La Santidad de Dios, Seis horas segunda parte

 

 

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   http://img245.imageshack.us/img245/97/0031zi6.jpg«Pero lejos esté de mi gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo». El texto de    Pedro 1.15—16 dice: «... sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo». ¡Al estudiar la cruz, hacemos frente a la trascendental santidad de Dios! No hemos de ser santos como Dios lo es; esta es una carga que nadie podría llevar (Hechos 15.10). Dios es «santo, santo, santo» (Isaías 6.3). Él no es solo «amor, amor, amor», ni «ley, ley, ley». ¡Dios es Dios, y yo no lo soy! El primer paso que damos cuando vamos para abajo, se produce cuando disminuimos nuestra fe en Dios. No hagamos a Dios descender para que sea como nosotros. Elevémonos nosotros para ser como Dios. Las ideas sentimentales acerca de Dios dan como resultado la blasfemia insensata. Hoy Dios está de moda; ¡el problema es que el Dios que está de moda no es un Dios santo! La gente de hoy desea sentir a Dios, a la vez que rehúsa escuchar a Dios y conocer a Dios (Juan 17.3).

 

   Dios, en cierto sentido, no tiene atributos. A Él no se le puede partir rebanadas como a un pastel. ¡Dios es «santo»! ¡Los ídolos no son santos, ni pueden serlo! El nombre de Dios es «Santo» (Isaías 57.15). ¡Él es verdaderamente «santo»! ¡Necesitamos reconocer lo que Dios es y que no somos nosotros! Él no se ajusta a un estándar; Él es el estándar. Dios es una absoluta, infinita e incomprensible plenitud de pureza que es incapaz de ser otra cosa que Él no es. El Espíritu de Dios es el Espíritu de verdad. ¡Debemos vivir sobrecogidos,  llenos de asombro ante el todopoderoso Dios! La gente dice: «La justicia exige que Dios haga esto». ¡No es así! ¡Nada ni nadie pueden exigir a Dios! El ser de Dios es unitario. ¡Él no está constituido por partes que trabajan juntas, sino que es sencillamente Uno! Dios jamás tiene propósitos encontrados. Ningún atributo de Él está en conflicto con otro. Dios no es una «guerra civil ambulante».

 

   La santidad es la única característica de Dios que lo separa de Sus criaturas creadas y de los supuestos dioses. Esto permite a Dios retener Su amor así como dar Su amor. ¡Con razón la palabra «santo» se encuentra en las Escrituras más de seiscientas veces! Solo un poder superior puede obligar a la obediencia. En toda la eternidad, nada ha sido introducido en el Ser de Dios, y nada ha sido quitado.

 

   Para revelarse a sí mismo, Dios usa antropomorfismos, que expresan Su naturaleza por medio de atributos humanos. La santidad es el primer atributo y es explicado por los demás. Dios es amor (1ª  Juan 4.8, 16), pero el amor no es Dios. Dios define el amor; pero el amor no define a Dios. El amor no puede tener sentido aparte de la santidad. Lo que la santidad exige, el amor provee. Si Dios fuera igual solamente al amor, entonces la personalidad de Dios quedaría destruida. Si todos los demás atributos se negaran excepto este (el amor), entonces este único atributo llega a ser un sustituto de Dios. El amor es algo cierto de Dios, pero no es Dios.

 

   ¡La santidad debe ser la preocupación de todo cristiano! ¿Por qué ha entrado la santidad en tiempos de crisis? Trágicamente, la ha dejado huérfana la iglesia. ¡No hay sermones, ni clases, ni libros sobre la santidad! La santidad personal ha llegado a ser obsoleta. Ni siquiera promocionamos la santidad en relación con Jesús. ¿Cuándo fue la última vez que usted oyó un sermón sobre «La santidad de Jesús»? La santidad no es el camino a Cristo; Cristo es el camino a la santidad. El cristiano no se echa a perder por vivir en el mundo, sino por permitir que el mundo viva en él. La santidad no es solamente lo que Dios me da, sino también lo que manifiesto en la vida que Dios me ha dado. La santidad es una posición, una práctica y un proceso.

 

   La gente intercambia hoy la santidad por una barata y falsa espiritualidad. La espiritualidad es algo que se puede fingir y de lo cual jactarse; la santidad no lo es. ¿Puede una persona estar orgullosa de su humildad? Irónicamente, los hermanos que son más fieles, son los que menos conscientes están de las grandes virtudes que tienen. ¡La gente humilde niega su humildad! Al contrario de estos, muchas personas se esfuerzan en gran manera por promocionar su espiritualidad. Una mujer me dijo una vez: «Yo estoy en un nivel espiritual superior al suyo». Yo le di dos respuestas:

1)   «Espero que así sea», y

2)    

 

   Sin la santidad, no podemos ver a Dios (Hebreos 12.14). Nuestros corazones han de ser irreprensibles en santidad delante de Dios (1ª  Tesalonicenses 3.12—13). Debemos perfeccionar la santidad en el temor de Dios (2ª  Corintios 7.1), para ser participantes de Su santidad (Hebreos 12.10). Debemos reverenciar la santidad con el fin de aceptar o dar cabida a la ira. No podemos apreciar ni aceptar la gracia sino hasta que entendamos la ira. La pregunta no es «¿Cómo puede un Dios que es tan amoroso enviar un pecador al infierno?», sino «¿Cómo puede un Dios que es tan santo no enviar aun pecador al infierno?».

 

Seis horas  (segunda parte)

Mateo 7.45—50; Marcos 15.33—37; Lucas 23.44-46;  Juan 19.28—30

 

   «Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu» (Juan 19.30). ¡Seis horas! Solamente las seis horas que pasó Jesús en la cruz, pueden explicar Pentecostés (Hechos 2). Fueron tres mil bautismos los que se realizaron, bautismos de personas provenientes de todo el mundo conocido. El orador era un predicador desconocido, Pedro, que ni siquiera era rabino. No sabía lo que iba a predicar. Se presentó allí sin notas y sin Biblia. A pesar de esto, ese día se dio la respuesta más grande de toda la historia que se haya dado a un sermón. Lo más maravilloso que la iglesia alguna vez produjo, fue logrado en la cruz.

 

   Dios no dejó nada al azar. Él está totalmente al mando. Miles de judíos habían venido a Jerusalén para la Pascua. Para muchos de ellos, este era el peregrinaje religioso que habían de hacer una vez en la vida. Algunos se quedaron en Jerusalén durante cincuenta días hasta Pentecostés. La gente llenaba el lugar apretujándose entre ellos. Todo lo que se hablaba, era sobre la Pascua y el sepulcro vacío. Nunca antes había habido una Pascua como esta. Dios dio a Israel cincuenta días para que pensara en lo que había ocurrido. Había habido terremotos que hicieron crujir los dientes de ellos (vea Mateo 27.51—53). Desde la hora sexta hasta la novena, Dios había enviado tinieblas (Mateo 27.45; Lucas 23.44— 45). Dios había dejado que el pueblo crucificara a Jesús, pero no les dio el gusto de presenciar la muerte de Él. ¡Eran momentos lúgubres, extraños y amenazantes! La gente estaba demasiada asustada para moverse y demasiado asustada para no moverse. «¿Qué hemos hecho?» era la pregunta que se hacían. Se habían partido rocas. Se habían abierto sepulcros. Algunos conocidos que habían salido de estos sepulcros abiertos, andaban ahora por las calles después de la resurrección (Mateo 27.51—54). Cuando los sacerdotes realizaban sus labores (a la hora novena), el velo se había partido de arriba abajo (Mateo 27.51; Marcos 15.38; Lucas 23.44—45). ¿Podría esto explicar por qué muchos sacerdotes obedecieron el evangelio (Hechos 6.7)? La euforia que los hizo gritar, diciendo: «¡Crucifícalo!», se convirtió en histeria. Los participantes estaban tan asustados que se golpeaban el pecho. Hasta el centurión romano reconoció que esto procedía «de Dios» (vea Mateo 27.54; Lucas 23.47). Durante cincuenta días lo único que podían ver los que habían venido a Jerusalén, era un sepulcro vacío. Pilato y los dirigentes judíos sabían que Jesús había resucitado. No se enviaron brigadas de búsqueda. No se interrogó a los apóstoles. Los enemigos lo supieron antes que los apóstoles. Los apóstoles habían huido. Sencillamente se lo perdieron. Las mujeres sí se quedaron (Mateo 27.55— 56; Lucas 23.48—49). Ellas no pudieron soportar la vista, sin embargo rehusaron partir.

 

   ¡El cristianismo se erige sobre ese asombroso y a la vez desconcertante sepulcro vacío! El «sepulcro vacío» sigue vacío. Ningún guía turístico del cementerio de Jerusalén le dirá a usted: «Aquí fue donde se sepultó a Jesús. Aquí está la lápida que lleva Su nombre». Después de Pentecostés, aquel sepulcro vacío fue relegado al olvido. Lea Hechos 2. Dios vino con poderoso viento. El Espíritu Santo llenó a los apóstoles. Lenguas repartidas como de fuego se posaron sobre ellos. ¡Pedro predicó acerca de lo que había sucedido cincuenta días atrás! Dijo que sus oyentes no solo fueron testigos, sino también autores. Los tildó de homicidas, ¡homicidas del Hijo de Dios! Fueron compungidos de corazón. Clamaron aterrorizados. Se arrepintieron. Tres mil fueron bautizados. La iglesia comenzó en Jerusalén el día de Pentecostés.

 

   La historia nos dice que «todos los ejércitos que alguna vez marcharon, todos los parlamentos que alguna vez se reunieron, todos los reyes que alguna vez reinaron» (1) no nos han afectado tanto como la única y solitaria vida de Jesucristo lo ha hecho. Aquellos tres mil bautismos no fueron casualidad. Satanás no fue tan astuto como lo creyó. No subestime a Satanás; no sobreestime a Satanás. Haga una pausa y piense. ¿Creyó él que podía matar a Dios? Sin duda sabía que, aun si hubiera matado a Dios, no hubiera podido hacer que quedara muerto. Creyendo que había ganado, Satanás se derrotó a sí mismo.

 

1-   James Allan Francis, “Arise, Sir Knight” («Levántese, Señor Knight»), en “The Real Jesus” and Other Sermons («El verdadero Jesús» y otros sermones) (Philadelphia: Judson Press, 1926), 123—24.

 

Las Ultimas tres Horas

   ¡Seis horas! La iglesia es la única institución sobre la tierra que existe primordialmente para el beneficio de los que no son miembros de ella. Jesús no usó Su divinidad para escapar de Su humanidad. Las últimas tres horas estuvieron revestidas de tinieblas no naturales. Reinó el silencio. Los únicos sonidos que se podían escuchar, eran los gemidos de tres hombres agonizantes y el goteo de sangre. ¡Qué tinieblas más escalofriantes!

 

   ¡La gracia y el evangelio! El orgullo no puede dar entrada a la gracia; el legalismo jamás podrá entender la gracia. La gracia no es algo que Dios obliga a los pecadores a recibir. La gracia es un campo, un contenedor. El contenido se recibe por fe y luego se utiliza (Efesios 2.4—10). La gracia no es mística, sino histórica. Dios, en el tiempo, plantó una cruz. Las personas de fe viven dentro de esa esfera de gracia. La gracia de Dios viene por nuestra fe.

 

   ¡Seis horas! En las últimas tres horas, Jesús hizo cuatro aseveraciones más en rápida sucesión. Clamó, diciendo: «Elí, Elí, ¿lama sabactani?». Al interpretarse, esto significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27.46; Marcos 15.34). Dios no puede tocar el pecado, sin embargo Dios hizo pecado a Jesús (2ª  Corintios 5.21). Este fue el único momento de toda la eternidad en que Dios y Jesús se separaron. ¡Qué aterrador! ¡Oh, el insondable abismo del pecado! ¡No minimice usted el pecado! Los que estaban cerca de la cruz, creyeron que Jesús estaba llamando a Elías.

 

   El haber sido separado de Dios fue una herida más honda que la de cualquier castigo que el hombre podía administrar. Esta aseveración expresa a gran voz el profundo abismo de la caída del hombre, lo completamente perdido que está, y la imposibilidad de hacer algo por sí mismo. La muerte de Jesús no solo venció el pecado, sino también la muerte (Hebreos 2.14—18). Los cristianos ya no temen la muerte. Satanás es un enemigo derrotado; el pecado es una maldición derrotada. La muerte ha perdido su aguijón (1ª  Corintios 15.21—26, 51—58).

 

   Jesús, al saber que la voluntad de Dios se estaba haciendo, se dejó decir: «Tengo sed». La humanidad de Cristo se observa en esta, Su sexta aseveración. El más profundo clamor de la humanidad es «Tengo sed» (Juan 19.28—29). Estaba a mano un vino barato. Aun cuando algo decente se hizo por Jesús, fue barato. ¡El «agua viva» tenía sed! (Juan 6.51—58; Salmos 69.21). Como hombre que era, Él dijo: «Tengo sed». Jesús estaba totalmente identificado con la humanidad. No dijo: «Me duele». Los autores de los evangelios evitaron describir el dolor y la agonía. No somos salvos por Su dolor; somos salvos por Su sangre, por Su muerte.

 

   La crucifixión se usaba para matar a un hombre mientras se le mantenía vivo por tan largo tiempo como fuera posible. La crucifixión le arrebataba todos los derechos como ser humano. «... pero todos los que lo vieron, se horrorizaron aún más de que había sufrido hasta dejar de asemejarse a un humano» (Isaías 52.14; CEV). Los judíos esperaban al Mesías, pero cuando Él vino lo rechazaron y lo crucificaron. Lo que era esperanza de ellos, ahora era su muerte. Nada puede ser más vano que una religión sin Mesías. Dios no ha cambiado; Dios no puede cambiar. Jesús, el Mesías, vino. Luego llegó la aseveración que solo Jesús podía hacer: «Consumado es» (Juan 17.4—5; 19.30). «¡La tarea está hecha!». Dios puede ser justo a la vez que justifica a los pecadores. ¡Jesús dijo esto para hacernos saber cuán poco sabemos! ¡Escapa a nuestra capacidad para comprender! El cielo tiene que ser eterno; nos va a tomar toda la eternidad para comenzar a entender esto. En el cielo no seremos Dios (ni dioses). El cielo será una experiencia de aprendizaje. Al estar con Dios, aumentaremos nuestra comprensión de Su gloria. Jesús estará allí como «el Cordero» (como se describe en la totalidad del libro de Apocalipsis). Toda la eternidad declarará: «Consumado es».

 

   Lo que el hombre no podía consumar, Jesús lo consumó. La boca de Satanás (el acusador) fue cerrada (Apocalipsis 12.9—11). La antigua ley de Moisés fue clavada en la cruz. La nueva ley de Cristo entró en vigor (Hebreos 8.6—13; 9.12—18; 10.4—14, 18—31). Si alguna vez se dijo algo con lo cual se podía llenar la boca, ello fue «¡Consumado es!».

 

   Jesús hizo Su última aseveración sobre la cruz a gran voz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró» (Lucas 23.46). ¡Asombroso! ¡Jesús gritó! Su exclamación necesitó de gran esfuerzo. Él quería que todos oyeran esto. Note que Él no encomendó a Dios Su cuerpo, Su aliento. Él encomendó Su espíritu. ¡Jesús, el Hijo de Dios, había elegido morir!

 

 

http://tbn0.google.com/images?q=tbn:UEV-HV4MZOsVvM:http://ministeriolxc.blogdiario.com/img/jesuspaz.jpgLa Gloria de la Cruz

    ¡Seis horas! Jesús jamás habló tanto de ser crucificado como sí habló de ser glorificado. «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti»; «Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Juan 17.1, 5). ¡Nuestro Dios convirtió el instrumento de ejecución más inhumano, en la más grande motivación! La cruz es el magnetismo de Dios. No hable del Dios «dentro de nosotros», ni del Dios «junto a nosotros», hasta entender al Dios «sobre nosotros». Dios tiene dos tronos: uno que está en el altísimo cielo y otro  que está en el corazón más humilde. Uno no entiende a Cristo, mientras no entienda la cruz. La única persona digna de gloria lo dio todo a Su Padre. Los cristianos no se glorían en nada, sino en la cruz (Gálatas 6.14).

 

La cruz... ¡no hay otro camino!

 

 

PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS

  1. ¿En qué sentido podemos decir que Dios no tiene «atributos»?
  2. ¿Cuál es la diferencia entre «santidad» y la forma como popularmente se entiende «espiritualidad»?
  3. ¿Desamparó Dios a Jesús mientras este estuvo en la cruz? Explique.
  4. Repase las últimas cuatro aseveraciones consignadas que Jesús hizo mientras estuvo en la cruz. ¿Cuál es el significado de cada una?
  5. ¿Por qué es importante que la muerte de Jesús no solo venciera el pecado sino también la muerte?
  6. ¿Por qué fueron tantos los que obedecieron el evangelio el día de Pentecostés?

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