Pecado - Las Grandes palabras de la cruz

(segunda parte)

 

(2ª Corintios 5:17—2I)

«... que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación» (2ª  Corintios 5:19).

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Pecado

   «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo». ¿Cuál es la palabra que más sistemáticamente se evita, se le rehúye y se rechaza? «¡Pecado!». ¡Incluso en la iglesia! La cultura ha desterrado la palabra «pecado». A los pecadores ya no se les llama «pecadores». La Psicología ni siquiera usa la palabra «pecado». Esta es la razón por la que ella no acierta a ayudar a las personas a lidiar con la culpa. Nuestra cultura ha convertido la Teología en Psicología, la cruz en un diván, la iglesia en un programa de rehabilitación, la adoración en terapia y la condenación en disfunción.

 

   La iglesia vive para convertir el mundo, no para ser tragada por él. ¿Cómo puede usted ayudar a alguien a ser salvo si él no sabe que está perdido? ¿Cómo pueden pretender los creyentes que el pecado no existe? El único problema del hombre es el pecado.

 

   El único tema de la Biblia es el pecado. Dios dio la ley de Moisés para hacer a la gente consciente del pecado (Romanos 3:20). El pecado no puede ser reparado; solo puede ser perdonado. El judío tenía razón cuando dijo: «¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?» (Marcos 2:7; Lucas 5:21). Con la humanidad, ¡el problema del pecado es insuperable! Esta no es la razón por la que Dios encuentra difícil perdonar, ¡sino que es precisamente la razón por la que encuentra necesario hacerlo! ¿Puede el hombre en pecado ser salvo? ¡Todo pecado y todo pecador será condenado! Dios es «santo» y está lejanamente separado del pecado (Isaías 6:3; vea Apocalipsis 4:8). Él es santidad trascendente. Un Dios santo.

 

Consecuencias Cósmicas

   «¿Un solo bocado de fruta?». ¡Con eso fue suficiente! No fue homicidio, ni inmoralidad, ni robo, ni abuso, ni maltrato lo que se necesitó para coaccionar a la humanidad a cometer pecado. ¡Todo cambió en el cielo, en el infierno y sobre la tierra cuando Adán y Eva pecaron! ¡Todo llegó a ser diferente con Dios, con el hombre y con Satanás! Todo lo relacionado con el hombre cambió. Este se alienó eternamente de Dios y se distanció de su pareja. La humanidad ya no sería la misma. Con razón Dios preguntó: «¿Dónde estás tú?» (Génesis 3:9). ¡Lea Génesis 2 y 3 y estremézcase! El hombre es un pecador caído, condenado. Todo lo que el hombre, como pecador, puede ser, es un insulto a Dios todopoderoso.

 

   Este relato implica mucho más que «un bocado». Adán y Eva permitieron a Satanás entrar en sus vidas. Escucharon a Satanás, creyeron a Satanás y obedecieron a Satanás.

Desobedecieron a Dios. Dios es Dios, y el hombre no lo es. Al hombre le ofende la idea de que Dios tenga derecho sobre él.

 

   Una persona solo puede ser tentada cuando es arrastrada por sus propios deseos (Santiago 1). Peca en sus adentros antes de pecar externamente. El pecado es la elección suprema del ego. El pecado es no aceptar que Dios sea Dios; es el hombre tratando de ser más que el hombre. El pecado es creer que el hombre sabe más que Dios, o está mejor informado que Dios. La relación del hombre con Dios está ahora rota, traicionada y destruida. El pecado importa a Dios. El pecado es traición cósmica. Trágicamente, el hombre decidió llegar a ser su propio dios.

 

   Los pecadores están ahora muertos en sus pecados (Efesios 2). La paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Nuestros pecados nos apartan eternamente de Dios (Isaías 59:2—3). Toda la guerra, la violencia y el caos de la historia comenzó con ese «solo bocado». Dios habló de esto a Adán antes que alguna vez ocurriera. No obstante, Dios fue desplazado a un segundo plano. A partir de entonces, Satanás ha sido el dios, el príncipe y el padre del mundo (Juan 8.44; 12.31; 14:30; 16:11; 2ª  Corintios 4:4).

 

   Para ser salvos, los pecadores deben ver el pecado del mismo modo que lo ve Dios. El despertar espiritual no es posible mientras los pecadores no perciban el horror del pecado. La gente que teme a Dios no teme el pecado. La gente que tiene una visión santa de Dios, perciben la enormidad del pecado.

 

   Dios aborrece el pecado, y nosotros debemos aborrecerlo también, pero, trágicamente, muchos no odian el pecado como pecado. Entre más santos llegamos a ser, más odiamos el pecado por lo que hace a nuestra relación con Dios. Dios es recto. Nuestro problema es el pecado; la solución es la cruz. Sin pecado, la cruz sería innecesaria.

 

http://www.mestrada.net/fotos%20medrano/MARIANO%20WEB019.jpgDesesperanzados, Indefensos y Desventurados

   El hombre en pecado no puede salvarse a sí mismo. No puede ganar, comprar ni merecer la salvación. No puede conocer lo suficiente, ni hacer lo suficiente, para ser salvo. En vista de que el hombre no puede salvarse a sí mismo, alguien debe salvarlo. Esto significa que somos salvos por la gracia de Dios, no por mérito humano. Todo lo que el pecador puede hacer es arrepentirse. Nadie puede hacer esto por él.

Jesús no vino a morir por nuestros dolores o hábitos. Murió por nuestros pecados (Romanos 5:6, 8; 1ª  Pedro 1:18— 19). Somos lavados en Su sangre (1ª  Corintios 6:11; Hebreos 10:19; Apocalipsis 1:5; 7:14). Jesús fue hecho pecado, pero no pecador (2ª  Corintios 5:14—21). La elección es nuestra. Podemos llevar nuestros pecados a la cruz para que sean castigados en Jesús, o podemos recibir el castigo sobre nosotros en el infierno.

   Jesús no murió para salvar a un mundo que no deseaba ser salvo. Él perdonó pecados que pocos desean que se les perdonen.

 

   Jesús murió en una cruz, eso es historia. Jesús murió por mí, eso es salvación. El único modo como puedo tratar con el pecado es morir a él (Romanos 6).

 

http://tbn0.google.com/images?q=tbn:yC2BTwyk13aTsM:http://jailovi5000.blogdiario.com/img/BIBLIA.jpegLas Grandes palabras de la cruz

(segunda parte)

 

«Reconciliación»

   La salvación fue y es por sustitución. El objetivo es la reconciliación. Deseche usted todo lo que sabe acerca del perdón y la reconciliación. Emprenda nuevamente el aprendizaje al pasar por este proceso. Corrija los conceptos. El perdón está de moda en estos tiempos. A los niños se les enseña a decir «Lo siento», sin pensarlo, sin meditarlo, sin arrepentimiento y sin remordimiento. El disculparse está de moda; la confesión de responsabilidad no lo está. Las Escrituras enseñan arrepentimiento profundo. La expresión «disculparse» no se encuentra en las Escrituras.

 

   Imagínese dos personas que son amigas íntimas, y que luego la relación entre ellas es quebrantada y se rompe. Reconciliarlas equivale a restaurar la relación a la condición anterior. Con la reconciliación, lo que se había perdido, es hallado; lo que estaba muerto es revivido; lo pecaminoso es perdonado. ¿Cómo puede ser esto? En primer lugar, el ofendido debe desear esta restauración más que todo lo demás. En segundo lugar, el ofensor debe desear esta restauración más que todo lo demás. La sociedad, hoy, solo desea ser libre de responsabilidad. Ambos el ofendido y el ofensor deben estar dispuestos a pagar cualquier precio por la restauración. ¡Esto es crucial!

 

   El perdón no consiste en dejar de pelear, y vivir separados. La reconciliación no es «Guerra Fría». La sociedad solo desea libertad sin responsabilidad. No hay reconciliación sin satisfacción.

 

   El ofensor está a merced del ofendido. El texto nos dice que Dios nos reconcilió consigo en Cristo. Dios reconcilió el mundo consigo; Dios no se reconcilió a sí mismo con el mundo. ¿Quién realiza el primer movimiento? ¡Dios lo realiza! La reconciliación no es una transacción comercial. ¡Jesús murió por mí antes que yo me arrepintiera! ¡Dios proveyó perdón para mí (por el evangelio) antes que yo naciera! ¡Dios desea que los pecadores vuelvan! Los pecadores deben desear el ser llevados de vuelta. El hombre está eternamente perdido a menos que Dios actúe. Somos Sus enemigos, ¡pero nosotros podemos ser reconciliados! ¿Quién actúa primero? ¡El amor actúa primero!

• El perdón es imposible sin la gracia del ofendido.

• El perdón es imposible sin el arrepentimiento del ofensor.

 

   Solo se necesita uno para perdonar. Se necesitan dos para que haya reconciliación. Uno no puede ayudar a un hombre que no se ayuda a sí mismo. El perdón es un acto antinatural. El ofendido no desea pagar el precio; el ofensor no desea arrepentirse. No obstante, los dos deben hacer ambas cosas para reconciliarse. Sin reconciliación, el perdón fracasa.

 

   El perdón no es el fin (tal como cree nuestra sociedad); antes, el perdón es el medio, y la reconciliación es el fin. El perdón no es simplemente para liberarnos de un castigo; el perdón nos permite restaurar una relación rota.

 

Las Leyes del «Perdón»

   Shakespeare dijo: «Ser, o no ser, he allí la cuestión».’ Las Escrituras dicen: «Perdonar, o no perdonar, he allí el asunto». Yo debo perdonar. Yo necesito ser perdonado. Esto es vida. El perdón es el puente sobre el cual todos debemos andar. ¿Qué hacemos cuando perdonamos? ¿Qué hacemos cuando aceptamos perdón? «... Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Efesios 4.32). El perdón comienza con la benignidad. ¡Sea benigno primero! Luego practique las leyes del perdón.

1 William Shakespeare Hamlet 3.1.56

 

 

1)   Los que no perdonan no pueden ser perdonados. (Lea la oración de Jesús en Mateo 6:12—15; Marcos 11:24—26; Lucas 11:4; vea también Mateo 18:35; 2ª  Corintios 2:7; Lucas 6:37.) ¡No se conforme con leer la teoría; comience a poner en práctica lo leído! Nuestro propósito fundamental debe ser aprender a perdonar. El ofensor está totalmente indefenso ante el ofendido. Para terminar esto, ¡sea usted el primero en perdonar!

2)   El ofendido debe perdonar, ¡aunque sea solamente por motivos de salud! Cuando uno no perdona, puede llegar a amargarse, a ser cruel y a llenarse de enojo. El pasado no debe gobernar el futuro. Cuando uno no perdona, vive en cadenas. Si uno espera hasta que el ofensor se arrepienta, puede desperdiciar toda la vida a cambio de nada. Una vez que usted perdona de corazón, deja de ser importante que el ofensor se arrepienta o no. La silla y el plato que pertenecían al hijo pródigo estaban allí aun cuando este se encontraba lejos en la provincia apartada (Lucas 15), pero él tenía que arrepentirse y volver para usarlos. El pródigo salió de la casa para pecar; para ser perdonado, debía dejar de pecar y volver a casa (Lucas 15:11—24). Uno no puede tener perdón mientras siga viviendo lejos en la provincia apartada y siga pecando. El perdón estaba allí, el perdón no merecido, aunque incondicional, de Dios. El padre no podía obligar al hijo pródigo a volver. Dios no puede salvarnos, sino hasta que se lo permitimos.

3)   No puede haber perdón sin arrepentimiento. Los inocentes no necesitan perdón; necesitan ser defendidos y vengados. Los pecadores no son inocentes. Los pecadores no son víctimas. Debemos aceptar total responsabilidad por nuestro pecado. «Yo lo hice». Entonces debemos arrepentimos (cambiar). Puede que alguien diga: «No tiene importancia». Las cosas que no tienen importancia no necesitan perdón. ¡El pecado, la herida, la ofensa y la traición son asuntos importantes! ¡Los pecadores son quebrantadores! Cuando somos violentados, entonces reprendemos; cuando hay arrepentimiento, perdonamos (Lucas 17:3—4).

 

   El pecado tiene importancia. Debe hacérsele frente. No sea demasiado duro con Pedro. Estaba dispuesto a perdonar siete veces (Mateo 18:21—35). ¡Jesús lo multiplicó por setenta! Jesús mismo usó el «siete» en Lucas 17:3—4. Pedro estaba oyendo; pero no estaba pensando, ni aprendiendo, ni poniendo en práctica. Nada es demasiado grande ni demasiada cantidad para perdonar (Mateo 18:21—35). Al mismo tiempo, el perdón no es licencia para pecar (Gálatas 6:7).

 

   Dios no dijo «Los perdono» a Adán y Eva. Fueron echados del huerto del Edén. Jesús no gritó «Los perdono» en la cruz, aunque sí pidió a Dios que remitiera el pecado de los que lo crucificaban (Lucas 23:34).

 

   La reconciliación es más que el perdón. Reducir la salvación al perdón solamente, es herejía. El arrepentimiento no es simplemente volverse del pecado, sino también volverse a Dios. El pródigo podía haber sido perdonado, aunque hecho un esclavo. Dios desea hijos, no esclavos (Lucas 15). Los pecadores no pueden hacer realidad su reconciliación, pero pueden rechazarla. ¡La actitud popular del que dice «No estoy aquí para juzgarte» es tonta! Nunca es muy pronto para el arrepentimiento, pero sí puede llegar a ser muy tarde.

4)   El perdón no garantiza un futuro indoloro. El pecado perdonado aún tiene consecuencias. El tiempo y el olvido no constituyen perdón. Dios deja de recordar nuestros pecados (Jeremías 31.34; Hebreos 8:12; 10.17), pero esto no significa que a El le dé «amnesia espiritual». El pecado tiene consecuencias. El recién nacido del rey David, murió. El Israel perdonado fue castigado. Jerusalén fue «dejada limpia como un plato» (70 d. C.)

 

   Los pecadores siguen teniendo pesadillas. «... mi pecado está siempre delante de mí» (Salmos 51:3b).

 

   El perdón es lo más costoso que hay sobre la tierra (Romanos 5:10). El perdón no es olvido; es comenzar nuevamente. El perdón es un regalo. Solo cuando entendemos nuestro perdón, es que amamos (Lucas 7:36— 50). Los regalos han de ser recibidos humildemente y disfrutados en gran manera.

 

http://tbn0.google.com/images?q=tbn:-PcQ66NnNtZ8rM:http://bp3.blogger.com/_x1j135XZx5o/RxFAADMYSDI/AAAAAAAAAKo/PPpXu_qf-eA/s400/Jes%C3%BAs%2By%2Bel%2Bleproso%2Bsamaritano.gif«Propiciación»

   «Propiciación» es una palabra que no podemos deletrear; incluso la pronunciamos mal. Esta palabra es un concepto difícil porque era una práctica pagana. Los ídolos paganos eran presentados como seres con caprichos pueriles, a quienes había que aplacar. Dios no tiene estados de ánimo cambiantes; Él está por encima de los sentimientos heridos. En los tiempos de Cristo, «propiciación» se refería a aplacar la ira de un ídolo por medio de hacer un sacrificio de sangre. Dios no se aplacó a sí mismo. Él creó una salvación por la cual a El fue justificado. Dios mismo se justificó a sí mismo. Jesús proveyó esta propiciación Él mismo, por sí mismo. En cierto sentido, ¡Dios llevó nuestro castigo! La expiación (el desagravio) hace posible la propiciación (la reconciliación). La propiciación es la expiación.

 

   El hombre debe ser justo, pero no puede crear justicia. Esta viene de parte de Dios, pero Dios no puede concederla a pecadores. Los pecadores no pueden compensar, ni sobornar, ni impresionar a Dios con generosos regalos. Jesús es el último y perfecto sacrificio. Él llevó sobre sí mismo, primero, nuestra carne, después, nuestro pecado. Jesús es tanto nuestro Sumo Sacerdote como nuestro sacrificio (Hebreos 2:14—18). Él es tanto nuestro Señor como nuestro Salvador (Hechos 2:36). Él debe ser nuestro Señor para ser nuestro Salvador. Jesús es nuestro sacrificio sustitutivo, lo que constituía el centro de los sacrificios judíos. Él no fue hecho culpable; fue hecho pecado como sustituto (2ª  Corintios 5:17—21). La propiciación hace que se vea la enormidad del pecado. El amor sin ira es sentimentalismo. Uno no entenderá la cruz, sino hasta que se dé cuenta de que Dios hizo dar muerte a Jesús. Si usted puede pensar en vivir sin Dios, entonces céntrese en Jesús en la cruz. La gracia divina satisfizo la ira divina por un auto-sacrificio divino. Demasiados pecadores desean perdón sin reconciliación. Desean ser libres de la responsabilidad, pero no desean ser restaurados. Ser perdonados significa que podemos llevarnos bien otra vez.

 

«Expiación»

   Solo el cristianismo dice que es imposible que los pecadores se salven a sí mismos. Solo el cristianismo ofrece un Salvador: Jesús (Hechos 2:36). La propiciación y la expiación están tan ligadas, que es difícil separarlas. La expiación es el lado divino; la propiciación es la aplicación. Se expían pecados; se propician personas. La expiación es doctrinal; la propiciación es personal. La expiación es la remoción de culpa; la propiciación es la remoción de ira. Jesús es nuestro «propiciatorio» (Romanos 3:25—26). Nuestra justicia es una justicia de fe en Cristo. La sangre es nuestro sacrificio expiatorio. Esta es el centro del centro del centro de nuestra fe. La cruz es donde el pecado del hombre es juzgado. Expiar es pagar la pena, el precio (1ª  Juan 2:1—2). Somos comprados por precio. Los pecadores no son declarados inocentes, sino que son considerados «no culpables» (Hebreos 2:17—18; 1ª Juan 4:9—11; 1ª  Pedro 2:9—10). Jesús es nuestra «Pascua» (lera Corintios 5.7). Él cubrió nuestros pecados, permitiendo que Dios los pusiera tras Sus espaldas (Romanos 8:1—2; vea Isaías 38:17).

 

   Dios no se mantuvo separado de la cruz con ira y de mal humor. Él se implicó en nuestra grave situación. En Cristo, Él llevó la pena por nuestros pecados sobre sí mismo, no por sustitución mecánica, sino que en un profundo amor personal. Dios no nos puede perdonar y no nos perdonará ni nos aceptará, excepto en la cruz.

 

«Imputación»

   La idea de justicia imputada es profunda, sin embargo, sencilla. El hombre pecador no puede ser justo; por lo tanto, la justicia imputada es la única clase de justicia que puede tener. A la justificación se le ha llamado «la suprema paradoja del evangelio». Dios acepta a los pecadores como justos (Romanos 8:1—2).

 

   Imputación es un término de la contabilidad. Las riquezas de otro son puestas en mi cuenta. Nuestros pecados son imputados a Cristo, y Su justicia es imputada a nosotros (Isaías 53:5—6, 10—11; 1ª Pedro 2:24; Romanos 4:11; 14:9). Lea y vuelva a leer Filipenses 3:7— 11. Trágicamente, nosotros preferiríamos merecer la gracia, ¡pero la gracia no puede ser merecida! Burton Coffman lo dijo bien: «Nada que el hombre pueda alguna vez hacer en un millón de años de vida justa, podría alguna vez ganar la más diminuta fracción de la salvación que Dios da a los hombres en Cristo».2 La justicia imputada elimina el orgullo humano.

 

 

2 James Burton Coffman, Commentary on Romans (Comentario de Romanos) (Austin, Tex.: Firm Foundation Publishing House, 1973), 122.

 

 

«Rescate»

   La más conocida y menos entendida faceta de la expiación es el «rescate». ¡Dios no negocia con nadie! Él no compró de Satanás a los pecadores. Somos como Pablo, «vendido al pecado» (Romanos 7:14), pero no a Satanás. Fue a Dios, no a Satanás, a quien se satisfizo en la cruz (1ª   Juan 2:1—2). Satanás es el «acusador» (Apocalipsis 12:9—10). ¿Cómo podía Dios ser santo a la vez que permitía el pecado? El pecado debe pagarse. El hombre no puede pecar sin que haya consecuencias. Un rescate es el precio de compra para liberar esclavos, y los pecadores son esclavos del pecado. Dios silenció para siempre a Satanás en la cruz (Mateo 20:28; Gálatas 3:13; 1ª  Timoteo 2:5—6; Tito 2:14—15). Somos redimidos por la sangre del Cordero. ¡Lo que Satanás creyó que era la más grande victoria, fue su derrota final! Nuestros pecados, o se pagan en la cruz, o se pagan en el infierno. Es nuestra la elección. Jesús murió por nosotros, por nuestro pecado y por nuestra muerte. No murió como mártir por una causa, sino que libremente dio Su vida como rescate. Jesús hizo perdonable el pecado, y salvable al hombre. ¡Nuestro Redentor vive!

 

   ¿A quién se pagó rescate? No a la sociedad. La sociedad no tiene ley ni tribunal para procesar el pecado. El rescate fue pagado con el fin de satisfacer la justicia, la santidad. Fuimos comprados a un enorme precio. Al ser rescatados, el deudor pasa a ser totalmente propiedad del que paga. Un rescate es satisfacción por el insulto del pecado. La pena de la ley (Romanos 6:23) es pagada, y la santidad de ella es vengada. El rescate revela la seriedad, absoluta profundidad y el horror del pecado. La invasión es nuestra cuando creemos y obedecemos. Jesús solamente destronó a Satanás, sino que también lidió con el pecado. Al vencer el pecado, Jesús venció la muerte. La deuda por el pecado es impagable, excepto por el milagro de la gracia. ¡Los redimidos no deben olvidar jamás!

La cruz...¡No hay otro camino!

 

 

PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS

  1. ¿Qué visión tiene la sociedad, del pecado y de la responsabilidad personal?
  2. Comente las diferentes definiciones de pecado propuestas por el autor: a) la suprema elección del ego, b) creer que uno sabe más que Dios, c) traición cósmica, d) la decisión del hombre de llegar a ser su propio dios. Dé ejemplos de cómo estas definiciones son apropiadas.
  3. ¿Cuál se dice que es la única manera de manejar el pecado? Encuentre los versículos en Romanos 6 que sustentan esta idea.
  4. ¿Qué es «reconciliación»?
  5. ¿Cuál es la diferencia entre pedir disculpas y el arrepentimiento?
  6. ¿De qué acciones depende el perdón de parte del ofensor y del ofendido?

 

 

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