"Yo he creído"

(Juan 11:1-57) Juan, el camino de la fe

 (Lección 23)

 

     ¡El amor es siempre iniciar de nuevo! Uno puede creer que conoce el amor cuando, siendo niño, está seguro en los brazos de su madre. Una adolescente puede creer que halló el amor en su primer enamorado. Un hombre puede estar seguro de haber descubierto el amor más grande cuando halla la mujer con la que desea casarse. El amor puede parecer perfecto cuando los padres sostienen en brazos a su recién nacido. Podemos creer que por fin hemos descubierto lo que hace verdadero el amor, cuando hemos sufrido una terrible adversidad junto a otro. El amor, según parece, es siempre empezar de nuevo.

 

LA FE ES SIEMPRE EMPEZAR (11:15)

     La fe es parecida al amor en que también es siempre empezar. Por ejemplo, en el evangelio de Juan, los discípulos ya habían llegado a tener fe en Jesús para cuando arribamos al capítulo once. Andrés creyó el día que dejó a Juan el Bautista para seguir a Jesús (1:41). Felipe creyó el día que Jesús lo llamó (1:45), y Natanael creyó cuando Jesús le dijo que lo había visto debajo de la higuera (1:49). Los discípulos que estaban en las bodas de Cana, creyeron cuando vieron a Jesús convertir el agua en vino (2:11). Se nos dice también que Pedro y los otros discípulos que fueron testigos de la alimentación de los cinco mil, y oyeron el sermón del pan de vida, igualmente creyeron (6:69). A pesar de todas estas declaraciones de fe. Jesús les dijo a sus discípulos que se alegraba por la oportunidad de resucitar a Lázaro para que ellos creyeran (11:15).

 

La fe es asísiempre está empezando. Muchos de nosotros ya creemos, por lo menos hasta cierto grado. Entonces, en algún momento de nuestras vidas, enfrentamos algo tan poderosamente trans­formador que no volvemos a ver la fe de la misma manera de nuevo. Un encuentro así podría ser una bendición o una prueba, el nacimiento de un niño o una caída desde una altura de quince metros. De pronto, vemos todo de un modo diferente, y parece que la fe empieza de nuevo.

 

Hoy el evangelio de Juan nos llama a creer (20:31). Muchos escuchamos ese llamado y decimos: "Yo ya creo". No obstante, si escuchamos, y buscamos, y seguimos, puede que descubramos que la fe apenas está empezando en nosotros.

LA FE ESTÁ LLENA DE PROMESA (11:25-26, 40)

Cuando Marta se encontró con Jesús en las afueras de Betania, su hermano ya llevaba cuatro días de estar en el sepulcro. Ella se lamentaba de que si Jesús hubiese estado allí, su hermano no hubiese muerto. En respuesta a su dolor, Jesús le dijo: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?" (11:25-26). Las palabras de Jesús proveen una poderosa motivación para creer. La fe es trabajo duro y una persona perezosa simplemente no hará el esfuerzo. No creemos simplemente porque queremos creer, pero jamás creeremos si no queremos creer. La fe entraña dedicación, obediencia, sacrificio, y a veces, lágrimas. Sin embargo, es una rica promesa la que se nos hace a todos los que creemos.

 

En relación a esto, la fe es como el trabajo duro en la universidad; el estudiante lo hace por la promesa de que obtendrá un empleo bien remu­nerado. El trabajo duro en nuestros estudios es recompensado con una buena paga o un ascenso laboral. No se equivoque con esto: La fe no hace que se gane recompensa, pero son las promesas de Dios las que nos motivan a continuar en el largo, difícil y a veces atribulado camino a la fe.

LA FE SE CENTRA EN JESÚS (11:27, 42)

       La fe de Juan nos mueve hacia la fe en Jesús. Lo que necesitamos, no es fe en nuestros padres, ni fe en los apóstoles, ni fe en otros cristianos, ni fe en la iglesia, ni siquiera fe en la fe. Por el contrario, es fe en Jesús lo que necesitamos.

 

En la poderosa declaración de fe que hace Marta, ella le dice a Jesús, "...yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo" (11:27; énfasis nuestro).

 

      Cuando Jesús, sus discípulos. Marta, María, y la multitud de dolientes estaban a la entrada de la tumba de Lázaro, Jesús oró al Padre diciendo: "Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado" (11:42) Esto es consecuente con el resto del evangelio de Juan, cuyo propósito es producir fe en "que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios" (20:31).

 

      John Patón fue un misionero en Afrecha que enseñó y bautizó a mucha gente. Dado que la Biblia no estaba disponible en la lengua de la gente a la que le enseñaba. Patón empezó el largo y difícil proceso de traducir la Biblia. La labor iba bien hasta que empezó a tratar de traducir la palabra "creer". Tan extraño como suena, no había palabra en ese lenguaje que se tradujera por "creer". ¿Cómo podría alguien traducir la Biblia sin una palabra para "creer"?

Entonces, un día, mientras Patón trataba con este problema lingüístico, un cristiano de la aldea vino a visitarlo. Este hombre había estado trabajando todo el día y estaba exhausto. Al sentarse mostró en su cara una expresión de gran alivio y dijo, "se siente tan bien apoyar todo el peso de uno sobre algo". Patón se dio cuenta de que había encontrado una expresión para "creer": Creer es "apoyar todo su peso sobre Jesús". La fe se centra en Jesús y en nada menos.

LA FE ES DIVISIVA (11:45-46)

Mientras la gente estaba afuera del sepulcro de Lázaro y lo veían salir vivo, se les presentó una inevitable disyuntiva. Habían visto a Lázaro muerto, lo habían preparado para su sepultura, lo habían puesto en el sepulcro, y habían colocado una piedra a la entrada de la cueva. Fueron testigos de esos eventos. Luego, debido al milagro de Jesús, esta misma gente fueron testigos de la resurrección de Lázaro. ¿Creerían ahora? No podían evitar tomar una decisión.

 

   Juan escribió lo siguiente sobre la división que ocurrió entre los que observaron el milagro ese día:

Entonces muchos de los judíos que habían venido para acompañar a María, y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él. Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho (11:45-46).

      Asombrosamente, toda esta gente fueron testigos de los mismos eventos pero reaccionaron de maneras opuestas. Algunos vieron que estaban ante la presencia del poder de Dios, así que pusieron su fe en Jesús ese día. Otros sólo "vieron" un chisme bien gordo y se apresuraron a ir a Jerusalén a contarles a los líderes judíos acerca del revuelo causado por Jesús. La división causada entre la gente ese día no es una parte insignificante del relato. Por el contrario, la división es la naturaleza misma del relato sobre Jesús: Cuando la gente escucha acerca de Jesús, se ven forzados a tomar una decisión, de un modo u otro, acerca de quién verdaderamente es él. No hay territorio neutral.

 

Jesús y el apóstol Juan nos presionan in­cesantemente a tomar una decisión. ¿Es Jesús el Hijo de Dios, o fue él un fraude? O él es divino, o fue un blasfemo que merecía morir. ¿Por cuál se va a decidir usted?

 

LA FE ES AMENAZADORA (11:48)

Algunos de los que habían sido testigos de la resurrección de Lázaro fueron a los principales sacerdotes y los fariseos que estaban en Jerusalén, para decirles sobre lo que el maestro de Nazareth había hecho. Cuando daban su informe, se quejaban: "Si le dejamos así, todos creerán en él, y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar. santo y nuestra nación" (11:48). Se daban cuenta de que la fe en Jesús transformaría vidas, transformaría familias e, incluso, transformaría a la nación. Se daban cuentatal vez más de lo que muchos cristianos hoy día se dan de cuan "peligrosa" es la fe. Una antigua canción sobre el amor dice que éste "te inspirará, jamás te deprimirá, tomará tu mundo y completamente te lo transformará". Lo mismo debe decirse acerca de la fe en Jesús.

 

La tendencia hoy día es a esperar lo más mínimo en lo que concierne a la fe. Muchos cristianos han hecho la fe muy fácil, muy suave, muy poco exigente. Wilbur Rees expresó esta tendencia mediante el siguiente párrafo de carácter sarcástico:

Me gustaría comprar el equivalente de tres dólares en Dios, por favor, no lo suficiente como para hacer estallar mi alma o perturbar mi sueño, sino justo lo suficiente para equivaler a una taza de leche caliente o a una siesta a la luz del sol. No quiero lo suficiente de él como para hacer que ame a un negro ni para hacer que recolecte remolachas con un inmigrante. Quiero éxtasis, no transformación; quiero el calor del vientre, no un nuevo nacimiento. Quiero una libra del Eterno en una bolsa de papel. Me gustaría comprar tres dólares de Dios, por favor.

 

La fe a la cual Jesús nos invita, bien puede transformar la totalidad de nuestras vidas. Juan quería estar seguro de que nosotros enten­diéramos los posibles costos que implicaba el seguir a Jesús. Puede que suframos, puede que seamos perseguidos y puede que perdamos todo lo que poseemos. ¡En comparación con las ricas promesas de la fe, los costos parecen raramente insignificantes!. Fin.  cisnerosme@yahoo.com.mx    http://henrycis.net