“Para que las obras de Dios se manifiesten” 

(Juan 9:1-5)

 

(Lección 17)

Juan,  el camino de fe

 

¿Será la vida sencillamente una gran con­tingencia, un gigantesco juego de azar? La pregunta acerca de por qué suceden ciertos eventos en nuestras vidas, ha sido hecha infinidad de veces. Ha sido el tema de obras literarias y de películas clásicas, y es hecha por personas reales, especial­mente en momentos en los que la tragedia y las pérdidas suceden. Jesús proporcionó una singular manera de responder a la pregunta del "¿por qué?", en el texto de estudio de esta lección, en 9:1-5.

LA PREGUNTA (9:1-2)

Cierto día estaba Jesús caminando con sus discípulos en los alrededores del templo, en Jerusalén, cuando vio a un mendigo que había sido ciego desde su nacimiento (9:1). Si éste representaba al típico mendigo, es probable que anduviera sucio, vestido de andrajos, y que su vida la caracterizara la más terrible desesperanza. Jesús y sus discípulos veían mendigos todos los días que estaban en Jerusalén; pero por alguna razón, cuando vieron a este hombre que había sido ciego de nacimiento, ello causó que los discípulos le hicieran una pregunta a Jesús aquel día.

 

Ellos querían saber por qué creía Jesús que este mendigo había nacido ciego (9:2). ¿Era por los pecados del hombre, o por el pecado de sus pa­dres? En las mentes de ellos, el sufrimiento siempre era causado por el pecado. En consecuencia, eran los pecados de alguien los que habían causado la ceguera del hombre. ¿Eran los pecados de este hombre? ¿Si así era, entonces por qué nació ciego? Era obvio que un recién nacido no podía ser cul­pable de un pecado que diera como resultado la ceguera. ¿Eran los padres del hombre los que habían pecado? ¿Tal vez, si era el pecado de los padres, entonces por qué era el hijo el que estaba sufriendo?

 

La pregunta de los discípulos surgía de la creencia que ellos tenían, en el sentido de que el pecado causa sufrimiento, de que hay una relación causal entre el pecado y el sufrimiento. Este punto de vista era muy común en la antigüedad. Uno de los amigos de Job, que vino y lloró con Job cuando éste perdió sus hijos, sus riquezas y su salud, le dijo lo siguiente a Job:

Recapacita ahora; ¿qué inocente se ha perdido? Y ¿en dónde han sido destruidos los rectos? Como yo he visto, los que aran iniquidad Y siembran injuria, la siegan. Perecen por el aliento de Dios, Y por el soplo de su ira son consumidos. Los rugidos del león, y los bramidos del rugiente, Y los dientes de los leoncillos son quebrantados. El león viejo perece por falta de presa, Y los hijos de la leona se dispersan (Job 4:7-11).

 

   Un punto de vista similar fue expresado cuando algunos le preguntaron a Jesús acerca de "los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos" (Lucas 13:1). Querían oír lo que Jesús pensaba acerca de aquella masacre de galileos. Independientemente de las intenciones de los que preguntaban. Jesús aprovechó la pregunta para enseñar que el sufrimiento y el pecado no siempre guardan una relación causal; cierta clase de sufrimiento específico no siempre tiene sus raíces en cierta clase de pecado específico. De seguido. Jesús pasó a mencionar otro incidente que daba pie a discusiones sobre este mismo tema. Les recordó de los dieciocho que murieron cuando la torre de Siloé les cayó encima. ¿Fue el pecado la  causa de la muerte de ellos? Así respondió Jesús respondió su propia-pregunta: "Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente" (Lucas 13:5).

 

Los mismos rabíes Judíos han debatido esta pregunta a través de los años. El rabí Ammi había dicho: "No hay muerte sin pecado ni sufrimiento sin iniquidad".  Es obvio que él también creía que la explicación para el sufrimiento se encontraba en el pecado.

 

Al principio, este punto de vista nos puede parecer extraño y ajeno a nosotros hoy día, pero después de analizarlo, podemos descubrir que nuestras creencias coinciden con las de aquellos discípulos, más de lo que pensábamos. He conocido a padres de familia que, en circunstancias trágicas, han perdido niños pequeños por enfermedades fatales o accidentes trágicos. Después de la con­moción inicial, todos ellos tratan de imaginarse, durante un largo período, qué habrán hecho para que tales tragedias les sucedieran a sus niños. Tal vez fue un pecado de la juventud, han pensado algunos. Puede ser que ellos habían pecado en contra de Dios, de un modo terrible, del cual no estaban conscientes. Es triste que muchos padres que se han encontrado en tales situaciones, se torturen mentalmente con estas ideas durante años. Tal vez la pregunta de los discípulos, acerca del hombre nacido ciego, ¡no sea tan extraña para nosotros después de todo!

 

Aun cuando no hayamos enfrentado tragedias devastadoras, nuestra forma de hablar algunas veces delata que nosotros todavía nos apegamos a una creencia de relación causal entre el pecado y el sufrimiento. Cuando enfrentamos pruebas o tribulaciones, ¿no nos preguntamos algunas veces qué habremos hecho para merecernos tales cosas? Es el mismo pensamiento que se refleja cada vez que nos quejamos: "¡No es justo!", cuando algo desagradable nos sucede. ¿Esperamos que todos los eventos de la vida sean justos? ¿Pensamos que lo placentero siempre es el resultado de un buen comportamiento y que el dolor siempre es la consecuencia del pecado?

 

Todos nosotros nos hacemos la misma pregunta de los discípulos en ciertos momentos. Cuando se nos enfrenta con el sufrimiento, ya sea el nuestro o el de otra persona, queremos saber por qué sucede. La pregunta del por qué, no es contestada completamente en las Escrituras. Aunque es hecha varias veces, a ninguno se le dio una completa explicación. Job la hizo, y Dios le res­pondió diciéndole que la respuesta sobrepasaba su capacidad humana para entenderla (Job 40; 41). "De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza" (Job 42:5-6). Habacuc preguntó pero Jamás se le dio una respuesta. Al final, él decidió confiar en el Señor aunque no lo entendiera plenamente:

Aunque la higuera no florezca, Ni en las vides haya frutos, Aunque falte el producto del olivo, Y los labrados no den mantenimiento. Y las ovejas sean quitadas de la majada, Y no haya vacas en los corrales; Con todo, yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza, El cual hace mis pies como de ciervas, Y en mis alturas me hace andar (Habacuc 3:17-19).

   ¡Ninguna de estas personas recibió una respuesta satisfactoria para la pregunta del por qué, como tampoco la recibieron los discípulos en Juan 9!

LA RESPUESTA (9:3)

Cuando se le preguntó por qué el mendigo había nacido ciego. Jesús respondió: "No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifestasen en él" (9:3). A Jesús se le preguntó acerca de la causa del sufrimiento humano. Se rehusó a responder esa pregunta específica. Puede que fuera porque nosotros somos incapaces de entender completamente lo que Dios nos diría sobre ese tema. Cualquiera que fuera la razón, en lugar de ello, lo que Jesús hizo fue responder la pregunta acerca del propósito del sufrimiento humano. Aunque no les dijo a los discípulos por qué el hombre nació ciego, sí les dijo el propósito de la vida del ciego: "que las obras de Dios se manifiesten en él".

 

   Las palabras que Jesús dijo sobre este tema entran en abierta contradicción con la manera como nosotros ordenamos nuestras prioridades en la vida. A los estadounidenses se les dice en la Constitución de su país que ellos tienen el derecho a la "vida, la libertad y a la procura de la felicidad". Demasiadas veces, la gente interpreta mal este derecho entendiendo que el propósito de la vida es lograr la felicidad individual. Cuando adoptamos tal punto de vista, entonces todo el sufrimiento es un estorbo para nuestra felicidad, y como tal, él es algo terrible. No obstante, si vemos que el propósito de la vida es que se manifiesten las obras de díos/ entonces veremos el sufrimiento, casi del mismo modo que vemos nuestras bendiciones: ¡como una manera de glorificar a Dios! Ese fue el mensaje que Jesús les dio a sus discípulos. Aunque no les dijo por qué el hombre había nacido ciego, les dijo cuál era el propósito de la vida de este hombre: ¡glorificar a Dios!

 

Cuando trato de acordarme de las personas en cuyo sufrimiento se han manifestado las obras de díos,  son varios los nombres que vienen a mi mente. Uno es el de un joven de limitada capacidad mental. Estoy seguro que su padre y su madre deben haberse preguntado un millón de veces a sí mismos, y a Dios, por qué el hijo de ellos nació así. Jamás olvidaré la noche que el hijo de ellos fue bautizado después de responder a una invitación, a la conclusión de un sermón. No hubo ojo que no derramara lágrimas en aquella audiencia, cuando él confesó su fe en Jesús y con una hermosa sencillez dijo: "Simplemente quiero hacer lo que Dios quiere que haga". En ese momento, las obras de Dios se manifestaron en la vida de aquel joven.

 

También recuerdo a un predicador al que una vez oí, después de que se le dijo que tenía una enfermedad terminal en potencia. Le dijo a la iglesia que le había pedido a Dios que él pudiera ponerse bien; pero también le pidió que si no se podía poner bien, que le ayudara a enseñarle a la iglesia cómo morir. Pocos meses después, precisamente eso fue lo que hizo; ¡con su muerte las obras de Dios fueron manifestadas!

 

Otro ejemplo de una persona cuyo sufrimiento manifestó las obras de Dios es el de una cristiana que por años batalló contra el cáncer, y reciente­mente partió para estar con el Señor. Muchas veces las personas se preguntan "¿Por qué?". Cada vez que recuerdo los años que duró la enfermedad de ella, me convenzo de que ella manifestó las obras de Dios a través de su enfermedad, y lo hizo de un modo como pocas personas lo hacen, aún teniendo buena salud.

 

El ejemplo máximo de tener un propósito para vivir es, por supuesto, el de la muerte de Jesús en la cruz. Fue una muerte injusta y cruel. Fue, desde muchos puntos de vista, una tragedia; sin em­bargo, Jesús colgó de la cruz con el fin de que las obras de Dios se manifestaran en su vida y en su muerte. No conozco a nadie que haya podido explicar por qué Jesús tuvo que sufrir en la cruz. No creo que lo entendamos completamente, sino hasta que lleguemos al cielo. No obstante, hasta un pequeño niño puede apreciar el hecho de que Dios fue manifestado de un modo maravilloso, por el hecho de que Jesús fuera a la cruz. Él vivió y murió para los propósitos de Dios.

Todos nosotros enfrentamos algo que nos lleva a creer que Dios nos ha vuelto su espalda, y no vemos la forma como nuestra situación pueda servir para la gloria de Dios. Habrá algunos que dirán: "Pero, yo soy divorciado"; "Tengo problemas en mi matrimonio"; "Tengo problemas con mis hijos"; "Estoy enfermo"; "Soy demasiado joven"; o "Soy demasiado viejo". Jesús se adentra en nuestro mundo y en esencia nos dice: "No te diré por qué sufres las dificultades que ahora sufres, pero sí te diré esto: Las obras de Dios pueden ser mani­festadas en tu vida, a pesar de tus problemas incluso, ¡tal vez por causa de tus problemas!".

 

Un ejemplo de lo anterior es el apóstol Pablo, el cual era atormentado por su conocido "aguijón en la carne" (2ª  Corintios 12:7). Tres veces le pidió al Señor que lo quitara de él. Estoy seguro que Pablo pensó cuánto más útil podía él serle a Dios si tan sólo fuera aliviado de su aflicción, sin embargo, el Señor se rehusó a quitar de Pablo el aguijón en su carne. En lugar de ello. Dios lo dejó con este mensaje: "Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad" (2ª  Corintios 12:9). Pablo, al final, aceptó que el mejor medio como Dios había determinado que se mostrara su poder, era a través de la debilidad y no a través de la fortaleza y la buena salud. En esto Pablo nos dio los pasos a seguir para tratar con las aflicciones. El primer paso consiste en pedirle a Dios que nos alivie del dolor. Esta es la acción refleja natural de todo ser humano al dolor, y es lícito clamar por la liberación. El segundo paso, no obstante, es que el cristiano le diga a Dios lo siguiente: "Suceda lo que suceda, tú serás glorificado en mi vida". ¡Cualquiera que sea nuestra situación, todos podemos servir como instrumentos en los que se manifiesten las obras de Dios!

 

Después de una dramática batalla en contra del cáncer, y de un igualmente dramático regreso al béisbol, Dave Dravecky fue víctima de una lesión que acabó con su carrera como lanzador estrella del equipo los Gigantes de San Francisco. Esto fue lo que después escribió:

La tragedia nos obliga a entrar por una puerta de un solo sentido, y una vez que entramos por ella, jamás podremos volver a la manera como la vida solía ser antes de la tragedia... No podremos volver atrás, por más que lo anhelemos. Todo lo que podemos hacer es dar gracias por lo que una vez fue, por las cosas buenas que estuvieron allí, por los momentos felices que tuvimos, por la risa, por el amor, por los recuerdos de los que fuimos partícipes. Luego, diciéndole adiós a aquellos seres queridos, podemos poner nuestra mano en la mano de aquel que le señaló su órbita al sol, a la luna y a las estrellas, y confiar en que él le ha trazado un curso a nuestras vidas también.

 

CONCLUSIÓN

   La pregunta sigue sin responder en el mundo:

¿Tiene la vida significado, o será ella no más que un juego al azar?”. Puede que el mundo no tenga una respuesta a tal pregunta, pero los seguidores de Jesús sí la tienen. Sabemos que, cualquier cosa que nos suceda en este mundo, ella encierra en sí misma la posibilidad de servir de instrumentos para la gloria de Dios. Vivamos de modo tal que, cualesquiera que sean las circunstancias que nos rodean, ¡“las obras de Dios se manifestarán” en nosotros!

 

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