LOS DOCE AÑOS

(Ficción)

 

La mujer no podía entenderlo. Esto nunca había sucedido antes.

Su ciclo menstrual era tan exacto, y tan predecible con la luna que simplemente no lograba entender lo que sucedía ahora, su cesación era exactamente a los cinco días mes tras mes, pero hoy era diferente, se sentía tan débil con tanto día de sangrado, como jamás había experimentado, con dolor a veces y pasaban los días y el flujo no cesaba.

El cielo estaba nublado pero aun así el sol quemaba aun por Galilea, pero la mujer mantenía su firme paso en el camino, a pesar de lo que había llegado recientemente sobre ella, era una mujer fuerte, acostumbrada a largas jornadas a pie, y se rehusaba a alterar sus caminos. Con cada paso sus sandalias se llenaban de polvo y con el sudor se manchaba su túnica, pero ella no se enteraba. Su mente estaba muy ocupada con este extraño problema, con este nuevo temor, que la atormentaba. Conforme se acercaba a la cima de la colina sobre Capernaum, se detuvo para tomar aliento. Observó el cielo, lastimaba sus ojos, el cielo era vasto e incomprensible pero era cierto. Jehová Dios había puesto esa bóveda con ese azul tan intenso sobre el mundo, que se sentía envuelta en su presencia. ¡Ho Jehová, solo soy una humilde mujer, y tanta gente tiene tantas cosas mas importantes para ofrecer ante tu trono- pero yo tengo miedo. No se que me está pasando. Por favor quita esto de mí. Deja que mañana me levante completa y sana como siempre he sido. Por favor libérame!

Habiendo descansado, descendió por la colina y entró al pueblo. El aire se sentía pesado con los sonidos de la gente preparándose para el mercadeo del día. El ruido de la ciudad, Un recién nacido llorando en alguna casa.

 

El siempre se había preguntado como serían los bebes recién nacidos, pero el nunca había tenido uno propio ante sus ojos. Ningún bebé tenía la piel aterciopelada y suave, ni ojos tan lindos, ni tan delicados deditos de pies y manos. Y ningún recién nacido había abierto sus ojitos tan grandes e inteligentes para mirar la cara de su padre.

Por un breve momento, el pensamiento lo agobió, un día su niñita crecería, se casaría y dejaría su casa entristeciendo su corazón, pero de inmediato se aparto de tales pensamientos. ¡Mi pequeña princesa, siempre podrás contar con papá para amarte y protegerte!.

Su esposa le sonrió desde su cama, y pensó dentro de sí. Ho Jairo, ¿es éste el hombre que alardeaba que seguramente sería el padre de un robusto hombrecito? Pero creo que ésta pequeñita con solo mirarte robó tu corazón.

 

Impura, impura, siempre impura- ¿cuanto tiempo mas duraría esto?

La mujer se derrumbó en una silla cerca de la ventana. Ya habían pasado seis años, sus esperanzas aun eran tan grandes, que ya preparaba sus dos tórtolas para llevar al sacerdote por su limpieza.

Pero la hemorragia seguía y seguía, y las lágrimas la consumían. Miró alrededor de su cuarto que se había convertido en todo su mundo, sólo salía cuando llevaba su sacrificio o le decían de un nuevo médico. Uno le había asegurado que una poción de vino alumbre y azafrán sería lo único que la curaría; Otro le había administrado una dosis de vino con cebollas de Persia. Pero cada vez… nada. Ya se había resuelto ¡no más médicos! Pero en eso su primo le manda un mensajero y le dice de un sanador que requería de un huevo y cenizas y un pedazo de su túnica, Tal vez un intento mas…

“Ho Jehová, libérame de esto, hazme pura otra vez” ¡cuantas veces en seis años había elevado su plegaría hacia Jehová Dios por su alivio! Salió a la calle, miles de gotas caían sobre su rostro el cual sacudía de vez en vez para quitar el agua de su cara. Jairo por otro lado, sentado en el patio de la corte, reía mirando jugar a su hijita de seis años.

Seis años y ningún otro niño. Pero ¿que más le podía pedir a Jehová que esta hermosa niña? Crece tan rápido;  pronto será una novia y se irá a forjar su propio hogar.

Se recordó a sí mismo agradecer por lo que tenía- el aquí y el ahora con su pequeña hija. Por un momento inclinó su cabeza y elevó una oración, “gracias por ella Señor, gracias por tenerla saludable. Ella es todo lo que tenemos, pero es suficiente”

 

Todo el mundo hablaba de El, al principio la mujer pensaba que todos exageraban que lo hacían demasiado fantástico, tal vez sus seguidores embellecían todo lo que El hacía para llamar la atención.

Conforme los meses pasaban, muchas historias, de diferentes fuentes llegaban. El ciego, el sordo, el leproso, el paralítico- todos habían sanado al instante. Claro su primo le había dicho que grandes multitudes le seguían dondequiera que El iba, y este joven Rabí no solo sanaba sino que enseñaba cosas que nadie había escuchado antes, muy diferente a los rabinos que enseñaban reglas y tradiciones sin fin. El decía historias de sembradores, de semillas de mostaza. Y su primo le narró la última:  Cruzando el lago vivía un pobre hombre poseído de demonios. Los demonios le daban poder sobrehumano, tanto que podía romper las cadenas que lo sujetaban, pero a cambio le habían quitado su dignidad, su juicio y el control de si mismo. Lo habían transformado en un monstruo que vivía en las tumbas desgarrándose las ropas he hiriéndose a sí mismo con piedras.

La mujer se estremeció. Ella sufría de esta aflicción por doce años pero no imaginaba que había cosas peores.

Entonces el Rabí visitaría el distrito de éste hombre desafortunado, cuando se reportó lo increíble, por un grupo de hombres que apacentaban un hato de cerdos, muchos fueron a ver por si mismos. Historias que se dispersaron por todos los contornos de las maravillas que éste joven Rabí hacía. Encontrando al hombre que estaba endemoniado, ahora sentado a los pies del Rabí, vestido y en su juicio cabal. Los demonios se habían ido, y Jesús-sí ese era su nombre-¡Jesús había curado a éste hombre!

En lo profundo de la mujer algo se removió, la esperanza que nunca había perdido por muchos años, y su voz le decía, “encuéntralo, encuéntralo”.

 

El nunca había perdido la esperanza. Soy el padre de familia, el protector de la familia, pero no puedo hacer nada. La niña en su cama luchando contra la fiebre, y su aliento cada vez era más débil. El quería oír de nuevo su aliento dulce y profundo. Pero ella estaba inmersa en un sueño, solo una semana y parecía una eternidad. Su esposa inmovible desde la cama, le miraba y sus ojos le decían la desesperación silenciosa en la que estaban inmersos. Doce años, lista para embarcarse en la vida, de pronto, no hay boda, no hay nietos, no hay hija que vea por ti en la vejez. En ese instante Jairo hizo la decisión. Lo voy a encontrar y lo voy a traer aquí. El es nuestra única esperanza. No importa si me echan de la sinagoga, no dejaré que mi hija muera.

 

Ella nunca había estado entre una multitud tan grande. Se movía con dificultad entre la gente, le pisaban sus pies, por un momento pensó que desmayaría pero su mente estaba con un solo propósito, escuchaba el llanto de la gente que le decía “Rabí” “Jesús” pero no sabía ya si iba en la dirección correcta. Lo he perdido, ¿como podré hacer mi petición?

Repentinamente se abrió un espacio enfrente de ella; allí estaba El, de espaldas a ella, el hablaba con un hombre muy bien vestido que le tocaba su brazo. Y como en un océano la gente la transportó como en una ola, y decía para sí, ¡si tan solo pudiera tocar su manto, seré sanada!  De repente se dio lo que ella esperaba, con sus dedos lograba alcanzar la esquina del manto de Jesús, estiró sus dedos y le tocó, instantáneamente ¡lo supo! ¡El flujo de sangre se había ido! Anonadada escuchó claramente la voz de Jesús como si le dijera al oído, ¿Quién me ha tocado? ¡El sabe que le he tocado! Yo era impura-¿me castigara? Temblando se postró a los pies de Jesús, y le contó la triste historia completa de sus doce años. Las últimas palabras hacían eco en sus oídos, levantó su cara y vislumbró el cielo azul y brillante y a Jesús mirándola a los ojos le decía con dulces palabras. “Hija tu fe te ha sanado, ve en paz” Su cara era tan ordinaria, pero cuando la miró, sus ojos vieron mi corazón. “eres Tu Señor, Tu estás con nosotros”.

 

¿Qué está haciendo? Esta multitud no me deja caminar, ¡no hay mucho tiempo! ¿Porque se detiene y habla con esa mujer? Jairo sintió una mano familiar en su hombro. No, no, ¡no lo digas! “Jairo tu hija ha muerto, no molestes  al maestro”

Sintió que se derrumbaba el mundo a su alrededor. Pero escuchó otra voz: “No temas; solo cree” sintió de vuelta el mundo y su corazón. Mas tarde no se enteró como llegaron a su casa excepto por no quitar su mirada del rostro de Jesús como abrazando la vida entera en sus brazos. Cuando el Jesús y las tres compañías entraron al patio de la corte el polvo se sentía en el aire por la danza fúnebre. Las voces rítmicas traspasaban los oídos de Jairo. ¿Porque todo este alboroto? “La niña no está muerta sino Duerme” 

Cuando Jairo entró a la recamara miró a su pequeñita y luego los ojos de su esposa, y supo que estaba muerta. La puerta se cerró, todo estaba quieto. En el silencio, Jesús se sentó sobre la cama, y tomó su mano y dijo: “Pequeñita a ti te digo, levántate”. La voz era baja, pero en el silencio del cuarto tronó como el abrir de una puerta sellada que no pudo resistir su voz. Los dulces ojos se abrieron y el color volvió a sus mejillas, se sentó y balaceó sus pies sobre la cama. Jairo oyó a su esposa reír y llorar. Y el solo pudo abrazar a su hija y mirar con seriedad y asombro los ojos del maravilloso Maestro.

 

El sol caía con fuerza sobre la colina abarrotada de gente, pero la mujer no sentía el calor- sólo el gozo de sentarse allí saludable y activa en ese hermoso día. Ella estaba deseosa de escuchar al maestro, a su lado se encontraban un padre una madre y una niña buscando un lugar para acomodarse. Cuando el maestro empezó a hablar, la niña volteo en su dirección, sus profundos ojos le dieron una dulce sonrisa la mujer devolvió la sonrisa. Sobre ellas el cielo azul y profundo, como una bóveda sobre ellas que las abrazaba.

FIN.

Traducción: Graciela Cisneros.

UN CANTO DE REFLEXIÓN:

A LA CASA DE JAIRO

A la casa de Jairo iba Jesús, una gran multitud

Iba tras El, y una pobre mujer llena de fe,

no miró la multitud, fue y le tocó.

 

CORO

Haz tú cual la mujer que fue y tocó,

El borde del vestido del Señor;

Virtud salió de él y ella sanó,

Y si le tocas tú sanas también.

 

Aquel pueblo tan inmenso y numeroso.

Una parte creía en el Señor.

Pero el resto, enemigos y curiosos

Hoy en día los encuentras aún peor.

 

Yo fui quien te tocó Ho buen Jesús.

Mi mal ningún doctor pudo quitar,

Tu fama llegó a mí y vine a ti,

Y ya sanada estoy, perdóname.

 

 

Gracis58@yahoo.com    http://henrycis.net