"Yo y el Padre uno somos" (Juan 10:22-42)

 

Juan, el camino de la fe

(Lección 20)

 

Durante su breve pero espectacular vida, Alejandro Magno conquistó la mayor parte del mundo conocido de su tiempo. Cuando murió en el 323 a.C., a la edad de treinta y tres años, él dejó su imperio en manos de sus generales de mayor confianza. Uno de ellos, Seleuco I, llegó a ser el gobernante de Siria, y fundó la dinastía relucida. Muchos años después, uno de sus descendientes, Antíoco Epífanes, llegó al poder y dio comienzo a la expansión de sus dominios invadiendo Egipto. Después de su exitosa conquista de Egipto, marchó contra Jerusalén en el 169 a.C. Después de su llegada allí, él entró al santuario y tomó todos los objetos valiosos.

 

No obstante, el saqueo del templo de los judíos no satisfizo a Antíoco Epífanes. Procedió a insistir en que todos los pueblos de su imperio renunciaran a sus diferentes costumbres y religiones, y llegaran a ser un solo pueblo que hablara el idioma griego, observara las costumbres griegas, y practicara la religión griega.  Para lograr esto, él les ordenó a los judíos que dejaran de hacerles sacrificios a su Dios, de circuncidar a sus hijos, y de observar el día de reposo. El altar que estaba en el templo fue profanado sacrificando un cerdo (los judíos jamás sacrificarían un animal inmundo a Dios) sobre él, y los libros de la ley que fueron descubiertos, fueron quemados. Sin duda fue una de las horas más negras de la historia de Israel:

Según el decreto, ellos mataban a las mujeres que hacían circuncidarse a sus hijos, y a sus familias y a los que los circuncidaran; y colgaban a los infantes del cuello de sus madres. Pero muchos de Israel se mantuvieron firmes y estaban resueltos en sus corazones a no comer alimento inmundo. Ellos eligieron morir antes que ser contaminados por el alimento o profanar el santo pacto; y ellos murieron. Y una gran ira se cernió sobre Israel.

 

Entre los judíos que se "mantuvieron firmes" había un sacerdote llamado Matatías. Éste y sus cinco hijos se oponían a las órdenes de Antíoco Epífanes y se vieron obligados a huir a las colinas. Pronto, vino gente de todo el país a unírseles y a prepararse para una pelea en contra de los sirios. Cuando Matatías murió en el 167 a.C., su hijo, Judas Macabeo, llegó a ser el líder de la revuelta. Los judíos, actuando bajo el liderazgo de éste, superaron algunos obstáculos iniciales y echaron a los sirios, reclamando para sí la tierra y el templo de ellos. Cuando eventualmente culminaron con éxito la expulsión de los sirios de Jerusalén, la primera acción a emprender fue la purificación del templo que había sido profanado por Antíoco Epífanes. "Luego dijeron Judas y los hermanos de éste: He aquí, nuestros enemigos han sido aplastados; subamos y purifiquemos el santuario y dediquémoslo". Cuando la purificación y rededicación del templo fueron completadas. Judas y sus hermanos decidieron que cada año, el pueblo debía tener una celebración de la dedicación del templo, por un período de ocho días. Esta fiesta de dedicación llegó a ser un tiempo en el que Israel celebraba su liberación y conmemoraba la rededicación del templo y del altar a Dios. Hoy día, esta celebración es conocida para los Judíos como el Hanukkah.

 

Casi doscientos años después de la primera fiesta de dedicación,  Jesús llegó al templo a unirse a esta celebración. En esa ocasión, el habló audazmente acerca de quién era él y acerca de por qué había venido. Igual como sucedió en la primera parte de Juan 10, entre más habló Jesús, más tirante se puso la situación. El continuó obligando a sus oyentes a tomar una decisión respecto de él. Algunos creían en él, pero otrosprimordialmente los líderes judíos no creían, sino que se enojaban más y más con cada palabra que él decía. En los encuentros registrados en este texto, 10:22-42, Juan incluyó tres acciones amenazadoras tomadas por los oponentes de Jesús, y las respuestas de él a ellas.

Y LE RODEARON (10:22-30)

Cuando Jesús andaba por el atrio del templo conocido como el pórtico de Salomón, "le rodearon los judíos" (10:24). Tal vez, una mejor traducción a estas alturas sería: "le sitiaron los Judíos". La palabra griega que se utiliza para referirse a "rodearon", aparece sólo cuatro veces en el Nuevo Testamento. En dos de estas ocasiones se utiliza para describir las acciones de un ejército invasor que se encuentra en el proceso de rodear y ponerle sitio a una ciudad amurallada. Los oponentes de Jesús estaban sitiando a éste como buitres que planeaban arrancar a picotazos la carne de sus huesos. Esta no era una agradable reunión de amigos; ¡era una amenazadora asamblea de sus peores enemigos!

 

Los líderes judíos incrédulos insistían en que Jesús les dijera si él era o no el Cristo. Ellos le rodearon y continuaron preguntándole: "¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente" (10:24). La tensión continuó creciendo entre Jesús y aquellos que deseaban destruirlo.

 

Al comienzo, pudo haber parecido que la pregunta de ellos era una que Jesús debió haber respondido directamente. No obstante, algunas preguntas no pueden ser respondidas con un simple "Si" o un simple "No". Las preguntas de ellos eran como preguntarle a alguien: "¿Has dejado de mentir?". Si su respuesta es "Sí", usted estará reconociendo que estaba mintiendo anteriormente. Si su respuesta es "No", ¡da la impresión de que usted continúa mintiendo! Tal pregunta debe ser respondida con una mayor explicación que un simple "Sí" o un simple "No". En los tiempos de Jesús, la gente tenía un entendimiento diferente de lo que la expresión "el Cristo" significaba. Si Jesús les decía: "Sí, yo soy el Cristo", él sería terriblemente malentendido por las personas que esperaban que "el Cristo" fuera un poderoso rey terrenal como David o Salomón. Si decía: "No", estaría negando la verdad acerca de sí mismo. Al planteársele tal dilema. Jesús respondió con unas palabras que los sinceros buscadores de Dios entenderían, sin darle a sus oponentes razones que pudieran usar en contra suya. Utilizando la figura de un pastor y sus ovejas, tal como la había utilizado en Juan 10, Jesús dijo: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen" (10:27).

 

En otro lugar. Jesús dijo que si la gente verda­deramente "pedía, buscaba y llamaba", ellos "recibirían, hallarían y se les abrirían" las puertas que llevan a la fe (Mateo 7:7-8). La fe incluye el intelecto, pero incluye más que esto. Un corazón abierto y una obediencia dispuesta son cruciales para el crecimiento de la fe.

 

Después, rodeado por airados, y críticos líderes judíos. Jesús dijo algo que los puso todavía más furiosos. Esto fue lo que declaró: "Yo y el Padre uno somos" (10:30). La palabra "uno" en este versículo, significa literalmente "una cosa",8 dando a entender que Jesús y el Padre eran una unidad. Jesús estaba nuevamente haciendo audaces afirmaciones acerca de su divinidad alegando que él era, en efecto, el Hijo de Dios. Aunque se encontraba rodeado por sus oponentes. Jesús se rehusó a retractarse sobre esta importante verdad que concernía a su naturaleza.

VOLVIERON A TOMAR PIEDRAS (10:31-38)

La afirmación de Jesús, en el sentido de que él y el Padre eran uno, fue más de lo que los Judíos podían soportar. Ellos comenzaron a tomar piedras (10:31), pues, ¡estaban lo suficientemente furiosos como para apedrearlo allí mismo en el templo! Convencidos de que las palabras de Jesús constituían una blasfemia, ellos se creían justificados en lo que hacían. A pesar de las piedras que sus acusadores tenían en sus manos, Jesús continuó proclamando la verdad de sus afirma­ciones en el sentido de ser el Hijo de Dios.

 

   A medida que el conflicto se intensificaba. Jesús les decía a sus oponentes: "Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?" (10:32). Ellos respondieron que no era por sus obras, sino que era por la blasfemia que estaban a punto de matarlo. Por lo menos, los líderes judíos entendían las profundas implicaciones de lo que Jesús estaba diciendo. Esto fue lo que dijeron: " ... tú, siendo hombre, te haces Dios" (10:33).  Si Jesús hubiera sido simplemente un "hombre, entonces, lo que ellos estaban diciendo hubiera sido cierto. No obstante, como era el Hijo de Dios, a él le asistía todo el derecho v toda la razón al hacer tales afirmaciones.

 

Jesús les respondió a sus oponentes poniéndolos en dificultades con las palabras del Salmo 82:6, donde el salmista había escrito: "Yo dije, dioses sois". Él argumentaba que si las Escrituras habían dicho esto acerca de aquellos en el pasado, entonces a él no se le podía culpar por utilizar las mismas palabras. Después de todo, proclamó, él era aquel "al que el Padre santificó y envió al mundo" (10:36).

 

Juan presentó a Jesús como uno que no cejó en su empeño por proclamar la verdad acerca de sí mismo. Aunque la gente estaba ya furiosa y todavía sostenían piedras en sus manos. Jesús siguió insistiendo en su argumento. Les dijo que tomaran en cuenta las obras y que consideraran si ellas eran obras típicas del Padre. El sostenía que como él estaba haciendo las obras del Padre, ellos debían creer en él cuando decía: "el Padre está en mí, y yo en el Padre" (10:38). El significado de todo esto era obvio para todos los que estaban cerca de él, en el templo, aquel día; ¡Jesús estaba nuevamente afirmando ser el Hijo de Dios! ¡Ni siquiera la amenaza de ser apedreado por la muchedumbre impidió que él les predicara la verdad acerca de sí mismo!

PROCURARON OTRA VEZ PRENDERLE (10:39-42)

     Los oponentes de Jesús trataron de prenderle, pero él se les escapó y terminó siendo el "ganador" de otra disputa con los líderes Judíos. Jesús continuó demostrando que él pondría su vida en el momento que él lo decidiera, no cuando sus oponentes pensaban que podían arrebatársela (10:17-18). No se nos dice cómo fue que Jesús lo logró, pero de alguna manera él "se escapó de sus manos" (10:39).

 

   Después de la confrontación sostenida en el templo. Jesús cruzó el río Jordán al lugar donde Juan el Bautista había llevado a cabo su eficaz ministerio de predicación. En este momento, la mayor parte del ministerio público de Jesús en Jerusalén, había llegado a su fin. Sus afirmaciones habían sido proclamadas, y las condiciones de la batalla habían sido fijadas. La gente estaba profundamente dividida acerca de Jesús. Para unos él era el Hijo de Dios, y para otros, él parecía ser un diablo salido del infierno.

 

Estando junto -al río Jordán, mucha gente vino a él. Esto constituyó un acto de fe de parte de ellos. Esto es lo que decían: "Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad" (10:41). Las palabras de ellos, daban a entender que Juan no había hecho ninguna señal, en contraste con Jesús, el cual había hecho muchas señales. Es importante hacer notar que, en el capítulo diez, la palabra especial que Juan utilizó para referirse a "señal" aparece por primera vez hasta en el versículo cuarenta y uno. Anteriormente, en el capítulo, los milagros de Jesús fueron llamados "obras", pues éstas no habían dado el fruto de la fe en los corazones de los que las habían visto. No obstante, donde la fe en Jesús se describe en el versículo cuarenta y uno, la palabra "señal" reaparece.

 

La conclusión de todos los eventos del capítulo diez es que "muchos creyeron en él allí" (10:42). A medida que el relato avanza, el lector del evangelio de Juan descubre que la expresión "muchos creyeron" puede tener diferentes significados, lo cual es casi como la pareja que ha estado unida en matrimonio por cincuenta años, y echa una mirada al pasado y recuerda los diferentes significados que la expresión "Te amo" ha tenido en sus vidas.

 

En este momento del evangelio de Juan, los que creían en Jesús habían llegado a entender que el contenido de la verdadera fe es que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. También habían llegado a entender que el costo que conllevaba esta fe podía ser el conflicto, la división, e incluso la amenaza de muerte. Después de todo, los vemos al final del capítulo, con una banda de marginados en el desierto, que siguen a aquel en quien habían llegado a creer.

   Aunque Juan presentó un vigoroso mensaje acerca de cuan costosa la fe puede ser, su mensaje es, al mismo tiempo, uno de aliento. El quiso que nosotros entendiéramos que tendremos oposición por ser creyentes en Cristo. No obstante, la oposición no debería sorprendernos ni oprimir nuestro espíritu. Además, el ejemplo de Jesús es en el sentido de que nos mantengamos firmes en la verdad que creemosaun cuando seamos perseguidos. Su constante respuesta a la oposición violenta fue el hablar la verdad, y nosotros deberíamos hacer lo mismo.

CONCLUSIÓN

   La totalidad del episodio anterior tuvo lugar durante la fiesta de dedicación. Es irónico que, precisamente cuando Jesús se hizo presente para celebrar el que Dios liberara a su pueblo, ese mismo pueblo lo tratara de inicuo blasfemador. Los líderes judíos lo consideraban un hombre peligroso y un vil hereje. No se daban cuenta de que Jesús pronto iría a la cruz para proporcionarles verdadera liberación. No se daban cuenta de que él pronto derramaría su propia sangreno la sangre de animales para la purificación de su pueblo. No apreciaban el hecho de que era al Cordero de Dios sin pecado y sin mancha, al cual trataban de matar ese día. ¡Hoy día podemos considerar esos mismos hechos desde la perspectiva en que nos encontramos, y sabemos que ellos constituyen la esencia del evangelio!.      cisnerosme@yahoo.com.mx    http://henrycis.net