“Una cosa sé”

 (Juan 9:6-41)

 

Juan, el camino de la fe

 

Lección 18

 

Hay momentos en los cuales las "oraciones contestadas" pueden complicar nuestras vidas. Algo de lo cual teníamos certeza que nos iba a mejorar nuestra vida puede en realidad traerle dificultades. Tome por ejemplo a las personas que ganan la lotería. Hace algunos años, el New York Times Sunday Magazine publicó un reportaje sobre ganadores de lotería y de la manera como la experiencia de ganar la lotería había afectado las vidas de ellos. Se descubrió que estas personas consideraban el ganar la lotería una bendición agridulce. El dinero les había permitido comprar lindas casas y lindos autos, pero también les había creado problemas que no esperaban.

 

La mayoría de los ganadores de lotería habían hecho instalar, rápidamente, líneas telefónicas privadas con el fin de evitarse llamadas de fami­liares, hacía tiempo olvidados, que andaban en búsqueda de préstamos, de consejeros de las finanzas que pretendían tener la "perfecta" estrategia para la inversión de la inesperada suerte, y de personas con historias de mala suerte que deseaban dinero. Un hombre en particular, Donald Blakeley, era un ingeniero eléctrico que había ganado 4.2 millones de dólares en 1982. Aunque disfrutaba de la riqueza, se quejaba de la manera como el dinero había cambiado a las personas con las que se relacionaba. Un amigo que le debía dos mil dólares a Blakeley, se resintió con éste cuando Blakeley le pidió que le cancelara el préstamo. El amigo se preguntaba por qué debía alguien, que había ganado 4.2 millones, estar interesado en algo tan mezquino como un préstamo de dos mil dólares. Esto es lo que Blakeley decía: "Me hace sentir mal el haberle perdido el dinero, pero lo que me hace sentir más mal es el haber perdido un amigo". El prosiguió diciendo que sus compañeros de trabajo, al principio, habían estado alegres de que él había ganado. Después de seis meses, la alegría de ellos se convirtió en envidia, y Blakeley eventualmente tuvo que renunciar a su empleo. Hay veces cuando una "oración contestada" puede complicamos la vida.

 

El día que Jesús se encontró con el hombre nacido ciego fue el más maravilloso de la vida de éste. Toda persona ciega ha orado porque se le restaure la vista. No hay duda de que este hombre había soñado a menudo de lo que haría si tan sólo pudiera ver. Luego, un día, sin que lo esperara, cierto hombre se dirigió hasta él y cambió todas las cosas. Jesús hizo lodo con su propia saliva y con tierra tomada del suelo, y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo que fuera a lavarse al estanque de Siloé (9:6). Esto es lo que Juan informa: "Fue, entonces, y se lavó, y regresó viendo" (9:7b). ¡La oración más grande que el ciego había hecho, había sido contestada! Lejos estaba de adivinar que esto sería el comienzo del día más difícil de su vida.

 

   El texto bajo estudio, 9:6-41, relata la historia de un hombre que estaba andando sobre el camino de la fe. Aunque el que le da el impulso inicial a los eventos, y el que regresa después a dar una explica­ción, y a poner las cosas en su lugar, es Jesús, el relato se centra principalmente en el hombre que había sido ciego y en el viaje de éste por el camino que lo llevó a la fe en Jesús. Es fascinante el modo como el pasaje es salpicado por las manifestaciones, cada vez más llenas de fe, del hombre.

 

"YO SOY" (9:6-9)

Tan pronto como el hombre fue sanado de su ceguera, sus vecinos comenzaron a hablar sobre este increíble evento. Algunos se preguntaban: "¿No es éste el que sentaba y mendigaba?" (9:8). Algunas personas respondían: "Él es", y otros decían: "A él se parece" (9:9). La conversación de ellos suena como la de una familia hablando sobre un ser querido que está en el hospital hablando en presencia de éste ¡pero sin tomar en cuenta al paciente mismo!. "¿Cómo cree que le está yendo?". "Creo que tal vez está un poco mejor hoy". "Oh, a mi no me parece. No se ve muy bien hoy". "¿Qué ha dicho el doctor?". "¿Cree usted que sobrevivirá?".

 

Por fin, el hombre que había sido sanado habló por sí mismo y dijo: "Yo soy" (9:9). Él no iba a permitir que pasaran por alto su presencia. Aunque había sido mendigo por varios años, ¡él era un experto en varios temas, y uno de ellos era el tema de sí mismo! Él estaba seguro de que él había estado ciego y de que ahora podía ver, así que con toda confianza declaró lo que él conocía como verdadero: "¡Yo soy el hombre!".

 

El camino de la fe, para cada uno de nosotros, bien puede comenzar teniendo nosotros conciencia de nuestra condición de personas. Usted es una autoridad sobre el tema que concierne a su per­sona. Usted puede estar seguro de que usted es una persona y un alma viviente. Los científicos bien pueden decirle una cosa acerca de usted mismo, su jefe puede decirle otra, y su familia todavía otra. No obstante, usted es el que sabe que usted está vivo, que usted es un ser espiritual, y que usted está buscando algo que no ha recibido en toda su plenitud. “¡Yo soy el hombre!" es lo que declaramos cuando comenzamos a andar por el camino de la fe.

 

"JESÚS HIZO LODO" (9:10-12)

Las palabras que el hombre dijo en el sentido de que él era el mendigo ciego, a quien todos habían visto cerca del templo, no fue suficiente para disipar la confusión causada por el milagro. Las piezas de este rompecabezas no encajaban correctamente en la mente de ellos. Ellos no veían que milagros como éste sucedieran todos los días ¡ni ningún otro día, en tal caso! Le preguntaron cómo era que había tenido lugar evento tan maravilloso. De un modo simple y directo, les relató lo siguiente: "Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista" (9:11).

 

Nuevamente, este hombre sin posición social ni riquezas, demostraba ser el experto más grande del mundo en ciertos temas. Él tenía la certeza acerca de quién era él y acerca de la experiencia que había tenido. Del mismo modo, todos los que andan por el camino de la fe, son expertos sobre el tema de sus propias vidas. Hay algunos que pueden decir: "Yo era un amargado antes de conocer a Jesús". Otros podrían decir: "Yo no podía dominarme a mí mismo (o me desesperaba, o me emborrachaba), antes que Jesús me liberara". Estos son temas sobre los cuales usted puede hablar con gran convicción, pues usted es la única autoridad sobre quién es usted y sobre lo que Jesús ha hecho en su vida. ¡Nadie puede usurparle esa autoridad a usted!

 

"ES PROFETA" (9:13-17)

A pesar de las explicaciones, lo que le había sucedido al hombre nacido ciego, todavía no tenía sentido para las personas que lo conocían, así que lo llevaron ante los expertos religiosos, los fariseos. Jesús había sanado al hombre el día de reposo, el cual era sagrado para los judíos. Esto les planteaba una gran dificultad. Como sospechaban que una sanidad había sido llevada a cabo el día de reposo, le pidieron al hombre que relatara de nuevo los eventos. Después de que lo escucharon, esta fue la conclusión a la que llegaron: "Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo" (9:16). Esta conclusión pudo haber cerrado el caso en la mente de los fariseos, para quienes la sanidad era sólo una curiosidad. No obstante, para aquellos que conocían al hombre, tal respuesta distaba mucho de ser satisfactoria. No entendían cómo alguien podía obrar un milagro tan asombroso y no proceder de Dios.

 

El debate que se suscitó entre las personas llevó a que surgiera una "disensión entre ellos". Por todo el evangelio de Juan, vemos que Jesús constantemente presionó a las personas a tomar una decisión respecto de él. Como no se contentaba con que las personas lo pasaran por alto. Jesús insistía en que ellos tomaran en cuenta las pruebas, y con base en éstas, determinaran si él procedía de Dios o del diablo. En lo que a Jesús y a Juan se refería, no había territorio neutral.

 

La frustración los llevó a buscar al que había nacido ciego, y le preguntaron qué pensaba acerca del asunto. Éste, dando otro importante paso más hacia la fe, respondió: "... es profeta" (9:17). Al decir esto, el antiguo mendigo, estaba haciendo una aseveraciónno sobre sí mismo, sino sobre el hombre que le había sanado. La conclusión a la cual llegó es que este hombre había recibido poder de Dios. Dijeran lo que dijeran los fariseos, acerca de cuan malo Jesús era, el hombre que había nacido ciego estaba convencido de que Jesús era bueno y que su poder procedía de Dios.

"UNA COSA SÉ" (9:18-25)

Cada frase que decía el hombre nacido ciego, suscitaba una tirantez cada vez mayor. Los fariseos habían rechazado por completo la creencia de que Jesús fuera profeta de Dios. Algunos, incluso, dudaban de que aquel hombre fuera el mismo que solía sentarse a mendigar. Por lo tanto, llamaron a los padres de éste y los interrogaron. Les pre­guntaron: "¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?" (9:19). Los padres del hombre estaban aterro­rizados. A ellos no les gustaba quedar en evidencia ni atraer la atención hacia sí mismos, y la situación entera les asustaba. Incluso, habían oído decir que si alguien decía algo positivo acerca de Jesús, era expulsado de la sinagoga (9:22). Como estaban temerosos de que perderían a sus amigos, a sus familiares, y su modo de ganarse la vida, este padre y esta madre (los cuales hacía tiempo habían abandonado a su hijo a una vida de mendicidad) una vez más lo abandonaron en medio del conflicto. Esto fue lo que dijeron:"... edad tiene, preguntadle a él; él hablará por sí mismo" (9:21). Aquel podía haber sido el día más feliz de sus vidas, pues al hijo de ellos se le había concedido el don de la vista. Sin embargo, fue un día de terror y de vergüenza.

 

Nuevamente, los investigadores se volvieron al hombre y le pidieron que explicara cómo era posible que él ahora viera. "Da gloria a Dios", le exigieron. Esta expresión no tenía nada que ver con la adoración o alabanza a Dios. Más bien, era la manera como los Judíos quería dar a entender: "¡Di la verdad!". Era la manera como se le podía hablar a un criminal que todavía no había confesado algún crimen, el cual todo el mundo estaba seguro de que él había cometido. Las palabras de ellos eran una señal de una frustración cada vez mayor, y del enojo e impaciencia de ellos para con el hombre que había nacido ciego.

 

Como ya lo hemos visto anteriormente, cuando el hombre les respondió a los que le cuestionaban, él lo hizo con certeza y mostrándose calmo y lleno de seguridad. Esto fue lo que les dijo: "Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo sido yo ciego, ahora veo" (9:25). Había muchos aspectos del de­bate religioso, en el cual este hombre no hubiera podido estar tan bien parado. Al verse amenazado, se atuvo a los hechos: "... una cosa sé,... habiendo sido ciego, ahora veo".

 

“ÉL VIENE DE DIOS” (9:26-34)

   Como estaban frustrados por el obstinado empeño del hombre que había nacido ciego, los fariseos comenzaron todo el interrogatorio nueva­mente (9:26). Las tácticas de ellos me recuerdan los procedimientos antiterroristas que soportaba hace algunos años cuando volaba al extranjero. Los empleados de la aerolínea, tomaban a cada pasajero por separado y nos hacían una serie de preguntas. Luego, pocos minutos después, otro empleado nos haría las mismas preguntas. Al final, un tercer empleado ¡nos haría las mismas preguntas una vez más! Más adelante, veíamos a los tres empleados reunidos y comparando apuntes para ver si todos habíamos dado las mismas respuestas a los tres. El hombre nacido ciego, debió haber tenido la misma sensación que nosotros tuvimos aquel día.

 

Como le hacían la misma pregunta otra vez, el hombre comenzó a ponerle algo de sarcasmo a la situación. Les preguntó a los líderes judíos si ellos le estaban haciendo preguntas nuevamente, debido a algún interés que ellos tuvieran en Jesús, y a que querían convertirse en discípulos de éste (9:27). Como era de adivinar, se pusieron furiosos. Luego, cuando tenía la última oportunidad de hablarles, les señaló cuan ilógico era su razonamiento a algunos de los más brillantes y mejor instruidos pensadores de todo Israel. Sostuvo que nadie había visto un milagro tan grandioso, como la sanidad de un hombre que había nacido ciego. En verdad que era una obra maravillosa. No había duda de que este milagro tenía que venir de Dios; sin em­bargo los fariseos, que se creían tan cercanos a Dios, no tenían idea de dónde era Jesús ni de lo que éste había hecho. La audaz conclusión a la que el hombre llegó, fue que si Jesús no era de Dios, él no hubiera hecho una cosa así. En esencia, esto fue lo que dijo: "Él viene de Dios" (9:33).

 

Después de haber sido avergonzados por el hombre nacido ciego, los fariseos explotaron en furia y dieron comienzo a un bombardeo verbal. ¿Cómo se atrevía aquel hombre a darles ins­trucciones a ellos? Él ignoraba la ley y no era alguien en quien se podía confiar que pensara responsablemente. Además, declararon ellos, él había nacido completamente en sus pecados. (Recuerde la pregunta de los discípulos acerca de la relación entre el pecado y el sufrimiento, en el versículo 2). Cuando ellos terminaron su diatriba verbal, "le expulsaron" (9:34). Aparentemente, le hicieron lo que sus padres habían temido que le hicieran a ellos: lo echaron de la sinagoga.

 

   La experiencia del hombre nacido ciego nos recuerda que la fe en Jesús puede algunas veces  complicar nuestras vidas. ¿De dónde será que habremos sacado la idea de que Jesús siempre hace la vida más simple? La luz no puede coexistir con las tinieblas sin que haya incomodidad. La fe no siempre hace que las familias tengan más paz; en ciertos momentos pueden suscitarse más conflictos. La fe no siempre hace más tranquilos los matrimonios; en ciertos momentos ella es la fuente más grande de conflictos. La fe no siempre facilita las cosas en el trabajo; en ciertos momentos hará que alguna persona sea despedida. Jesús dijo lo siguiente una vez:

¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? Os digo: No, sino disensión. Porque de aquí en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos, y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra (Lucas 12:51-53).

 

La fe causa problemas al punto que ella puede ser la causa de que nos sintamos tentados a retroceder. No obstante, el hombre nacido ciego había visto la luz (por lo menos en dos sentidos), y para él no había marcha atrás. El estaba seguro de lo que él creía, y nadie lo iba a ahuyentar de lo que el sabía que era cierto.

“CREO” (9:35-41)

¡Era tanto lo que le había sucedido a este hombre en tan corto tiempo! El más maravilloso día de su vida había llegado a ser el más lleno de contención y el más costoso también. Había recibido su vista, pero había sido echado de la sinagoga. Por fin podía ver los rostros de sus congéneres, pero los únicos rostros que hasta ese momento había visto, habían estado llenos de ira y confusión. No podía ocupar el lugar al que tenía derecho dentro de su comunidad, pues había sido ridiculizado y condenado por el público del cual había anhelado ser parte. Cuando su dilema se le revolvía dentro de su mente, fue saludado por alguien cuya voz le era conocida, pero cuyo rostro Jamás había visto —¡Jesús!

 

   Jesús le preguntó si él creía en el Hijo del Hombre. Confuso a causa de la pregunta, pero confiado en el que la hacía, dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? (9:36). Jesús le dijo que él mismo era el Hijo del Hombre. Al oír esto, el hombre que había sido ciego de nacimiento confesó: "Creo, Señor" (9:38) y le adoró. El viaje por el camino a la fe lo había traído hasta un mojón de ese camino. Ya podía decir: "Creo".

 

   Observe la progresión de la fe de este hombre, a medida que los eventos se sucedieron. Faso de decir: "Yo soy", a decir sucesivamente: "Jesús hizo lodo", "Es profeta", "Una cosa sé", "Él viene de Dios", hasta decir: "Creo". Cada frase constituyó una cuidadosa pisada sobre lo que en ese momento entendía. No era un "salto de fe" a lo desconocido lo que había dado, sino una gradual caminata a paso firme hacia la fe.

CONCLUSIÓN

Esto fue lo que Jesús les dijo a sus discípulos: "Luz soy del mundo" (9:5b). Nuestro mundo está cubierto por el negro y pesado manto del pecado. Las tinieblas no pueden tolerar la luz, pues ambas están en conflicto una contra la otra. Si usted se convierte en una persona de la luz, se hallará en feroz batalla contra las fuerzas de las tinieblas. ¡Usted puede mantenerse firme contra ellas! Usted puede aferrarse a lo que usted sabe acerca de sí mismo, acerca de la vida y acerca de Jesús. ¡Al hacer esto, aunque no salga el sol por la mañana, usted todavía sabrá quién es usted y qué, lo que usted cree!

 

El hombre que había nacido ciego no podía haber imaginado el conflicto que enfrentaría el día de su sanidad. No obstante, si él hubiera sabido todos los problemas que el recibir su vista le iba a causar, siempre hubiera escogido la vista antes que la ceguera. Jesús es verdaderamente "luz del mundo". ¡La invitación que se nos hace hoy, es a venir a la luz!          cisnerosme@yahoo.com.mx    http://henrycis.net