La Crucifixión- Seis Horas

(Segunda Parte)

 

(3-L)

 

http://msnbcmedia.msn.com/j/msnbc/Components/Photos/050324/Crucifixion4.hmedium.jpg   «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo». ¡La crucifixión! ¡Qué despiadada, brutal, cruel e inhumana! Es probable que fuera inventada por los persas, y más adelante perfeccionada por los romanos. Roma llegó a tener mala fama por las crucifixiones. Era la forma más degradante de humillación que había. A los animales no se les trata hoy como se trató a Jesús en aquel momento. Los romanos no crucificaban romanos. Los judíos despreciaban la crucifixión (Deuteronomio 21.23; Gálatas 3.13); jamás fue una costumbre de ellos.

 

   ¡No hay palabra en nuestro idioma que esté tan cargada de significado como la cruz! Debemos abordar el estudio de ella con temblor. Es un estudio que todos los cristianos deberían realizar durante toda su vida.

 

   La civilización moderna rechaza la crucifixión; sin embargo, hay países del mundo que ponen en práctica la pena capital. No obstante, las ejecuciones de hoy se realizan rápidamente y con el menor dolor posible.

 

   La crucifixión despojaba a las personas de su dignidad humana. El objetivo fundamental de la crucifixión era matar a un hombre, pero en el proceso se perseguía mantenerlo vivo tan largo tiempo como fuera posible. A ojos de todo el mundo, al crucificado se le dejaba desnudo (en todo el sentido de la palabra), indefenso y expuesto al maltrato. Aun con todo este dolor, los crucificados podían vivir varios días. La mayoría alcanzaba a vivir tres días. ¡Qué horror! Por extraño que parezca, no había una pérdida tan grande de sangre. No se afectaban las más importantes arterias. Lo que se dificultaba era la respiración. Era más difícil exhalar que inhalar. El crucificado se ayudaba con sus piernas para respirar, lo que aumentaba el dolor producido por los clavos. La muerte resultaba primordialmente por el shock hipovolémico y la asfixia por agotamiento. Cuando a las víctimas se les quebraban las piernas, tardaban pocos minutos en morir.

 

   Era un dolor insoportable el que se sufría. Cualquier movimiento multiplicaba el sufrimiento. En la cruz no había modo de hallar una postura que resultara menos incómoda. El dolor era inmenso. Se experimentaban dolores de cabeza, una terrible sed que quemaba y espasmos musculares y nerviosos: eran millones de descargas de dolor las que sacudían el cuerpo. Ninguno de nosotros ha visto alguna vez una crucifixión.

 

   ¡Los azotes! Todos los domingos mencionamos la crucifixión, pero ya no nos impacta más. ¡Debería seguir haciéndolo! Jesús profetizó los padecimientos y los azotes que sufriría (Mateo 20.17—19; Marcos 10.32—34; Lucas 18.31—34).

 

   La flagelación era un preliminar legal en toda ejecución romana. Era brutal e inhumana. No somos capaces de comprender en todos sus extremos un azote romano. Este producía grandes verdugones, profundos cortes y dejaba el cuerpo hinchado. A menudo se perdían los dientes y los ojos. Algunos morían allí mismo. Los azotes, no obstante, no eran la ejecución en sí. El látigo era para castigar; era con los clavos que se daba muerte. Los soldados romanos endurecidos, experimentados, sabían cuando detenerse.

 

   Los azotes no podían sustituir la crucifixión. Después del veredicto, Pilato hizo que se azotara a Jesús (Mateo 27.26; Marcos 15.15; Juan 19.1). El gobernador tenía la esperanza de que la multitud se compadeciera, y dijo: «¡He aquí el hombre!» (Juan 19.5). Esto no funcionó, y Jesús no recibió compasión. ¡Estudie y lea Isaías 53!

 

   ¡Las Escrituras ponen poco o ningún énfasis en el dolor y el sufrimiento! Los evangelios evitan el horror en la medida de lo posible. No se hace mención alguna en el sentido de que Jesús llorara. Los pecadores no son salvos por el dolor, sino por la muerte. Sin embargo el sufrimiento no estuvo ausente. La cruz era una muerte silenciosa; las víctimas se quedaban sin fuerzas para respirar o para gritar. A los azotes se les llamaba la «pequeña muerte»; a la crucifixión se le llamaba la «gran muerte».

 

   ¡Las heridas! Existen hasta cinco maneras como una persona puede ser herida. Jesús absorbió la totalidad de las cinco.

1)   Las heridas por contusión implicaban moretones que resultaban de los puñetazos y de los golpes con objetos romos, que recibió (Mateo 26.67; Marcos 14.65; Lucas 22.63).

2)   Las heridas por laceración fueron el resultado de los azotes.

3)   Las heridas por penetración se produjeron al recibir estocadas con instrumentos punzo-cortantes. Los soldados le forzaron una corona de espinas en Su cabeza (Mateo 27.29).

4)   La herida por perforación se dio cuando «horadaron [Sus] manos y [Sus] pies» (Salmos 22.16). Las manos no podían soportar el peso del cuerpo. Los clavos se introdujeron por Sus muñecas, que eran parte de las manos.

5)   La herida por incisión tuvo lugar con el fin de comprobar que estaba muerto, cuando un soldado perforó a Jesús con una lanza (Juan 19.34). Los soldados romanos no dejaban a la víctima, sino hasta estar seguros de su muerte. ¡La lanza confirmó que Jesús estaba muerto!

 

 

Seis horas (primera parte)

Mateo 27.33-44; Marcos Í5.22—33;  Lucas  22:32—43; Juan I9: 15—27

 

   «Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda» (Lucas 23.33).

¡Seis horas! ¡Salvación... vida... esperanza... el cielo! Jesús estuvo en la cruz seis horas (Marcos 15.25; Mateo 27.42—50; vea Marcos 15.30—37; Lucas 23.44—46). El período de la hora tercera hasta la novena (tiempo judío) equivale al período de las 9:00 a.m. hasta las 3:00 p.m. Estas seis horas pueden dividirse igualmente. Dios hizo incluso eso. Dios envió completas tinieblas desde la hora sexta hasta la novena (Mateo 27.45; Marcos 15.33; Lucas 23.44). Jesús murió en la hora novena.

 

   No trate usted de adornar el relato de la cruz. No necesita comentarios. La única obra meritoria de la salvación es la cruz. Algunos hablan de «gracia barata», pero no hay «cruces baratas». Es fácil ser tolerante; es difícil y costoso poner en práctica el amor.

La muerte de Jesús es la más famosa de las muertes de toda la historia. Es todo lo que el cristianismo tiene, desea o necesita. Pablo escribió: «Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado» (1ª  Corintios 2.2). Esto era todo lo que Pablo sabía y todo lo que él predicaba (1ª  Corintios 1.17—25).

 

Los Detalles que no se Consignan

   ¡Es tan poco lo que sabemos! Los detalles son pocos. Juan fue el único apóstol que presenció la crucifixión, pero jamás abrió su boca. Lucas (el historiador) redujo la cruz a una sola frase en un solo versículo: «... le crucificaron allí» (Lucas 23.33b). Sabemos más de Su sepultura que de Su crucifixión. Son más las preguntas que las respuestas.

 

   No conocemos la forma de la cruz. Se ha descartado la cruz en forma de «X». También está la cruz que tiene la forma de nuestra «T» mayúscula. En vista de que Pilato hizo que se pusiera un rótulo por encima de la cabeza de Jesús, esta también se ha eliminado. La cruz latina, que tiene la forma de un signo de suma, es probablemente la correcta. Es la cruz aceptada universalmente en el arte, la joyería y la arquitectura. Es anecdótico que se le llame «la señal de la cruz». Pilato escribió un rótulo para que se colocara por encima de Jesús en la cruz (Mateo 27.37; Marcos 15.26; Lucas 23.38; Juan 19.19). Este rótulo puede crear problemas. Cada uno de los relatos da una versión diferente, pero todos dicen la misma cosa. Los autores no estaban interesados en las palabras exactas, sino en el mensaje. El Gólgota es horrible. La crucifixión es horrible. Dios hizo a Su Hijo lo que jamás podríamos hacer. Dios derramó toda Su santa ira sobre Jesús; Él ocultó Su rostro de Su Hijo.

 

   ¿Cómo fue Jesús clavado en la cruz? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que una vez que estuvo en la cruz, los que pasaban le exigían de modo burlesco que descendiera de ella (Mateo 27.39—43; Marcos 15.29—32). A esta burla se unieron los ladrones que estaban siendo crucificados (Mateo 27.44; Lucas 23.39). También sabemos que, cuando Jesús moría por los pecados del mundo, los soldados echaban suertes sobre Su túnica (Mateo 27.35; Marcos 15.24; Juan 19.23—24). ¡Qué patética es la cruz!

 

   Sabemos el día que Jesús fue resucitado: el primer día, el domingo (Mateo 28.1; Marcos 16.2, 9; Lucas 24.1— 7; Juan 20.1—10). No hay objeción alguna allí. La iglesia primitiva se reunía en el mismo día de la semana (Hechos 20.7;    Corintios 16.2). El día de la crucifixión no es mencionado específicamente. Para hallar ese día, debemos contar hacia atrás. Son diez veces que los evangelios se refieren a Jesús en el sentido de que fue resucitado «al tercer día».  (1) Algunos creen que fue crucificado el miércoles. La idea del miércoles cae por su propio peso. La teoría del jueves también crea más problemas de los que pretende resolver. La Biblia enseña que Él fue resucitado al «tercer día»; no al «cuarto» ni al «quinto día». Durante todos los siglos, el viernes ha sido designado siempre como el día de Su muerte. Algunos incluso lo llaman «Viernes Santo».

 

(1)  Vea Mateo 16.21; 17.23; 20.19; 27.63; Marcos 9.31; 10.34; Lucas 9.22; ‘13.32; 18.33; 24.7.

 

   Jesús habló de tres días y tres noches en relación con Jonás (Mateo 12.40), pero este fue discurso figurado; no literal. Si Él hubiera pasado tres días y noches completos en el sepulcro, la resurrección habría sido al «cuarto» o al «quinto» día. El hombre cuenta horas; la Biblia se refiere simplemente al «tercer día». Al contar a partir del viernes, el domingo es el tercer día. Los dirigentes judíos lo entendían así (Mateo 27.63). Ellos pidieron a Pilato que actuara porque sabían lo que Jesús había dicho. Los apóstoles recordaron esto después de la resurrección de Jesús (Lucas 24.8; Juan 2.18—22). Luego ellos entendieron lo que Él dio a entender.

 

   A diferencia del Jesús delicado que hemos creado en nuestras mentes, Jesús se refirió ásperamente a Herodes, diciendo: «Id, y decid a aquella zorra: He aquí, echo fuera demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día termino mi obra» (Lucas 13.32; énfasis nuestro). Aunque haya debate sobre el día, debemos entender que la Biblia dice que el día de la crucifixión fue el día anterior al día de reposo (el día de la preparación) (Marcos 15.42; Juan 19.31; Lucas 23.50—56).

 

   La crucifixión de Cristo es tan espantosa que tendemos a pasar por alto, o a olvidar, otros desvergonzados eventos que conducen a ella. Antes de aquella dolorosa jornada hacia el Gólgota, Jesús compareció ante Pilato una segunda vez. Pilato no pudo encontrar falta en Él. Ofreció liberar a Jesús y crucificar a Barrabás, pero los judíos gritaron: «¡Sea crucificado! ¡Sea crucificado!» (Mateo 27.15—23; Marcos 15.6—13; Juan 18.39—19.6). Pilato entonces lo entregó para que fuera crucificado. Los soldados lo azotaron y lo maltrataron. Pusieron un manto escarlata sobre Él, para divertirse. Pusieron una caña en Su mano. Después forzaron una corona de espinas en Su cabeza (Mateo 27.27—31; Marcos 15.15—20; Juan 19.1—3). Luego lo abofetearon y lo escupieron. ¡Qué cruel puede ser el hombre!

 

http://tbn0.google.com/images?q=tbn:1R-hOTD7dqEzfM:http://www.costa-adeje.es/cadeje/ADEJE/published/DEFAULT/eventos/viacrucis/calvario.jpgInterrupciones en el Camino al calvario

   Nosotros por lo general tratamos de evitar las interrupciones. Algunas pueden ser dolorosas. Por lo general pensamos, diciéndonos: «Después de esta interrupción, podemos volver a la vida». ¡Es un error pensar así! La vida no es otra cosa más que interrupciones. Los evangelios nos hablan de muchas interrupciones que hubo en la vida de Cristo. Cuando se dirigía hacia el Gólgota, leemos acerca de la interrupción de parte de Simón de Cirene (Mateo 27.32—33; Marcos 15.21—22; Lucas 23.26). ¡La providencia de Dios! Este hombre había viajado cientos de kilómetros, para hacer el peregrinaje religioso de toda una vida. De repente, se le mandó llevar la cruz de un prisionero. Marcos insertó un interesante pie de página. Simón era el padre de Alejandro y de Rufo. Pablo saludó a Rufo en Romanos 16.13. Considere las posibilidades pero tenga cuidado con las conclusiones. ¡No vea en la Escritura lo que Dios no ha escrito! Simón no tenía idea de que él sería conocido aun hoy, después de dos mil años. Dios bendice a los que ayudan a Su Hijo. Había cireneos en Jerusalén el día de Pentecostés (Hechos 2.10). Había predicadores de Cirene (Hechos 11.20). De Cirene eran algunos de los profetas que se encontraban en el grupo al cual Dios le encargó dar comienzo a una obra misionera (Hechos 13.1—4). Cirene es presentado como un buen lugar en las Escrituras. Tenemos una deuda de gratitud con Simón por haber llevado la cruz. Jesús apenas podía sostenerse en pie. El poste para la cruz era demasiado grande, pesado e incómodo de llevar. La parte de la cruz que Simón llevó, fue el travesaño. Gracias, Simón.

 

   La interrupción que sigue, tuvo que ver con unas mujeres compasivas, que estaban desconsoladas (Lucas 23.27—31). Jesús hizo una espantosa revelación. Ellas pronto iban a llorar por sí mismas. Los hombres podían matar al Hijo de Dios, pero no iban a quedar impunes. Jerusalén crucificó a Jesús, pero Dios permitió que Jerusalén fuera destruida por los conquistadores romanos (67—70 d. C.). ¿Y qué de las mujeres? Allí estaban. No huyeron. Se preocuparon. Miraron con ojos de amor y devoción. Las mujeres observaron el entierro de Jesús (Mateo 27.55—56; Marcos 15.47; Lucas 23.49—56). Observaron Su sepulcro. ¡Que Dios bendiga a nuestras mujeres!

 

   Los iguales judíos dieron la vida de Jesús a cambio de la vida de un miserable ladrón: Barrabás. Un apóstol de confianza, Judas, lo traicionó. Su principal apóstol, Pedro, lo negó. Un tribunal ilegal lo condenó. Un grupo de matones lo golpearon. Unos endurecidos soldados lo crucificaron.

 

Las Primeras tres Horas

   ¡Seis horas! La cruz es la cuña que está clavada en el centro del tiempo.

Inmediatamente, a Jesús se le ofreció vinagre con hiel (Mateo 27.34; Marcos 15.23). ¡Esto es sorprendente! Él lo probó, pero luego lo rechazó. Jesús rechazó un calmante del dolor. No deseaba un anestésico. Se propuso mantener alertas todos Sus sentidos, en la cruz. No deseaba adormecer el dolor, a cambio de ceder Sus facultades. El dolor y la agonía no constituían el problema en la cruz. Jesús era la única persona que tenía el control.

 

   Tan pronto lo vieron en la cruz, la gente comenzó a gritar en coro que descendiera de ella (Mateo 27.39—44; Marcos 15.29—32; Lucas 23.35—40). Los ladrones también se unieron al coro (Mateo 27.44; Marcos 15.28, 32; Lucas 23.39—41). ¡Qué cinismo más insolente! Esto es una muestra de la más completa depravación e incredulidad. ¡Cómo se le ocurre al hombre imponerle a Dios las condiciones bajo las cuales creerá! Si Jesús hubiera descendido de la cruz, los pecadores hubieran sido condenados al infierno sin esperanza alguna. Jesús había nacido para morir. Murió para que nosotros pudiéramos nacer para vivir (Romanos 5.10). Dios no puede perdonar a nadie sin castigar el pecado. En el Calvario, Jesús llevó sobre sí el castigo por mi pecado.

 

   Aun el pecado perdonado tiene consecuencias. Jesús pidió a Dios que no tomara en cuenta este pecado en contra de Sus atormentadores; no obstante, ¡el pecado de ellos era el más grande de todos los pecados! Dios destruyó a Jerusalén. En su historia bíblica, el judaísmo existió para un solo propósito: la venida del Mesías. Jesús vino, cumpliendo todas las profecías mesiánicas. ¡Ellos lo crucificaron! Irónicamente, esto los hizo quedar fuera del propósito relacionado con el Mesías. Los judíos no han aceptado al Mesías. Ellos ya no enseñan sobre el Mesías, y tampoco lo esperan. El judaísmo es hoy una religión vacía. Los judíos rechazaron a Dios como Rey de ellos, y aceptaron a César (Juan 19.14—15). Cayeron aun más bajo cuando pusieron sobre sí mismos la sangre de Jesús y, para añadir a su pecado, la pusieron sobre sus hijos (Mateo 27.25). La nación judía ha llegado a ser «por proverbio y refrán» (1ª  Reyes 9.7).

 

   Cuando Jesús moría por los pecados de toda la humanidad, lo más apropiado era que perdonara a un pecador. Estudie usted el diálogo que se presenta en Lucas 23.39—43. Un ladrón encontró la religión verdadera mientras era ejecutado. ¡Asombroso! Debemos aprender a contar. Tenemos un Señor, dos ladrones, tres cruces, cuatro vestiduras, cinco heridas, seis horas, y siete aseveraciones de Jesús. Estudie una y otra vez la cruz. Venga a la cruz; quédese en la cruz. La cruz salvó al ladrón; ¡la cruz puede salvarnos a nosotros! El hombre no puede ser salvo por ideas, ni por pensamientos, ni por filosofías, ni por misticismos, ni por la ignorancia; ¡el hombre solo puede ser salvo por Jesucristo!

 

   Aunque moría inmerso en un intenso dolor, Jesús se preocupó por Su madre. Le dijo a Juan que cuidara de ella como su madre (Juan 19.26—27). Muchos creen que Juan la «adoptó» para el resto de su vida. Pare y piense. Dos de los hijos de ella escribieron libros neotestamentarios (Santiago y Judas). María y algunos de sus hijos estuvieron presentes en el culto de oración que se llevó a cabo en el aposento alto poco después de la resurrección de Jesús (Hechos 1.13—14). Es obvio que ellos se encargarían de las necesidades futuras de su madre. ¡Era junto a la cruz donde María necesitaba ayuda; en ese momento, en ese instante! Este era el día más difícil de su vida; un día que había sido precedido por la noche más larga. Lo que Jesús le estaba diciendo a Juan era «¡No dejes sola a Mi mamá!».

 

   Toda muchacha judía pedía en oración ser la madre del Mesías. María debió de haberse llenado de emoción al enterarse de que Dios la había escogido (Lucas 1.26— 38). También, el asunto debió de haberle intimidado. ¡Este era el unigénito Hijo de Dios! ¿Cómo sería criar al Hijo de Dios? María pagó un altísimo precio por criar a Jesús. Simeón, el anciano profeta, había bendecido a José, a María y al recién nacido Jesús. También había dicho a María que una espada traspasaría su alma (Lucas 2.34— 35). María estaba junto a la cruz. Así son las madres. Aun así, ¡la cruz estaba lejos de ser entendida por ella! Allí estaba ella, desconsolada y desconcertada. Jesús llega a nosotros, pero hay un precio que pagar. Muchos rehúsan pagarlo. María lo pagó amorosamente.

 

   Hoy, a María, o se le invisibiliza o se le deifica. Ambos extremos son errados. Aunque fue la madre de Jesús, ella tuvo que ser salvada como todos los pecadores. Ella no recibió una posición privilegiada divinamente. Ella y los hermanos de Jesús fueron redimidos por la sangre de Jesús del mismo modo que lo fueron todos los demás. No se tocó fanfarria por la familia de Jesús. Después de Hechos 1, a María no se le vuelve a mencionar en las Escrituras. ¡El Hijo de ella también se convirtió en su Salvador!

La cruz habla a gran voz a María del mismo modo que habla a nosotros, diciendo: «¡La vida tiene propósito... el fracaso no es letal... la muerte no es el fin!».

 

La cruz.. ¡No hay otro camino!

 

PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS

 

  1. ¿Cómo cree que reaccionaría usted si llegara a presenciar una crucifixión?
  2. ¿Por qué se les llamaba a los azotes «la pequeña muerte»?
  3. ¿Por qué es que la cruz no necesita comentario?
  4. ¿Por qué se consignaron tan pocos detalles relacionados con la crucifixión en las Escrituras?
  5. Analice el precio que tuvo que pagar María como la madre de Jesús. ¿Qué precio debemos pagar nosotros como Sus seguidores?
  6. ¿Cuál es el papel correcto de María en la iglesia neo testamentaria?
  7. ¿Qué aseveraciones hizo Jesús mientras estuvo en la cruz? ¿Qué nos dicen estas aseveraciones acerca de su estado mental?
  8. Considere el terrible precio que Dios y Jesús pagaron por causa del amor de ellos por nosotros. ¿Cuál es Su reacción a este amor? ¿Cuán sobrecogedor es el amor de Dios para usted? ¿Cuán agradecido lo hace Su amor a usted?

 

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