Pedro si lo amaba. Tal vez fue con el fin de darle a Pedro la oportunidad de confesar su fe en Jesús, el mismo número de veces que él había negado al Señor anteriormente. Las primeras dos veces que Jesús hizo esta pregunta, él utilizó la palabra griega ágape, que significa "amor de Dios".1 Pedro respondió las dos veces con la palabra griega phileo, la cual significa "amor de amistad". En la última pregunta. Jesús utilizó la palabra phileo, y Pedro respondió utilizando la misma palabra. Agape es la forma más elevada de amor, Pero Jesús estaba diciendo que Dios podía aceptar el amor phileo, el cual era todo el que Pedro podía ofrecerle a Dios en aquel momento (tal vez porque Pedro tenía muy poca confianza en sí mismo).

 

Para entender el camino que nos lleva a ser restaurados del pecado, deberíamos hacer notar la pregunta que Jesús hizo: "¿Me amas?". Cuando hemos caído en pecado, somos tentados a hacernos muchas otras preguntas, las cuales sólo son distracciones de la verdadera. Nos preguntamos: "¿Fue culpa mía?"; "¿Fue mi pecado peor que el de los demás?"; "¿Qué daño ha causado mi pecado?"; "¿Me aceptarán los demás otra vez?"; "¿Qué me llevó a hacer esto?". Las preguntas son de nunca acabar. Cuando Jesús guió a Pedro a la restauración, él demostró que la pregunta más importante cuando uno se vuelve a Dios es la que éste nos hace: "¿Me amas?".

 

Cada vez que Pedro respondió la pregunta de Jesús, éste le encomendó una misión. Le dijo: "Apacienta mis corderos" (21:15), "Pastorea mis ovejas" (21:16), y "Apacienta mis ovejas" (21:17). Su perdón a Pedro no fue parcial; Pedro debía dejar atrás su pecado y una vez más tomar su puesto como apóstol de Jesús. Cuando nos volvemos de nuestros pecados hoy día. Jesús desea que hagamos lo mismo¡que volvamos a la obra en su reino!

LA INVITACIÓN (21:19)

La última etapa del camino de restauración, que Jesús le trazara a Pedro, llegó con la palabra: "Sígueme" (21:19). Jesús había utilizado esta palabra para llamar a sus discípulos desde el comienzo de su ministerio temprano, y él utilizó la misma palabra al cierre de su encuentro con Pedro en la playa aquella mañana. La expresión "¡Sígueme!" es la esencia de aquello a lo que Jesús llama a todos sus discípulos a hacer, incluyéndonos a nosotros. La expresión "¡Sígueme!" no es para describir un nivel de crecimiento; es para señalar una dirección. No tiene nada que ver con nuestro pasado ni es para compararnos con otros discípulos. No excluye a los débiles, ni a los jóvenes, ni a los inmaduros. Llama a todos, allí donde cada uno se encuentra en ese momento, a comenzar la marcha en dirección a Jesús. Pedro había andado un largo camino, pero había retrocedido una gran distancia. ¡En su triunfo y en su tragedia, el llamado que Jesús le hizo a Pedro fue el mismo: "Sígueme"! Este mandamiento directo es el llamado que Jesús hace hoy día.

CONCLUSIÓN

Su usted no ha llegado a ser cristiano todavía, el camino para serlo es sencillo y claro. Comienza con algo que la Biblia llama "fe" o "creencia". La fe implica depositar nuestra confianza en Jesús y someternos a su voluntad. La fe se expresa a sí misma en el arrepentimiento (la decisión de alejarse del pecado y acercarse a Juan escribió este evangelio con el fin de producir fe en nuestros corazones (20:30-31). ¿Habrá cumplido usted este propósito en su vida? ¿Cree usted en Jesús? ¿Ha llegado usted a ser cristiano? ¿Ha sido fortalecida su fe después de haber andado por este camino? Si así es, Jesús, sin duda, se regocija de que podamos "tener vida en su nombre".   

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