"Yo no hallo en él ningún delito"

(Juan 18:1-19,16) Juan, el camino de fe

(Lección 32)

 

Cada cántico causa una impresión propia que lo distingue de los demás. Hay cánticos que lo hacen reír a uno, y hay otros que lo pueden hacer llorar. Hay algunos que le recuerdan los mejores días de su vida, y hay otros que le pueden hacer recordar momentos cuando su corazón se le destrozó. Esto es algo que sabemos y esperamos de los cánticos, pero también deberíamos esperarlo de pasajes de la Biblia. Ellos también tienen su forma particular de causar sus propias impresiones. El texto de este estudio es uno de los más angustiantes y dolorosos pasajes de las Es­crituras.

 

Hemos leído diecisiete capítulos del relato sobre la vida y ministerio de Jesús. Juan informó de lo que Jesús dijo e hizo, organizando su relato de modo tal que hiciera nacer la fe en el corazón de los lectores. Al comienzo del capítulo dieciocho. Jesús estaba diri­giéndose decididamente hacia la cruz, la cual constituía la meta y propósito expresos de su vida. Esta sección, emocionalmente difícil, nos habla de tres procesos que tuvieron lugar durante las horas anteriores a la crucifixión de Jesús: el proceso a Jesús, a Pedro y a Pilato. Estos procesos están entre­lazados como una cuerda de tres dobleces, juntos, contienen el mensaje de Dios acerca de su Hijo, y de la importancia de creer en él.

EL PROCESO A JESÚS

Después de haber pasado la noche comiendo y orando con sus discípulos. Jesús los llevó fuera de la ciudad, "al otro lado del torrente de Cedrón" (18:1), hasta un huerto donde él y sus discípulos habían venido a menudo a orar. Es obvio que Jesús orquestó su propio arresto. Sus enemigos creyeron que ellos lo estaban embaucando al arrestarlo de noche, cuando las multitudes no estuvieran presentes para protegerlo. En realidad, fue Jesús el que le facilitó a Judas, y a los soldados, el poder encontrarlo a él tan fácilmente.

 

El grupo de búsqueda se componía de soldados dirigidos por los principales sacerdotes y los fariseos. Cuando ellos llegaron al huerto, llevaban lámparas, antorchas y armas. Jesús les preguntó: "¿A quién buscáis?" (18:4), y ellos respondieron: "A Jesús nazareno" (18:5). Cuando él respondió: "Yo soy" (18:5), retrocedieron, y cayeron a tierra. Nuevamente Jesús les preguntó a quién buscaban, y otra vez respondieron: "A Jesús nazareno" (18:7). Una vez más. Jesús les informó de que él era el hombre que buscaban. Por fin, prendieron a Jesús, le ataron, y lo llevaron de regreso a Jerusalén para ser Juzgado. Su comportamiento no era el de un hombre que estuviera evitando ser arrestado; era el comportamiento confiado de un hombre que sabía cuan importante era que los eventos de aquella noche tuvieran lugar.

 

La primera estación del proceso a Jesús fue en la casa de Anas, el suegro del sumo sacerdote, Caifas, y que había sido sumo sacerdote él mismo. El hecho de que Jesús fuera llevado primero a la casa de Anas, probablemente sea una indicación de que, aunque Caifas ostentaba el título, era Anas el que todavía tenía la autoridad. En la casa de Anás, Jesús fue interrogado acerca de sus enseñanzas y acerca de los seguidores que había atraído. Cuando les dijo que no tenía secretos y que sus enseñanzas habían sido públicas, para que todos las oyeran y evaluaran, uno de los oficiales le dio una bofetada a Jesús por haberle "faltado el respeto" a Anas. Después, Anas envió a Jesús, con sus manos todavía atadas, a Caifas.

 

De la casa de Caifas, Jesús fue llevado a la residencia del gobernador romano, un lugar conocido como "el pretorio" (18:28).  Lo que siguió hubiera sido chistoso, de no ser porque estaba en juego la vida de Jesús. Para los Judíos, el pretorio era considerado la casa de un gentil. Para cualquier Judío era inconcebible entrar en tal lugar, y ¡menos para el tiempo de la pascua!3 Pilato tuvo que salir de su propia casa, con el fin de poder hablar con los líderes judíos que lo llamaron para que aprobara la muerte de Jesús. Durante las horas que siguieron, Pilato entró y salió varias veces, tratando de encontrarle sentido a los eventos, y buscando desesperadamente alguna forma de liberar a Jesús.

 

Al comienzo, esto fue lo que Pilato les dijo a los líderes Judíos: "Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra propia ley" (18:31). No obstante, ellos querían hacer morir a Jesús, y esto era algo para lo cual sólo el gobernador romano tenía autoridad. Pilato hizo que le trajeran a Jesús adentro, y comenzó a interrogarlo. Le preguntó: "¿Eres tú el Rey de los Judíos?" (18:33). Como Jesús no le dio una respuesta directa, Pilato explotó: "¿Soy acaso judío?" (18:35).  Jesús, entonces, le respondió:

Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos, pero mi reino no es de aquí (18:36).

   Después de este frustrante intercambio de palabras con Jesús, Pilato "salió otra vez" (18:38) y les dijo a los líderes judíos que él no hallaba ningún delito en Jesús (¡No se daba cuenta cuan correcto estaba en relación con esto!).

 

Pilato había tenido la esperanza de que su interrogatorio de Jesús dejara satisfechos a los que lo habían traído allí para ser procesado. No fue así. Cuando les ofreció una salida con la cual esperaba quedar bien, los líderes se rehusaron a aceptarla, pidiendo, más bien, que les soltaran a un homicida'1 y demandando que Jesús fuera crucificado. Frustrado en sus esfuerzos de quedar bien con los acusadores de Jesús, Pilato hizo que le azotaran y dejó que sus soldados lo golpearan y ridiculizaran. Este fue el momento cuando la corona de espinas y el manto de púrpura fueron colocados en el Salvador.

 

Cuando Jesús llevaba puestos aquel humillante manto y corona, Pilato hizo que se le llevara afuera y se le mostrara a los líderes judíos. Si con esto esperaba que por fin se aplacara el odio que ellos le tenían a Jesús, estaba equivocado. Nuevamente, clamaron: "¡Crucifícale! ¡Crucifícale!" (19:6). Pilato les dijo que lo hicieran ellos. Le informaron a Pilato que Jesús había afirmado ser el Hijo de Dios. En lugar de causar que Pilato quisiera ejecutarlo, esta información llenó de miedo al gobernador. Aunque Pilato no creía en el Dios de los judíos, ¡él no quería causarle ira a Dios alguno por matarle su hijo!

 

En su búsqueda de la escurridiza solución al molesto problema de qué hacer con Jesús, Pilato le llevó dentro del pretorio y comenzó a interrogarlo una vez más. Esta vez, cuando Jesús se rehusó a responderle a sus preguntas, Pilato dijo (¡es pro­bable que gritara!): "¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?" (19:10). Jesús respondió: "Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene" (19:11).  Llegado este momento, Pilato se esforzó más por encontrar una manera de soltar a Jesús.

 

Cuando los líderes judíos rechazaron el último esfuerzo de Pilato por liberar a Jesús, él no pudo tolerarlo más. Tomó a Jesús a un lugar llamado Gabata, donde se llevaban a cabo juicios oficiales. Llegado a ese lugar dijo: "¡He aquí vuestro rey!" (19:14) y lo entregó para que fuera crucificado. El proceso a Jesús había terminado.

 

En términos jurídicos, los procedimientos seguidos aquella noche constituían una desgracia y una tragedia. En el proceso, tal como Juan lo presentó, ¡se probó que Jesús era inocente! El poder y la política prevalecieron sobre la verdad y la razón. Un inocente fue condenado a morir, simple­mente por haber puesto nerviosas a ciertas perso­nas a las que no debió poner así. Los cristianos, no obstante, tienen un punto de vista diferente sobre los eventos de aquella noche y la mañana siguiente. Lo vemos principalmente, no como una terrible tragedia, sino como un generoso regalo. Juan enfatizó que la vida de Jesús no le fue quitada; sino que él, de sí mismo la puso.

EL PROCESO A PEDRO

El segundo proceso de aquella noche fue la prueba espiritual sufrida por Pedro. Retomamos el relato que concierne a éste, cuando Jesús les lavaba los pies a los discípulos. Pedro, fiel a su modo de ser, reaccionó impetuosamente, primero, impidiéndole a Jesús que éste le lavara sus pies, y luego, pidiéndole a Jesús que le lavara todo su cuerpo (13:6-9). Más adelante, cuando Jesús les dijo a sus discípulos que él iba a un lugar, al cual ellos no podían seguirle, Pedro insistió en que no había nada que le impidiera seguir a su maestro. "Señor", dijo, "¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti" (13:37). Jesús luego profetizó: "¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces" (13:38). Pedro no se imaginaba lo que iba a estar diciendo y haciendo en unas pocas horas.

 

Más adelante, aquella noche, en el huerto, Pedro estaba preparado para pelear con los soldados que venían a arrestarlo (18:10). Tomando una espada, hirió a un hombre llamado Maleo, un siervo del sumo sacerdote. Aunque es probable que el propósito de Pedro era cortarle la cabeza al siervo, él sólo atinó a asestarle un golpe de espada oblicuo y a cortarle la oreja derecha al hombre. La pelea terminó tan pronto como comenzó; Jesús le dijo a Pedro que metiera su espada a la vaina. A estas alturas del relato, Pedro todavía parecía el más valiente y más valeroso de los discípulos.

 

El proceso personal al que Pedro estaba siendo expuesto, se intensifico cuando Jesús fue llevado a la casa del sumo sacerdote. Juan explicó que Pedro estaba ya dentro del patio cuando los siguientes eventos tuvieron lugar (18:15-16). Una criada que servía a la puerta, le preguntó a Pedro cuando éste entraba: "¿No eres tú también de los discípulos de este hombre?" (18:17). El respondió: "No lo soy". El hombre que hacía pocos momentos, había estado listo para pelear en contra de un grupo de soldados, que habían sido enviados a arrestar a Jesús, ¡estaba ahora sintiéndose intimidado por una joven criada!

 

La noche era fría, así que, los siervos y los soldados hicieron un fuego para calentarse alrededor del mismo. Pedro estaba con aquella gente alrededor del fuego, calentándose, cuando uno de ellos le dijo: "¿No eres tú de sus discípulos?" (18:25). Por segunda vez, Pedro negó cualquier relación con Jesús, diciendo: "No lo soy". Estaba Pedro todavía tragándose la amargura de su segunda negación, cuando otro siervo habló, siendo éste uno de los testigos de los eventos del huerto, y un pariente del hombre a quien Pedro había cortado la oreja con su espada: "¿No te vi yo en el huerto con él?" (18:26), preguntó el hombre. Esto fue lo que Juan anotó: "Negó Pedro otra vez; y en seguida cantó el gallo" (18:27). Jesús fue procesado y hallado inocente, en cambio Pedro fue procesado, y hallado cobarde.

Los evangelios deben ser leídos siempre en tres diferentes niveles. En el primer nivel está la pregunta acerca de lo que sucedió en la vida de Jesús. En el segundo nivel está el tema de lo que el escritor del evangelio quería que la iglesia primitiva aprendiera de esta nueva relación de los hechos. En el tercer nivel, deberíamos preguntarnos qué es lo que significa este evangelio para nuestras vidas hoy día.

 

Una lectura de "primer nivel" del proceso a Pedro, nos dice que éste negó a Jesús tres veces. Una lectura de "segundo nivel" nos lleva a un mensaje, que ya ha sido presentado varias veces en este evangelio, y éste es, que los cristianos deben estar dispuestos a demostrar su fe en público, aún cuando el hacerlo así pueda atraer severa persecución. Nuestra lectura de "tercer nivel" nos llama a ser audaces con nuestra fe, y a confesar nuestro compromiso con Jesús, aún cuando el mundo nos pueda ridiculizar o lastimar.

 

EL PROCESO A PILATO

Para el observador casual, aquella noche. Jesús era él único que estaba siendo procesado. No ob­stante, el evangelio de Juan muestra que, a su propia manera, tanto Pedro como Pilato también estaban siendo procesados. A Pedro se le estaba sometiendo a prueba su compromiso con Cristo, y Pilato estaba viéndoselas con la pregunta más grande de todos los tiempos: "¿Qué hará usted con Jesús?". En cuestión de unas pocas horas, Pilato tuvo que hacerle frente a todas las preguntas de las que, por un período de tres años de andar con Jesús, los discípulos de éste habían tenido que ocuparse.

 

Cuando Jesús fue llevado a comparecer ante Pilato, las primeras palabras del gobernador fueron: "Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley" (18:31). A Pilato no le importaban los judíos ni las constantes polémicas de éstos. No obstante, el problema relacionado con Jesús no daba visos de desaparecer, así que Pilato pasó las siguientes horas tratando de resolver pacíficamente esta "polémica entre judíos". Durante el tiempo que duró intentado una solución, él tuvo que batallar con la pregunta acerca de qué hacer con Jesús.

 

La primera respuesta de Pilato, como ya lo hemos visto (18:31), se caracterizó por la apatía. No le importaba Jesús de algún modo u otro. Una actitud de apatía en cuanto a Jesús es la que más comúnmente percibimos hoy día. La mayoría de la gente preferiría no pensar en él en absoluto. No obstante, Pilato no pudo evitar tener que tomar una decisión en cuanto a Jesús, ¡ni tampoco podemos nosotros hoy día!

 

La segunda respuesta de Pilato a Jesús, se caracterizó por el desprecio. Durante el primer interrogatorio que el gobernador le hizo a Jesús, esto fue lo que le dijo: "¿Soy yo acaso Judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?" (18:35). Para Pilato, Jesús era simplemente otro judío proble­mático. Muchos, incluso hoy día, han mirado a Jesús del mismo modo. Lo único que pueden sentir por Jesús y sus enseñanzas es desprecio.

 

La siguiente respuesta de Pilato se caracterizó por la esquivez. Después de interrogarlo la primera vez, él trató de maniobrar para salirse de la incómoda posición de tener que tomar una decisión acerca del nazareno. Cuando propuso la solución de liberar a Jesús por causa de la pascua (18:38-39), Pilato sólo estaba tratando de evitar dar un fallo en firme sobre él. ¿Ha visto usted esta misma reacción hoy día? ¡La gente se refugia en su trabajo, en su recreación, en su música o en sus fiestas con el fin de evitar tener que hacer algo acerca de Jesús!

 

La cuarta respuesta de Pilato se caracterizó por el temor. Cuando oyó que Jesús había afirmado ser Hijo de Dios, Pilato tuvo miedo (19.8). Aunque Pilato tenía autoridad sobre todos los judíos, ya sea para hacerlos morir, así como para dejarlos vivir, ¡se llenó de miedo por el galileo en cadenas que tenía delante de sí! Conozco varios misioneros que han entrado en países, en cuyas fronteras se colocan rótulos que dicen: "¡Advertencia!, ¡No se permiten armas ni Biblias!". Hasta los más poderosos gobiernos tiemblan ante el poder del evangelio de Jesucristo hoy día, pues le temen a éste tanto o más que a las armas de guerra.

 

Por último, Pilato le respondió a Jesús cediendo a la presión ejercida por los líderes judíos. Pilato sabía que Jesús era inocente, pero no tuvo la valentía suficiente como para estar firme y hacer lo correcto. En su lugar, eligió la salida más cómoda y dejó que Jesús fuera crucificado. De este modo, los relatos que conciernen a Pedro y a Pilato son semejantes.

 

El relato que concierne a Pilato ilustra que nadie puede evitar tomar una decisión acerca de Jesús. Podemos tratar de pasarlo por alto, pero él no dejará que se le pase por alto. En algún momento nos veremos obligados a decirle "Sí" o "No" a él. Todos nosotros enfrentamos presiones a volvernos en contra suya o, por lo menos, a distanciarnos de él, y todos todavía tendremos que decidir lo que habremos de hacer con él.

CONCLUSIÓN

   Los tres procesos que hemos considerado describen el evangelio y nuestra respuesta a éste. Jesús fue sometido a un proceso y fue hallado inocente. Usted y yo, al igual que Pedro y Pilato, estamos sometidos a un proceso. La pregunta que se nos plantea es esta: "¿Nos mantendremos firmes en defensa del que murió por nosotros?". ¿Cuando se nos ejerza presión en sentido contrario, seremos lo suficientemente fuertes como para decir: "Soy un discípulo de Jesús de Nazaretw? No podemos evitar el tomar una decisión acerca de él. ¿Qué hará usted con Jesús?  cisnerosme@yahoo.com.mx    http://henrycis.net