El Misterio de la Cruz- Los que estaban junto a la Cruz

 

 

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http://tbn0.google.com/images?q=tbn:2l0MvADIIeX2zM:http://www2.netexplora.com/damablanca/imagenes/pas05.gif«E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria» (1ª  Timoteo 3:16).

 

«Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo». La palabra «misterio» es un misterio. «Misterio» no debe entenderse como «misterioso» (como en el caso de éxtasis y vibraciones místicos, de lo ocultó, o de duendes). El misterio y la superstición no tienen nada en común. A la gente le encanta lo mágico, lo extraño y lo sensacional. Nos interesa más alimentar nuestra curiosidad, que vivir vidas significativas. Dios nos da la clase correcta de misterio en el evangelio. Las cosas sencillas y divinas son siempre un misterio (tal como el matrimonio; Efesios 5:20—33).

 

   Decimos más de lo que entendemos. «Misterio» no se refiere a algo para cuya investigación debamos ser detectives. No es la ausencia de significado, sino un significado más grande del que podemos comprender. El hecho de que uno no pueda entender algo en su totalidad, no significa que no pueda entenderlo del todo. Nadie puede entender en su totalidad el amor, la fe, la justicia o la bondad.

 

   La cruz es el más grande misterio de Dios. Un niño de corta edad puede beber de ella; los ancianos pueden mascarla. Aún así, los hombres no conocen ni pizca de ella. Una cosa no explicada no significa que es «inexplicable». El misterio desafía y permite el crecimiento. Los credos no pueden contener misterios. Un misterio puede poner a prueba nuestro entendimiento y es difícil de comunicar. Los principios eternos son más grandes que las palabras humanas. ¡Creemos saber quiénes somos, pero no lo sabemos! Nos llevamos sorpresas todos los días, que dan como resultado que digamos: «¡Nunca entendí esto!». El hombre pecador siempre es fuerte en cosas que no importan y débil en cosas eternas que sí importan. El misterio no es algo que vencemos; sino algo que usamos, y en lo cual crecemos y lo celebramos.

 

   El misterio se entiende únicamente por revelación, no por la razón. Dios puede ser conocido, pero no descifrado. Uno no puede entender la gracia, sino hasta que acepte la ira. Mientras uno no entienda la cruz, no podrá entender el cristianismo. Donde no hay misterio, no hay asombro. Sin asombro, no hay verdadera adoración. Cuando uno explica la magia, esta desaparece; ¡cuando uno entiende el misterio, este sigue intacto! Los misterios no se descubren en las religiones orientales ni en la lógica occidental. El misterio viene solamente de la revelación divina. Un misterio es un secreto eterno que solo puede ser dado a conocer por Dios. Una verdad que una vez estuvo oculta, es ahora revelada. Las cosas secretas de Dios pertenecen a Dios... pero son dadas a conocer a nosotros. Uno no tiene que ser «uno de los iniciados», ni tiene que conocer el «apretón de manos secreto».

 

   Pablo dijo que el evangelio es un misterio (Efesios 6:19). La fe es un misterio (1ª  Timoteo 3:9) a ser vivido en pura conciencia. La redención en Cristo es el misterio que salva y une a judíos y gentiles (Efesios 1:7—13). Pablo dijo que la verdad acerca de Cristo ha sido guardada en secreto desde que el mundo comenzó (Romanos 16:25—26; 1ª  Corintios 2:7). Este misterio era «para la obediencia a la fe» (Romanos 1.5). El misterio dado a conocer por revelación nos dice qué creer y qué obedecer. Este misterio de gracia fue revelado por el Espíritu por medio de Sus santos apóstoles y profetas (Efesios 3:2—6). Esta verdad, esta unidad, no había sido dada a conocer anteriormente. Pablo, al escribir acerca de «Cristo y de la iglesia», él usó la expresión «grande es este misterio» (Efesios 5:32). Usó esta descripción al referirse a los esposos y a las esposas en lo profundo del matrimonio (Efesios 5:21—33). Todas las cosas hermosas y grandes de la vida, conllevan misterio.

 

   Una de las grandes revelaciones se encuentra en Efesios 3:9—11. Dios creó todas las cosas en Cristo y para Cristo. Dios plantó una cruz en Su mente y en Su corazón antes de la creación. Su plan fue cumplido por Cristo en la cruz. Su sangre compró la iglesia (Hechos 20:28). Ahora, la multiforme sabiduría de Dios es dada a conocer solamente en Cristo por Su iglesia. Este es el propósito eterno de Dios. El misterio exige obediencia sin conocimiento completo. ¡Sencillamente confiar y obedecer! Debemos saber lo suficiente para no negar lo que no podemos entender.

 

   ¡El vivir en grande exige un misterio! Nuestro más profundo fervor debe centrarse en cosas demasiado maravillosas para ser totalmente entendidas.

Yo no tengo nada que ofrecer a Dios... ¡pero tengo sed!

 

 

Los que estaban junto a la cruz

Mateo 27; Marcos 15; Lucas 23; Juan 19

 

«Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena» (Juan 19:25b).

 

Estudie la Biblia como detective. Trate de armar las piezas en un conjunto, aun si no tiene todas las piezas. Tenga cuidado. Sea honesto. ¡Aplique cautela! Tenga cuidado de la traducción que a usted le «gusta» cuando enseña un versículo. No trate de hacer que la Biblia diga lo que ella no ha dicho.

 

Su juicio de los caracteres bíblicos es más un juicio de sí mismo. Son grandes enseñanzas las que recibimos de las personas que estuvieron junto a la cruz. Son igualmente grandes las enseñanzas que recibimos de las personas que no estuvieron junto a la cruz. Mantenga sus ojos completamente abiertos. Las preguntas no respondidas no son tan peligrosas como las respuestas a preguntas que Dios no hace.

 

Algunos Que estuvieron Ausentes

Los apóstoles. Once de los doce no estuvieron allí.  Solamente Juan se quedó durante todo el proceso... sin embargo, no dijo una sola palabra. ¡Jesús merecía más que esto! ¿Hubiéramos actuado mejor nosotros? A pesar de esto, Jesús todavía pudo perdonar y usar a los apóstoles. ¡Esto me da esperanza a mí! Ellos sencillamente huyeron (Zacarías 13:7; Mateo 26:56; Marcos 14:50). ¡La fe confía en que Dios sabe lo que hace! ¿Fue la cruz demasiado para los apóstoles? ¿Los vencieron el dolor y la angustia a estos? La Biblia no pone énfasis en el sufrimiento. Pone énfasis en la sangre, la muerte y la resurrección.

 

    María, Marta y Lázaro. Estos tres no son mencionados en la cruz, ni en el sepulcro, ni en el aposento alto (Hechos 1:13—14). No se les menciona en Hechos ni en las epístolas. Estas fueron las personas con quienes Jesús pasó Sus últimos días. Él los amaba (Juan 11:5).

 

    ¡Siempre me ha sorprendido cómo las personas (familiares, amigos y enemigos) creyeron que podían reprender a Jesús! La predicación nos da una lección de humildad. Muchas veces, donde menos influencia tiene uno, es en sus seres queridos y en aquellos a quienes dedica el mayor esfuerzo. ¿Será que habían oído demasiado (Juan 11:1—44)? Se ha dicho que la resurrección de Lázaro precipitó la crucifixión de Jesús. Hay un precio que pagar para seguir a Jesús.

 

   Otros. ¿Estuvieron allí los hermanos de sangre de Jesús? Estos estuvieron en el aposento alto en Hechos 1, pero no estuvieron al lado de su madre junto a la cruz. Juan sí estuvo (Juan 19:25—27). ¿Estuvo allí Barrabás? Podríamos llamarlo terrorista (Juan 18:39—40). Pilato se asombró de que los judíos eligieran liberar a Barrabás antes que a Jesús (Mateo 27:15—22; Marcos 15:6—13). ¿Qué cree usted que debió haber hecho? ¿Y qué de las muchas personas a quienes Jesús había sanado? ¿Estuvieron allí? ¿Estuvieron allí personas de Nazaret? ¿Estaban demasiado apenadas o demasiado avergonzadas?

 

http://sagradafamilia.devigo.net/images/ordinariob/sordomudon.jpg¿Y qué de Malco? Dios en Su Biblia dio a Malco tanto espacio como a la creación inicial de las cosas (Juan 18:1— 11). Dios entró en muchos detalles: Conocemos su nombre, su amo, su puesto, qué oreja le cortaron (la derecha). El «variopinto grupo» de Jesús solo tenía dos espadas (Lucas 22:38). En Getsemaní, Él y Sus apóstoles fueron enfrentados por una turba de linchadores que estaban bien armados (Juan 18:3). Cuando Jesús dijo: «Yo soy», la turba retrocedió y cayó a tierra (Juan 18:4—8). ¡Asombroso! ¡Cómico! ¡Una multitud hostil fue enviada para arrestar a un pacífico predicador!

Cuando uno no sabe qué hacer, lo mejor es no hacer nada. Pedro no pensó así. ¡Sacó su espada y cortó la oreja derecha de Malco!

 

   Piense. ¡Imagínese la escena! ¿Cómo podía el diestro Pedro, blandiendo la espada como un loco, haber cortado la oreja derecha de Malco? ¡Imposible! El pánico de la multitud podía haber provocado la muerte de Jesús y de Su grupo en menos de dos minutos. Pedro sabía cómo usar su espada. Sabía sobre quién podía usarla (Malco, un esclavo, no un oficial). Él estaba diciendo: «Pueden matarnos, pero algunos de ustedes morirán también». Cuando Jesús le dijo que guardara su arma, Pedro se calmó. Jesús puso la oreja nuevamente en su lugar. No hubo pánico.

 

   ¡Aquí presenciamos la soberana majestad de Jesús! El milagro no podía negarse. Lo cómico no podía pasarse por alto. Caifás, el sumo sacerdote, tuvo que ver esa oreja todos los días. Es asombroso cómo Jesús guardó a todos Sus apóstoles (Juan 17:12). No critiquemos a Pedro tampoco. Él estaba dispuesto a enfrentar a la totalidad del ejército romano.

 

   ¡Judas no estaba allí porque estaba muerto! ¡Su historia es lo peor de lo peor! Dios no piensa, ni actúa como el hombre. Nadie demuestra esto más que Judas. Su nombre provoca escalofríos que recorren toda la columna. Algunos insinúan que Dios lo desechó y que por eso traicionó a Jesús. Esto denigra a Dios. Dios no maltrata ni comete abusos en contra de las personas. ¡Hay nuevas interpretaciones que justifican a Judas con una sublime causa! ¡Esto no puede ser! Al enumerar a los apóstoles, las Escrituras siempre mencionan a Pedro primero y a Judas de último. Él permitió a Judas que se le acercara, incluso que lo besara (Lucas 22:47—48). Él todavía estaba diciendo: «No lo hagas, corre, Judas corre». Jesús escogió a Judas, y Judas escogió a Jesús. Jesús sabía que Judas era diablo (Juan 6:70—71). Lo llamó «el hijo de perdición» (Juan 17.12). Juan dijo que Judas, el tesorero en quien se confiaba, era un ladrón que robaba de la bolsa de los apóstoles (vea Juan 12:1—6). Los críticos de las Escrituras jamás aprenden. ¡Afirman que Judas va a ser salvo porque él cooperó con Dios al traicionar a Jesús!

Judas fue un hipócrita que tuvo éxito. Los once no tenían ni idea de lo que él estaba haciendo. Dijeron: «¿Seré yo?», no dijeron: «Es Judas» (Mateo 26:21—25). Aun después de decirles acerca del «pan mojado», los apóstoles no lo supieron (Juan 13:21—26). No obstante, Judas lo sabía, ¡y Jesús lo sabía!

 

   Satanás «entró» en Judas (Lucas 22:3; Juan 13:2). Un hombre hecho para Dios, puede ser usado por Satanás, Jesús le dijo que actuara rápidamente (Juan 13:26—30). Él fue a los sacerdotes. Como discípulo, fue desleal para con su maestro. Traicionó a Jesús por tan solo unos dólares. Note que él se dirigió a los sacerdotes, no a los fariseos. Los demás apóstoles lo hubieran matado, si hubieran sabido qué era lo que estaba a punto de hacer. No podían decir qué había en su corazón, al ver su apariencia externa. Él no tenía cuernos, ni andaba con un tridente.

 

   Pocos hombres fueron tan bendecidos como Judas. Estuvo con Jesús durante tres años. Tuvo privilegios especiales, sin embargo, no acertó a beneficiarse de ellos. No podía aprender, no podía reconocer el error; no podía arrepentirse. Para decirlo sin rodeos, Judas no podía aceptar la gracia. ¡Pedro sí podía! Judas tuvo remordimiento producto del orgullo; no tuvo arrepentimiento producto de la gracia. Ningún hombre recibió tanta advertencia como Judas. Meses antes de la traición, Jesús dijo: «¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?» (Juan 6:70). A Judas podía habérsele perdonado, pero no habérsele devuelto a su puesto de apóstol. Este pecado impedía que los hermanos lo recibieran. Judas tuvo más miedo de la vida que de la muerte. Judas cometió suicidio, una solución permanente para un problema temporal.

 

   ¿Qué lección podemos aprender nosotros? Si Jesús no puede salvar a todos, ¡tampoco nosotros podremos! Jesús lo resumió en pocas palabras: «Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido» (Mateo 26:24b).

 

Algunos Estuvieron Presentes

Las mujeres. Las mujeres estuvieron allí. ¿Dónde estaban los hombres? María, la madre de Jesús, estuvo allí. Las madres siempre estarán allí. Ella no podía entender. Tampoco nosotros podemos. María Magdalena estuvo allí. Jesús, después de Su resurrección, apareció primero a María http://tbn0.google.com/images?q=tbn:Ydso3y9vhxPgeM:http://html.rincondelvago.com/files/9/5/7/000399572.jpgMagdalena, de la cual había echado siete demonios (Marcos 16:9). Hubo una tercera María, la madre de Jacobo y de José (Marcos 15:40). También, Salomé, la madre de Jacobo y de Juan, estuvo junto a la cruz, como estuvo Juana (Lucas 24:10; 8:3). Las mujeres de Galilea (Juan 19:25; Mateo 27:56; Marcos 15:40—47; Lucas 23:49, 55—56; 23:27—31) se mantenían cerca. Jesús se detuvo, cuando iba camino al Gólgota, para bendecirlas y darles ánimo. Las mujeres fueron las últimas en retirarse de la cruz, y las primeras en presentarse al sepulcro. ¡Alabado sea Dios por las mujeres!

 

   El ladrón en la cruz (Lucas 23:39—43). El ladrón nos fascina. En todo debate relacionado con la salvación, ¡yo siempre menciono de primero al ladrón! Nada deja al descubierto nuestra forma de pensar como el ladrón. Uno se entera rápidamente si su oponente está dispuesto a pensar y a ser honesto. Algunos se vuelven tarados; otros se vuelven despiadados. No se exceda en el uso del ladrón para promocionar sus ideas. ¡Piense! ¡Sea honesto!

 

   El ladrón fue salvo. El ladrón, al igual que los demás como él, constituyó la razón por la que Jesús fue a la cruz. Cuando Jesús moría para salvar a todos los pecadores, era lógico que salvara a un pecador que estaba a Su lado. Jesús murió con pecadores para pecadores. Mientras anduvo sobre la tierra, Jesús tenía potestad para perdonar pecados (Mateo 9:4—6; Marcos 2:8—11; Lucas 5:23—24). Jesús estaba muriendo, pero no estaba muerto. Algunos reclaman, diciendo: «El ladrón era muy malo, había caído muy hondo, era demasiado tarde y estaba muy lejos». ¡No le diga a Dios cómo otorgar Su gracia! ¡No le diga a Jesús a quién puede salvar! ¿Por qué ha de seguir perdido un pecador? ¡El día más grande en la vida de este hombre, él fue crucificado!

 

   «Pero él no hizo nada», dirá usted. ¡No es así! Él aprovechó el momento. Hizo lo que podía. Confesó a Jesús como Señor. Reprendió al ladrón no arrepentido. Fue la única persona que defendió a Cristo en la cruz. «Fue convertido sin bautizarse», dirá usted. ¡Tenga cuidado! El ladrón saca a la luz nuestros pensamientos y nuestro nivel de honestidad. Nadie sabe si el ladrón fue bautizado o no, en vista de que los pecadores obedecían el bautismo de Juan el Bautista (Mateo 3:4—6; Marcos 1:4—5). La gente religiosa rechazaba tanto a Juan como el bautismo de este (Lucas 7:29—30). Los publicanos y las rameras recibían el bautismo de Juan. Jesús y Sus apóstoles, más adelante, estaban bautizando más gente que Juan (Juan 4:1—2). Juan habló fuerte a los fariseos y a los saduceos por responder con rechazo (Mateo 3:7—12). Las circunstancias insinúan que el ladrón pudo haber sido bautizado. No ponga en juego la salvación de su alma con base en un ladrón que pudo no haber sido bautizado. Jamás saque conclusiones eternas a partir de una suposición.

 

   El ladrón murió bajo la ley de Moisés, y nosotros vivimos bajo la ley de Cristo (Gálatas 6:2). Cuando el ladrón murió, Jesús no había resucitado de entre los muertos; Él no había dado Su Gran Comisión (Mateo 28:18—20; Marcos 16:15—16). El Espíritu Santo no había venido; a la gente no se le había mandado bautizarse para que se hicieran cristianos. La iglesia no había sido establecida (Pentecostés, Hechos 2:36—37). ¡Nadie puede ser salvo hoy del modo que lo fue el ladrón!

 

   Cuando sufría la más severa humillación y el más terrible dolor, el ladrón tuvo los mejores pensamientos. Reprendió al otro ladrón por blasfemar. Confesó la culpa de los dos. Defendió a Jesús. Usó «palabras del reino». Hasta cierto punto, tuvo un vislumbre de la resurrección.

 

   Tanto el ladrón como Jesús, estaban muriendo. Solo un gran milagro o resurrección podían brindar esperanza futura alguna. Él no trató de manipular a Jesús, como hizo el otro ladrón. Cuando no había nada que podía hacer en su defensa, se entregó a «la misericordia del tribunal». En modo alguno podría decirse de esta que es «salvación en el lecho de muerte». El ladrón confesó su fe en Jesús y, mereciendo ir al infierno, fue al cielo.

 

   Simón de Cirene (Mateo 27:32; Marcos 15:21; Lucas 23:26). La humanidad de Jesús no dio para más. Ya no podía seguir con la cruz a cuestas. Por lo tanto, se le dijo a Simón que llevara la cruz al Gólgota. Cuales hayan sido sus motivos, su nombre quedó registrado para siempre en la Biblia y en la historia. Muchos lo identifican como un cristiano relacionado con Simón (Hechos 13.1) y con Rufo (Romanos 16.13).

Las multitudes (Mateo 26:65—68; Marcos 14:64—65; 15:29—36). Los mirones pasaban, observando y ridiculizando a los crucificados. La vista de las cruces hacía que de los hombres salieran manifestaciones de inhumanidad. Para los espectadores aquello era una diversión, un horrible y sangriento juego. Se fomentaban experimentos. «Desciende...»; «No te muevas...»; «Dadle algún vinagre barato...»; «¡Tal vez venga Elías!». ¡Qué gran espectáculo! Hoy el mundo está lleno de manifestantes. ¿Dónde estaban los manifestantes cuando se necesitaban? La multitud había clamado, diciendo: «Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos» (Mateo 27:25). ¡Qué precio más terrible a pagar!

 

   Los enemigos. Con orgullo, estos decían: «Con esto se arregló el asunto». No obstante, venía el domingo. Se tendieron su propia trampa. El cristianismo irrumpió por todo el mundo. El judaísmo bíblico llegó a su fin, las genealogías terminaron. Jerusalén fue saqueada en el 70 d. C. Nadie puede pelear contra Dios y ganar.

 

   Los soldados romanos. Para que haya barbaridades, se necesitan personas bárbaras. Los soldados pusieron vestiduras de rey a Jesús y después tuvieron una fiesta (Mateo 20:17—19; 27:27—31; Marcos 10:32—34; 15:16—20; Lucas 18:31—34; Juan 19:1—6). Jesús fue golpeado severamente. Muchos morían por tales azotes. Los soldados echaron suertes sobres sus vestidos (Mateo 27:35; Marcos 15:24; Juan 19:23, 24). Esto hizo más ofensivo el insulto. Un centurión romano observaba fijamente. Vio que Jesús era diferente. Esta fue su conclusión: «Verdaderamente éste era Hijo de Dios» (Mateo 27:54; vea Marcos 15:39; Lucas 23:47).

 

La cruz... ¡No hay otro camino!

 

 

 

PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS

  1. ¿Cuál es la definición que da el diccionario, de la palabra «misterio»? ¿Cuál es el significado bíblico?
  2. Explique por qué se llama «misterio» al evangelio.
  3. ¿Quiénes estaban ausentes de la cruz cuando Jesús fue crucificado? ¿Por qué?
  4. De acuerdo con las Escrituras, ¿cómo deberíamos ver el papel de Judas al traicionar a Jesús?
  5. Considere a los que estaban en la cruz. ¿Por qué estaban allí? ¿Qué relación tenían ellos con Jesús? ¿Cómo los impactó la crucifixión?
  6. Analice el comportamiento del ladrón en la cruz que fue salvo. ¿En qué sentido somos como él? ¿En qué sentido fue su situación diferente de la nuestra en relación con la salvación?

 

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